Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

lunes, 18 de septiembre de 2017

Conversaciones imaginarias con mi mejor amiga o mover la cabeza al ritmo de las olas imaginarias.





"No me convencen esas nostalgias reaccionarias: pretender no seguir creciendo. Eso es la nostalgia.”
-Andrés Caicedo

“La juventud es una estafa”
-Roberto Bolaño

O esa vez que nos fuimos a Montañita, los cuatro, y nos metimos en una carpa que luego quedó hecho mierda porque manchamos el colchón con arena y fumamos adentro, y luego salimos a la playa y cuando regresamos a las 3 de la madrugada decidimos dormir en la carpa de los vecinos que estaba limpia, y cuando ellos llegaron les tocó dormir en la nuestra. Y luego nos peleamos todos porque estábamos chiros y la vida no es fácil cuando uno está chiro, pero nos reconciliamos en Manglaralto. Y atardecía. Y en la tienda aún habían bielas. O la vez que fuimos a Mindo y nos acabamos esa de norteño con el Mariano, ¿Así se llamaba ese argentino? Pero al final ninguna vaciló con él. Y al otro día el auto se dañó y tuvimos que regresar a Quito con wincha. O la vez que a los 18 nos fuimos dizque a vivir solas y arrendamos un dizque departamento en Guápulo que no tenía ni muebles, y cada vez que queríamos tomar una sopa nos golpeaba la puerta algún pana. Y ahí mismo fue que eran fiestas de Guápulo y cuando regresamos a dormir el dueño de casa nos había puesto un candado en la puerta porque hace meses que no pagábamos el arriendo y luego no nos quería devolver la tele ni el vhs ¿te acuerdas?. Pero esa noche nos tocó subir a la casa de un francés que vivía arriba y pedirle que por favor nos deje dormir ahí. Y nos dejó pero el muy hijueputa no nos dio ni una cobija y nos tocó taparnos con el mantel. O la vez que cruzamos el mar de Galápagos en panga a medianoche y terminamos haciendo fiesta en la casa que nos habían prestado, era de un ex marinero, Angermeyer, que había dado la vuelta al mundo en su barco con un saxofonista, y solo comían pasta a la bolognesa y dicen que a medianoche en altamar cuando no tienes certezas de nada ver las estrellas es casi como caer de cabeza al universo, pero la cosa es que años después de sus viajes este man se había quedado con el tic de mover la cabeza hacia un lado y otro, como si todavía estuviera en el mar; y era súper buena gente y nos hizo unos tragos deliciosos y no sé por que pero empezamos a tocar las maracas. Y nos metimos al mar a media noche y yo veía el cielo y estaba en un tripsazo, de esos que te dan en la adolescencia cuando te apartas un segundo de la fiesta y juegas a que te conectas con la naturaleza o contigo misma, piensas en el futuro, piensas en que algún día esto va a cambiar, y puta que cambia. Pero esa vez en la playa nos quedamos sin ni para un pan, y con el único dólar que teníamos nos compramos un encebollado y nos fuimos a comer en la arena y había un perro que parecía que se reía, ¿te acuerdas?. De ley se reía, se reía de nosotros. Luego regresamos a dedo pero antes hicimos unos sánduches de tomate que casi se come un caballo. O la primera vez que salí a un bar sola y le conocí a una europea con rastas y me pasé con ella toda la noche, de bar en bar,  y nuestra historia pudo ser la de alguna película independiente indie lésbica, pero no fue así. O cuando pasamos primer semestre y nos creíamos estrellas de rock, nos creíamos importantes, y brindábamos por todo lo que estaba por venir o porque en la tienda aún habían bielas. 
Ahora una miel desordena el tiempo. Y es como si estuviera ahí y a la vez acá, y creo que soy un poco como el marinero que ya no está en el mar, hace años que está en tierrafirme, pero todavía siente el movimiento de las olas. Y mueve la cabeza. Mueve la cabeza al ritmo de sus olas imaginarias.

