La palabra cool me retuerce el espíritu. Un
quiteño "cool" hace publicidad y se siente Coppola. Jala coca en los
baños de los bares y se siente Tony Montana. Usa twitter, no Facebook.
Intercala la camiseta amarilla de los Sex Pistols con la de Los Ramones.
Usa lentes enormes aunque no tiene miopía. Conoce las calles de Nueva
York mejor que las de su barrio. Sabe el color del calzoncillo del
baterista de su banda favorita (tiene una nueva cada semana). Va todos
los años peregrinando hacia el festival Lolapalooza. Aunque puede
comprarse Converse, usa Venus. Rompe con la moda, pero siempre está a la
moda. Es rebelde, pero no se despeina. Según el diccionario "cool" es un rebelede con éxito. ¡Qué oxímoron!. ¿Decir rebelde con éxito no es lo mismo que decir cigarrillo electrónico, carne vegetariana o rock cristiano?.
El saxofonista
negro Lester Young fue el primero en decir “I am cool”, refiriéndose a
“estar relajado en un determinado ambiente, con la situación bajo
control”. A pesar de transgredir (o querer transgredir), el cool
mantiene el control. Por otro lado, es interesante el vínculo del
término cool a la comercialización de la cultura negra. “Para muchas
supermarcas perseguir lo cool significa simplemente perseguir la cultura
negra. Tal es la razón de que la primera parada de los cazadores de lo
cool fueran las calles de los barrios más pobres de Estados Unidos donde
los chicos juegan al beisbol”, dice Phil Spur, director de marketing de
“Pepe Jeans”, en una entrevista hecha por Naomi Klein para el libro “No
Logo”.
El diseñador Christian Lacroix dijo en Vogue:
“Es terrible decirlo, pero a menudo los mejor vestidos son los más
pobres”. Los empresarios de la moda nos dicen qué desear y son los
verdaderos artistas, que, en silencio, transforman la ambigüedad en marca.
Se apropian de la miseria y la convierten en moda. Se apropian de la
libertad y la venden. A quienes tengan dinero para comprarla, claro. Quizá por
eso un cool es necesariamente aniñado, es decir, apto para comprar y vender. Un cool es un blanco que se viste
de negro. Un aniñado que se viste de gamín. Un empresario exitoso que se
viste de perdedor. Un chico popular que se viste de nerd (o geek, más
cool llamarlo así). Adidas sacó su versión del “gamín”. Tommy Hilfiger
su versión del hip-hop marginal. American Apparel su versión del
“hipster”. Para toda penuria hay una marca. El sufrimiento del cantante
Kurt Cobain años más tarde terminó reducido a la palabra “emo”, que
vende dolor haciéndolo pasar por cool. Cool es una suerte de sublimación
de aquello que jamás ha sido aceptado. Ponerle marca a lo no aceptado, a
lo freak, a lo mínimo, a lo “pasado de moda”. Ponerle un sello a la diferencia y, paradójicamente, normalizarla, banalizarla. Quitarle su
belleza original y venderla. Los empresarios sospechan que en la
minoría hay una fuerza latente peligrosa y, antes de que explote y de
que sea una voz, la compran. Después la venden. Y nosotros la compramos.
Me encantaría llegar en “combinación” a una reunión de
publicistas, pero seguro los “cazadores de lo cool” me atraparían y al otro
día sufriría espasmos viendo a los aniñados dar pasitos con mi atuendo.
La marca no perdona. No deja un espacio libre. Nos venden rebeldía en
lata. Y la consumimos. Y nos da placer. Yo no me escapo. También soy
cool. Todos somos cool. ¿Cuál es la salida? ¿Quemar las marcas y dar la
guerra que tanto les excita a los empresarios de la moda? Quizás hacer
como Andy Warhol y Susan Sontag y crear una obra de arte con plástico.
Tomar Coca-Cola y usar Converse quizás sea más rebelde que pretender no
hacerlo.
Jack Kerouac describió a los hipsters como
personas “de una especial espiritualidad”. Sin embargo, muchos de ellos hoy son lo contrario: la
apariencia y no la esencia. Quizá vaya por ahí. Buscar la luz,la piel que está bajo la marca, pero, ¿habrá algo más allá?, ¿o será que en estos tiempos posmodernos nuestra piel ya es marca?.
I. La infancia es un planeta en el que solo alcanza uno…
Ya
hace mucho tiempo que el principito desapareció en el desierto. Digo
hace mucho tiempo, pero si queremos ser exactos (no olvidemos que a las
personas mayores les encantan las cifras) habría que decir que fue hace
77 años. Pero digamos que fueron 100. ¡Cien años! Eso explica que mis
recuerdos a estas alturas ya sean tan ambiguos como mi infancia. Solo
me quedan pedazos de luz que se fugan cuando los pienso: una serpiente
amarilla, sus rizos brillantes, sus baobabs. Mi edición pequeña forrada
con plástico, las manos de mi madre, su voz. El Principito
era una especie de mapa que intenté descifrar. Un manifiesto
extraterrestre. No lo recuerdo como un libro dulce, sino como algo
bello… Y triste. Infinitamente triste. Insoportablemente triste. Y he
aquí el secreto, señores: la infancia también es soledad. El principitodelira en el desierto, le ha picado una serpiente y alucina estrellas. O tal vez él mismo seala
alucinación de un aviador que no ha probado agua en días. Algo así es
la infancia. Además, dura un segundo y después… Quizás por eso el libro
es un mapa; una partitura que hay que descifrar para recuperar sus
vestigios de la infancia, ese planeta brillante en el que solo alcanza
uno.
