Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

miércoles, 18 de junio de 2014

Rebeldes que no se despeinan (Hipsteria colectiva)





La palabra cool me retuerce el espíritu. Un quiteño "cool" hace publicidad y se siente Coppola. Jala coca en los baños de los bares y se siente Tony Montana. Usa twitter, no Facebook. Intercala la camiseta amarilla de los Sex Pistols con la de Los Ramones. Usa lentes enormes aunque no tiene miopía. Conoce las calles de Nueva York mejor que las de su barrio. Sabe el color del calzoncillo del baterista de su banda favorita (tiene una nueva cada semana). Va todos los años peregrinando hacia el festival Lolapalooza. Aunque puede comprarse Converse, usa Venus. Rompe con la moda, pero siempre está a la moda. Es rebelde, pero no se despeina.  Según el diccionario "cool" es un rebelede con éxito. ¡Qué oxímoron!. ¿Decir rebelde con éxito no es lo mismo que decir cigarrillo electrónico, carne vegetariana o rock cristiano?.


El saxofonista negro Lester Young fue el primero en decir “I am cool”, refiriéndose a “estar relajado en un determinado ambiente, con la situación bajo control”. A pesar de transgredir (o querer transgredir), el cool mantiene el control. Por otro lado, es interesante el vínculo del término cool a la comercialización de la cultura negra. “Para muchas supermarcas perseguir lo cool significa simplemente perseguir la cultura negra. Tal es la razón de que la primera parada de los cazadores de lo cool fueran las calles de los barrios más pobres de Estados Unidos donde los chicos juegan al beisbol”, dice Phil Spur, director de marketing de “Pepe Jeans”, en una entrevista hecha por Naomi Klein para el libro “No Logo”.


El diseñador Christian Lacroix dijo en Vogue: “Es terrible decirlo, pero a menudo los mejor vestidos son los más pobres”. Los empresarios de la moda nos dicen qué desear y son los verdaderos artistas, que, en silencio, transforman la ambigüedad en marca. Se apropian de la miseria y la convierten en moda. Se apropian de la libertad y la venden.  A quienes tengan dinero para comprarla, claro. Quizá por eso un cool es necesariamente aniñado, es decir,   apto para comprar y vender. Un cool es un blanco que se viste de negro. Un aniñado que se viste de gamín. Un empresario exitoso que se viste de perdedor. Un chico popular que se viste de nerd (o geek, más cool llamarlo así). Adidas sacó su versión del “gamín”. Tommy Hilfiger su versión del hip-hop marginal. American Apparel su versión del “hipster”. Para toda penuria hay una marca. El sufrimiento del cantante Kurt Cobain años más tarde terminó reducido a la palabra “emo”, que vende dolor haciéndolo pasar por cool. Cool es una suerte de sublimación de aquello que jamás ha sido aceptado. Ponerle marca a lo no aceptado, a lo freak, a lo mínimo, a lo “pasado de moda”. Ponerle un sello a la diferencia y, paradójicamente, normalizarla, banalizarla. Quitarle su belleza original y venderla. Los empresarios sospechan que en la minoría hay una fuerza latente peligrosa y, antes de que explote y de que sea una voz, la compran. Después la venden. Y nosotros la compramos. 


 
Me encantaría llegar en “combinación” a una reunión de publicistas, pero seguro los “cazadores de lo cool” me atraparían y al otro día sufriría espasmos viendo a los aniñados dar pasitos con mi atuendo. La marca no perdona. No deja un espacio libre. Nos venden rebeldía en lata. Y la consumimos. Y nos da placer. Yo no me escapo. También soy cool. Todos somos cool. ¿Cuál es la salida? ¿Quemar las marcas y dar la guerra que tanto les excita a los empresarios de la moda? Quizás hacer como Andy Warhol y Susan Sontag y crear una obra de arte con plástico. Tomar Coca-Cola y usar Converse quizás sea más rebelde que pretender no hacerlo.


Jack Kerouac describió a los hipsters como personas “de una especial espiritualidad”. Sin embargo, muchos de ellos hoy son lo contrario: la apariencia y no la esencia. Quizá vaya por ahí. Buscar la luz, la piel que está bajo la marca, pero, ¿habrá algo más allá?, ¿o será que en estos tiempos posmodernos nuestra piel ya es marca?.

