Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

lunes, 1 de septiembre de 2014

El último explorador: Apuntes sobre Rolf Blomberg




En 1934 un barco arribó al puerto de Guayaquil en pleno carnaval. De él descendió un joven alto, de extremidades largas. Sus ojos eran grandes y despiertos. Tenía 22 años. Había venido desde Suecia con una misión: recolectar en las Islas Galápagos especies exóticas para el Museo de Ciencias Naturales de Estocolmo. Aunque desde niño se había sentido atraído por conocer lugares inhóspitos, él no sabía que ese viaje marcaría su destino.
Rolf Blomberg explotó sus posibilidades humanas al máximo: cronista, explorador, etnógrafo, naturalista, fotógrafo, marinero, corresponsal de guerra,  cineasta, dibujante, padre, descubridor de especies zoológicas y botánicas, buscador de tesoros, periodista… Su vida supera al más excitante personaje de ficción. Entre los infinitos lugares que visitó, hubo uno que le cautivó más. Un país que si se lo ve en el mapa, es pequeño, pero que si se lo recorre con los pies, es enorme. Blomberg decía que el Ecuador no es un papel tendido, sino uno arrugado. Tiene hendiduras. Montañas. Mares. Secretos. Para él -que viajó por casi todo el mundo-  Ecuador era una especie de microcosmos que escondía en su geografía todas las maravillas del planeta.

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Llegar a Galápagos no fue fácil, “era como el fin del mundo”[1], dice Blomberg en un fragmento de su película sobre las Islas que hoy es parte del documental El secreto de la luz, de Rafael Barriga. Blomberg recorrió las Galápagos  en el barco “Dinamita”.  “Era como haber retrocedido en el tiempo. Un paraíso en el que los animales no tienen miedo del hombre”-dice. Allí hizo su primera película en la que explica que en ese tiempo las tortugas eran mercancías, al mismo nivel del los yates y las joyas.
Rolf Blomberg fue el primero en publicar una noticia sobre Eloísa Wagner, La Baronesa de la Isla Floreana, y su compañero Phillipson. Sus crónicas sobre este drama pasional financiaron sus futuros viajes. En Galápagos, Blomberg decidió que no regresaría a su país sino que seguiría explorando el mundo. “Viajar debería ser uno de los derechos humanos”[2], diría después.
Siguió la ruta de Francisco de Orellana. Por todo el Amazonas hasta Belém de Pará, luego el Atlántico.

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Durante la Segunda Guerra Mundial viajó a Indonesia y allí se quedó seis años. Fue corresponsal de guerra, trabajó en la Cruz Roja e hizo obra social para ayudar a los damnificados. Produjo un libro de caricaturas en el que creó un personaje encantador: el profesor Luisidor Puppulund.  Pero el Ecuador lo seguía llamando a su lado. Al final de la guerra, conoció a la ecuatoriana Emma Robinson, quien había permanecido en un campo de concentración donde había sido sometida a varios tipos de maltrato. Incluso se cuenta que en una ocasión la obligaron a construir su propia ataúd.
Al terminar la guerra en 1945, el destino devolvió a Rolf y Emma al Ecuador. Tiempo después se casaron y  tuvieron dos hijos: Anders y Marcela, fundadora del Archivo Blomberg, creado en el 2000.
  
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“… Y ahora le doy un par de consejos, y uno de ellos es éste: nunca pase la noche en la margen derecha del Napo. Allí es donde viven los indios Aucas, que matan por igual a indios pacíficos y a blancos como si fuera algo lógico”[3]-le había dicho un paisano ecuatoriano a Rolf Blomberg, y esto es lo primero que él transcribe en su libro Los Aucas desnudos (1948), que, junto a Oro enterrado y anacondas, es el único que se ha traducido al español hasta ahora. A pesar de este amenazador testimonio, Blomberg fue al encuentro de los indios “Aucas”, nombre kichwa de los Waorani. Lo acompañaron el colombiano Robinson y el misionero norteamericano David Cooper. El encuentro no fue pacífico: los Waorani los recibieron con una andanada de lanzas y ellos respondieron con disparos. Pero esto no lo detuvo. Blomberg volvió a la Amazonía un millón de veces más. No solo al encuentro de los Waos, sino también de los Cofanes, los Yumbos y otras poblaciones amazónicas. “Si algún tipo humano ha estado más cerca de su afecto, ese ha sido el indio”[4], dice Lenin Oña, pues Rolf Blomberg no solo se aproximó a la Selva, también hizo un importante acercamiento a las poblaciones andinas. 