Para su evasión, aprovechó una migración de aves silvestres...
II. El viaje del principito (o el miedo al silencio.)
Un
día, el principito abandonó el asteroide B-612. El asteroide B-612 es
del tamaño de una casa. Tiene 3 volcanes. Dos en actividad y uno
extinguido. Pero nunca se sabe. El principito aprovechó la migración de
aves salvajes y se aventuró al espacio sideral. Voló lejos. Huyó de una
rosa con 4 espinas. Huyó porque amaba a esa rosa. Y cuando uno ama lo
mejor es volar. El principito recorrió varios planetas en los que
encontró hombres tan egoístas que no eran hombres, sino hongos.
El
viaje del Principito es una metáfora de la ceguera humana. Nos
equivocamos al decir que los adultos no imaginan. Pues sí lo hacen:
imaginan infiernos, mueren y matan por fronteras que no existen. Los
niños no imaginan, eso es un cliché: los niños ven de verdad la magia
que existe en el mundo de verdad. Los adultos no son malos, más bien son
seres tristes que se esclavizan para no enfrentarse a la inmensidad de
las estrellas o de sí mismos (si es que hubiera alguna diferencia).
En
el primer planeta el principito encuentra a un Rey. A pesar de que el
pequeño asteroide no tiene más habitantes que el Monarca, el hombre se
empeña en gobernar. Sueña el Rey que es Rey. Pero, ¿qué gobierna? Las
estrellas, los planetas, los cometas… “ Si ordeno a un general que se
transforme en ave marina y el general no obedece, no será culpa del
general”. Si ordeno a la lluvia caer en abril y a los arupos florecer en
agosto, seguro me obedecerán. El Rey sabe este secreto y se guiña el
ojo a sí mismo. Él es feliz así. En otro planeta igual de pequeño el
principito encuentra a un vanidoso solitario. El ser más vanidoso del
mundo está completamente solo: no podría ser de otra manera. Después
encuentra a un hombre rojo que hace sumas y restas todo el día, a un
borracho que bebe para olvidar que es un borracho y a un geógrafo de
escritorio que jamás se ha movido de su puesto. El capítulo del farolero
es tan bello que podría ser otro libro: El farolero o la historia más
triste del mundo. El farolero habita un asteroide pequeño, muy pequeño.
El asteroide tiene un farol que el farolero debe encender y apagar un
millón de veces. Lo hace porque es la consigna. La consigna es la
ceguera: la fe en una actividad absurda que sostiene una inmovilidad con
el fin de ocultar la nada. La actividad del farolero recuerda al típico
rito obsesivo-compulsivo de apagar y encender la luz 80 veces antes de
dormir para que no suceda una desgracia. Todos los personajes que el
principito encuentra en su viaje hacen actividades compulsivas. Encender
y apagar un farol. Sumar y restar. Beber para olvidar que se es un
borracho. Actividades absurdas. Actividades-ruido que buscan silenciar.
El obsesivo habla para callar, busca para ocultar, y se mueve para
detener. ¿Qué más le queda a alguien que habita un planeta abandonado en
el universo?, ¿qué más puede hacer si no encender y apagar mil y un
veces un farol? Inventar leyes y creer ciegamente en ellas para olvidar
que estamos solos, que no tenemos súbditos, que somos unos borrachos…
III. La tercera roca alrededor del sol
(O pequeña crónica del mamífero bípedo)
—¿Qué me aconseja usted que visite ahora? —preguntó.
—La Tierra —le contestó el geógrafo—. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.
El
principito llegó a la Tierra. La Tierra: planeta del Sistema Solar que
gira alrededor de su estrella en la tercera órbita más interna. Se formó
hace aproximadamente 4.500 millones de años, pero la vida surgió 1.000
millones de años después. La vida: aquello que distingue a los reinos
animal, vegetal, hongos, protistas, arqueas y bacterias del resto de
realidades naturales. Implica las capacidades de nacer, crecer,
metabolizar, responder a estímulos externos y reproducirse. La vida, en
este caso, incluye la formación de millones de especies, entre ellas, el
ser humano. Ser humano: especie de primate de la familia de los
homínidos. Animales bípedos medianos. Se reproducen mediante la
intervención de dos personas de diferente sexo, con más frecuencia en
verano. El pulgar oponible permite a los humanos manipular cosas con
precisión. Las personas aman las cifras. Las personas caminan sobre la
Tierra. La Tierra flota sobre fuego. En la Tierra hay alrededor de
7.046 miles de millones de personas. Entre ellas
ciento once reyes. Siete mil geógrafos. Novecientos mil hombres de
negocios. Siete millones y medio de ebrios. Trescientos once millones de
vanidosos, es decir, alrededor de dos millones de personas mayores. Los
hombres tienen fusiles y cazan. También crían gallinas. Es su único
interés.
