Sobran los motivos para ver-o volver a ver-Matador
A cuarenta años de su estreno, Matador, de Pedro Almodóvar, vuelve a proyectarse en el cine Ochoymedio, en el marco del Festival Eurocine 2026. Sexo, muerte y erotismo; tauromaquia, eclipses y detectives; Carmen Maura, Antonio Banderas y Chus Lampreave: son solo algunas de las razones para volver a ver este clásico.
El rostro de un hombre, muy cerca. Le pasa algo. Le pasa mucho. Sufre, se extasía, tiembla.
Es el miedo. Es el deseo. El hombre vibra, arde. Pero también está triste. Hay algo trágico en su mirada. Intuimos que se masturba. Sabemos que está viendo algo, pero no sabemos qué. Tampoco alcanzamos a ver sus manos así que la masturbación no resulta del todo explícita. Lo vemos a él, su rostro contenido en una agonía placentera. Ese rostro atravesado por tantas cosas aún indescifrables resulta perturbador, y lo es más cuando en el siguiente plano entendemos qué es lo que mira: mujeres atadas, cuerpos inertes, asesinatos. Se trata de la primera escena de Matador (1986), la cuarta película de Pedro Almodóvar.
Aunque pareciera tratarse de una película slasher, en realidad, lo que ve el personaje de Diego Montes (Nacho Martínez) es Seis mujeres para el asesino (1964), de Mario Bava.
Esta cita no es en vano. Remite al género que inspiró a Almodóvar, el giallo italiano, reconocido por mezclar misterio, suspenso, thriller psicológico, terror y violencia. Este género no nació en el cine, sino en las novelas policiacas underground sobre asesinatos, identidades ocultas y obsesiones sexuales. Directores como Mario Bava o Dario Argento llevaron esta estética a la pantalla grande, y luego vino Almodóvar, quien también se inspiró en esta tendencia, y como es su costumbre, la recreó a su manera, acercándola a su cultura, la cual, a sus ojos, parecía hecha a la medida del giallo. La tauromaquia- especialmente mirada por Almodóvar- es un universo donde habitan erotismo, violencia y muerte.
El guión de Almodóvar y Jesús Ferrero, cuenta la historia de dos personas que solo encuentran placer a través del dolor, o en otras palabras: que aman tanto la vida que, para exprimirla, necesitan ir hacia el otro extremo, la muerte. Diego Montes (Nacho Martínez), un torero retirado por haber sido atacado por el toro, debe conformarse con dar clases de tauromaquia; pero desde que se le ha prohibido entrar a la plaza, ha desplazado su pulsión hacia un lugar mucho más oscuro, asesinar mujeres. Por otro lado, Carmen (Assumpta Serna), una especie de parodia de la clásica mujer fatal, busca a hombres para acostarse con ellos y luego asesinarlos, clavándoles en la espalda la aguja que lleva en el pelo. No puede consumar un orgasmo sino es con esta puñalada final. Estos dos seres se encuentran a través de Ángel (Antonio Banderas), alumno de Diego. Ángel es quizá el personaje más complejo. Construido como una especie de Norman Bates —con una relación complicada con su madre, problemas mentales, vértigo y un profundo temor a la sangre—, es un personaje lleno de contradicciones. Tiene visiones, es extremadamente sensible y, al mismo tiempo, siente una profunda admiración por Diego, a quien convierte casi en una figura de culto.
En una de sus clases, Diego habla sobre la valentía, sobre la muerte, sobre el deseo, sobre el valor; pero la pasión de sus palabras parece ocultar algo más profundo. Ángel, que es más joven que Diego, lo mira; atento, aterrado, deseante. Sus ojos vírgenes temen y desean. Hay tanto misterio en esa mirada. Esa mirada condensa la impronta de Almodóvar. ¿Cómo puede alguien transmitir tantas sensaciones con una sola imagen? ¿Qué tiene ese plano que lo hace único? ¿Es la actuación de un joven y principiante Antonio Banderas? ¿O el vestuario rojo que contrasta con sus ojos? ¿O tal vez la música de Bernardo Bonezzi, con ese tinte de terror atrás del deseo? ¿O será tal vez todas esas cosas condensadas en un instante, cumpliendo así con el cometido del cine?