(Diners)

lunes, 2 de junio de 2014

El principito: las estrellas se ríen en el desierto (de lo real)

I. La infancia es un planeta en el que solo alcanza uno…

Ya hace mucho tiempo que el principito desapareció en el desierto. Digo hace mucho tiempo, pero si queremos ser exactos (no olvidemos que a las personas mayores les encantan las cifras) habría que decir que fue hace 77 años.  Pero digamos que fueron 100. ¡Cien años! Eso explica que mis recuerdos a estas alturas  ya sean tan ambiguos como mi infancia. Solo me quedan pedazos de luz que se fugan cuando los pienso: una serpiente amarilla, sus rizos brillantes, sus baobabs. Mi edición pequeña forrada con plástico, las manos de mi madre, su voz. El Principito era una especie de mapa que intenté descifrar. Un manifiesto extraterrestre. No lo recuerdo como un libro dulce, sino como algo bello… Y triste. Infinitamente triste. Insoportablemente triste. Y he aquí el secreto, señores: la infancia también es soledad. El principitodelira en el desierto, le ha picado una serpiente y alucina estrellas. O tal vez él mismo seala alucinación de un aviador que no ha probado agua en días. Algo así es la infancia. Además, dura un segundo y después… Quizás por eso el libro es un mapa; una partitura que hay que descifrar para recuperar sus vestigios de la infancia, ese planeta brillante en el que solo alcanza uno. 






















Para su evasión, aprovechó una migración de aves silvestres...

II. El viaje del principito (o el miedo al silencio.)
Un día, el principito abandonó el asteroide B-612. El asteroide B-612 es del tamaño de una casa. Tiene 3 volcanes. Dos en actividad y uno extinguido. Pero nunca se sabe.  El principito aprovechó la migración de aves salvajes y se aventuró al espacio sideral. Voló lejos. Huyó de una rosa con 4 espinas. Huyó porque amaba a esa rosa. Y cuando uno ama lo mejor es volar. El principito recorrió varios planetas en los que encontró hombres tan egoístas que no eran hombres, sino hongos.
El viaje del Principito es una metáfora de la ceguera humana. Nos equivocamos al decir que los adultos no imaginan. Pues sí lo hacen: imaginan infiernos, mueren y matan por fronteras que no existen. Los niños no imaginan, eso es un cliché: los niños ven de verdad la magia que existe en el mundo de verdad. Los adultos no son malos, más bien son seres tristes que se esclavizan para no enfrentarse a la inmensidad de las estrellas o de sí mismos (si es que hubiera alguna diferencia).

En el primer planeta el principito encuentra a un Rey. A pesar de que el pequeño asteroide no tiene más habitantes que el Monarca, el hombre se empeña en gobernar.  Sueña el Rey que es Rey.  Pero, ¿qué gobierna? Las estrellas, los planetas, los cometas… “ Si ordeno a un general que se transforme en ave marina y el general no obedece, no será culpa del general”. Si ordeno a la lluvia caer en abril y a los arupos florecer en agosto, seguro me obedecerán. El Rey sabe este secreto y se guiña el ojo a sí mismo. Él es feliz así. En otro planeta igual de pequeño el principito encuentra a un vanidoso solitario. El ser más vanidoso del mundo está completamente solo: no podría ser de otra manera. Después encuentra a un hombre rojo que hace sumas y restas todo el día, a un borracho que bebe para olvidar que es un borracho y a un geógrafo de escritorio que jamás se ha movido de su puesto. El capítulo del farolero es tan bello que podría ser otro libro: El farolero o la historia más triste del mundo. El farolero habita un asteroide pequeño, muy pequeño. El asteroide tiene un farol que el farolero debe encender y apagar un millón de veces. Lo hace porque es la consigna. La consigna es la ceguera: la fe en una actividad absurda que sostiene una inmovilidad con el fin de ocultar la nada. La actividad del farolero recuerda al típico rito obsesivo-compulsivo de apagar y encender la luz 80 veces antes de dormir para que no suceda una desgracia. Todos los personajes que el principito encuentra en su viaje hacen actividades compulsivas. Encender y apagar un farol. Sumar y restar. Beber para olvidar que se es un borracho. Actividades absurdas. Actividades-ruido que buscan silenciar. El obsesivo habla para callar, busca para ocultar, y se mueve para detener. ¿Qué más le queda a alguien que habita un planeta abandonado en el universo?, ¿qué más puede hacer si no encender y apagar mil y un veces un farol? Inventar leyes y creer ciegamente en ellas para olvidar que estamos solos, que no tenemos súbditos, que somos unos borrachos…

III. La tercera roca alrededor del sol
(O pequeña crónica del mamífero bípedo)
—¿Qué me aconseja usted que visite ahora? —preguntó.
—La Tierra —le contestó el geógrafo—. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.


El principito llegó a la Tierra. La Tierra: planeta del Sistema Solar que gira alrededor de su estrella en la tercera órbita más interna. Se formó hace aproximadamente 4.500 millones de años, pero la vida surgió 1.000 millones de años después. La vida: aquello que distingue a los reinos animal, vegetal, hongos,  protistas, arqueas y bacterias del resto de realidades naturales. Implica las capacidades de nacer, crecer, metabolizar, responder a estímulos externos y reproducirse. La vida, en este caso, incluye la formación de millones de especies, entre ellas, el ser humano. Ser humano: especie de primate de la familia de los homínidos. Animales bípedos medianos. Se reproducen mediante la intervención de dos personas de diferente sexo, con más frecuencia en verano. El pulgar oponible permite a los humanos manipular cosas con precisión. Las personas aman las cifras. Las personas caminan sobre la Tierra. La Tierra flota sobre fuego. En la Tierra hay  alrededor de 7.046 miles de millones de personas. Entre ellas ciento once reyes. Siete mil geógrafos. Novecientos mil hombres de negocios. Siete millones y medio de ebrios. Trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos millones de personas mayores. Los hombres tienen fusiles y cazan. También crían gallinas. Es su único interés. 