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En 1946, en un barco transatlántico, Blomberg se encontró con Victor Hasselblad. Él le propuso experimentar su nuevo invento y le regaló la cámara fotográfica que hasta ahora lleva su nombre. Con ella, Blomberg registró la mayoría de su archivo fotográfico. Incitado por su suegra Clara, madre de Emma, a quien siempre le llamó la atención la búsqueda de tesoros, hizo seis peligrosas expediciones para hallar el supuesto botín de los incas escondido por Rumiñahui. Aunque nunca lo halló, Blomberg escribe: “Sin ambiciones de hacerme rico, poseía ya una mina de oro en recuerdos fantásticos alcanzados en las emociones y aventuras que me proporcionaron los Llanganatis.”[5]
En 1948 emprendió una misión hacia la tierra de los tsáchilas junto a las hermanas Emma y Lilian Robinson, Olga Fisch, y Osvaldo Guayasamín, quien viajaba para conocer poblaciones indígenas y pintar un mural en la Casa de la Cultura. 
Cuando en 1950 descubrió la especie de sapo más grande del mundo, llamada Bufo blombergi,  dijo con humor:  “hay muchas maneras de conseguir la inmortalidad”[6].
En 1952 el presidente Galo Plaza Lasso le otorgó la Condecoración Nacional al Mérito, como reconocimiento por su labor. En ese mismo año, murió su esposa Emma.
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Araceli Gilbert, su tercera esposa, fue una de las primeras pintoras no-figurativas de nuestro país. En un tiempo en el que la tendencia artística era el indigenismo, ella indagaba en el op-art. Participó en la anti-bienal organizada por Pablo Picasso. En Europa sus cuadros se expusieron al lado de los de Sonia Delaunay y otros artistas de la talla. Araceli Gilbert y Rolf Blomberg defendían los derechos de los indígenas, eran anti-taurinos y sobre todo, buscaban siempre cosas nuevas.
A Quito, Blomberg dedicó su película Quito, ciudad de contrastes. En sus fotografías de la capital se puede ver el hotel Quito recién hecho,  indígenas caminando entre iglesias, las primeras fotografías Polaroid, las corridas de toros. Su registro da cuenta del sincretismo que nacía y que caracteriza a la capital. Rescata la magia de una ciudad transitoria. Según su hija Marcela “Blomberg hace un retrato del quiteño común, la gente yendo al mercado, en el juego, en la religiosidad. Muestra al ser humano”[7].
Aunque en Quito algunos le llamaban ‘gringo’ con cariño, también era ecuatoriano. “La edad, la raza y la mentalidad en ocasiones cuentan muy poco. A las personas genuinas se las encuentra en todos lados, en todas las tierras y en todas las razas”[8] -escribe .