¿Dónde están los hombres? —Dijo el principito—. Se está un poco solo en el desierto.
—Con los hombres también se está solo. —Dijo la serpiente.
Aunque
haya más seres humanos, cada uno es un planeta. La Tierra es grande y
hay millones de hombres y mujeres iguales los unos a los otros. Millones
de rosas iguales las unas a las otras. ¿Dónde está el sentido si nos
repetimos una y otra vez?, ¿si lo que pienso hoy ya lo han pensado
antes?, ¿si mi piel tiene rastros de estrella que ya fueron de otra
piel?Nos repetimos, y aún así,
estamos solos. Somos eco que devuelve soledad. El principito lloraba
amargamente pensando en todas estas cosas, pero el zorro le contó
algunos secretos: las rosas se repiten como estrellas pero pueden ser
únicas. El Quijote de Pièrre Menard es diferente al de Cervantes. Las
cosas son únicas cuando los ojos las transforman. Se transforman cuando
las domesticamos. Domesticar quiere decir “crear lazos”. Por eso el
principito quería a la rosa de 4 espinas. Pero el principito quería
tanto a esa flor que tuvo que dejarla… Porque cuando uno domestica,
corre el riesgo de llorar un poco. “Para mí el trigo es inútil, pero
cuando me hayas domesticado, el trigo dorado será un recuerdo de ti, y
amaré el ruido del viento en el trigo” —le dice el zorro al principito—. Y el principito lo domestica. Pero cuando debe seguir con su viaje y dejar al zorro, este llora.
- Pero vas a llorar —dijo el principito—.
- Sí —dijo el zorro.
- Entonces, no ganas nada.
- Gano —dijo el zorro— por el color del trigo.
IV. Lo que no tiene cuerpo.
Las estrellas que son bellas por una flor que no se ve.
¿Qué
pasaría si en un segundo, al mismo tiempo, el farolero dejara de
encender su farol, el hombre de negocios de contar las estrellas, el rey
de gobernar, el geógrafo de leer y el borracho de beber? Caería la
Mátrix: bienvenidos al desierto de lo Real (que es el mismo en el que
apareció y desapareció el principito, el mismo en el que Exupéry chocó
con su avión para reencontrarse con el pequeño extraterrestre).
El
sonido de las estrellas sería insoportable: escuchar al Universo es tan
aterrador como escuchar la circulación de la sangre. Pero es hermoso…
Poco a poco empezaríamos a entender que lo que verdaderamente existe es
lo que no se ve. En el desierto de ‘Lo Real’ no se ve nada, no se oye
nada. Y, sin embargo, algo resplandece en el silencio…
El Principito
es todas esas imágenes invisibles: la caja del cordero. La piel de la
serpiente que contiene al elefante. La risa de las estrellas. El cabello
dorado en los campos de trigo. Las cosas tienen sentido por otras
cosas: las estrellas están llenas de flores, las flores de manos, las
manos de planetas, los planetas de ojos. El mundo está lleno de huellas.
Fantasmas que bailan en el cielo. Prehistoria cósmica.
“Ay, cómo quisiera morir y después cenar”, había dicho la madre
de una tía mía, cerca de los 80 años. Estaba enferma, cansada, pero aún tenía
hambre. ¿Quién no quisiera morir sin morir? “Experimentar la muerte sin morir”, escribe Nicolas
Ray en su diario íntimo. Morir y después cenar , morir y después tomar un
whisky, morir y asistir a tu entierro, morir y después follar. Excepto Nacho
Vegas (quién le reza aun Dios que le
prometió que cuando esto acabe no habrá nada más) todos tenemos el morbo de
espiar la propia muerte. Pero es imposible. Aunque yo sí conocí a una persona
que lo hizo. Mi abuela, mi bella abuela.
Las nubes grises colgaban del cielo con la barriga llena,
pesadas, como piedras o algodones cenizos, espesas, a punto de reventar. Bajo
este firmamento premonitorio, el auto de la familia Varea se deslizaba lentamente, sobre una carretera desolada. El abuelo
Miguel conducía nervioso. Estaba oscureciendo y a él esa hora le daba miedo. A su lado, Gloria,su
mujer (que no es por nada pero parecía salida de la pantalla de una película
francesa) miraba por la ventana. En el
asiento trasero, mi madre, de tres años, encontraba figuras en las nubes presintiendo la "terrible tormenta".
