Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

martes, 12 de agosto de 2014

Francisco Maldonado Carrasco

El rastro que deja el cometa




Francisco Maldonado Carrasco es pintor. Tiene 26 años. No es famoso. Es cuencano, pero vive en Quito.  Fue torero, pero ahora es punkero. Sus cuadros me gustan mucho. Eso es lo único que sé mientras viajo en taxi hasta su casa, en el norte de la capital.  No es la primera vez que lo veo. Pertenece a un grupo de amigos cercanos y alguna vez estuvimos en el mismo colegio. Sus facciones son fuertes: ojos negros, cejas pobladas, mirada infantil y a la vez valiente. “Pinta de torero mismo”, pienso mientras caminamos por la calle. Antes de entrar a su departamento, paramos en la tienda y Francisco pide a “la veci” un cartón viejo para pintar el cuadro de esta mañana. No pinta en lienzo. La gente, y sobre todo “la veci”, le regalan cartones que luego él convierte en obras. La vecina es su mecenas.
Vive en el mismo departamento que cuando era niño. Solo que ahora ya no es lo que fue cuando allí vivió la familia Maldonado-Carrasco. El lugar está lleno de detalles hechos con objetos reciclados. Una mesa hecha con madera. Pequeñas esculturas de alambre. Sobre un corcho hay fotografías de los toros,  de Basquiat. Él mismo lo ha decorado junto a Carolina Araujo Ossa, su pareja, ‘la mona’, como él la llama, y con quien acaba de casarse hace poco.
A Francisco le gusta Nacho Vegas. “Recién lo estoy descubriendo. Lo empecé a escuchar por Leopoldo María”.  También le gusta Panero. “No se puede escuchar Vegas todos los días, es tóxico”, le advierto. Pero no me hace caso y escuchamos ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’ varias veces. Después Francisco pone ‘Lucha de Gigantes’. “Solo se necesitan estas dos canciones para sobrevivir”, me dice. Estoy de acuerdo.





***

Una obra del artista en su taller de Quito. En segundo plano, su silueta.
Francisco pinta sobre un espejo. Ha expuesto en galerías, pero hasta ahora su plataforma más frecuente ha sido el muro, no de museos, sino de Facebook. Sus delirantes figuras se exponen al lado de fotografías de chicas mostrando los labios llenos de Chapstick mientras sostienen sus smartphones. Pero él no está tan alejado de esta impronta ‘vulgar’. También se hace selfies, no con el iPhone, pero sí con acrílico sobre cajas de cartón. Parece conocer de memoria los trazos que componen su rostro. Sé que podría hacerlo sin mirarse. Con los ojos cerrados. Los dibuja en todas partes: servilletas, cuadernos, paredes. Pero cuando le pregunto quién es el personaje de una de sus pinturas que para mí es definitivamente él, me responde que no lo sabe. Francisco no siempre es consciente de que se retrata. “Son caras que no sé de dónde vienen ni a dónde irán. Mi hermana me dice que soy yo”. Estoy de acuerdo. Esos seres anónimos que él desconoce son variaciones de sí mismo. Sombras abandonadas que no saben que son sueño de otro. Pedazos de sí mismo. No en vano, el caballete de Francisco es un espejo. Una peinadora con un espejo roto sobre el que pone el cartón. Aunque pinte un paisaje, su propia imagen lo acompaña en silencio, desde el otro lado del espejo. ¿Por qué esa necesidad de autorretratarse?, le digo, esperando una respuesta rebuscada, con citas de Deleuze. Pero me sorprende con una respuesta  pragmática, sencilla: “Porque uno siempre está a la mano. Soy el modelo más cercano. El que nunca falla”, dice riendo, pero muy en serio. Entiendo que analizar su propia obra no le compete a él. La bailarina no piensa qué pierna debe mover primero: solo baila. El artista no analiza lo que hace. Esa es la tarea sucia. Y por supuesto, la que hago yo. Francisco pinta. Como el ruiseñor canta. Como el agua corre. Y es precisamente ahí dónde radica el encanto de su obra: en la sencillez. En el trazo rápido. Fugaz. Inconsciente. Su brocha no reflexiona, intuye. Y el resultado no se parece a lo que se quiere analizar con el cerebro, sino a lo que miras con los ojos cerrados: luces destellantes, formas explosivas, estrellas fluorescentes.
***
Suena ‘Shine on your crazy diamond’ y Francisco Maldonado empieza el primer cuadro de la mañana. “Todo es un caos. A mí sí me gusta eso de trabajar en el caos, pero...”, dice y lanza un brochazo fucsia. Esa mancha, producto del azar, del casi accidente, es la que le lleva hacia una forma. Lo hace directamente sobre el cartón. Sin boceto. Aunque varias veces ha pintado retratos de gente real, esta vez, como varias otras,  no ha pensado en ‘el tema’. No hay imágenes preconcebidas en su cabeza. Hay un impulso salvaje en su mano. “Hay que pintar un cuadro como se comete un crimen”, dijo Degas. Puedo ver esa violencia en la mano delirante de Francisco. Él no conduce al pincel, el pincel lo conduce a él. “La inspiración no existe. O no es algo divino que te posee”, dice, y después cita a Picasso: “Si existe la inspiración que me encuentre trabajando”. Recuerdo que Picasso también dijo: “Yo no busco, encuentro”. Entonces entiendo-recuerdo-intuyo, que la pintura es una actividad mística. Después de hacer un largo camino, Siddartha dejó de buscar. Entendió que más podía aprender de las cosas sencillas que encontraba en su vida, de eso que estaba a la vista. Hallaba más valor en encontrar que en buscar. No es la razón ni las ideas, son los colores y las formas las que determinan de a poco el destino de la obra. Francisco encuentra en la pintura aquello que surge del instinto y solo es posible en el azar. En el Caos.

Francisco termina el primer cuadro. Este es el resultado:


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Cuando Francisco tenía 7 años, le dijo a su madre: “Yo quiero ser torero”. Veinte años después, recuerda con ilusión y nostalgia la tarde en que su padre le llevó a ver los toros. Habían ido a ver una novillada en Riobamba. Había toreado Mariano Cruz Ordóñez. Cuando se acabó, su padre le presentó al torero y este le pasó a ver por el hotel, con su traje de luces. Desde ese día, Francisco se volvió fanático. Iba siempre a la plaza. Allí se encontraba con su tío Édgar Carrasco, quien también es pintor. Pero en aquella época eso no le importaba a Francisco. Hablaban de otras cosas, de los toros y de la vida. A los 9 años, Francisco ya estaba inscrito en la escuela de tauromaquia,  y a los 10, ya era torero. “Yo era buen torero. Sigo siendo. Valiente y eso”, dice.
— ¿Qué se necesita para ser buen torero?
—Necesitas primero ser buena persona.
— ¿Cómo es eso?
—Se torea como se es, según dice Juan Belmonte. Pero en el buen sentido de la palabra, porque el que es bueno para uno es malo para otro. Se torea como se es. Entonces primero necesitas ser. Te da mucha personalidad torear. El toreo siempre es lo mismo, las faenas son monótonas. Lo que marca la diferencia es el estilo del torero poniendo su personalidad. El toreo me enseñó a ser a mí.
A los 9 años Francisco ya viajaba por el Ecuador toreando y recibía sueldo. Iba a Zamora, a Archidona, a Lago Agrio. A veces toreaba en el sur, en Solanda. Salía en bus, con su vecino que también era torero y los demás de la escuela taurina, y partían hacia lugares recónditos para enfrentarse  a nuevas tientas. Cuenta que para algunos era cómico ver niños torear. Para él era serio, pero para los otros era cómico. Francisco fue el primero de la casa en tener un celular. Ganaba 40 mil sucres. Invitaba a sus amigos del barrio a comer hotdogs en las fiestas de Quito. Cuando cumplió 15, dejó de torear. “Supongo que me aburrí." “Dejé los toros y me hice punkero”.