¿Qué hace un sueco registrando la historia y las costumbres ecuatorianas?, se preguntan algunos. Sin embargo, su condición de extranjero era una ventaja: no lo veía todo con frialdad ni cálculo, tampoco con el excesivo entusiasmo desprovisto de interés del turista,  sino con la fascinación de quien mira algo por primera vez, con su extraordinaria capacidad de asombro. Tenía la posibilidad de estar y no estar a la vez, igual que la fotografía, que registra un instante que ya no existe. Descubría Ecuador con un ojo extraterrestre. Único. Mágico. Quizá la única forma de verse a uno mismo es a través del otro. Estamos ciegos. Palpamos nuestro cuerpo en las tinieblas. Nos descubrimos a medias. Presentimos quiénes somos, pero no lo sabemos. No podemos armar el rompecabezas porque los ojos no miran para adentro. Solo a través del otro puedo saber quién soy. Entonces la distancia no es un impedimento sino un regalo. Es la distancia la que paradójicamente nos permite vernos mejor. Rolf Blomberg fue nuestro espejo. Además, pudo ver la magia que da la vida. Y eso se ve en la ternura de sus dibujos, en el rigor de su películas, en su amor por el ser humano. Fue un verdadero explorador: quizá el último. Hizo de su vida su profesión: mirar los animales y las plantas. Recorrer la tierra. Navegar los mares. No se conformó con un solo oficio. Desmitificó al periodista que reporta desde el escritorio, al antropólogo que reserva su información a la Academia. Todo lo conoció con los pies, mirando de cerca a los seres humanos, a los animales y a las plantas. Y todo lo que conoció, todo lo que aprendió, se lo dio a la gente. Alfredo Pareja Diezcansesco se refirió a Rolf como ‘el hombre más bueno del mundo’[9]. Como resultado de su experiencia vital, dejó un increíble legado: 35 mil fotografías realizadas alrededor del mundo durante 40 años,  20 libros traducidos en siete idiomas (de los cuáles por lo menos 15 son sobre Ecuador), 32 películas documentales, numerosos artículos periodísticos y caricaturas publicados en distintos medios internacionales, especies botánicas y animales que ahora se conservan en los zoológicos, museos y colecciones más importantes. Para Rolf Blomberg, dar y recibir eran la misma cosa: lo que el mundo le daba a él, era su regalo para el mundo.

BIBLIOGRAFÍA:
[1]  Barriga, Rafael. Documental El Secreto de la Luz.
[2]Blomberg Ecuador p. 1

[3]Blomberg, Rolf (1996). Los Aucas Desnudos. Ecuador: Abya Yala. p. 7

[4]--------------------  (1996: p. V, Presentación de Lenin Oña).
[5]--------------------- (1996: p. V)
[6]--------------------- (1996: p. IV)
[7]Blomberg, Marcela. Entrevista realizada en el lanzamiento del libro Blomberg Quiteño. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=BoDldfwPNTE

[8]Blomberg, Rolf (1996). Los Aucas Desnudos. P. 17
[9] --------------------- (1996: p. I, Presentación de Lenin Oña).


(Cartón Piedra)

jueves, 21 de agosto de 2014

La fortaleza de la fragilidad...

"Hombres cobardes, nacidos para la servidumbre, ¿De qué tenéis miedo?"
-Manuela Cañizares.



¿Guapa?, por lo menos no a la manera clásica. Estoy lejos del prototipo de belleza standard  y me ha costado sangre aceptarlo. Porque eso de "la belleza interior" muchas veces es un eufemismo, y  sí,  creo que aunque La Belleza es un misterio que aún no ha sido resuelto (por suerte), existe también una belleza clásica, única y absoluta.  ¿A quién no le parece hermosa Scarlet Johansson?.  Nos guste o no, ella representa un prototipo de belleza que prima en nuestra sociedad. Ser mujer y aceptar que una no pertenece a ese standard no es fácil. Al menos para mi no lo ha sido. Yo quería ser Marilyn. 

No seré Marilyn, pero tengo bonita letra. No, ya, hablando serio.  Sé que soy sexy. Y disfruto de mi cuerpo a cada minuto. No me visto  para mi misma. ¿De verdad pensamos que alguien se creería el cuento de que nos arreglamos para nosotras mismas? Bullshit. Yo, cuando me pongo camisetas escotadas y faldas cortas, no lo hago para mi misma. No me molesta que los hombres (ni las mujeres) me miren. Me gusta. Tampoco me molesta  que  me lancen piropos, que los carros piten, ni que se detengan a mirarme. Que me miren, no que me toquen. Que me digan piropos, no que me insulten. Y ahí está la delgada diferencia: la ofensa machista empieza cuando el hombre –herido en su ser más profundo– siente una amenaza de poder. Entonces no piropea: ofende. En su “piropo” no hay un halago sino una daga de castigo porque encuentra en la mujer algo que le amenaza. Lo que le indigna –o más bien aterra– es el presentimiento de que en ella hay algo que jamás podrá controlar. Poder.  No se trata más que de poder. Somos seres sociales y estamos luchando. ¿Amor? No, la palabra es guerra. Amor- así como está concebido en nuestra sociedad- es lucha de poder. Lucha de cuerpos. Sublimación del canibalismo.