¿Dónde están los hombres? —Dijo el principito—. Se está un poco solo en el desierto.
—Con los hombres también se está solo. —Dijo la serpiente.

Aunque haya más seres humanos, cada uno es un planeta. La Tierra es grande y hay millones de hombres y mujeres iguales los unos a los otros. Millones de rosas iguales las unas a las otras. ¿Dónde está el sentido si nos repetimos una y otra vez?, ¿si lo que pienso hoy ya lo han pensado antes?, ¿si mi piel tiene rastros de estrella que ya fueron de otra piel?Nos repetimos, y aún así, estamos solos. Somos eco que devuelve soledad.  El principito lloraba amargamente pensando en todas estas cosas, pero el zorro le contó algunos secretos: las rosas se repiten como estrellas pero pueden ser únicas. El Quijote de Pièrre Menard es diferente al de Cervantes. Las cosas son únicas cuando los ojos las transforman. Se transforman cuando las domesticamos. Domesticar quiere decir “crear lazos”.  Por eso el principito quería a la rosa de 4 espinas. Pero el principito quería tanto a esa flor que tuvo que dejarla… Porque cuando uno domestica, corre el riesgo de llorar un poco. “Para mí el trigo es inútil, pero cuando me hayas domesticado, el trigo dorado será un recuerdo de ti, y amaré el ruido del viento en el trigo” —le dice el zorro al principito—. Y el principito lo domestica. Pero cuando debe seguir con su viaje y dejar al zorro, este llora.

- Pero vas a llorar —dijo el principito—.
- Sí —dijo el zorro.
- Entonces, no ganas nada.
- Gano —dijo el zorro— por el color del trigo.

IV. Lo que no tiene cuerpo.
Las estrellas que son bellas por una flor que no se ve.


¿Qué pasaría si en un segundo, al mismo tiempo, el farolero dejara de encender su farol, el hombre de negocios de contar las estrellas, el rey de gobernar, el geógrafo de leer y el borracho de beber? Caería la Mátrix:  bienvenidos al desierto de lo Real (que es el mismo en el que apareció y desapareció el principito, el mismo en el que Exupéry chocó con su avión para reencontrarse con el pequeño extraterrestre).

El sonido de las estrellas sería insoportable: escuchar al Universo es tan aterrador como escuchar la circulación de la sangre. Pero es hermoso… Poco a poco empezaríamos a entender que lo que verdaderamente existe es lo que no se ve. En el desierto de ‘Lo Real’ no se ve nada, no se oye nada. Y, sin embargo, algo resplandece en el silencio…
El Principito es todas esas imágenes invisibles: la caja del cordero. La piel de la serpiente que contiene al elefante. La risa de las estrellas. El cabello dorado en los campos de trigo. Las cosas tienen sentido por otras cosas: las estrellas están llenas de flores, las flores de manos, las manos de planetas, los planetas de ojos. El mundo está lleno de huellas. Fantasmas que bailan en el cielo. Prehistoria cósmica.
Ganamos,  por el viento en el trigo.



(Cartón Piedra)

lunes, 12 de mayo de 2014

Morir y después bailar

(De cuando mi abuela murió una hora)



“Ay, cómo quisiera morir y después cenar”, había dicho la madre de una tía mía, cerca de los 80 años. Estaba enferma, cansada, pero aún tenía hambre. ¿Quién no quisiera morir sin morir?  “Experimentar la muerte sin morir”, escribe Nicolas Ray en su diario íntimo. Morir y después cenar , morir y después tomar un whisky, morir y asistir a tu entierro, morir y después follar. Excepto Nacho Vegas (quién le reza a  un Dios que le prometió que cuando esto acabe no habrá nada más) todos tenemos el morbo de espiar la propia muerte. Pero es imposible. Aunque yo sí conocí a una persona que lo hizo. Mi abuela, mi bella abuela.

Las nubes grises colgaban del cielo con la barriga llena, pesadas, como piedras o algodones cenizos, espesas,  a punto de reventar. Bajo este firmamento premonitorio, el auto de la familia Varea se deslizaba lentamente, sobre  una carretera desolada. El abuelo Miguel conducía nervioso. Estaba oscureciendo y a él esa hora le daba miedo. A su lado, Gloria,  su mujer (que no es por nada pero parecía salida de la pantalla de una película francesa) miraba por la ventana. En el asiento trasero, mi madre, de tres años, encontraba figuras en las nubes presintiendo la "terrible tormenta".