Tres años después, de casualidad, fue con un amigo al campo y le invitaron a una tienta. Esta vez fue con converse y rapado. “Y le toreé bien a la vaca”, dice riendo, mientras piensa lo siguiente que va a decir: “Nunca fui antitaurino. Son unos cojudos los antitaurinos. Son ignorantes porque no se enteran de nada. Viven de los mitos urbanos. De una falsa sensibilidad. No son consecuentes y andan con la camiseta del Che Guevara. A los buenos punkis, como Eskorbuto, les gustaban los toros. Los toros son la muerte. Es la sangre. Lo que la gente no quiere ver. Porque le habla de sí misma. De su propia muerte. Sí, es un espectáculo violento, no lo dudo. Hay desgracia. Todo eso existe en la plaza y son cosas que mucha gente no quiere ver. Los punkis lo que quieren es ver sangre, que nos enseñen las tripas, realidad pura y dura, ¿sí o no? Francis Bacon era amante de los toros y era amante del punk. El toreo refleja lo que eres. La valentía es primordial. El punk dice las cosas de frente. Sin escabullos, ¿si se dice escabullos?, ¿o aspavientos? Me sigue gustando que la gente te diga las cosas de frente. Hoy, la pintura compensa al toreo.”  Pero en la pintura de Carrasco no hay sangre. Ni muerte. Ni desgracia. Tampoco hay crestas ni mensajes subversivos. Hay éxtasis. Vida. Explosión. Energía. Luz.



***
En la pared de la casa de la familia Maldonado Carrasco había un cuadro de Dalí: ‘Muchacha en la ventana’. La pintura mostraba a Ana María Dalí, hermana de Salvador, mirando el mar. Francisco también tiene una hermana llamada Ana María. Fue ella quien le regaló la biografía de Pablo Picasso. Francisco me cuenta entre risas que cuando terminó de leerla, se dijo a sí mismo: “Si Picasso puede, ¿por qué yo no?”. Lo cierto es que ese día tuvo un impulso: sacó la pintura del Gran Dalí de su marco, y en el espacio que quedaba, pintó su primera obra.  Por esa época él solía visitar manicomios. Siempre ha admirado a los locos. En un manicomio encontró a una señora calva que llamó su atención. El lugar que ocupaba la pintura del surrealista más famoso, ahora lo ocupaba una mujer calva en acrílico hecha por él.
— ¿Por qué pintas?
—No sé. Es lo único que me hace feliz. Antes torear también me hacía feliz, pero en la pintura también toreas.
Cuando era niño, en las vacaciones, su madre le llevaba a Cuenca, a la casa de la abuela. Allí estaba Genaro Carrasco, otro tío suyo. “Era genial el man. Hacía un guitarrista con una lata de cerveza, dibujos con vela”. Genaro daba talleres de arte a los sobrinos. Pintaban y hacían escultura. Algunas de esas obras prematuras aún guarda su abuela, firmadas con carboncillo por Francisco niño. Sin embargo, no dejaba de ser un hobby de verano.
Solo cuando el tiempo pasó, tras pintar su primer acrílico sobre el cuadro de Dalí, Francisco ya había tomado una decisión: quería pintar. Llamó por teléfono a su tío Édgar Carrasco y la amistad se reanudó. La misma complicidad que años antes los había unido en la plaza, ahora volvía, ya no solo por los toros, sino por la pintura.
Édgar Carrasco es de la generación de Stornaiolo, Varea, Aguirre, Jácome. Aunque Édgar le ha enseñado todo a Francisco, este no ha heredado su estilo plástico. En la obra de ambos se ven búsquedas distintas. O quizá sea mejor decir hallazgos distintos. Édgar se convirtió entonces en el Maestro de Francisco. “Mi tío es mi maestro. Él me enseña a mí montón de cosas. Yo le admiro muchísimo. Si hubiese galerías en otros planetas él estuviera exponiendo ahí. Si hubiera una galería en Marte expone Carrasco ahí.”, dice.
Se acaba el disco de Pink Floyd y Francisco ha terminado el primer cuadro.
Corta otro pedazo de cartón y lo inserta en el caballete-espejo. Busca fósforos y encuentra casetes de Eskorbuto, Mortal Decision, Ilegales. Ponemos Ilegales y empieza el segundo cuadro. Mientras mezcla la pintura me cuenta que una vez pintó sobre unas fotos de Rafael Correa.
— ¿Eres correísta? —le pregunto.
—No soy ningún ‘ista’. Baterista —dice bromeando.
Es verdad. En nuestra generación no somos ‘istas’. Esos eran nuestros padres. Nosotros nacimos en un tiempo en el que ya todo está dicho y desdicho.
***
Si hubiera que encasillar a la obra de Carrasco en algún ‘ismo’ yo lo pondría dentro del fauvismo. Sus pinturas siempre me han recordado a Delaunay, a Matisse. Cuando se lo digo me da la razón.
El fauvismo es la vanguardia francesa que revoluciona el color. Deconstruye la realidad, no desde la forma como lo hace el cubismo. Tampoco desde la luz, como lo hace el impresionismo, ni desde la perspectiva, como lo hace el expresionismo. El fauvismo viene de la palabra feauve, que en francés quiere decir “bestia”. Es la revolución del color. En los cuadros de los fauvistas se pueden ver cielos rojos, árboles de troncos azules, rostros extasiados por los pigmentos fuertes. La alteración de la realidad como forma de expresar la subjetividad. Alteración de los sentidos. Alteración del color. Explosión. En el impresionismo venía de fuera y en el expresionismo de dentro. Desafiar las leyes de la naturaleza, no representar ni recrear sino destruir.
Francisco busca algo entre sus cuadros arrumados. Hay tantos dibujos, pinturas, cartones, que ya no caben en el taller.
—No sé qué hacer con los cuadros. A algunos les he vendido.
— ¿Y a cuánto vendes?
—Depende del pato.
— ¿Aspirarás a vivir de la pintura?
—Sí, cuando no vendo mis cuadros le ayudo a vender los suyos a mi tío. Pero igual vives de la pintura, así no vendas. A mí la pintura me da la vida.
Encuentra el cuadro que buscaba y me lo enseña.
—Este le mandé para el salón de Julio y no me aceptaron. No les interesa. Yo no entiendo. No sé qué sea, pero yo me quedo con la pintura. A esos manes no les gusta la pintura.
— ¿Qué les gusta?
—La huevadilla. Este se llama ‘El Greco y sus panas’. Este es el Greco, los otros son unos panitas.
— ¿Y al final dónde lo expusieron?
—Le mandé a Alvarito y él sí aceptó. Es bacán la galería. Me gustó porque llegué y le encontré al mío primerito.
Aunque Francisco no es un ‘ista’, se queda en la pintura tradicional. No es un artista cool como muchos jóvenes de nuestra generación. No pretende innovar ni inventar el agua tibia con conceptos posmodernos. La suya es una búsqueda personal. Humilde. Sincera. Sencilla.
***
Francisco saca otro cuadro grande.
— ¿Y ese? —le pregunto.
—Soy yo, con el Luigi. Estamos tomando Absenta. Este es el Luigi, pero él no sabe. Es que yo al Luigi le admiro full. Es como Al Pacino.


Me cuenta que para hacer este cuadro, se inspiró en otro, en uno de Cézanne. La obra de Francisco está llena de referentes. Es un homenaje al arte mismo. Ha pintado a Leopoldo María Panero, a Toulouse Lautrec, a Medardo Ángel Silva, a Miguel Ángel, y a muchos más.  Me enseña el retrato de Panero. Aunque el cuadro es hermoso, me cautiva más el boceto hecho en una servilleta. Después me muestra un retrato de Alonso de Illescas. “Era un chukchas el man, pero eso no nos enseñan en la escuela”, me dice, y agrega: “Me inspiro mucho en cuadros. Igual el de Goya o el de Rubens, Saturno devorando a los hijos. Como decía el Luigi una vez: ya todo está pintado”.
Entonces lo entiendo mejor: Francisco pinta flechas. Todos somos flechas. El arte es una reelaboración. Volvemos a decir. Vegas me lleva a Panero. Panero me lleva a Francisco. Francisco a Cézanne. Cézzane a Stornaiolo. Stornaiolo a Bruegel. Nada nos pertenece. Todo nos pertenece. Cada trazo es una flecha. La creación artística consiste en hacer flechas que llevan a otro lugar, que, a su vez, es otra flecha. Una celebración a la vida. A la inspiración. Quizá más que una celebración es un homenaje. La inspiración es la inspiración misma. El hecho de celebrar la belleza del otro es lo que me conduce a mí mismo.