El deseo existe a partir del poder. El impulso sexual no. Eso es algo innato y bilógico. Pero la complejidad del deseo no existe sin lucha de poder. Someter / ser sometida. El papel de la sometida, delegado casi siempre a la mujer, está subvalorado. Como si el dominador tuviera placer, y la dominada, dolor. Sin embargo, hay un goce en el sometimiento y va más allá del puro placer físico. Hay un goce que la mujer moderna se ha negado a aceptar. La mujer moderna es dominatriz y para ella sería terrible sentir placer al ser dominada. Tiene vergüenza de ser frágil (como si ser frágil no fuera lo más bello). Además en la fragilidad está la mayor fortaleza: el esclavo es el más perverso. El esclavo siempre gana por ventaja. Entonces, ¿por qué vernos como víctimas si en realidad somos victimarios?. A identificarme como víctima, prefiero la posición de Esther Villar que dice que la mujer debería disfrutar de su lugar privilegiado. Aplico la filosofía de Ignatius Railly : ¿para qué luchar para entrar a un sistema caduco que nos ha relegado?, ¿No es mejor estar al margen?. 

Tampoco estoy de acuerdo con que el cuerpo de la mujer sea igual a una planta: asexual. En dotar al cuerpo de un sentido casi zen, en el que una montaña es igual de sexual que un cuerpo humano. Gracias a Dios, el cuerpo femenino (y el masculino)  no es como un árbol. Es sexy: produce y provoca deseo. Ante el deseo, el hombre cobarde se siente anticipadamente castrado y saca sus garras. "Each man kills the thing he loves". Tal vez porque la encarnación de su deseo amenaza con destruir su fantasía –que es el único lugar donde se siente seguro–. Y como decía el refrán: la única mujer perfecta es la mujer muerta.

(Diners)

martes, 12 de agosto de 2014

Francisco Maldonado Carrasco

El rastro que deja el cometa




Francisco Maldonado Carrasco es pintor. Tiene 26 años. No es famoso. Es cuencano, pero vive en Quito.  Fue torero, pero ahora es punkero. Sus cuadros me gustan mucho. Eso es lo único que sé mientras viajo en taxi hasta su casa, en el norte de la capital.  No es la primera vez que lo veo. Pertenece a un grupo de amigos cercanos y alguna vez estuvimos en el mismo colegio. Sus facciones son fuertes: ojos negros, cejas pobladas, mirada infantil y a la vez valiente. “Pinta de torero mismo”, pienso mientras caminamos por la calle. Antes de entrar a su departamento, paramos en la tienda y Francisco pide a “la veci” un cartón viejo para pintar el cuadro de esta mañana. No pinta en lienzo. La gente, y sobre todo “la veci”, le regalan cartones que luego él convierte en obras. La vecina es su mecenas.
Vive en el mismo departamento que cuando era niño. Solo que ahora ya no es lo que fue cuando allí vivió la familia Maldonado-Carrasco. El lugar está lleno de detalles hechos con objetos reciclados. Una mesa hecha con madera. Pequeñas esculturas de alambre. Sobre un corcho hay fotografías de los toros,  de Basquiat. Él mismo lo ha decorado junto a Carolina Araujo Ossa, su pareja, ‘la mona’, como él la llama, y con quien acaba de casarse hace poco.
A Francisco le gusta Nacho Vegas. “Recién lo estoy descubriendo. Lo empecé a escuchar por Leopoldo María”.  También le gusta Panero. “No se puede escuchar Vegas todos los días, es tóxico”, le advierto. Pero no me hace caso y escuchamos ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’ varias veces. Después Francisco pone ‘Lucha de Gigantes’. “Solo se necesitan estas dos canciones para sobrevivir”, me dice. Estoy de acuerdo.