Entonces un rayo eléctrico los cegó, seguido de un ruido violento. Miguel Ángel Varea frenó a raya. Cuando la luz volvió, mi Mami Yoya se había desplomado.  Las gotas de lluvia reventaban en el parabrisas, y  a lo lejos, un árbol ardía en llamas. Mi abuela no respodía, su cuerpo chorreado en el asiento se había transformado con el relámpago. La mano  de mi abuelo acercó un espejito a su boca. Esperó temblando, pero el espejo no se empañó. “¡Se murió mi mujer!” gritaba mi pobre abuelito. Regresaron desesperados a la hacienda. Y aunque para ese entonces un doctor ya la había diagnosticado clínicamente muerta,  Braulio, el capataz de la hacienda, dijo:  “¡A mi señora no le toquen!”. Nada de hospital. Nada de Quito. Nada de ataúd. Según él, solo había que ponerla en un lugar tranquilo... y esperar a que cayera otro rayo.

En alguna parte, al otro lado, ella camina en la nieve. En alguna parte (donde ahora se ha quedado para siempre, o por un buen rato), ella teje las nubes que ya no son pesadas, sino como algodón de azúcar blanco… En alguna parte, ella mira atardeceres en ventanas gigantes y suspira de belleza. En alguna parte, al otro lado, ella habla con los pájaros y  toma el café de las once (aunque allá no hay tiempo). Entonces escucha  lamentos lejanos, ¿Por qué lloran tanto?, ¿No se dan cuenta de que la vida es bella?... A través de un agujero de niebla blanca, ella divisa a una multitud de gente llorando, frente a un cuerpo inerte. Quiere decirles que se callen. Que está viva. Pero la voz no le sale de la garganta.

Las tías secan sus lágrimas con pañuelos, mi abuelo da pequeños pasitos nerviosos, mi madre mira el cuerpo de la bella durmiente iluminado por una vela. No entiende nada.  Entonces cae otro rayo… Y mi abuela se levanta en un impulso. “¡Cállense, carajo! ¡Aquí nadie se ha muerto!” les dice a las lloronas.
No sé si creo en Dios. Rezo todas las noches, eso sí. He llegado a pensar que quizás el Dios de Nacho tenga razón, y  después de esto no haya nada más. Pero entonces ella me visita en sueños. Trae su neceser. Tomamos el café de las once,  comemos pedacitos de queso cortado, me paso a su cama a dormir, y sé que ahí jamás podrá encontrarme la muerte, porque ahí siempre hace calor. Cuando nos despedimos, sus ojos sonríen y me reconozco en ellos. Su cara iluminada  se dashace en mis manos y se transforma en la cara de mi madre. Y después en mi cara. Y luego en la de mis hijos, que no existen (todavía) y en la de sus nietos. Miles de caras emergen y se desvanecen como un río que se transforma y siempre es el mismo. Somos peces, ojos lejanos, luz prehistórica que habita distintos cuerpos.Un mismo viejo y querido espíritu. Mi abuela se aleja con su neceser y promete otra visita.  Está viva.  Somos perpetuamente inmortales.  

PD: Mi mamá cuenta que a veces los ojos de mi abuela se llenaban de misterio. Entonces ella le decía, con pánico: “Usted vio algo, cuando le cayó ese rayo, usted vio algo, usted sabe algo…” Mi abuela, sin dejar de mirarla con sus ojos negrísimos, sonreía. Pero jamás respondió a esta pregunta. 

(Diners)
 

miércoles, 16 de abril de 2014

Momentos patéticos de la vida independiente.



Bastará con decir que escribo esta columna desde un “Café net” que de “café” no tiene nada. Se trata de una especie de tienda de abarrotes con tres PC viejas. Alrededor la gente camina ajetreada sacando copias de sus cédulas o impresiones blanco y negro de sus trabajos de estudiante. Hay una mezcla de olores interesante y nunca falta el niño que grita como un desalmado recordándote por qué no quieres tener hijos. Digamos que este no es precisamente un sitio que atraiga a las musas, pero este pequeño lugar se ha convertido en mi oficina. Desde que fui exiliada de mi hogar, los dueños de este negocio me saludan con beso.

La historia es así: me despierto con ganas de escuchar Nacho Vegas, pero cuando intento hacerlo descubro que el internet está cortado. Me dispongo a hacer una llamada, pero claro, el teléfono también está cortado. Diez minutos después (no exagero) cortan la luz. No entiendo esa mala –pésima– costumbre de ir por la vida cortándole los servicios básicos a la gente. Lo peor es que cuando el conserje te anuncia que van a sacar el cajetín del teléfono como que le brillan los ojos y sonríe con alegría al darte la mala noticia: la humanidad es perversa. Y estoy segura de que esa gente que se dedica a cortar servicios básicos disfruta mucho haciéndolo. ¿Qué estarán sublimando? Pasan todo el día con su maletita de herramientas, desarmando cosas, desprogramando aparatos compulsivamente, algo así como Chaplin en “Tiempos Modernos”. Deben sentir mucho placer cada vez que desarman tuberías y desconectan medidores. Enfermos.