Un breve boceto hecho por Maldonado Carrasco reposa sobre su mesa de trabajo. Fotos: Ana Cristina Franco


***
El segundo cuadro está terminado y Francisco se aleja para verlo. “Mis cuadros hay que mirarlos de lejos”, dice. Estoy de acuerdo: Francisco se aproxima. Su huella se inscribe en el desenfoque. En la fugacidad. En el rasguño del Tiempo. En el rastro que deja el cometa. En el negativo, lo que supone una forma, un modelo, el ciego que mira mejor. Presiente. Atrapa. Captura. El boceto como obra final. Un viaje hacia la abstracción. Deconstruye la imagen hasta llegar a trazos que a pesar de no responder a la realidad, retratan la esencia del sujeto.


“Mis cuadros son de discoteca. Cuando pinto pienso en música electrónica y en LSD. En anfetaminas y esas huevadas. Yo creo que mis cuadros tienen algo de eso. Éxtasis. Nunca he tomado éxtasis. Solo un ácido. Pero yo no soy de ácidos. No me llama la atención nada de eso. Pero mi pintura sí vive en ese sistema de esos sentimientos. En esa fiesta”.
— ¿Por qué pintas? —insisto.
—Porque pintar es hermoso. —Me responde. Y sé que ya no necesito saber más.


(Cartón Piedra) 

miércoles, 16 de julio de 2014

Entre caníbales

Sexo carne y rock n roll...

"Come de mi, come de mi carne... Entre caníbales..."
-Soda Stereo. 




Me gusta la carne. En una casa de vegetarianos, yo era la única carnívora: una isla depredadora en medio de un mar de lechugas. El segundo esposo de mi madre es vegetariano (un hermoso vegetariano a quien hasta hoy considero mi otro padre) . Él,  a su vez, tenía tres hijos vegetarianos (tres vegetarianos lindos a quienes hasta hoy considero mis otros hermanos). Como mi madre y él tuvieron otra hija (mi ñaña Laura) y yo tengo otra hermana, en la casa vivíamos ocho personas en total. Siete vegetarianos vs. una carnívora.
Mi mamá hizo de todo para que yo dejara mis costumbres caníbales y no devorara animales muertos en la mesa. Se desvivía creando platos nuevos: pastel de “doritos” con frejol y queso, berenjenas apanadas, torta de papa con carne vegetal. Nada dio resultado, menos aún cuando el plástico y la soya tenían la osadía de hacerse pasar por carne. Nada más desagradable que un cartón que quiere ser carne. ¡Atrevido! Es lo mismo que el tabaco electrónico, el café descafeinado o el sexo virtual, una triste simulación del placer que carece de la parte esencial: lo que destruye. ¿Cómo se puede sentir placer si ya no está prohibido? Así la copia sea idéntica al original, si no duele, no vale. Al neurótico no le funcionan esas cosas. Quizá por eso cuando descubría el aburrido bistec artificial me sentía estafada. Prefería comer lechuga pura con limón que una plasta viscosa que pretendía ser carne pero era cartón.

¿Por qué no pude dejar mis costumbres rupestres y elevar mi espíritu? No es que diera mi vida por un pedazo de vaca, me gustaba, sí, pero tampoco para decir qué bruto. Quizás era una forma de resistencia. Lo lógico hubiera sido que me “haga al grupo”, que ceda, que al no poder vencerlos terminara uniéndome a ellos. Pero está claro que si el grupo (cualquiera que este fuere) dice que sí, yo digo que no, y viceversa. Bello y maldito gen del salmón. Quizás si hubieran sido carnívoros, yo hubiera sido vegana. Aunque no lo creo. Resistí ciegamente en mi afán de ingerir mamíferos y mi madre tenía que comprar una pequeña porción de carne al mes. La carne la compraba para mí y para el can. Y nos íbamos a medias. Mientras todos comían pastel de acelgas yo devoraba un pedazo de carne que yo misma freía. El perro comía de la misma ración.
Quiero aclarar algo: el problema no son los vegetarianos. Conozco unos cuántos (mi sagrada familia, por ejemplo) que lo son de corazón. Pero hay de los otros, la mayoría, esos que aseguran ser mejores  humanos por abstenerse de los placeres de la carne. Son los mismos que van al rocódromo y hacen yoga antes de instalarse en la oficina. Aquellos que alternan temazcales con sesiones de pases y full ácidos, ¿cachas? Ya ven, todo es relativo: hay vegetarianos malignos y la mejor bióloga que conozco devora chinchulines que da un contento.

Tal vez lo que más me molesta del vegetarianismo es su airecito correcto, su falta de sabor, su cara aburrida. También están los hare-krishnas para quienes está prohibido el ajo. ¡Prohibido el ajo! El ajo que espanta a los vampiros también espanta a los krishnas. ¿No es esta la máxima expresión de la anulación del placer? ¡Y los macrobióticos! No conformes con privarse de las viandas reducen sus placeres a pastillas de alcachofa y granos. Cosas pequeñas y ordenadas, como píldoras de robot.

Me cuesta creer que alguien cuya dieta se basa en píldoras de zanahoria pueda follar (bien) . Seres grises. Sin sangre. Sé que me acribillarán. Dirán que en mi próxima vida reencarnaré como una cucaracha (¿y qué culpa tendrá esa cucaracha de ser cucaracha si no recuerda que en su vida pasada fue una mujer carnívora?). Dirán que el concepto de vivir en esta era está denigrado, que el placer es más completo en las finas hierbas, que es una era en la que el alimento no está relacionado al espíritu. Sí, sí, todo lo que quieran, pero, ¿cómo puedes decir que has vivido si no has probado un lomo tres cuartos? Seguidores de Diógenes, el fin del deseo, ¿es humano?... Sin placer no hay dolor. Pero, ¿qué hay?. La paz es contradictoria a la pasión. La paz de la tortuga. La paz de la montaña. La paz del abuelo. La paz por ahora puede esperar. Todavía hay rock n’ roll.

(Diners)

lunes, 30 de junio de 2014

Ninfomaniac- Después del hambre: el hambre.






Amo y odio a Lars von Trier. El mayor transgresor, pero también el más pretencioso. El niño terrible de Cannes. El único creador/destructor que para romper los dogmas, crea dogmas.