Entonces un rayo eléctrico los cegó, seguido de un ruido violento. Miguel Ángel Varea frenó a raya. Cuando la luz volvió, mi Mami Yoya se había desplomado. Las gotas
de lluvia reventaban en el parabrisas, y a lo lejos, un árbol ardía en llamas. Mi abuela no respodía, su cuerpo chorreado en el asiento se había transformado con el relámpago. La mano de mi abuelo acercó un espejito a su boca. Esperó temblando, pero el espejo no se empañó. “¡Se
murió mi mujer!” gritaba mi pobre abuelito. Regresaron desesperados a la
hacienda. Y aunque para ese entonces un doctor ya la había diagnosticado
clínicamente muerta,Braulio, el capataz
de la hacienda, dijo: “¡A mi señora no
le toquen!”. Nada de hospital. Nada de Quito. Nada de ataúd. Según él, solo había
que ponerla en un lugar tranquilo... y esperar a que cayera otro rayo.
En alguna parte, al otro lado, ella camina en la nieve. En
alguna parte (donde ahora se ha quedado para siempre, o por un buen rato), ella
teje las nubes que ya no son pesadas, sino como algodón de azúcar blanco… En
alguna parte, ella mira atardeceres en ventanas gigantes y suspira de belleza. En alguna parte, al otro lado, ella habla con los pájaros y toma el café de las once (aunque allá no hay tiempo). Entonces
escucha lamentos lejanos, ¿Por qué lloran tanto?, ¿No se dan cuenta de que
la vida es bella?... A través de un agujero de niebla blanca, ella divisa a una
multitud de gente llorando, frente a un cuerpo inerte. Quiere decirles que se callen.
Que está viva. Pero la voz no le sale de la garganta.
Las tías secan sus lágrimas con pañuelos, mi abuelo da pequeños
pasitos nerviosos, mi madre mira el cuerpo de la bella durmiente iluminado por
una vela. No entiende nada. Entonces cae otro rayo… Y mi
abuela se levanta en un impulso. “¡Cállense, carajo! ¡Aquí nadie se ha muerto!”
les dice a las lloronas.
No sé si creo en Dios. Rezo todas
las noches, eso sí. He llegado a pensar que quizás el Dios de Nacho tenga
razón, y después de esto no haya nada
más. Pero entonces ella me visita en sueños. Trae su neceser. Tomamos el café de las once, comemos pedacitos de queso cortado, me paso a
su cama a dormir, y sé que ahí jamás podrá encontrarme la muerte, porque ahí
siempre hace calor. Cuando nos despedimos, sus ojos sonríen y me reconozco en ellos. Su cara iluminada se dashace en mis manos y se transforma en la cara de mi madre. Y después en mi cara. Y luego en la de mis hijos, que no existen
(todavía) y en la de sus nietos. Miles de caras emergen y se desvanecen como un río que se transforma y siempre es el mismo. Somos peces, ojos lejanos, luz prehistórica que habita distintos cuerpos.Un mismo viejo y querido espíritu. Mi abuela se aleja con su neceser y promete otra visita. Está viva. Somos perpetuamente inmortales.
PD: Mi mamá cuenta
que a veces los ojos de mi abuela se llenaban de misterio. Entonces ella le decía,
con pánico: “Usted vio algo, cuando le cayó ese rayo, usted vio algo, usted
sabe algo…” Mi abuela, sin dejar de mirarla con sus ojos negrísimos, sonreía.
Pero jamás respondió a esta pregunta.
Bastará
con decir que escribo esta columna desde un “Café net” que de “café” no
tiene nada. Se trata de una especie de tienda de abarrotes con tres PC
viejas. Alrededor la gente camina ajetreada sacando copias de sus
cédulas o impresiones blanco y negro de sus trabajos de estudiante. Hay
una mezcla de olores interesante y nunca falta el niño que grita como un
desalmado recordándote por qué no quieres tener hijos. Digamos que este
no es precisamente un sitio que atraiga a las musas, pero este pequeño
lugar se ha convertido en mi oficina. Desde que fui exiliada de mi
hogar, los dueños de este negocio me saludan con beso.
La
historia es así: me despierto con ganas de escuchar Nacho Vegas, pero
cuando intento hacerlo descubro que el internet está cortado. Me
dispongo a hacer una llamada, pero claro, el teléfono también está
cortado. Diez minutos después (no exagero) cortan la luz. No entiendo
esa mala –pésima– costumbre de ir por la vida cortándole los servicios
básicos a la gente. Lo peor es que cuando el conserje te anuncia que van
a sacar el cajetín del teléfono como que le brillan los ojos y sonríe
con alegría al darte la mala noticia: la humanidad es perversa. Y estoy
segura de que esa gente que se dedica a cortar servicios básicos
disfruta mucho haciéndolo. ¿Qué estarán sublimando? Pasan todo el día
con su maletita de herramientas, desarmando cosas, desprogramando
aparatos compulsivamente, algo así como Chaplin en “Tiempos Modernos”.
Deben sentir mucho placer cada vez que desarman tuberías y desconectan
medidores. Enfermos.