Pero bueno. No es la única desgracia que le sucede a una soltera chira. El problema es que al vivir sola una se olvida que es humana.  Yo puedo pasar horas sin darme cuenta de que pertenezco a esta raza traicionera a la que se conoce como “humanidad” y que está hecha para devorar. Porque básicamente los seres humanos están hechos para una cosa: comer. Qué costumbre, esa de comer. Sobre todo, si vives sola.  Cada vez estoy más segura de que el alimento existe a partir de dos. Debería haber una pastilla que contenga en un milímetro todas las vitaminas que el cuerpo requiere y ya. Una pastilla que evite el vacío de enfrentarse a un refrigerador con un limón seco, o la fatiga de abrir una lata de atún y cortarse un dedo, o peor aún, el acto degradante de llamar siempre al mismo Chifa y comprobar que el personal del Chifa ya te conoce y te saluda emocionado: “!Señola Flanco! qué gusto”. “Señorita, señor, señorita”. “¿Quiele wantán flito?” Y pedir siempre la misma orden. Y no recibir descuento... Y sentirse desdichada, porque pocas veces una se siente más miserable que después de haber devorado en soledad una tarrina de chaulafán.

Otro evento patético es el de llevar una sillita ridícula por toda la casa para cambiar el único foco que funciona en los distintos ambientes. Tristísimo. Lo peor es que la ausencia de focos no se debe a un problema económico, sino a algún misterio profundo. Debería haber un especialista que estudie la amnesia que impide comprar focos en años. Y aquí va algo más denso: confieso que he secado una camisa con el secador de pelo y que incluso una vez metí un par de medias al microondas.
Después de todo, una se da modos. Vivir sin luz no es tan turro. Una vez superada la crisis de abstinencia cibernética hasta resulta interesante tocar la guitarra (aunque no sé tocar la guitarra) y vacilar la oscuridad. Sin teléfono también se puede. Mejor no hacer llamadas de las que después te vas a arrepentir. Pero vivir sin agua... Una vez intenté bañarme calentando agua en ollas, como María la del Barrio, pero fue tan deprimente que preferí huir a casa de mi madre. A esa calurosa casa en la que siempre hay café caliente. ¡A la casa de la que nunca debí salir!

(Diners)

lunes, 14 de abril de 2014

La vida de Adèle: el mundo es más grande de lo que parece...

Declaraciones de una espectadora hipersensible






Ver La vida de Adèle fue como ver el mar por primera vez.  El vértigo de sentir que tus ojos se quedan cortos ante la inmensidad. Te da miedo caer, quieres caer, te da miedo querer caer.
Y caes… 
¿Exagero?.  Siempre exagero. Y aclaro que escribo este texto desde mi condición de espectadora hipersensible, no de ‘cineasta’ y, menos aún, de crítica. Además creo que el espectador en esta película tiene un lugar privilegiado, un lugar desde el que vale la pena hablar.

I
Vértigo
(Yo quiero besar los labios de Adèle) 

Basta sentarse en una butaca de cine (porque sería un crimen ver esta película en DVD), abrir los ojos y sostenerse fuertemente del asiento, para conocer los síntomas del síndrome de Stendhal.
Después de sobredosis de reflexión, intelectualidad, imágenes conceptuales que son un placer para el cerebro, pero no para el cuerpo ni el corazón…  Adèle llega como un ángel silencioso que destruye los discursos racionales con su belleza.
No me importa de qué tratela película mientras mire a Adèle Exarchopoulos: sus labios, sus ojos, su piel… Adèle comiendo, Adèle durmiendo, Adèle llorando… Tengo la sensación de ser una espía inmoral que se convierte en testigo de cada comisura de su  rostro y de su alma. No debería estar viéndola, es una violación a su intimidad, siento que mis ojos revelan su alma o algo parecido….
Cada detalle es bello: los ojos azulísimos de Emma, la luz entre las manos de Adèle, las lágrimas saliendo de los ojos del guapísimo novio de Adèle, los rayos azules del cabello de Emma sobre el cuerpo de Adèle. Y la luz,  que se convierte en un elemento mágico que desnuda la realidad y la muestra como si nunca antes la hubiéramos visto de verdad. La realidad es bella porque es descubierta por la luz, o, en otras palabras, la luz descubre lo que hay atrás de la piel, revela el espíritu. Esa es la sensación más clara que provoca la película: despertar, ver la luz afuera de la caverna, salir de una ceguera en la que habías permanecido tanto tiempo. Y no te dabas cuenta…