La mujer y la madre. La dama y la hembra. La Santa y la Puta. La mujer parece estar dividida para Lars von Trier, quien la concibe como una serpiente oculta. Asocia a la maldad con la feminidad, como si dentro del clítoris hubiera una sustancia venenosa, maligna, mortal...
Ninfomaniac, la película más prometedora del director que en algún momento se propuso destruir el cine, no me cambió la vida. La portada que mostraba a la sensual, oscura y blanca Charlotte Gainsbourg, desnuda al lado de dos negros, no justificó una película medida, pensada, e incluso, amanerada. El director que hizo un retrato tan desgarrador de la depresión con Melancolía, esta vez no logró captar la esencia de la problemática del sexo. Ni la belleza. Ni quizás, tampoco, el horror.
Se dice que Antricristo, Melancolía y Ninfomaniac podrían ser una trilogía sobre la depresión. Tal vez. Sin embargo, creo que Melancolía funciona como pieza poética única y, como obra cinematográfica, es infinitamente superior a las otras dos. Tiene otro corte. Otra estética. Otra impronta. Cada fotograma es pasado. Nostalgia. Dolor y Belleza. Pero esa es otra historia. A lo que voy es a que tanto Anticristo como Ninfomaniac me parecen un poco excesivas. Transgreden tanto que se despojan de su mismo significado. Estas dos películas sí están en un mismo paquete, tanto que Gainsbourg parece atravesar los dos filmes con la misma problemática.
Imposible no comparar a Ninfomaniac con Anticristo si hasta el propio Lars le hace un guiño explícito al filme.
En Anticristo, Gainsbourg representa a una mujer que tras la muerte de su hijo, se aisla en en el bosque con su marido. Y allí se pierde, intentando escapar de la muerte con el sexo y desencontrándose más de sí misma. En Ninfomaniac, Joe es el personaje sediento representado por dos actrices radicalmente opuestas: Stacy Martin y Charlotte Gainsbourg.
Pero no hablemos del personaje de Anticristo ni del de Ninfomaniac, hablamos de Charlotte Gainsbourg. Ella (quien es la protagonista de los dos filmes y algunos más de Lars Von Trier) parece atravesar las distintas películas de este director con la misma sed: vida, pasión y muerte de nuestra señora anticristo. Recordemos la primera secuencia de Anticristo: el pene entra en la vagina en blanco y negro. La luz revela el aura del acto sexual, en cámara lentísima. El bebé gatea, abandonado. Händel los lleva en silencio. Por un segundo, los ojos de la madre miran al niño en peligro. En alguna parte, Era y Afrodita luchan. Charlotte explota de placer y el bebé cae por la ventana, lento, lentísimo, viajando despacio entre los atiempados copos de nieve. Entonces cae al piso blanco, y ella tiene un orgasmo. Muerte y sexo. Lars von Trier da a luz al personaje femenino dual o, mejor dicho, dividido. Madre y amante no pueden convivir en el atormentado cuerpo de Gainsbourg. Ella encarna la aberración, un cuerpo que, tras buscar el alma, desagarra su piel (sin darse cuenta de que el alma es piel). La mujer deja de lado la cultura, el trabajo, la lactancia y se abandona. Se vuelve animal. Vuelve a Lo Real.

Charlotte Gainsbourg interpreta a la Joe adulta en el filme de Lars von Trier.
El brillo en sus ojos devela algo maligno. Su rostro complicado, su cara larga, sus arrugas, su nariz grande. Ella es la suma de errores, esa creación imperfecta, esa humanidad flaca y desproporcionada que revela el caos interno. Ginsburg es la mujer, mientras que Stacy Martin es su opuesto: nariz respingada, piel de porcelana, labios finos. Belleza vulgar que no se compara a la naturaleza de Charlotte. Mosquita muerta que quizá tendría encanto si hubiera contradicción. Es decir, si vestida operara como animal y desnuda como monja (o al revés) algo funcionaría, el personaje crecería. Pero Stacy Martin folla vestida. Ese personaje es igual con todos. Igual de plano. La joven Joe abre las piernas en los baños del tren y se deja penetrar como si le estuvieran sacando una muela. No reacciona. La relación extraña ninfomanía/frigidez es interesante, pero creo que debió ser un resultado y no un origen.


En el capítulo ‘Delirio’ todo parece tener mayor sentido. Joe se moja en el entierro de su padre. Reaccionar sexualmente a la crisis es normal según Freud. Y aquí está el conflicto de la película, la problemática de Lars. La pulsión de vida (Eros) opera inconscientemente contra Thanatos (Muerte). Hay una misteriosa y estrecha relación entre el sexo y la muerte. Creación y destrucción.
Ninfomaniac presenta un retrato del sexo sin placer. El orgasmo iluminado -uno de los pocos momentos bellos de la película- que eleva a Joe hacia el cielo, como un milagro, es un momento de Gracia en el que el placer —la belleza-el deleite— hablan del misterio del sexo y su relación con lo Divino. Sin embargo, después, no hay placer. El encuentro sexual es para Joe un desencuentro. Dos cuerpos que se abrazan. Absurdos, lejanos, que intentan encontrarse en la oscuridad con torpeza. Pero cada caricia es una confusión. Cada roce un silencio. El orgasmo es un grito desesperado en otro idioma que el amante no entiende. Dos lenguas distintas que se entrelazan y que, mientras más se tocan, más se alejan.
El encuentro para Joe funciona así: cada acercamiento físico representa una distancia espiritual. El sexo no une, aleja. El coito reafirma la soledad. Y el viaje es adictivo y ansioso, y provoca otra búsqueda que, paradójicamente, la aislará más. Ese acto torpe de abrazar al otro con los ojos cerrados, de presentir un cuerpo en la oscuridad y apegarse a él con violencia, con intentos torpes de calor que solo consiguen silencio. Distancia. Esa antropofagia sublimada que es el sexo. La posibilidad de descargar en el otro aquello que no sabe de sí misma. Joe folla hasta deshacerse de su cuerpo, hasta no ser. Hasta sacarse la piel y sangrar y descubrir que tras ella no hay nada. Hasta morir. Y seguir viva. Y volver a devorar.

Y aún tener hambre
(Charlotte Zombie)

Un hambre sin hambre. El hambre de Charlotte es solo hambre: no gusto, no placer, no sensación. Coma lo que coma, tiene hambre. Nunca nunca nunca, es suficiente. Mientras más devora, más desea. No. “Desear” no es la palabra justa. En el hambre de Charlotte no hay una pizca de deseo. Solo hay hambre. No es deseo, es pulsión. Reproducir la actividad hasta despojarla de su signo. Repetir la actividad hasta despojarla de su alma. Insistir, como la plasta. La pulsión primaria que, como dice Zizek que dice Lacan, no existe, insiste. Y esa repetición ni siquiera lleva al infierno, sino al limbo; a algo más aterrador que la muerte. A un estado en el que no está viva ni muerta. Como una lombriz que se divide infinitamente y sigue viva. Se sigue moviendo. La Cosa.

La vagina es un agujero negro. Un tragaluz que lo devora todo. Un túnel cuya puerta conduce al vacío. Un punto misterioso, desconocido, oculto. Al contrario de la vagina murakamiana que es un túnel que conduce al interior, al corazón de uno mismo, el túnel de Gainsbourg lleva al despojamiento de sí mismo. A la división del cuerpo y del alma. A un no lugar fuera de sí. El sexo, que es creación per se, en este caso es muerte. No, ni siquiera es muerte (porque la muerte de alguna manera también es vida), pero tampoco es vida. Es ese espacio que acaba con el ciclo vital. La no-vida, la no-muerte que aparece por medio de la repetición insesante que lleva a perder el alma sin matar el cuerpo. Horror.  Excepto dos o tres momentos, las escenas no son tratadas con belleza, sino con horror.
La adicción surge de una prohibición. La prohibición de una ley moral. En un punto, Joe se siente culpable por sentir placer sexual en momentos de muerte.  Luego, atraviesa esa frontera y ya no siente culpa. Al no sentir culpa tampoco siente placer. Cuando desaparece la culpa desaparece el placer. Su ninfomanía deviene en frigidez y necesita golpear su cuerpo para sentir. Ver su sangre para comprobar que está viva. Entonces la película devela un dilema más perverso e interesante:  ¿existe placer sin culpa?, ¿o es mera pulsión? ¿no hay visos de moralismo al retratar el lado oscuro del sexo? O, mejor dicho, ¿cuál es el lado oscuro del sexo?, ¿puede el sexo tener un lado oscuro?, ¿ese lado oscuro no tiene que ver con la culpa?, ¿con el exceso?, ¿con las sed femenina que es mal vista y es llamada ‘ninfomanía’ cuando en los hombres se llama ‘apetito sexual’? La mujer sexual, hambrienta sexual, es concebida por el hombre como un monstruo. Su placer debe ser anulado. Esa sed sexual es una amenaza feroz para los hombres que tienen pesadillas con vaginas dentadas.  Ella es la mayor pesadilla del imaginario masculino: la mujer/monstruo que castra al hombre.  Quizá en señal de defensa, el hombre se adelanta y niega el placer femenino por miedo a ser castrado. Lo niega mostrando a una mujer-bestia que destruye todo con la vagina. El placer femenino concebido con horror tiene visos de moralismo. Sí, el irreverente Lars von Trier oculta un moralismo (¿quién no es moralista ?) o una neurosis —si es que hay alguna diferencia—. No podemos escapar a la cárcel de los opuestos binarios:  para ser irreverente es necesario ser conservador. O si no, recordemos la escena famosa en la que Buñuel, enfermo en su cama, rezaba a Dios y después lo negaba. Todos los occidentales somos caólicos-neuróticos aunque no creamos en Dios. Ni en Freud.   Porque somos culpables y provocamos culpa. Una máquina de dar y recibir culpa. Presos de un placer que está a la sombra de la culpa. Porque desear lo prohibido es lo más moralista que existe, está a la sombra de los opuestos binarios. La imagen de la monja prostituta es un estereotipo del deseo católico (que, obviamente, incluye a los no católicos, que quizá son los más católicos). ¿Cómo escapar?, ¿Cómo romper con la cadena viciosa opuestos binarios? El deseo no es sólo biológico,  no solo es pulsión sexual, instinto, sino otra cosa, que tiene que ver con algo más… Con algo invisible. Y quizá en este punto sea una utopía pretender  amarse sin fantasmas. 