Ilustración: Eduardo Toapanta. 
(Mundo Diners) 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hanna Horvath, la atrevida. (Cuando la revolución es el cuerpo)



 Lena Dunham tiene 31 años. Es guionista directora, escritora y actriz. Creadora de la serie Girls (2012) transmitida por HBO. Lena no ha escogido hablar de algo divertido o cool, ha tenido la valentía de retratarse a sí misma. En su obra casi no existe lo que en dramaturgia se llama “mecanismo de distanciamiento”. No hay un mediador entre su problemática personal y su personaje, es decir, Hanna (el personaje protagónico de Girls interpretado por Lena Dunham) no se diferencia en mucho de Lena. Si bien la serie tiene varias fortalezas como su puesta en escena, la temática realista con una mirada irónica sobre la juventud, lo más fuerte es la mirada femenina de la contemporaneidad, y , sobre todo, el personaje de Hanna Horvath que logra ser, casi por primera vez, una mujer real en pantalla. Ahora bien, ¿quién es ¿Hanna Horvath?.

Hanna tiene 25 años y es una neoyorkina de clase media. En su cumpleaños 25 sus padres deciden no apoyarla económicamente para que ella empiece a autosustentarse. Entonces empieza su búsqueda. Hanna deberá encontrar la forma de cumplir sus sueños y a la vez ganar dinero. Por un lado ser escritora, publicar su libro (cualidad compartida con Dunham, quien también estuvo buena parte de su vida luchando para publicar su primer libro hasta que finalmente lo logró) encontrar una estabilidad económica. También está la idea contemporánea de encontrar el amor- o la complitud emocional- en una época sexualmente liberal. Hanna es feminista. Hanna es una mujer que se atreve a hacer lo que desea y eso resulta chocante para quienes la rodean, para la sociedad. Dentro de un lenguaje quiteño, Hanna resulta “atrevida”. Y el significado de ese término, al menos dentro de nuestra idiosincrasia, tiene una acepción peyorativa que ubica a la mujer en ciertos estándares de los que "no debería salirse". La pregunta es ¿Atrevida a qué?. Y quizá la respuesta sea: atrevida a actuar como un hombre. Hanna hace lo que quiere: si tiene hambre, come, si quiere sexo, lo tiene, si le gusta un chico, va por él, si ya no le gusta, lo deja.



El primer aspecto que llama la atención de Hanna (y de Lena, aquí es difícil ver el mecanismo de distanciamiento) es su cuerpo. Lena Dunham es gorda y no tiene problema- es más lo hace con placer- en exponer su cuerpo. No decidió bajar de peso-como muchas estrellas de cine y de la pantalla chica- para protagonizar a Hanna. Las mujeres gordas que han aparecido en pantalla no suelen tener personajes protagónicos o si los tienen están sujetos siempre al rol de “perdedoras”. Suelen ser historias de chicas con problemas a las que no les va bien con los chicos (estas historias casi siempre suelen estar asociadas a problemas de pareja hetero) y que a medida que la trama avanza logran “superarse”, bajar de peso o lograr una imagen aceptada por la sociedad, y conquistar al chico, o en su defecto, encontrar otro “igual a ellas”. Es decir, si no cambian ellas, no pueden conquistar al chico que querían sino que deben conformarse con el que les toca,  alguien que,  al igual que ellas es
subestimado por la sociedad. Por lo general, en la ficción, las mujeres  son conquistadas y el conflicto consiste en aceptar o no al pretendiente o en la espera del hombre indicado mientras a sus vidas van llegando, uno a uno, varios tipos de hombres que no les convencen, hasta que llega el indicado. Llega. No lo buscan. No luchan por él. Cosa que sí sucede en las comedias románticas con hombres protagonistas. Ellos, como por ejemplo las comedias románticas de Ben Stiller en las que pasa por varias pruebas difíciles hasta conquistar a su chica. Parecería que una mujer o un personaje femenino no fuera digno de ejercer su deseo. Los personajes femeninos han estado siempre obligados a tener roles pasivos, a ser conquistados. Y, menos aún, una mujer que no cumple con los estándares de belleza y de comportamiento impuestos con la sociedad. Una mujer que no cumple con eso parecería aún menos digna de “atreverse” a satisfacer sus deseos. Hanna lo hace. Hanna es gorda y no quiere bajar de peso. Para ella su gordura no representa un problema. Hanna come y disfruta comiendo. La revolución feminista de Lena Dunham empieza en su cuerpo. Y su cuerpo es el cuerpo de Hanna. Hanna es gorda y usa ropa sexy. Se pone puperas, bikini, sale desnuda, y hasta le muestra su vagina a otro personaje. En una sociedad en la que estamos acostumbrados a ver mujeres flacas como bellas, y a mujeres gordas escondiendo su cuerpo y haciendo todo tipo de dietas para alcanzar el modelo estándar, ver a una gorda mostrando el ombligo es algo innovador. Esa sola acción dice mucho. Dice que ella está conforme con su cuerpo, que no piensa hacer una dieta para “merecer” usar la pupera. No. La usará así como está porque así como está es sexy. Hanna se atreve a decir que una mujer gorda es sexy. Hanna va por el chico que quiere. Es ella quien busca a Adam (Adam Driver) en la primera temporada, y a pesar de que a él parece no importarle demasiado, ella lo insiste. Hanna se atreve a buscarlo. Se atreve a ir a su casa. A tener sexo con él. Y después se atreve a proponerle un noviazgo.