Pero bueno. No es la única desgracia que le sucede a una soltera chira. El problema es que al
vivir sola una se olvida que es humana. Yo puedo pasar horas sin darme cuenta de que
pertenezco a esta raza traicionera a la que se conoce como “humanidad” y
que está hecha para devorar. Porque básicamente los seres humanos están
hechos para una cosa: comer. Qué costumbre, esa de comer. Sobre todo, si vives sola. Cada vez estoy más segura de que el alimento existe a partir de dos. Debería haber
una pastilla que contenga en un milímetro todas las vitaminas que el
cuerpo requiere y ya. Una pastilla que evite el vacío de enfrentarse a
un refrigerador con un limón seco, o la fatiga de abrir una lata de atún y
cortarse un dedo, o peor aún, el acto degradante de llamar siempre al
mismo Chifa y comprobar que el personal del Chifa ya te conoce y te
saluda emocionado: “!Señola Flanco! qué gusto”. “Señorita, señor,
señorita”. “¿Quiele wantán flito?” Y pedir siempre la misma orden. Y no
recibir descuento... Y sentirse desdichada, porque pocas veces una se siente
más miserable que después de haber devorado en soledad una tarrina de
chaulafán.
Otro evento patético es el de llevar una sillita ridícula por
toda la casa para cambiar el único foco que funciona en los distintos
ambientes. Tristísimo. Lo peor es que la ausencia de focos no se debe a
un problema económico, sino a algún misterio profundo. Debería haber un
especialista que estudie la amnesia que impide comprar focos en años. Y aquí va algo más denso: confieso que he secado una camisa con el
secador de pelo y que incluso una vez metí un par de medias al
microondas.
Después de todo, una se da modos. Vivir sin luz no
es tan turro. Una vez superada la crisis de abstinencia cibernética
hasta resulta interesante tocar la guitarra (aunque no sé tocar la
guitarra) y vacilar la oscuridad. Sin teléfono también se puede. Mejor
no hacer llamadas de las que después te vas a arrepentir. Pero vivir sin
agua... Una vez intenté bañarme calentando agua en ollas, como María la
del Barrio, pero fue tan deprimente que preferí huir a casa de
mi madre. A esa calurosa casa en la que siempre hay café caliente. ¡A la
casa de la que nunca debí salir!
Ver La vida de Adèle
fue como ver el mar por primera vez. El vértigo de sentir que tus ojos
se quedan cortos ante la inmensidad. Te da miedo caer, quieres caer, te
da miedo querer caer.
Y caes…
¿Exagero?. Siempre exagero. Y aclaro que escribo este texto desde mi condición
de espectadora hipersensible, no de ‘cineasta’ y, menos aún, de
crítica. Además creo que el espectador en esta película tiene un lugar
privilegiado, un lugar desde el que vale la pena hablar.
I
Vértigo
(Yo quiero besar los labios de Adèle)
Basta
sentarse en una butaca de cine (porque sería un crimen ver esta
película en DVD), abrir los ojos y sostenerse fuertemente del asiento,
para conocer los síntomas del síndrome de Stendhal.
Después
de sobredosis de reflexión, intelectualidad, imágenes conceptuales que
son un placer para el cerebro, pero no para el cuerpo ni el corazón…
Adèle llega como un ángel silencioso que destruye los discursos
racionales con su belleza.
No me importa de qué tratela
película mientras mire a Adèle Exarchopoulos: sus labios, sus ojos, su
piel… Adèle comiendo, Adèle durmiendo, Adèle llorando… Tengo la
sensación de ser una espía inmoral que se convierte en testigo de cada
comisura de surostro
y de su alma. No debería estar viéndola, es una violación a su
intimidad, siento que mis ojos revelan su alma o algo parecido….
Cada
detalle es bello: los ojos azulísimos de Emma, la luz entre las manos
de Adèle, las lágrimas saliendo de los ojos del guapísimo novio de
Adèle, los rayos azules del cabello de Emma sobre el cuerpo de Adèle. Y
la luz, que se convierte en un elemento mágico que desnuda la realidad y
la muestra como si nunca antes la hubiéramos visto de verdad. La
realidad es bella porque es descubierta por la luz, o, en otras
palabras, la luz descubre lo que hay atrás de la piel, revela el
espíritu. Esa es la sensación más clara que provoca la película:
despertar, ver la luz afuera de la caverna, salir de una ceguera en la
que habías permanecido tanto tiempo. Y no te dabas cuenta…
Ese
mismo despertar es el despertar de Adèle. Y quizás por esto la película
conmueve tanto: porque te permite ser testigo de la transformación de
un ser humano real. Adèle se enamora por primera vez… y se decepciona
por primera vez. Ningún ser humano es el mismo después del encanto del
primer amor, y claro, de la decepción que le sigue… Al retrato de Dorian
Gray le sale la primera arruga después de que Dorian tiene su primera
decepción de amor. Eso es crecer: pasar de la pureza a la adultez,
después de un desencanto amoroso. Sin embargo, hay cierta belleza dentro
de esta crueldad. La mirada salvaje de Emma (Léa Seydoux) que seduce
como un animal depredador, también revela una armonía que no es
inocente. Y es extraño que sea ella quien acabe conquistando al
espectador, por momentos, más que la propia Adèle. Sus ojos, al
contrario de los de Exarchopoulos, revelan una belleza casi diabólica.