(Cartón Piedra) 

viernes, 20 de junio de 2014

Kamikazes en la cancha




 “A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contario, a quién no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia.”
-Roberto Bolaño.




UNO: Yo también quiero ver guerreros en la cancha…


Siempre le tuve miedo al balón. Tengo asma. Y un buen grado de miopía. Las pocas veces que intenté entender el juego que volvía locos a mis compañeros de clase, terminaba frustrada. Me ahogaba con el polvo apenas corría. Cuando me pasaban el balón me ponía nerviosa y lo esquivaba de un saltito; porque si me armaba de valor y decidía confiar en él, el muy traidor se estrellaba en mi cara. Y me rompía los lentes. Tras fingir que corría buscando el “esférico” (cuando el fondo rezaba para que no me lo pasen) terminaba desconcertada, sin saber si había que ir hacia la derecha o hacia la izquierda, paralizada en medio de la cancha, como un payaso abandonado en plena guerra. Cuando por fin terminaba el partido yo era la más cansada… Y la que menos había jugado. Sin embargo, mentiría si digo que jamás metí un gol. Una mañana soleada, allá por el noventicuatro, yo estaba, una vez más, perdida en la cancha, haciendo tiempo hasta que se acabe la hora de educación física. De repente el balón llegó hacia mí, en un impulso nervioso, pateé lejos, para deshacerme de él lo antes posible. El balón se elevó hasta el cielo azul y viajó, en cámara lenta, hasta templar la red. Yo, asmática, de lentes, alérgica, había metido un gol. ¡Sí se puede!. ¿Qué importa en qué arco haya sido?. Pensaba yo, que no tenía el gen del ataque en la sangre. Lastimosamente mis compañeros no pensaban lo mismo, para ellos la cosa era ganar, derrotar al adversario, ser el mejor. ¿Cómo haría para nacer? , me pregunto hasta ahora. ¿Cómo es que estoy aquí? Alguna vez fui, o algo de mí fue, un espermatozoide, y ese espermatozoide que ahora es piel que mete autogoles, alguna vez ganó una carrera. ¿Qué había quedado de él?

Quizá por eso, siento envidia. Envidia de las chicas machonas que patean con fuerza el balón, incitando, a su vez, la envidia de los hombres. Envidia de un amigo que dice que ver un partido de fútbol es como ver a Aquiles luchar. Mientras él ve guerreros en la cancha, yo veo gente corriendo tras una pelota. Nunca entendí la relación entre la
endorfina y la palabra gol. Ni el estruendo en las calles de Quito cuando parece que hay guerra civil y es que juega “la selección”. Ni el silencio en las calles de Buenos Aires cuando parecía que estaban rezando y era que estaban viendo un partido. El fútbol me enfrenta a mi lado frágil. A mi tendencia sedentaria. Hace que añore a mi gemela buena, la que no usa lentes, hace aerobics y mete goles en los arcos correctos.



DOS: “¡Sí se puede!, ¡Sí se puede!”
Impotencia y castración.



Woody Allen vestido de espermatozoide en “Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar”, es una patada a Darwin, a Freud, a Adam Smith, que traducidos en comerciales de Nike, nos han dicho que perder no es una opción. Es aterrador pensar que tal vez el capitalismo sea el reflejo social del comportamiento biológico natural. La vida es una lucha: sobrevive el más fuerte. Quizá por eso el fútbol es el deporte de esta era. El gol es la materialización del éxito. Ese acto fálico de penetrar. Pegar centro. El balón, es, de cierta forma, el espermatozoide que va más rápido. El que gana. El primero. Pero, ¿qué hay de los otros? los que somos lentos, los que no vamos al ritmo, los que no vamos más rápido, no porque no queramos sino porque no nos dimos cuenta de que esto era una carrera.. Los espermatozoides que no tienen el hambre de Cristiano Ronaldo, y que en lugar de visualizarse como un bebé rozagante, se imaginan diluidos en una revista pornográfica.

Yo crecí en un país que perdía partidos de fútbol. Recuerdo los 90 con un cielo gris, un helado pingüino con los colores de “la tri”, y un comentarista deportivo que decía: “¡sí se puede!” con un aire de “jamás se podrá”… Y no se refería solo al partido de fútbol, ya sabemos: hoy en día el país es el fútbol. Siempre me pareció grave el hecho de que patear bien una pelota de cuero determine una identidad. Me da miedo que nos comportemos como masa y no como seres humanos. Me niego a creer que el país sea una camiseta amarilla de tres colores. Me parece triste y limitado que el tema complejo de la identidad se haya visto reducido- ya no a una bandera- sino a una camiseta. A menos que esté mojada.
Pero creo que esta asociación patriótica entre fútbol e identidad, es más peligrosa en Ecuador. Mientras los otros países ganaban mundiales, tenían “tecnología de punta” y eran geográficamente grandes, nosotros teníamos un mapa que en lugar de mostrarnos lo que somos, nos mostraba una línea entrecortada que señalaba lo que habíamos perdido. El autoestima de Ecuador, más en los noventa, era peor que la de una adolescente anoréxica. La sensación siempre fue esta: no importa lo que hagas, siempre habrá alguien (en otro país, por supuesto) que lo hará mejor.
Obviamente el problema no es perder. Todos los países pierden (unos más que otros), hay países más pequeños que el nuestro, los problemas que tenemos aquí existen en todas partes, pero solo aquí hay un sentimiento de inferioridad digno de medalla de oro. Aquel extraño síndrome al que Burroghs se refirió en una carta a Allen Ginsberg: “Recorrí Ecuador lo más rápidamente posible. Qué lugar horrible es. Un complejo de inferioridad nacional de país pequeño en su estado más avanzado.” (Cartas de Yagé. Wiliam Burroghs Allen Ginsberg/ Ediciones “Signos”) El problema no es perder, sino culparse excesivamente por ello. Y habría que preguntarse por qué para un ecuatoriano perder es más grave.


TRES: “El factor accidente” y el “acto fallido”…


El 2 de febrero del 2013, en un partido del Real Madrid contra Granada, en el minuto 22, Cristiano Ronaldo marcó un gol en su propio arco. Ese instante, la suma de error, de azar y belleza, hizo que CR7, quien posa cuando las cámaras lo encuadran, marcara un autogol. De todos los autogoles que se han cometido este me ha llamado la atención en particular. La razón es simple: aunque un autogol siempre es un golpe bajo, no es lo mismo que haya sido Cristiano Ronaldo quien lo haya metido, o cometido. A él le duele más perder. El Ganador por excelencia, el pavo real que cree controlarlo todo y que odia perder, el representante de la cultura ganadora ( o de la ansiedad de ganar), esta vez fue presa del azar. Operó inconscientemente en contra de su equipo, de sus ganas de ganar, pero sobre todo , de sí mismo. La serpiente se
muerde la cola. Un guiño de  Dios. Una paradoja en el tiempo. En el sistema. Una falla en la mátrix.