Llega un momento en la serie en el que Hanna deja a Adam. Ya no está enamorada de él, quiere probar otras relaciones, vivir otras cosas. Hanna no actúa como quien agradece por ser correspondida en el amor. Como quien cuida la relación con un hombre como si fuera lo más preciado. No. Cuando ya se cansa (porque sí, Hanna se atreve a cansarse) Hanna lo deja. Hanna “se atreve” a dejarlo. Ella hace lo que quiere. El personaje ha sido tachado de egoísta, dentro de la ficción sus amigas varias veces le llaman así. Pero podría decirse que su egoísmo es una forma de resistencia ante el sistema patriarcal capitalista. Un sistema que no ha permitido que las mujeres piensen en si mismas ni un segundo. Pero Hanna lo hace. Piensa por si misma. Decide. Hace y deshace. Ella es la revolución misma.

(Babieca) 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Fleabag, la feminista que quedó pésimo frente a las feministas.





Golpean la puerta. Una mujer de cabello negro y peinado sesentero que aparenta tener ¿30? ¿25? ¿36? la abre. Es un hombre. Se besan. Fundido a negro. La mujer y el hombre tienen sexo. Entonces sucede algo espectacular. Fleabag (así se llama la mujer de cabello negro y corte sesentero) mira a cámara mientras su amante la penetra. Mientras él se mueve excitado, Fleabag nos mira a los ojos (porque mirar a cámara es mirar a los ojos) y explica, con encantador acento inglés, que se siente incómoda porque el tipo se está acercando a su trasero, pero que no va a detenerlo por dos razones: uno, está borracha, y dos, él ha hecho el esfuerzo de llegar hasta su casa. Si una escena de sexo puede resultar por si misma intimidante, interrumpir la ficción y dirigirse directamente hacia el espectador hace que lo sea más aún. Por otro lado, estos primeros diálogos de la nueva serie Fleabag ya denotan el tipo de humor políticamente incorrecto que maneja Phoebe Waller-Bridge, su creadora. 