Perder la inocencia vale la pena. Las marcas que deja la vida duelen,
pero son la prueba de que es real. Una reivindicación del dolor, o mejor
dicho, de la experiencia humana.
Por
eso Adèle siempre está a punto de llorar. Está en ese estado catártico
del que cambia de piel, del que está descubriendo el mundo o
descubriéndose a sí misma (si es que hubiera alguna diferencia). Adèle
está viva. Yo estoy viva. Yo, como ella, siempre tuve lágrimas en los
ojos. Descubría extasiada que soy más profunda de lo que había pensado,
que soy infinita, que puedo sentir tantas cosas a la vez: quiero reír
mientras reflexiono... me entristezco, pero me encanta, estoy excitada y
quiero llorar. Tiemblo. Me entrego al abismo. Estoy cayendo.
II
Capturar, no representar…
¡Somos muy cursis!
Quizás
Hollywood marcó una forma de hacer cine. Y de ver cine. Los gringos son
los maestros del lenguaje audiovisual que se basa en ‘representar la
realidad’. Efectos, disolvencias, encuadres compuestos, fotografía
cuidada, lluvia artificial, música extradiegética, actuaciones
histriónicas. Representar la vida desde la hipérbole, que es una forma
válida de expresar la subjetividad, sino, ¿cómo transmitirle al otro mi
sensación particular del mundo?. El espectador canguilero está
acostumbrado a un universo audiovisual que responde a su propia lógica, a
una lógica que en un punto tuvo más sentido, más verosimilitud o más
credibilidad que la vida misma. Los paradigmas de la vida los dictaba
Hollywood. A tal punto que ya no eran las Divas del cine las que
representaban a la mujer cotidiana, sino que eran las mujeres cotidianas
las que actuaban como Divas del cine. ¿El cine representa a la vida o
la vida representa al cine? Círculo vicioso. Las leyes de la ficción,
creadas por el hombre, empezaron a incidir en la vida de los mortales. Y
no al revés. Pero esa es otra historia. El punto de esta, es que ese
lenguaje creado, amanerado, ‘hechito’, es el que se ha impuesto a escala
mundial y el que hemos intentado reproducir, a veces desde un lado
inconsciente, ya que lo tenemos arraigado en la memoria colectiva (nos
han bombardeado con ese tipo de imágenes desde que tenemos uso de
razón). Pero como diría Woody Allen: “Por suerte existe Francia…”.
Mientras los gringos se desgañitaban intentando construir un lenguaje
que responda a una lógica propia (y lo lograron con maestría, por
supuesto) en reproducir la realidad, los europeos la capturaban… La
Nouvelle Vague nace como captura de la realidad y no intento de
representarla. Liberó al lenguaje cinematográfico de recursos
amanerados, proponiendo una nueva forma de ficción que incluía al
documental como parte del discurso… Develó los límites del formato y el
lenguaje cinematográfico capturando, paradójicamente, más momentos de
verdad. La película de Abdellatif Kechiche es la explosión de todo
esto, el resultado de años de búsqueda cinematográfica europea. Kechiche
logró crear un nuevo lenguaje, que siendo ficción pura, no representa,
sino que atrapa, captura fragmentos de verdad.
III
El mundo es más grande
de lo que parece...
Ya lo dije arriba: la sensación que deja La vida de Adèle
al espectador es la del depertar de un ciego que, quizás debido a un milagro, se
vuelve vidente. O en otras palabras, la revelación de esta película es igual a la de un
orgasmo: no sabes que existe hasta que lo vives. Las posibilidades del cine y del cuerpo
son infinitas. El viaje de Adèle es un viaje por su cuerpo y su alma, y
yo siento que las mujeres somos más grandes, la feminidad es más grande,
la sexualidad es más grande. Acostumbrada a ver
películas que me hagan pensar o llorar por compasión de los personajes,
esta me hace llorar de belleza. Rebasa los límites de mis capacidades
sensoriales. El cine es más grande.
“La
primera gran historia de amor del siglo XXI”, dice una nota de prensa.
Y creo que tiene razón . Los primeros cineastas no pensaban que era
posible hacer primeros planos y, menos aún, mezclarlos con otros valores
de plano. Simplemente no se les ocurría, así como los indígenas no
veían a los barcos de los españoles cuando estos ya habían cruzado el
horizonte. No los veían porque esos objetos extraños y flotantes todavía
no habían entrado en su universo de signos. Pero luego a Grifith y a
Ensestein se les ocurrió montar los planos, y el espectador descubrió
que su capacidad de lectura era más amplia… Y empezó otra etapa. Así es
la vida, cuando piensas que te las sabes todas, de repente llega
alguien y hace alguna locura. Entonces descubrimos que sí es posible,
que somos más de lo que pensábamos, que somos infinitos. Ya fue. Hoy es
el primer día del resto de la vida del cine.