Ese mismo despertar es el despertar de Adèle. Y quizás por esto la película conmueve tanto: porque te permite ser testigo de la transformación de un ser humano real. Adèle se enamora por primera vez… y se decepciona por primera vez. Ningún ser humano es el mismo después del encanto del primer amor, y claro, de la decepción que le sigue… Al retrato de Dorian Gray le sale la primera arruga después de que Dorian tiene su primera decepción de amor. Eso es crecer: pasar de la pureza a la adultez, después de un desencanto amoroso. Sin embargo, hay cierta belleza dentro de esta crueldad. La mirada salvaje de Emma (Léa Seydoux) que seduce como un animal depredador, también revela una armonía que no es inocente. Y es extraño que sea ella quien acabe conquistando al espectador, por momentos, más que la propia Adèle. Sus ojos, al contrario de los de Exarchopoulos, revelan una belleza casi diabólica. Perder la inocencia vale la pena. Las marcas que deja la vida duelen, pero son la prueba de que es real. Una reivindicación del dolor, o mejor dicho, de la experiencia humana.
Por eso Adèle siempre está a punto de llorar. Está en ese estado catártico del que cambia de piel, del que está descubriendo el mundo o descubriéndose a sí misma (si es que hubiera alguna diferencia). Adèle está viva. Yo estoy viva. Yo, como ella, siempre tuve lágrimas en los ojos. Descubría extasiada que soy más profunda de lo que había pensado, que soy infinita, que puedo sentir tantas cosas a la vez: quiero reír mientras reflexiono... me entristezco, pero me encanta, estoy excitada y quiero llorar. Tiemblo. Me entrego al abismo. Estoy cayendo. 




II
Capturar, no representar…
¡Somos muy cursis!

Quizás Hollywood marcó una forma de hacer cine. Y de ver cine. Los gringos son los maestros del lenguaje audiovisual que se basa en ‘representar la realidad’. Efectos, disolvencias, encuadres compuestos, fotografía cuidada, lluvia artificial, música extradiegética, actuaciones histriónicas. Representar la vida desde la hipérbole, que es una forma válida de expresar la subjetividad, sino, ¿cómo transmitirle al otro mi sensación particular del mundo?. El espectador canguilero está acostumbrado a un universo audiovisual que responde a su propia lógica, a una lógica que en un punto tuvo más sentido, más verosimilitud o más credibilidad que la vida misma. Los paradigmas de la vida los dictaba Hollywood. A tal punto que ya no eran las Divas del cine las que representaban a la mujer cotidiana, sino que eran las mujeres cotidianas las que actuaban como Divas del cine. ¿El cine representa a la vida o la vida representa al cine? Círculo vicioso. Las leyes de la ficción, creadas por el hombre, empezaron a incidir en la vida de los mortales. Y no al revés. Pero esa es otra historia. El punto de esta, es que ese lenguaje creado, amanerado, ‘hechito’, es el que se ha impuesto a escala mundial y el que hemos intentado reproducir, a veces desde un lado inconsciente, ya que lo tenemos arraigado en la memoria colectiva (nos han bombardeado con ese tipo de imágenes desde que tenemos uso de razón). Pero como diría Woody Allen: “Por suerte existe Francia…”. Mientras los gringos se desgañitaban intentando construir un lenguaje que responda a una lógica propia (y lo lograron con maestría, por supuesto) en reproducir la realidad, los europeos la capturaban… La Nouvelle Vague nace como captura de la realidad y no intento de representarla. Liberó al lenguaje cinematográfico de recursos amanerados, proponiendo una nueva forma de ficción que incluía al documental como parte del discurso… Develó los límites del formato y el lenguaje cinematográfico capturando, paradójicamente, más momentos de verdad.  La película de Abdellatif Kechiche es la explosión de todo esto, el resultado de años de búsqueda cinematográfica europea. Kechiche logró crear un nuevo lenguaje, que siendo ficción pura,  no representa, sino que atrapa, captura fragmentos de verdad. 





III
El mundo es más grande
de lo que parece...

Ya lo dije arriba: la sensación que deja La vida de Adèle al espectador es la del depertar de un ciego que, quizás debido a un milagro, se vuelve vidente. O en otras palabras, la revelación de esta película es igual a la de un orgasmo: no sabes que existe hasta que lo vives.  Las posibilidades del cine y del cuerpo son infinitas. El viaje de Adèle es un viaje por su cuerpo y su alma, y yo siento que las mujeres somos más grandes, la feminidad es más grande, la sexualidad es más grande. Acostumbrada a ver películas que me hagan pensar o llorar por compasión de los personajes, esta me hace llorar de belleza. Rebasa los límites de mis capacidades sensoriales.  El cine es más grande.

“La primera gran historia de amor del siglo XXI”, dice una nota de prensa. Y creo que tiene razón . Los primeros cineastas no pensaban que era posible hacer primeros planos y, menos aún, mezclarlos con otros valores de plano. Simplemente no se les ocurría, así como los indígenas no veían a los barcos de los españoles cuando estos ya habían cruzado el horizonte. No los veían porque esos objetos extraños y flotantes todavía no habían entrado en su universo de signos. Pero luego a Grifith y a Ensestein se les ocurrió montar los planos, y el espectador descubrió que su capacidad de lectura era más amplia… Y  empezó otra etapa. Así es la vida, cuando piensas que te las sabes todas, de repente llega  alguien  y hace alguna locura. Entonces descubrimos que sí es posible, que somos más de lo que pensábamos, que somos infinitos. Ya fue. Hoy es el primer día del resto de la vida del cine.