Un autogol es el acto de rebeldía máxima. Bello y absurdo, rompe con la lógica del juego. Un acto contra-natura que paraliza. Desconcierta. Provoca reacciones inesperadas. Impredecibles. Y en ocasiones, violentas, como lo fue en el famoso caso de Andrés Escobar. Y aquí va el segundo autogol que merece ser nombrado y del que ya tanto se ha hablado. Sabemos la historia: El 22 de junio de 1994, en el Mundial de Estados Unidos, Colombia jugó contra USA en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles ante más de 93.000 personas. En el minuto 13, Andrés Escobar intentó despejar el balón ante la presencia de su contrincante John Harkes, pero algo salió mal y el balón acabó en su propio arco. El resto de la historia ya sabemos. “Nunca un gol había costado tan caro” decía la prensa. Para sus hinchas hubiera sido más fácil verlo fracasar, jalarse un penal, fallar un gol. Pero en una cultura en la que es imperdonable perder, el autogol es un crimen. La sociedad no perdona el autogol así como no perdona el suicidio. No es porque el jugador haya faltado o traicionado al equipo, el punto es que su accidente desarma la lógica del fútbol mismo, del juego per se. Sentirse impotente es el principio de la Tragedia. Lo que no pudieron perdonar a Escobar es haber sido presa del azar y haber terminado con la lógica del juego, pues en esa acción vieron reflejada su propia impotencia. Esta desgracia recordó que no siempre tenemos el control, que no siempre podemos escoger, que no ha sido tan simple como just do it. El accidente, ese acto torpe que descuadra los planes, devela un dilema más complejo: el destino. El misterio de la naturaleza, esa fuerza salvaje, que intercede en nuestra vida sin aviso previo. Sin lógica. Aquello que no podemos gobernar nos asusta, tanto que somos capaces de matar. Porque ese pequeño acto bello y torpe nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra intrascendencia.

Por otro lado, y aquí es cuando se vuelve más compleja la cosa, ¿hasta qué punto es un accidente?, ¿qué de mí hay en él?. Según Freud, los accidentes no existen. O en otras palabras, todo accidente devela un deseo oculto. El impulso de Thánatos, o como diría Poe, “el demonio de la perversidad” es ese vértigo que me lleva al abismo. Algo de mí quiere caer. Algo de mí que no quiere ganar, y si se lo mira desde el punto de vista biológico, hay algo en mí que no quiere evolucionar. ¿Será?


CUATRO: Bartleby a la cancha.


Mi mejor manera de enfrentar un partido de fútbol es quedarme en casa. Viendo la
pantalla del televisor, sí, pero no precisamente el partido, sino una película barata, acompañada de un litro de helado. Saber que afuera se matan por ver personas persiguiendo un balón mientras yo tomo lentamente un helado, me provoca una bella sensación. Como ganar un premio y no ir a recibirlo. Robar un banco y quemar el dinero. Sobrevivir al apocalipsis zombie bailando charleston. Debatir sobre la naturaleza del amor mientras se acaba el mundo (que no es poco para describir a la ciudad cuando hay partido). Hay, en esa acción, cierta rebeldía, parecida a la de un ser imaginario que marcara un autogol por convicción. Si un autogol accidental (si no es una redundancia) ya es de por sí bello, uno intencional sería un acto de valentía. En una realidad en la que no hay más opciones que ganar o perder (el hincha fiel prefiere que pierda su equipo a que gane con un autogol), ese autogol plantearía una nueva salida. Sería el limbo, el fuera de juego, Bartleby, que desde su pasividad, ataca al sistema cuando dice tranquilamente: “preferiría no hacerlo”. No hay violencia
visible. No hay por donde atacar. Y eso es lo que desarma. “Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva”, dice Melville en Bartleby.
Yo me identifico con Bolaño y solo creería en un goleador que supiera marcar en su propio arco. Si Buñuel decía que el acto poético por excelencia es salir a la calle y matar a todos, un autogol por convicción sería algo parecido. Esta acción la cometería un héroe gris y silente, un antihéroe del fútbol, o más que antihéroe, una especie de kamikaze del fútbol. La escena es esta: El cielo está despejado, sin una sola nube. Las líneas blancas resplandecen sobre la hierba verde, verdísima. Después del solemne Himno Nacional, la selección juega la final del mundial contra Francia o Estados Unidos. Empieza el partido. Más o menos al minuto 16, el pequeño kamikaze, (que debería ser el mejor jugador) se detiene en la mitad de la cancha… Y gira. La hinchada se paraliza. Los jugadores lo miran desconcertados. Nadie entiende qué pasa. El Bartleby del fútbol corre, como el salmón, llevando el balón contracorriente. Veloz , atraviesa la cancha, y esquiva como un mago a los otros jugadores. Adversarios y colegas. Entonces llega al otro lado, sonríe ligeramente, y con toda la fuerza, dispara en su propio arco. El balón rompe el viento en cámara lenta. El arquero intenta detenerlo, pero se le va de las manos… Y pega centro.
El Tiempo se detiene.
El silencio aplasta el Estadio.
Los hinchas se congelan.
No hay pifeos ni barullos. Sus colegas no pueden reclamarlo por la misma razón que el jefe no puede reclamar a Bartleby. El equipo contrario tampoco festeja: tampoco ha ganado.
Ha sido un error. Una paradoja en el juego.

 Nadie entiende.

Después de traicionar a su bandera, que es una gran camiseta, el kamikaze del fútbol no podría regresar a su país. Su autogol le traería una especie de exilio. Sin patria, sin camiseta, sin público, quedaría desterrado. Condenado a vagar por las calles del mundo.


(Publicaión "OPIO") 

miércoles, 18 de junio de 2014

Rebeldes que no se despeinan (Hipsteria colectiva)





La palabra cool me retuerce el espíritu. Un quiteño "cool" hace publicidad y se siente Coppola. Jala coca en los baños de los bares y se siente Tony Montana. Usa twitter, no Facebook. Intercala la camiseta amarilla de los Sex Pistols con la de Los Ramones. Usa lentes enormes aunque no tiene miopía. Conoce las calles de Nueva York mejor que las de su barrio. Sabe el color del calzoncillo del baterista de su banda favorita (tiene una nueva cada semana). Va todos los años peregrinando hacia el festival Lolapalooza. Aunque puede comprarse Converse, usa Venus. Rompe con la moda, pero siempre está a la moda. Es rebelde, pero no se despeina.  Según el diccionario "cool" es un rebelede con éxito. ¡Qué oxímoron!. ¿Decir rebelde con éxito no es lo mismo que decir cigarrillo electrónico, carne vegetariana o rock cristiano?.


El saxofonista negro Lester Young fue el primero en decir “I am cool”, refiriéndose a “estar relajado en un determinado ambiente, con la situación bajo control”. A pesar de transgredir (o querer transgredir), el cool mantiene el control. Por otro lado, es interesante el vínculo del término cool a la comercialización de la cultura negra. “Para muchas supermarcas perseguir lo cool significa simplemente perseguir la cultura negra. Tal es la razón de que la primera parada de los cazadores de lo cool fueran las calles de los barrios más pobres de Estados Unidos donde los chicos juegan al beisbol”, dice Phil Spur, director de marketing de “Pepe Jeans”, en una entrevista hecha por Naomi Klein para el libro “No Logo”.