Después de 3 horas de película, llegué a mi casa
hipnotizada, flotando, como cuando bajas de un barco, pero aún sientes
el movimiento de las olas. No podía dormir. Sentía que
debía escribir, hacer algo, registrar de alguna manera lo que me había
acabado de pasar. Como una forma de recordarme a mí misma que había
sucedido, como para luchar contra mi propio olvido, todavía ebria de belleza, intenando atrapar las sensaciones que aún no tienen palabras, escribí: “Acabo de ver La vida de Adèle.
Tuve que sostenerme del asiento para no explotar de belleza. Vértigo.
El mundo es más grande de lo que parece, la sexualidad es más grande de
lo que parece, el cine es más grande de lo que parece… Yo, espectadora,
puedo llegar a sentir más cosas de las que pensaba. Tiemblo. Quiero
hacer cine. Quiero vivir…”
Cuando
teníamos 15 años, mi mejor amiga regresó de Galápagos transformada.
Había pasado los tres meses de vacaciones junto a artistas del tipo
Viejo Napo, escuchando música, haciendo experiencias. Cuando regresó ya
no era la misma: ahora fumaba marihuana. Una noche puso
One of these days, la canción de Pink Floyd, y armó un porro como una
experta. Sus hábiles dedos ponían la yerba en el papel como si lo
hubieran hecho ya miles de veces. Ella quería que la admire y le pida
que me enseñe, pero eso no sucedió. Desde chiquita fui la cobarde del
grupo, mi Mamá me había contado mil veces la anécdota de cuando probó
marihuana y le dio lo que llaman blancazo: mareo, paranoia, vómito.
Según ella, nunca se había sentido peor en la vida. Desde entonces, yo
era esa chica del comercial que le dice NO a las drogas. Seguramente mi
amiga pensó que yo era una aburrida (y seguramente tenía razón) pero eso
no la detuvo y, mientras escuchaba "One of these days", encendió el porro, y con su
capucha puesta se dirigió a la ventana. Lanzaba abundante humo sumida en lo que
parecía un inmenso mundo interior. Y estábamos lejos. Hace tres meses jugábamos con muñecas,
y ahora ella tripeaba un vuelo que yo jamás podría entender. Tal vez por eso este primer acercamiento a la droga hippie no fue positivo: la
hierba fue una de las primeras señales dolorosas de que la niñez había
terminado. Tiempo después decidí probarla, sobre todo
porque quería ir a donde estaba mi amiga. Sentía que la había perdido
para siempre y pensaba que un "hit" sería la llave mágica que me llevaría hacia ese lugar lejano en el que ella se encontraba ahora. Pensaba que
después de fumar entendería, al fin, el misterio de su mirada, la
esencia del Rock N’ Roll, la profundidad de la vida. Pero en lugar de
viajar a otra dimensión, sentí la boca seca y una sensación de idiotez
permanente. Pero seguí insistiendo, hasta que llegó la experiencia del
tercer tipo, claro que no de la manera que esperaba. Íbamos a filmar un
corto de terror en la casa de un amigo en Tumbaco y preparábamos el
“set” para el siguiente día cuando una de las chicas dijo la frase que
hasta ahora me eriza la piel: ahora sí vendría bien un pipacín, ¿cachas?
Aunque ya sabía cuál sería mi reacción, pensé, ¿por qué no?, al fin y
al cabo ella tenía razón. El cielo, el bosque, las estrellas, era un
cuadro digno de un pipacín. Esa noche experimenté lo que un paciente del psiquiátrico San Lázaro
vive a diario. Ahora sé, en carne propia, lo que es la locura. De un
segundo a otro existir era extrañísimo, como si la coraza que me protege
a diario haciéndome olvidar que no sé quién soy y que estoy en un
planeta abandonado en el medio del Universo, de repente se hubiera roto.