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Una obra del artista en su taller de Quito. En segundo plano, su silueta.
Francisco pinta sobre un espejo. Ha expuesto en galerías, pero hasta ahora su plataforma más frecuente ha sido el muro, no de museos, sino de Facebook. Sus delirantes figuras se exponen al lado de fotografías de chicas mostrando los labios llenos de Chapstick mientras sostienen sus smartphones. Pero él no está tan alejado de esta impronta ‘vulgar’. También se hace selfies, no con el iPhone, pero sí con acrílico sobre cajas de cartón. Parece conocer de memoria los trazos que componen su rostro. Sé que podría hacerlo sin mirarse. Con los ojos cerrados. Los dibuja en todas partes: servilletas, cuadernos, paredes. Pero cuando le pregunto quién es el personaje de una de sus pinturas que para mí es definitivamente él, me responde que no lo sabe. Francisco no siempre es consciente de que se retrata. “Son caras que no sé de dónde vienen ni a dónde irán. Mi hermana me dice que soy yo”. Estoy de acuerdo. Esos seres anónimos que él desconoce son variaciones de sí mismo. Sombras abandonadas que no saben que son sueño de otro. Pedazos de sí mismo. No en vano, el caballete de Francisco es un espejo. Una peinadora con un espejo roto sobre el que pone el cartón. Aunque pinte un paisaje, su propia imagen lo acompaña en silencio, desde el otro lado del espejo. ¿Por qué esa necesidad de autorretratarse?, le digo, esperando una respuesta rebuscada, con citas de Deleuze. Pero me sorprende con una respuesta  pragmática, sencilla: “Porque uno siempre está a la mano. Soy el modelo más cercano. El que nunca falla”, dice riendo, pero muy en serio. Entiendo que analizar su propia obra no le compete a él. La bailarina no piensa qué pierna debe mover primero: solo baila. El artista no analiza lo que hace. Esa es la tarea sucia. Y por supuesto, la que hago yo. Francisco pinta. Como el ruiseñor canta. Como el agua corre. Y es precisamente ahí dónde radica el encanto de su obra: en la sencillez. En el trazo rápido. Fugaz. Inconsciente. Su brocha no reflexiona, intuye. Y el resultado no se parece a lo que se quiere analizar con el cerebro, sino a lo que miras con los ojos cerrados: luces destellantes, formas explosivas, estrellas fluorescentes.
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Suena ‘Shine on your crazy diamond’ y Francisco Maldonado empieza el primer cuadro de la mañana. “Todo es un caos. A mí sí me gusta eso de trabajar en el caos, pero...”, dice y lanza un brochazo fucsia. Esa mancha, producto del azar, del casi accidente, es la que le lleva hacia una forma. Lo hace directamente sobre el cartón. Sin boceto. Aunque varias veces ha pintado retratos de gente real, esta vez, como varias otras,  no ha pensado en ‘el tema’. No hay imágenes preconcebidas en su cabeza. Hay un impulso salvaje en su mano. “Hay que pintar un cuadro como se comete un crimen”, dijo Degas. Puedo ver esa violencia en la mano delirante de Francisco. Él no conduce al pincel, el pincel lo conduce a él. “La inspiración no existe. O no es algo divino que te posee”, dice, y después cita a Picasso: “Si existe la inspiración que me encuentre trabajando”. Recuerdo que Picasso también dijo: “Yo no busco, encuentro”. Entonces entiendo-recuerdo-intuyo, que la pintura es una actividad mística. Después de hacer un largo camino, Siddartha dejó de buscar. Entendió que más podía aprender de las cosas sencillas que encontraba en su vida, de eso que estaba a la vista. Hallaba más valor en encontrar que en buscar. No es la razón ni las ideas, son los colores y las formas las que determinan de a poco el destino de la obra. Francisco encuentra en la pintura aquello que surge del instinto y solo es posible en el azar. En el Caos.