El diseñador Christian Lacroix dijo en Vogue: “Es terrible decirlo, pero a menudo los mejor vestidos son los más pobres”. Los empresarios de la moda nos dicen qué desear y son los verdaderos artistas, que, en silencio, transforman la ambigüedad en marca. Se apropian de la miseria y la convierten en moda. Se apropian de la libertad y la venden.  A quienes tengan dinero para comprarla, claro. Quizá por eso un cool es necesariamente aniñado, es decir,   apto para comprar y vender. Un cool es un blanco que se viste de negro. Un aniñado que se viste de gamín. Un empresario exitoso que se viste de perdedor. Un chico popular que se viste de nerd (o geek, más cool llamarlo así). Adidas sacó su versión del “gamín”. Tommy Hilfiger su versión del hip-hop marginal. American Apparel su versión del “hipster”. Para toda penuria hay una marca. El sufrimiento del cantante Kurt Cobain años más tarde terminó reducido a la palabra “emo”, que vende dolor haciéndolo pasar por cool. Cool es una suerte de sublimación de aquello que jamás ha sido aceptado. Ponerle marca a lo no aceptado, a lo freak, a lo mínimo, a lo “pasado de moda”. Ponerle un sello a la diferencia y, paradójicamente, normalizarla, banalizarla. Quitarle su belleza original y venderla. Los empresarios sospechan que en la minoría hay una fuerza latente peligrosa y, antes de que explote y de que sea una voz, la compran. Después la venden. Y nosotros la compramos. 


 
Me encantaría llegar en “combinación” a una reunión de publicistas, pero seguro los “cazadores de lo cool” me atraparían y al otro día sufriría espasmos viendo a los aniñados dar pasitos con mi atuendo. La marca no perdona. No deja un espacio libre. Nos venden rebeldía en lata. Y la consumimos. Y nos da placer. Yo no me escapo. También soy cool. Todos somos cool. ¿Cuál es la salida? ¿Quemar las marcas y dar la guerra que tanto les excita a los empresarios de la moda? Quizás hacer como Andy Warhol y Susan Sontag y crear una obra de arte con plástico. Tomar Coca-Cola y usar Converse quizás sea más rebelde que pretender no hacerlo.


Jack Kerouac describió a los hipsters como personas “de una especial espiritualidad”. Sin embargo, muchos de ellos hoy son lo contrario: la apariencia y no la esencia. Quizá vaya por ahí. Buscar la luz, la piel que está bajo la marca, pero, ¿habrá algo más allá?, ¿o será que en estos tiempos posmodernos nuestra piel ya es marca?.

(Diners)

lunes, 2 de junio de 2014

El principito: las estrellas se ríen en el desierto (de lo real)

I. La infancia es un planeta en el que solo alcanza uno…

Ya hace mucho tiempo que el principito desapareció en el desierto. Digo hace mucho tiempo, pero si queremos ser exactos (no olvidemos que a las personas mayores les encantan las cifras) habría que decir que fue hace 77 años.  Pero digamos que fueron 100. ¡Cien años! Eso explica que mis recuerdos a estas alturas  ya sean tan ambiguos como mi infancia. Solo me quedan pedazos de luz que se fugan cuando los pienso: una serpiente amarilla, sus rizos brillantes, sus baobabs. Mi edición pequeña forrada con plástico, las manos de mi madre, su voz. El Principito era una especie de mapa que intenté descifrar. Un manifiesto extraterrestre. No lo recuerdo como un libro dulce, sino como algo bello… Y triste. Infinitamente triste. Insoportablemente triste. Y he aquí el secreto, señores: la infancia también es soledad. El principitodelira en el desierto, le ha picado una serpiente y alucina estrellas. O tal vez él mismo seala alucinación de un aviador que no ha probado agua en días. Algo así es la infancia. Además, dura un segundo y después… Quizás por eso el libro es un mapa; una partitura que hay que descifrar para recuperar sus vestigios de la infancia, ese planeta brillante en el que solo alcanza uno. 






















Para su evasión, aprovechó una migración de aves silvestres...

II. El viaje del principito (o el miedo al silencio.)
Un día, el principito abandonó el asteroide B-612. El asteroide B-612 es del tamaño de una casa. Tiene 3 volcanes. Dos en actividad y uno extinguido. Pero nunca se sabe.  El principito aprovechó la migración de aves salvajes y se aventuró al espacio sideral. Voló lejos. Huyó de una rosa con 4 espinas. Huyó porque amaba a esa rosa. Y cuando uno ama lo mejor es volar. El principito recorrió varios planetas en los que encontró hombres tan egoístas que no eran hombres, sino hongos.
El viaje del Principito es una metáfora de la ceguera humana. Nos equivocamos al decir que los adultos no imaginan. Pues sí lo hacen: imaginan infiernos, mueren y matan por fronteras que no existen. Los niños no imaginan, eso es un cliché: los niños ven de verdad la magia que existe en el mundo de verdad. Los adultos no son malos, más bien son seres tristes que se esclavizan para no enfrentarse a la inmensidad de las estrellas o de sí mismos (si es que hubiera alguna diferencia).

En el primer planeta el principito encuentra a un Rey. A pesar de que el pequeño asteroide no tiene más habitantes que el Monarca, el hombre se empeña en gobernar.  Sueña el Rey que es Rey.  Pero, ¿qué gobierna? Las estrellas, los planetas, los cometas… “ Si ordeno a un general que se transforme en ave marina y el general no obedece, no será culpa del general”. Si ordeno a la lluvia caer en abril y a los arupos florecer en agosto, seguro me obedecerán. El Rey sabe este secreto y se guiña el ojo a sí mismo. Él es feliz así. En otro planeta igual de pequeño el principito encuentra a un vanidoso solitario. El ser más vanidoso del mundo está completamente solo: no podría ser de otra manera. Después encuentra a un hombre rojo que hace sumas y restas todo el día, a un borracho que bebe para olvidar que es un borracho y a un geógrafo de escritorio que jamás se ha movido de su puesto. El capítulo del farolero es tan bello que podría ser otro libro: El farolero o la historia más triste del mundo. El farolero habita un asteroide pequeño, muy pequeño. El asteroide tiene un farol que el farolero debe encender y apagar un millón de veces. Lo hace porque es la consigna. La consigna es la ceguera: la fe en una actividad absurda que sostiene una inmovilidad con el fin de ocultar la nada. La actividad del farolero recuerda al típico rito obsesivo-compulsivo de apagar y encender la luz 80 veces antes de dormir para que no suceda una desgracia. Todos los personajes que el principito encuentra en su viaje hacen actividades compulsivas. Encender y apagar un farol. Sumar y restar. Beber para olvidar que se es un borracho. Actividades absurdas. Actividades-ruido que buscan silenciar. El obsesivo habla para callar, busca para ocultar, y se mueve para detener. ¿Qué más le queda a alguien que habita un planeta abandonado en el universo?, ¿qué más puede hacer si no encender y apagar mil y un veces un farol? Inventar leyes y creer ciegamente en ellas para olvidar que estamos solos, que no tenemos súbditos, que somos unos borrachos…

III. La tercera roca alrededor del sol
(O pequeña crónica del mamífero bípedo)
—¿Qué me aconseja usted que visite ahora? —preguntó.
—La Tierra —le contestó el geógrafo—. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.


El principito llegó a la Tierra. La Tierra: planeta del Sistema Solar que gira alrededor de su estrella en la tercera órbita más interna. Se formó hace aproximadamente 4.500 millones de años, pero la vida surgió 1.000 millones de años después. La vida: aquello que distingue a los reinos animal, vegetal, hongos,  protistas, arqueas y bacterias del resto de realidades naturales. Implica las capacidades de nacer, crecer, metabolizar, responder a estímulos externos y reproducirse. La vida, en este caso, incluye la formación de millones de especies, entre ellas, el ser humano. Ser humano: especie de primate de la familia de los homínidos. Animales bípedos medianos. Se reproducen mediante la intervención de dos personas de diferente sexo, con más frecuencia en verano. El pulgar oponible permite a los humanos manipular cosas con precisión. Las personas aman las cifras. Las personas caminan sobre la Tierra. La Tierra flota sobre fuego. En la Tierra hay  alrededor de 7.046 miles de millones de personas. Entre ellas ciento once reyes. Siete mil geógrafos. Novecientos mil hombres de negocios. Siete millones y medio de ebrios. Trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos millones de personas mayores. Los hombres tienen fusiles y cazan. También crían gallinas. Es su único interés. 