Era consciente de mi insignificancia y me daba vértigo. Recuerdo sentir
una energía circular. Sabía que todo esto ya había pasado. Y seguiría
pasando. Infinitamente. El eterno retorno ya no era un mito y yo lloraba
en una habitación ajena. Encima más, tenía hambre y no podía dejar de
comer –mientras lloraba– papas fritas. Al masticar escuchaba claramente
mis dientes triturando el alimento y esa serie de sonidos producía una
escala aterradora que bajaba in crescendo: ¡Ta-ta- ta- ta- ta! Eso me
desquiciaba. Intentaba parar de comer pero ya me había llevado otra papa
a la boca y estaba escuchando la orquesta macabra ¿Por qué, si como una
papa o como 10, suena igual? La sinfonía debería cambiar de acuerdo a
la cantidad de papas fritas, ¿no?, pero siempre sonaba igual y esa
melodía era como un taladro en mi cerebro. Estaba fuera de mí,
regada en el espacio, flotando entre papas fritas. Recé y prometí que
si al amanecer volvía en mí, jamás probaría otro pipacín. Hay quienes no podemos fumar marihuana por una simple razón: ya nacimos "tronos". A la mañana
siguiente, el mundo estaba en calma y yo recordaba este episodio como
una pesadilla lejana. Y pensar que la gente se pelea por un pipacín. (Diners)
Chavela
Vargas dijo que el amor es un invento de una noche de borrachera. Sería
lindo pensar así, pero no, eso en las buenas épocas, hoy el amor ni
siquiera es un delirio de alcohol: el amor es un fenómeno mediático. Los
niños son bombardeados con imágenes de parejas felices que siempre
acaban en matrimonio y, cuando crecen, buscan a su “media naranja”
(porque nos hacen creer que todos somos media naranja y no naranja
entera) y se casan, y tienen hijos que también serán presa de San
Valentín. Hollywood y musicales de Disney: maldito círculo vicioso.
Sabemos que el matrimonio es el núcleo del capitalismo. La sociedad de
consumo se sostiene en base a “La Familia”. La razón es simple: de a
dos, la vida comercial es más lucrativa. No hay promociones de viaje
para uno; la comida se pudre en la refrigeradora cuando guardamos
extrañas raciones para uno. La vida adulta, es decir, la vida de
consumo, es una especie de fiesta de graduación (de esas que salen en
las películas gringas, en las que toman “ponche”) a la que solo puedes
ir si tienes pareja. Parecería que el objetivo de la vida, después de
comer, es casarse. Todos se casan: los aniñados, los viejos, los
jóvenes, los hippies, los punks, los metaleros, ¡los gays!, ¡los gays se
casan! La homosexualidad es una acción/opción naturalmente subversiva y
hermosa, precisamente natural porque desafía a la familia y al
capitalismo. El matrimonio justifica la cópula y la cópula justifica la
reproducción. La homosexualidad es lo contrario: proclama el placer por
placer y la relación ser humano/ser humano sin un fin utilitario. Amor
puro. Por eso la sociedad está en contra, porque no concibe que dos
seres humanos se amen sin un fin comercial. Por eso, aunque corra el
riesgo de ser golpeada por el movimiento GLBT, creo que es un error
luchar por el matrimonio y entrar al sistema. Digo nomás. Me dirán que
no es tan fácil, que se trata de igualdad de derechos, pero yo creo que
pueden igualarse de otra manera: no deberían aprobar el matrimonio gay,
sino prohibir el hetero. Como dirían el Doctor Albuja o la Doctora Polo,
hoy en día nadie da un centavo por la palabra amor. Es decir, todos se
casan, pero el amor de verdad, el que mató al joven Werther, el que
inventó Chavela en noches de alcohol, el que hizo vender el alma al
diablo a Fausto y desgarró a Dorian Gray, es un mito, un “defecto
romántico”. En la era del desecho, creer en algo así sería cursi, emo,
demodé. Sin embargo, todos tienen novio y novia, y agarran a su pareja
como si fuera una comadre, del brazo, trenzándolo como si se fuera a
escapar. Además, les encanta salir en parejas, compitiendo en silencio
por saber qué pareja es la más exitosa; cuál es el Macho Alfa, cuál la
“mujer ideal”, quién recoge
mejor los platos, calienta primero el agua o levanta con más agilidad
la mesa. Lo sé porque lo he vivido. Porque tampoco soy tan dura. Yo
también he salido de la mano sin querer dar la mano, y hasta me han
llevado (y he llevado) a reuniones familiares en calidad de florero para
ver si combino con las cortinas de mi futura suegra. Y no he combinado.
Y ahora lo agradezco. Porque no quisiera poner en Facebook “Gordo, te
amo, eres lo mejor que me pasó en la vida” y adjuntar una foto del señor
(que, en efecto, engordó un montón apenas se bajó del altar) al lado de
un contundente plato de comida que yo misma he aprendido a preparar en
YouTube. No gracias. Todavía no cumplo 30 años y no quiero para mí tanta
hipocresía. Decía Zizek que el ateo de hoy reza en secreto. Y es
verdad. Aunque creo firmemente que el matrimonio es nocivo para la salud
de todos los involucrados, confieso que he fantaseado con un vestido
blanco, con una luna de miel en crucero por las Bahamas y con un hogar
casi perfecto. A veces hasta me han dado ganas de hacerle firmar a algún
chico para que asegure que no me dejará. Pensándolo bien, eso de querer
casarse más que patético es triste. El intento de
sellar un
pacto de amor para siempre es inocente. Como decían los Ilegales
(citados ya dos veces en este texto) “Para siempre es demasiado tiempo”.
Y en el fondo todos sabemos que, así como la muerte llega para
quedarse, el amor cualquier día se va para no volver. Sin previo aviso.
Sin razón. Sin lógica. Y eso es lo que no queremos aceptar. Eso es lo
que nos aterra.