Francisco termina el primer cuadro. Este es el resultado:


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Cuando Francisco tenía 7 años, le dijo a su madre: “Yo quiero ser torero”. Veinte años después, recuerda con ilusión y nostalgia la tarde en que su padre le llevó a ver los toros. Habían ido a ver una novillada en Riobamba. Había toreado Mariano Cruz Ordóñez. Cuando se acabó, su padre le presentó al torero y este le pasó a ver por el hotel, con su traje de luces. Desde ese día, Francisco se volvió fanático. Iba siempre a la plaza. Allí se encontraba con su tío Édgar Carrasco, quien también es pintor. Pero en aquella época eso no le importaba a Francisco. Hablaban de otras cosas, de los toros y de la vida. A los 9 años, Francisco ya estaba inscrito en la escuela de tauromaquia,  y a los 10, ya era torero. “Yo era buen torero. Sigo siendo. Valiente y eso”, dice.
— ¿Qué se necesita para ser buen torero?
—Necesitas primero ser buena persona.
— ¿Cómo es eso?
—Se torea como se es, según dice Juan Belmonte. Pero en el buen sentido de la palabra, porque el que es bueno para uno es malo para otro. Se torea como se es. Entonces primero necesitas ser. Te da mucha personalidad torear. El toreo siempre es lo mismo, las faenas son monótonas. Lo que marca la diferencia es el estilo del torero poniendo su personalidad. El toreo me enseñó a ser a mí.
A los 9 años Francisco ya viajaba por el Ecuador toreando y recibía sueldo. Iba a Zamora, a Archidona, a Lago Agrio. A veces toreaba en el sur, en Solanda. Salía en bus, con su vecino que también era torero y los demás de la escuela taurina, y partían hacia lugares recónditos para enfrentarse  a nuevas tientas. Cuenta que para algunos era cómico ver niños torear. Para él era serio, pero para los otros era cómico. Francisco fue el primero de la casa en tener un celular. Ganaba 40 mil sucres. Invitaba a sus amigos del barrio a comer hotdogs en las fiestas de Quito. Cuando cumplió 15, dejó de torear. “Supongo que me aburrí." “Dejé los toros y me hice punkero”.



Tres años después, de casualidad, fue con un amigo al campo y le invitaron a una tienta. Esta vez fue con converse y rapado. “Y le toreé bien a la vaca”, dice riendo, mientras piensa lo siguiente que va a decir: “Nunca fui antitaurino. Son unos cojudos los antitaurinos. Son ignorantes porque no se enteran de nada. Viven de los mitos urbanos. De una falsa sensibilidad. No son consecuentes y andan con la camiseta del Che Guevara. A los buenos punkis, como Eskorbuto, les gustaban los toros. Los toros son la muerte. Es la sangre. Lo que la gente no quiere ver. Porque le habla de sí misma. De su propia muerte. Sí, es un espectáculo violento, no lo dudo. Hay desgracia. Todo eso existe en la plaza y son cosas que mucha gente no quiere ver. Los punkis lo que quieren es ver sangre, que nos enseñen las tripas, realidad pura y dura, ¿sí o no? Francis Bacon era amante de los toros y era amante del punk. El toreo refleja lo que eres. La valentía es primordial. El punk dice las cosas de frente. Sin escabullos, ¿si se dice escabullos?, ¿o aspavientos? Me sigue gustando que la gente te diga las cosas de frente. Hoy, la pintura compensa al toreo.”  Pero en la pintura de Carrasco no hay sangre. Ni muerte. Ni desgracia. Tampoco hay crestas ni mensajes subversivos. Hay éxtasis. Vida. Explosión. Energía. Luz.