Después de una clase de tauromaquia, Diego le dice a Ángel que para poseer a una mujer hay que violarla. Luego le pregunta si es homosexual y Ángel parece ofenderse, pues esa misma noche, y como para probar que no lo es, intenta violar a Eva (Eva Cobo) la novia de Diego. Sin embargo, falla en su misión. Antes de consumar, le pide perdón, y cuando ella, al intentar escapar se cae y se hace una herida en la cara, Ángel se desmaya, pues no tolera la sangre.
Resulta interesante la escena de la denuncia. Es Ángel quien se entrega a la policía, y le cuesta probar su culpabilidad. Cuando Eva llega a la comisaría con su madre (la gran Chus Lampreave, en sus 50s) ninguna de las dos parece sentirse atormentada por lo ocurrido. Al contrario, actúan como quien quiere salir rápido de un asunto burocrático o como para quien una violación es pan de cada día. Por un lado esto podría leerse como una crítica a la normalización del abuso a las mujeres, pero por otro (y creo que es el que más pesa) hay que aplaudir que en los ochentas, Almodóvar nos presenta una violación sin victimización. Aquí, el acto no supone la destrucción del personaje femenino ni de su proyecto de vida. Eva no se queda marcada para siempre con el abuso de Ángel, sino que sigue adelante y queda muy bien parada, y al contrario, es él quien se rompe. Ha fracasado en el intento de ser eso que dicen que es ser hombre: matar, violar, poseer. Y hay algo cómico en esta deconstrucción de la masculinidad tradicional y tóxica.
Ahora volvamos al centro de la trama, Carmen y Diego y su romance atravesado por Thánatos. Almodóvar explota la metáfora a la que invita el ritual taurino: Carmen y Diego asesinan a sus víctimas igual que el torero al toro, y de alguna manera, igual que el amante penetra a su amada. Almodóvar propone un juego entre la dominación y el placer. Y entre líneas quedan muchas preguntas: ¿Por qué resulta excitante el peligro? ¿Cuáles son los límites entre el placer el dolor? ¿Es innato el instinto de dominación en el ser humano?
¿Te gustan los toros? Le pregunta Diego, y Carmen responde: “Más bien me gustan los toreros” Almodóvar logra mostrar la belleza del ritual de la tauromaquia, haciendo hincapié en la belleza y/o complejidad de la figura del matador. Porque una de las cosas más interesantes de esta película es cómo filma los cuerpos masculinos. Como nadie antes se había atrevido a hacerlo, basta ver esos planos cerrados de los sexos forrados en sus trajes rojos. En un mundo- y en un tiempo- en el que predominaba en el cine (y en la vida) la erotización de los cuerpos femeninos, él decide erotizar los masculinos; no esconder, sino ensalzar el deseo homosexual y/o femenino, y mostrar a la mujer no cómo el objeto deseado sino como un ser deseante: Carmen vive activamente el deseo y explora su naturaleza hasta llevarla al límite.
Matador es la última película de la primera etapa de Almodóvar. Después de esta ya empezará con nuevas búsquedas. Pero aquí nos encontramos con el Almodóvar más Almodóvar: el primer Almodóvar, el más corrosivo, salvaje y temerario; el de Entre tinieblas y Pepi, Luci, Bom, el que dialoga tanto con Hitchcock como con McNamara; el que se permite cameos larguísimos (e increíbles) y metalenguajes descarados; el que utiliza los códigos del terror para explorar la comedia; el que se mete con la muerte, con el sexo y, más radicalmente, con el deseo de muerte. El que se atreve a reírse de la “hombría”, a mostrar penes sin solemnidad pero con deseo, el que se permite terminar una historia con un eclipse: un acontecimiento tan grandioso como absurdo, tan supersticioso como misterioso, y tan bello como ridículo. Solo Almodóvar puede llevar a tantos niveles una sola historia. Solo Almodóvar es capaz de entreverar con tanta sutileza comedia y tragedia. Solo Almodóvar no tiene miedo y lo entrega todo. Solo él es capaz de encontrar comedia en los lugares más oscuros. Solo Almodóvar convierte en belleza todo lo que mira.
(Publican en Mundo Diners)