 Después de 3 horas de película, llegué a mi casa hipnotizada, flotando, como cuando bajas de un barco, pero aún sientes el movimiento de las olas. No podía dormir. Sentía que debía escribir, hacer algo, registrar de alguna manera lo que me había acabado de pasar. Como una forma de recordarme a mí misma que había sucedido, como para luchar contra mi propio olvido, todavía ebria de belleza, intenando atrapar las sensaciones que aún no tienen palabras, escribí:  “Acabo de ver La vida de Adèle. Tuve que sostenerme del asiento para no explotar de belleza. Vértigo. El mundo es más grande de lo que parece, la sexualidad es más grande de lo que parece, el cine es más grande de lo que parece… Yo, espectadora, puedo llegar a sentir más cosas de las que pensaba. Tiemblo. Quiero hacer cine. Quiero vivir…”

(Cartón Piedra)



viernes, 28 de marzo de 2014

Mal trip (El mito del eterno retorno y papas fritas)





Cuando teníamos 15 años, mi mejor amiga regresó de Galápagos transformada. Había pasado los tres meses de vacaciones junto a artistas del tipo Viejo Napo, escuchando música, haciendo experiencias. Cuando regresó ya no era la misma: ahora fumaba marihuana.

Una noche puso One of these days, la canción de Pink Floyd, y armó un porro como una experta. Sus hábiles dedos ponían la yerba en el papel como si lo hubieran hecho ya miles de veces. Ella quería que la admire y le pida que me enseñe, pero eso no sucedió. Desde chiquita fui la cobarde del grupo, mi Mamá me había contado mil veces la anécdota de cuando probó marihuana y le dio lo que llaman blancazo: mareo, paranoia, vómito. Según ella, nunca se había sentido peor en la vida. Desde entonces, yo era esa chica del comercial que le dice NO a las drogas. Seguramente mi amiga pensó que yo era una aburrida (y seguramente tenía razón) pero eso no la detuvo y, mientras escuchaba "One of these days", encendió el porro, y con su capucha puesta se dirigió a la ventana. Lanzaba abundante humo sumida en lo que parecía un inmenso mundo interior. Y estábamos lejos. Hace tres meses jugábamos con muñecas, y ahora ella tripeaba un vuelo que yo jamás podría entender. Tal vez por eso este primer acercamiento a la droga hippie no fue positivo: la hierba fue una de las primeras   señales dolorosas de que la niñez había terminado.


Tiempo después decidí probarla, sobre todo porque quería ir a donde estaba mi amiga. Sentía que la había perdido para siempre y pensaba que un "hit" sería la llave mágica que me llevaría hacia ese lugar lejano en el que ella se encontraba ahora. Pensaba que después de fumar entendería, al fin, el misterio de su mirada, la esencia del Rock N’ Roll, la profundidad de la vida. Pero en lugar de viajar a otra dimensión, sentí la boca seca y una sensación de idiotez permanente. Pero seguí insistiendo, hasta que llegó la experiencia del tercer tipo, claro que no de la manera que esperaba. Íbamos a filmar un corto de terror en la casa de un amigo en Tumbaco y preparábamos el “set” para el siguiente día cuando una de las chicas dijo la frase que hasta ahora me eriza la piel: ahora sí vendría bien un pipacín, ¿cachas? Aunque ya sabía cuál sería mi reacción, pensé, ¿por qué no?, al fin y al cabo ella tenía razón. El cielo, el bosque, las estrellas, era un cuadro digno de un pipacín.

Esa noche experimenté lo que un paciente del psiquiátrico San Lázaro vive a diario. Ahora sé, en carne propia, lo que es la locura. De un segundo a otro existir era extrañísimo, como si la coraza que me protege a diario haciéndome olvidar que no sé quién soy y que estoy en un planeta abandonado en el medio del Universo, de repente se hubiera roto. Era consciente de mi insignificancia y me daba vértigo. Recuerdo sentir una energía circular. Sabía que todo esto ya había pasado. Y seguiría pasando. Infinitamente. El eterno retorno ya no era un mito y yo lloraba en una habitación ajena. Encima más, tenía hambre y no podía dejar de comer –mientras lloraba– papas fritas. Al masticar escuchaba claramente mis dientes triturando el alimento y esa serie de sonidos producía una escala aterradora que bajaba in crescendo: ¡Ta-ta- ta- ta- ta! Eso me desquiciaba. Intentaba parar de comer pero ya me había llevado otra papa a la boca y estaba escuchando la orquesta macabra ¿Por qué, si como una papa o como 10, suena igual? La sinfonía debería cambiar de acuerdo a la cantidad de papas fritas, ¿no?, pero siempre sonaba igual y esa melodía era como un taladro en mi cerebro.
Estaba fuera de mí, regada en el espacio, flotando entre papas fritas. Recé y prometí que si al amanecer volvía en mí, jamás probaría otro pipacín. Hay quienes no podemos fumar marihuana por una simple razón:  ya nacimos "tronos". 
A  la mañana siguiente, el mundo estaba en calma y yo recordaba este episodio como una pesadilla lejana. Y pensar que la gente se pelea por un pipacín. 

