Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

domingo, 29 de abril de 2018

Mis lugares favoritos (o salvarse de una misma)






En alguna parte leí que antes de suicidarse Sylvia Plath había contratado (o alguien había enviado) una niñera a su casa. Sucede que llegó un poco tarde, justo al otro día de su muerte. Cuando leí esto pensé que si llegaba antes, ella no se suicidaba. Que una niñera, una amiga, una madre, cualquier ayuda externa, puede hacer la diferencia entre vivir o morir. Plath cubrió con cinta adhesiva y trapos los huecos de la cocina, como si fuera una asesina que a escondidas de ella misma, se tendía una trampa. Y esa vez no se pudo salvar de si misma. Había sido uno de los años más fríos de Londres y los hijos de Plath habían pasado constantemente enfermos. La casa, el encierro, la ropa, los platos, la cocina, el horno: el mismo lugar que puede ser alimento y calor se puede convertir en una cárcel.
Yo creo que la gente que se mata se mata por una gran herida, pero esa gran herida puede salir cualquier día escondida en el hastío de la vida diaria. Porque yo creo que la gente que se mata no se quiere matar. Por eso deja pistas de ayuda. Tal vez si la niñera hubiera llegado a tiempo. Pero no fue así. Ganó la otra.

Cuando me enteré de esta historia también pensé que el suicidio es algo que bien podría pasarle a cualquiera, casi por accidente. ¿Cuántas veces hemos estado a punto de ser engañados por nosotros mismos?, ¿cuántas veces nos hemos tendido una trampa de la que después ya no  podemos escapar?, ¿Qué tenemos que hacer para salvarnos de nosotros mismos, de nuestra propia sombra?. Un mal paso y el abismo se abre, la soledad, el miedo, el horror. Caemos en un pozo. Porque existen en la vida lugares ásperos. Lugares como desiertos. Lugares secos en los que siempre es de noche. Y nunca hay agua.

Pero hay, por suerte, otros lugares. Como por ejemplo las manos de mi abuela. Mi abuela Mami Yoya tenía las manos calientes, siempre calientes. Recuerdo bien sus uñas largas, sus anillos, sus arrugas. Recuerdo también la cruz y el Cristo colgado sobre la pared, justo encima de su cama. Recuerdo su velador de madera, su Biblia, su rosario, sus gafas grandes y modernas, su cama de madera y espaldar de madera decorado con churos. Su cubre cama de colores. Y ese olor, entre madera y amor. Mi abuela abría sus cobijas, yo entraba en un lugar en el que nada malo podía pasar. Todo estaba bien, quizá así se debe sentir estar en el útero materno. Por ahí dicen que todos queremos volver al útero. Que eso es la vida: querer regresar al útero. La voz de mi madre equivale a la cama de mi abuela. A ratos, aunque sea para putearme, es un salvavidas. Su voz también es una cuna. El sonido de sus tacones al llegar a casa. El sonido del auto que llegaba significaba eso: paz.
Ese pequeño momento en la madrugada cuando los pájaros empiezan a cantar, el cielo cambia de color, se pone violeta, azul, se anuncia el día. Y nosotros, los tres, estamos en la cama abrazados. Estos lugares mentales deberían ser una cuna a la que siempre se pueda volver. Ahora que lo pienso, quizá ese sea el sentido de la meditación: encontrar un lugar dentro de una misma que pueda ser un útero.

Pero también los platos sucios, el reloj, la pijama, la casa, la ropa sucia, la ropa limpia, la sopita, el agüita de remedio, la televisión prendida, los libros a medio leer, las tazas al lado de la compu con café regado, con ideas regadas, con sueños regados, la luz diáfana de mañana de domingo, todo eso, todo eso, se puede convertir en una baba de dragón, en un monstruo gigante que te persigue, te amenaza, te come. Por eso espero ganarme la batalla. Por eso, si se apagan las luces y vienen los fantasmas, espero poder salvarme de mi misma.

(Mundo Diners)
Foto: Anaté Izquierdo