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En la pared de la casa de la familia Maldonado Carrasco había un cuadro de Dalí: ‘Muchacha en la ventana’. La pintura mostraba a Ana María Dalí, hermana de Salvador, mirando el mar. Francisco también tiene una hermana llamada Ana María. Fue ella quien le regaló la biografía de Pablo Picasso. Francisco me cuenta entre risas que cuando terminó de leerla, se dijo a sí mismo: “Si Picasso puede, ¿por qué yo no?”. Lo cierto es que ese día tuvo un impulso: sacó la pintura del Gran Dalí de su marco, y en el espacio que quedaba, pintó su primera obra.  Por esa época él solía visitar manicomios. Siempre ha admirado a los locos. En un manicomio encontró a una señora calva que llamó su atención. El lugar que ocupaba la pintura del surrealista más famoso, ahora lo ocupaba una mujer calva en acrílico hecha por él.
— ¿Por qué pintas?
—No sé. Es lo único que me hace feliz. Antes torear también me hacía feliz, pero en la pintura también toreas.
Cuando era niño, en las vacaciones, su madre le llevaba a Cuenca, a la casa de la abuela. Allí estaba Genaro Carrasco, otro tío suyo. “Era genial el man. Hacía un guitarrista con una lata de cerveza, dibujos con vela”. Genaro daba talleres de arte a los sobrinos. Pintaban y hacían escultura. Algunas de esas obras prematuras aún guarda su abuela, firmadas con carboncillo por Francisco niño. Sin embargo, no dejaba de ser un hobby de verano.
Solo cuando el tiempo pasó, tras pintar su primer acrílico sobre el cuadro de Dalí, Francisco ya había tomado una decisión: quería pintar. Llamó por teléfono a su tío Édgar Carrasco y la amistad se reanudó. La misma complicidad que años antes los había unido en la plaza, ahora volvía, ya no solo por los toros, sino por la pintura.
Édgar Carrasco es de la generación de Stornaiolo, Varea, Aguirre, Jácome. Aunque Édgar le ha enseñado todo a Francisco, este no ha heredado su estilo plástico. En la obra de ambos se ven búsquedas distintas. O quizá sea mejor decir hallazgos distintos. Édgar se convirtió entonces en el Maestro de Francisco. “Mi tío es mi maestro. Él me enseña a mí montón de cosas. Yo le admiro muchísimo. Si hubiese galerías en otros planetas él estuviera exponiendo ahí. Si hubiera una galería en Marte expone Carrasco ahí.”, dice.
Se acaba el disco de Pink Floyd y Francisco ha terminado el primer cuadro.
Corta otro pedazo de cartón y lo inserta en el caballete-espejo. Busca fósforos y encuentra casetes de Eskorbuto, Mortal Decision, Ilegales. Ponemos Ilegales y empieza el segundo cuadro. Mientras mezcla la pintura me cuenta que una vez pintó sobre unas fotos de Rafael Correa.
— ¿Eres correísta? —le pregunto.
—No soy ningún ‘ista’. Baterista —dice bromeando.
Es verdad. En nuestra generación no somos ‘istas’. Esos eran nuestros padres. Nosotros nacimos en un tiempo en el que ya todo está dicho y desdicho.
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Si hubiera que encasillar a la obra de Carrasco en algún ‘ismo’ yo lo pondría dentro del fauvismo. Sus pinturas siempre me han recordado a Delaunay, a Matisse. Cuando se lo digo me da la razón.
El fauvismo es la vanguardia francesa que revoluciona el color. Deconstruye la realidad, no desde la forma como lo hace el cubismo. Tampoco desde la luz, como lo hace el impresionismo, ni desde la perspectiva, como lo hace el expresionismo. El fauvismo viene de la palabra feauve, que en francés quiere decir “bestia”. Es la revolución del color. En los cuadros de los fauvistas se pueden ver cielos rojos, árboles de troncos azules, rostros extasiados por los pigmentos fuertes. La alteración de la realidad como forma de expresar la subjetividad. Alteración de los sentidos. Alteración del color. Explosión. En el impresionismo venía de fuera y en el expresionismo de dentro. Desafiar las leyes de la naturaleza, no representar ni recrear sino destruir.
Francisco busca algo entre sus cuadros arrumados. Hay tantos dibujos, pinturas, cartones, que ya no caben en el taller.
—No sé qué hacer con los cuadros. A algunos les he vendido.
— ¿Y a cuánto vendes?
—Depende del pato.
— ¿Aspirarás a vivir de la pintura?
—Sí, cuando no vendo mis cuadros le ayudo a vender los suyos a mi tío. Pero igual vives de la pintura, así no vendas. A mí la pintura me da la vida.
Encuentra el cuadro que buscaba y me lo enseña.
—Este le mandé para el salón de Julio y no me aceptaron. No les interesa. Yo no entiendo. No sé qué sea, pero yo me quedo con la pintura. A esos manes no les gusta la pintura.
— ¿Qué les gusta?
—La huevadilla. Este se llama ‘El Greco y sus panas’. Este es el Greco, los otros son unos panitas.
— ¿Y al final dónde lo expusieron?
—Le mandé a Alvarito y él sí aceptó. Es bacán la galería. Me gustó porque llegué y le encontré al mío primerito.
Aunque Francisco no es un ‘ista’, se queda en la pintura tradicional. No es un artista cool como muchos jóvenes de nuestra generación. No pretende innovar ni inventar el agua tibia con conceptos posmodernos. La suya es una búsqueda personal. Humilde. Sincera. Sencilla.
***
Francisco saca otro cuadro grande.
— ¿Y ese? —le pregunto.
—Soy yo, con el Luigi. Estamos tomando Absenta. Este es el Luigi, pero él no sabe. Es que yo al Luigi le admiro full. Es como Al Pacino.