Quizá Phoebe Mary Waller-Bridge sea el equivalente artístico de la ya famosa Lena Dunham, escritora y protagonista de la serie Girls (2012), en Londres. Ambas nacieron en 1985 y, al igual que Dunham,  Waller-Bridge es una actriz, escritora y directora.
Después de graduarse en la secundaria, Waller-Bridge entró a la Royal Academy of Dramatic Arts y en 2009 hizo su debut en la obra de teatro Roaring Trade at Soho Theatre. Más tarde apareció en la segunda temporada de la exitosa serie de drama Broadchurch. 
Años después, Waller-Bridge se convirtió en directora co-artística y fundadora, con Vicky Jones, de DryWrite Theatre Company. Con esta compañía de teatro en el teatro de renombre Soho Theatre, y a partir de ahí se mantuvo en cartelera y se fue de gira por Gran Bretaña durante dos años. Phoebe Waller-Bridge tenía 28 años cuando su carrera se disparó.  No llevó Fleabag al cine, sino a la televisión. Quizá el formato al que mejor se adaptan estas historias contemporáneas cómicas sea la televisión o la serie web, ya no tanto el cine. Tal vez la razón sea que este formato es más popular. La serie Fleabag consta de seis capítulos emitidos en BBC3.

Fleabag, el nombre que Waller-Bridge ha elegido irónicamente para llamar a su personaje,
es un término que en el inglés británico se usa para referirse a gente “que no sirve para nada”. Fleabag es un ser humano en conflicto que está solo y busca su lugar. Su familia es disfunsional (padres divorciados, hermana anoréxica y extremadamente neurótica) y su mejor amiga murió en un accidente. Fleabag  busca el amor (romántico, amistoso o un simple contacto humano) en tiempos de liberalidad, en tiempos en los que casi nadie sabe amar. La serie se caracteriza por manejar un humor muy particular, escatológico y crudo. Un humor que recuerda un poco al estilo del comediante estadounidense Louis CK (1967).
Fleabag habla con el público varios momentos, rompe la diégesis creando un metalenguaje. Pero sobre todo imponiendo su mirada de manera categórica. En esa ruptura de la ficción, de la cuarta pared, podría estar concentrada toda la esencia de la serie: Phoebe Waller-
Bridge nos dice que, de cierta manera, es Fleabag. Rompe la barrera entre actriz y personaje, y luego,  entre personaje y espectador. Si es verdad que el discurso cinematográfico debería parecerse a la lógica del voyeur que espía por las rendijas de las
puertas escenas prohibidas, aquí ese principio se cumple a la perfección. Waller-Bridge nos invita a espiar su mundo íntimo. Impone su mirada. 


En la segunda escena del primer episodio, Fleabag conoce a un tipo muy raro en un bus.
Cuando él le pregunta si tiene novio, vemos, por medio de un flash back, como ha terminado su relación pasada: mientras su novio duerme, Fleabag está despierta (no es muy común ver esto, por lo general en el cine siempre vemos a la mujer dormir o en estado pasivo mientras el hombre está despierto e inquieto, en estado activo) y tiene su laptop Mac sobre sus piernas. Mientras su novio duerme, Fleabag se masturba viendo, nada más y  nada menos, que un video de Barack Obama. Esto resulta siniestramente cómico. Primero, porque en la televisión casi no existen escenas de masturbación femenina. Y las pocas que hay, son eróticas, casi siempre destinadas al placer masculino. Esta vez no sucede así. En una suerte de inversión de roles tradicionales de género, Fleabag es quien lleva la acción, y una acción muy irreverente y en cierta medida egoísta (en lugar de hacer el amor con su pareja prefiere masturbarse). En segundo lugar, no se masturba viendo pornografía sino un video del presidente de Estados Unidos.
En otra escena, Fleabag asiste, con su hermana, a una conferencia sobre feminismo. Cuando una de las panelistas -una mujer de unos 60 años- pregunta a las mujeres que la escuchan que quién estaría dispuesta a cambiar 5 años de vida por “el cuerpo perfecto”, solamente Fleabag y su hermana levantan la mano, y claro, quedan pésimo frente a las feministas. Aunque suene extraño, esta mirada irónica sobre el feminismo no busca desprestigiarlo, sino renovarlo. Aunque luego Fleabag dice “Soy una mujer moralmente en quiebra que ni siquiera puede llamarse a sí misma feminista”. Pero  actúa como una feminista, pues es una mujer dueña de su sexualidad y sus decisiones, pero es realista y sabe que, lastimosamente, eso no la hace completamente autónoma. Y ese es su encanto como personaje. Que se declara imperfecta: ¿Cómo se puede ser más imperfecta en estos tiempos que siendo una mala feminista?. Y es que ser una feminista coherente no es tan fácil. Y Fleabag lo reconoce,  reconoce que todavía quisiera tener un cuerpo "perfecto", que no puede estar tan conforme con ella misma, que no es capaz de decirle a su amante que pare cuando éste se acerca a su trasero . Es sincera. Y la serie, más que ser un panfleto feminista, es un retrato fiel de la vida de una mujer moderna con todas las complicaciones del caso. Tal vez en lo que patojea el personaje, al menos desde mi punto de vista, es que varias veces se muestra a Fleabag como el cliché de un hombre descomplicado y resuelto. Una mujer que no llora cuando termina una relación, que se masturba mientras su novio duerme, que se enoja con un hombre porque éste no quiere acostarse con ella a la primera cita. Esto puede ser encantador, pero no sé qué tan realista. Al menos en nuestro entorno todavía curuchupa, quizá siga siendo una utopía.  