(Diners)

jueves, 6 de marzo de 2014

El amor apesta (pero no lo bastante)





Chavela Vargas dijo que el amor es un invento de una noche de borrachera. Sería lindo pensar así, pero no, eso en las buenas épocas, hoy el amor ni siquiera es un delirio de alcohol: el amor es un fenómeno mediático. Los niños son bombardeados con imágenes de parejas felices que siempre acaban en matrimonio y, cuando crecen, buscan a su “media naranja” (porque nos hacen creer que todos somos media naranja y no naranja entera) y se casan, y tienen hijos que también serán presa de San Valentín. Hollywood y musicales de Disney: maldito círculo vicioso. Sabemos que el matrimonio es el núcleo del capitalismo. La sociedad de consumo se sostiene en base a “La Familia”. La razón es simple: de a dos, la vida comercial es más lucrativa. No hay promociones de viaje para uno; la comida se pudre en la refrigeradora cuando guardamos extrañas raciones para uno. La vida adulta, es decir, la vida de consumo, es una especie de fiesta de graduación (de esas que salen en las películas gringas, en las que toman “ponche”) a la que solo puedes ir si tienes pareja. Parecería que el objetivo de la vida, después de comer, es casarse. Todos se casan: los aniñados, los viejos, los jóvenes, los hippies, los punks, los metaleros, ¡los gays!, ¡los gays se casan! La homosexualidad es una acción/opción naturalmente subversiva y hermosa, precisamente natural porque desafía a la familia y al capitalismo. El matrimonio justifica la cópula y la cópula justifica la reproducción. La homosexualidad es lo contrario: proclama el placer por placer y la relación ser humano/ser humano sin un fin utilitario. Amor puro. Por eso la sociedad está en contra, porque no concibe que dos seres humanos se amen sin un fin comercial. Por eso, aunque corra el riesgo de ser golpeada por el movimiento GLBT, creo que es un error luchar por el matrimonio y entrar al sistema. Digo nomás. Me dirán que no es tan fácil, que se trata de igualdad de derechos, pero yo creo que pueden igualarse de otra manera: no deberían aprobar el matrimonio gay, sino prohibir el hetero. Como dirían el Doctor Albuja o la Doctora Polo, hoy en día nadie da un centavo por la palabra amor. Es decir, todos se casan, pero el amor de verdad, el que mató al joven Werther, el que inventó Chavela en noches de alcohol, el que hizo vender el alma al diablo a Fausto y desgarró a Dorian Gray, es un mito, un “defecto romántico”. En la era del desecho, creer en algo así sería cursi, emo, demodé. Sin embargo, todos tienen novio y novia, y agarran a su pareja como si fuera una comadre, del brazo, trenzándolo como si se fuera a escapar. Además, les encanta salir en parejas, compitiendo en silencio por saber qué pareja es la más exitosa; cuál es el Macho Alfa, cuál la “mujer ideal”, quién recoge
mejor los platos, calienta primero el agua o levanta con más agilidad la mesa. Lo sé porque lo he vivido. Porque tampoco soy tan dura. Yo también he salido de la mano sin querer dar la mano, y hasta me han llevado (y he llevado) a reuniones familiares en calidad de florero para ver si combino con las cortinas de mi futura suegra. Y no he combinado. Y ahora lo agradezco. Porque no quisiera poner en Facebook “Gordo, te amo, eres lo mejor que me pasó en la vida” y adjuntar una foto del señor (que, en efecto, engordó un montón apenas se bajó del altar) al lado de un contundente plato de comida que yo misma he aprendido a preparar en YouTube. No gracias. Todavía no cumplo 30 años y no quiero para mí tanta hipocresía. Decía Zizek que el ateo de hoy reza en secreto. Y es verdad. Aunque creo firmemente que el matrimonio es nocivo para la salud de todos los involucrados, confieso que he fantaseado con un vestido blanco, con una luna de miel en crucero por las Bahamas y con un hogar casi perfecto. A veces hasta me han dado ganas de hacerle firmar a algún chico para que asegure que no me dejará. Pensándolo bien, eso de querer casarse más que patético es triste. El intento de
sellar un pacto de amor para siempre es inocente. Como decían los Ilegales (citados ya dos veces en este texto) “Para siempre es demasiado tiempo”. Y en el fondo todos sabemos que, así como la muerte llega para quedarse, el amor cualquier día se va para no volver. Sin previo aviso. Sin razón. Sin lógica. Y eso es lo que no queremos aceptar. Eso es lo que nos aterra.

(Diners)