¿Dónde están los hombres? —Dijo el principito—. Se está un poco solo en el desierto.
—Con los hombres también se está solo. —Dijo la serpiente.

Aunque haya más seres humanos, cada uno es un planeta. La Tierra es grande y hay millones de hombres y mujeres iguales los unos a los otros. Millones de rosas iguales las unas a las otras. ¿Dónde está el sentido si nos repetimos una y otra vez?, ¿si lo que pienso hoy ya lo han pensado antes?, ¿si mi piel tiene rastros de estrella que ya fueron de otra piel?Nos repetimos, y aún así, estamos solos. Somos eco que devuelve soledad.  El principito lloraba amargamente pensando en todas estas cosas, pero el zorro le contó algunos secretos: las rosas se repiten como estrellas pero pueden ser únicas. El Quijote de Pièrre Menard es diferente al de Cervantes. Las cosas son únicas cuando los ojos las transforman. Se transforman cuando las domesticamos. Domesticar quiere decir “crear lazos”.  Por eso el principito quería a la rosa de 4 espinas. Pero el principito quería tanto a esa flor que tuvo que dejarla… Porque cuando uno domestica, corre el riesgo de llorar un poco. “Para mí el trigo es inútil, pero cuando me hayas domesticado, el trigo dorado será un recuerdo de ti, y amaré el ruido del viento en el trigo” —le dice el zorro al principito—. Y el principito lo domestica. Pero cuando debe seguir con su viaje y dejar al zorro, este llora.

- Pero vas a llorar —dijo el principito—.
- Sí —dijo el zorro.
- Entonces, no ganas nada.
- Gano —dijo el zorro— por el color del trigo.

IV. Lo que no tiene cuerpo.
Las estrellas que son bellas por una flor que no se ve.


¿Qué pasaría si en un segundo, al mismo tiempo, el farolero dejara de encender su farol, el hombre de negocios de contar las estrellas, el rey de gobernar, el geógrafo de leer y el borracho de beber? Caería la Mátrix:  bienvenidos al desierto de lo Real (que es el mismo en el que apareció y desapareció el principito, el mismo en el que Exupéry chocó con su avión para reencontrarse con el pequeño extraterrestre).

El sonido de las estrellas sería insoportable: escuchar al Universo es tan aterrador como escuchar la circulación de la sangre. Pero es hermoso… Poco a poco empezaríamos a entender que lo que verdaderamente existe es lo que no se ve. En el desierto de ‘Lo Real’ no se ve nada, no se oye nada. Y, sin embargo, algo resplandece en el silencio…
El Principito es todas esas imágenes invisibles: la caja del cordero. La piel de la serpiente que contiene al elefante. La risa de las estrellas. El cabello dorado en los campos de trigo. Las cosas tienen sentido por otras cosas: las estrellas están llenas de flores, las flores de manos, las manos de planetas, los planetas de ojos. El mundo está lleno de huellas. Fantasmas que bailan en el cielo. Prehistoria cósmica.
Ganamos,  por el viento en el trigo.



(Cartón Piedra)

lunes, 12 de mayo de 2014

Morir y después bailar

(De cuando mi abuela murió una hora)



“Ay, cómo quisiera morir y después cenar”, había dicho la madre de una tía mía, cerca de los 80 años. Estaba enferma, cansada, pero aún tenía hambre. ¿Quién no quisiera morir sin morir?  “Experimentar la muerte sin morir”, escribe Nicolas Ray en su diario íntimo. Morir y después cenar , morir y después tomar un whisky, morir y asistir a tu entierro, morir y después follar. Excepto Nacho Vegas (quién le reza a  un Dios que le prometió que cuando esto acabe no habrá nada más) todos tenemos el morbo de espiar la propia muerte. Pero es imposible. Aunque yo sí conocí a una persona que lo hizo. Mi abuela, mi bella abuela.

Las nubes grises colgaban del cielo con la barriga llena, pesadas, como piedras o algodones cenizos, espesas,  a punto de reventar. Bajo este firmamento premonitorio, el auto de la familia Varea se deslizaba lentamente, sobre  una carretera desolada. El abuelo Miguel conducía nervioso. Estaba oscureciendo y a él esa hora le daba miedo. A su lado, Gloria,  su mujer (que no es por nada pero parecía salida de la pantalla de una película francesa) miraba por la ventana. En el asiento trasero, mi madre, de tres años, encontraba figuras en las nubes presintiendo la "terrible tormenta".

Entonces un rayo eléctrico los cegó, seguido de un ruido violento. Miguel Ángel Varea frenó a raya. Cuando la luz volvió, mi Mami Yoya se había desplomado.  Las gotas de lluvia reventaban en el parabrisas, y  a lo lejos, un árbol ardía en llamas. Mi abuela no respodía, su cuerpo chorreado en el asiento se había transformado con el relámpago. La mano  de mi abuelo acercó un espejito a su boca. Esperó temblando, pero el espejo no se empañó. “¡Se murió mi mujer!” gritaba mi pobre abuelito. Regresaron desesperados a la hacienda. Y aunque para ese entonces un doctor ya la había diagnosticado clínicamente muerta,  Braulio, el capataz de la hacienda, dijo:  “¡A mi señora no le toquen!”. Nada de hospital. Nada de Quito. Nada de ataúd. Según él, solo había que ponerla en un lugar tranquilo... y esperar a que cayera otro rayo.

En alguna parte, al otro lado, ella camina en la nieve. En alguna parte (donde ahora se ha quedado para siempre, o por un buen rato), ella teje las nubes que ya no son pesadas, sino como algodón de azúcar blanco… En alguna parte, ella mira atardeceres en ventanas gigantes y suspira de belleza. En alguna parte, al otro lado, ella habla con los pájaros y  toma el café de las once (aunque allá no hay tiempo). Entonces escucha  lamentos lejanos, ¿Por qué lloran tanto?, ¿No se dan cuenta de que la vida es bella?... A través de un agujero de niebla blanca, ella divisa a una multitud de gente llorando, frente a un cuerpo inerte. Quiere decirles que se callen. Que está viva. Pero la voz no le sale de la garganta.

Las tías secan sus lágrimas con pañuelos, mi abuelo da pequeños pasitos nerviosos, mi madre mira el cuerpo de la bella durmiente iluminado por una vela. No entiende nada.  Entonces cae otro rayo… Y mi abuela se levanta en un impulso. “¡Cállense, carajo! ¡Aquí nadie se ha muerto!” les dice a las lloronas.
No sé si creo en Dios. Rezo todas las noches, eso sí. He llegado a pensar que quizás el Dios de Nacho tenga razón, y  después de esto no haya nada más. Pero entonces ella me visita en sueños. Trae su neceser. Tomamos el café de las once,  comemos pedacitos de queso cortado, me paso a su cama a dormir, y sé que ahí jamás podrá encontrarme la muerte, porque ahí siempre hace calor. Cuando nos despedimos, sus ojos sonríen y me reconozco en ellos. Su cara iluminada  se dashace en mis manos y se transforma en la cara de mi madre. Y después en mi cara. Y luego en la de mis hijos, que no existen (todavía) y en la de sus nietos. Miles de caras emergen y se desvanecen como un río que se transforma y siempre es el mismo. Somos peces, ojos lejanos, luz prehistórica que habita distintos cuerpos.Un mismo viejo y querido espíritu. Mi abuela se aleja con su neceser y promete otra visita.  Está viva.  Somos perpetuamente inmortales.  

PD: Mi mamá cuenta que a veces los ojos de mi abuela se llenaban de misterio. Entonces ella le decía, con pánico: “Usted vio algo, cuando le cayó ese rayo, usted vio algo, usted sabe algo…” Mi abuela, sin dejar de mirarla con sus ojos negrísimos, sonreía. Pero jamás respondió a esta pregunta. 

(Diners)