Waller-Bridge pertenece a una ola aunque sea pequeña de mujeres contemporáneas que se auto-representan a través del humor. Mujeres que más que una trama han logrado crear un personaje que se caracteriza por sus búsquedas amorosas, sexuales, por hacerse un lugar en el mundo. Representan a la “mujer contemporánea en crisis”. Lo ha hecho la estadounidense Lenan Dunham, la argentina Malena Pichot desde el sketch y el stand-up,  la también estadounidense Greta Gerwig desde el guión y la actuación en las películas de su esposo Noah Baumbach, entre otras.

Estas mujeres tienen en común su edad, el humor femenino y el hecho de que han elegido hablar de y desde si mismas. Ellas encarnan sus personajes con grandes dosis autobiográficas. En un mundo patriarcal, el hecho de decidir hablar de una misma implica una revolución. Y de hecho, ese toque de auto-representación es el que ha caracterizado la creación femenina. 

A pesar de contadas excepciones, el lenguaje habitual del cine y la televisión aún se basa en el discurso criticado por la teórica Laura Mulvey, “la mujer como imagen, el hombre como poseedor de la mirada”.  La imagen de la mujer en la pantalla ha sido mitificada para evitar la construcción de personajes femeninos reales, pues estos serían un peligro de castración para el inconsciente masculino. Los personajes reales solo son posibles con una dosis de imperfección. 

Hablar de y desde sí misma ha llevado a Phoebe Waller-Bridge inevitablemente a los terrenos de la comedia. ¿Por qué? Pues verse en el espejo puede ser crudo y doloroso, y quizá la única forma de hacerlo sea desde el humor. Verse, asumirse  e interpretarse con sinceridad da como resultado la creación de un personaje tan imperfecto como cómico. Precisamente, la mirada de Waller-Bridge es la que consigue que el espectador tampoco sienta pena ante las situaciones trágicas de su vida. Al contrario, el espectador, quien sigue los hilos de la trama desde los ojos de Waller-Bridge,  en lugar de llorar, ríe, pero con esa risa que también es llanto. Esta sensación se transmite, por ejemplo, cuando después de una noche de fracasos en sus relaciones (su hermana no quiso tomar algo con ella, el hombre con el que salió no quiso acostarse con ella en la primera cita- otra forma de subversión de roles tradicionales de género-  ayudó a una mujer borracha a regresar a su casa) Fleabag va donde su padre. El vacío que Fleabag siente es debido a una ausencia paterna: tras todos sus fracasos emotivos acude al principal: El Padre. Pero él no puede hacer otra cosa que pedirle un taxi y devolverla a su casa. Camino a casa, en el auto, Fleabag abre su camisa. Entonces nos mira a los ojos una vez más y esboza una sonrisa cómplice. Esa sonrisa que dice que a pesar de que todo le ha salido mal, vale la pena existir, porque es libre, porque tiene experiencias, porque todavía tiene tiempo para perder el tiempo. La vida puede ser una mierda, pero vale la pena vivir.

(Publicado originalmente en Mundo Diners)