Me cuenta que para hacer este cuadro, se inspiró en otro, en uno de Cézanne. La obra de Francisco está llena de referentes. Es un homenaje al arte mismo. Ha pintado a Leopoldo María Panero, a Toulouse Lautrec, a Medardo Ángel Silva, a Miguel Ángel, y a muchos más.  Me enseña el retrato de Panero. Aunque el cuadro es hermoso, me cautiva más el boceto hecho en una servilleta. Después me muestra un retrato de Alonso de Illescas. “Era un chukchas el man, pero eso no nos enseñan en la escuela”, me dice, y agrega: “Me inspiro mucho en cuadros. Igual el de Goya o el de Rubens, Saturno devorando a los hijos. Como decía el Luigi una vez: ya todo está pintado”.
Entonces lo entiendo mejor: Francisco pinta flechas. Todos somos flechas. El arte es una reelaboración. Volvemos a decir. Vegas me lleva a Panero. Panero me lleva a Francisco. Francisco a Cézanne. Cézzane a Stornaiolo. Stornaiolo a Bruegel. Nada nos pertenece. Todo nos pertenece. Cada trazo es una flecha. La creación artística consiste en hacer flechas que llevan a otro lugar, que, a su vez, es otra flecha. Una celebración a la vida. A la inspiración. Quizá más que una celebración es un homenaje. La inspiración es la inspiración misma. El hecho de celebrar la belleza del otro es lo que me conduce a mí mismo.

Un breve boceto hecho por Maldonado Carrasco reposa sobre su mesa de trabajo. Fotos: Ana Cristina Franco


***
El segundo cuadro está terminado y Francisco se aleja para verlo. “Mis cuadros hay que mirarlos de lejos”, dice. Estoy de acuerdo: Francisco se aproxima. Su huella se inscribe en el desenfoque. En la fugacidad. En el rasguño del Tiempo. En el rastro que deja el cometa. En el negativo, lo que supone una forma, un modelo, el ciego que mira mejor. Presiente. Atrapa. Captura. El boceto como obra final. Un viaje hacia la abstracción. Deconstruye la imagen hasta llegar a trazos que a pesar de no responder a la realidad, retratan la esencia del sujeto.


“Mis cuadros son de discoteca. Cuando pinto pienso en música electrónica y en LSD. En anfetaminas y esas huevadas. Yo creo que mis cuadros tienen algo de eso. Éxtasis. Nunca he tomado éxtasis. Solo un ácido. Pero yo no soy de ácidos. No me llama la atención nada de eso. Pero mi pintura sí vive en ese sistema de esos sentimientos. En esa fiesta”.
— ¿Por qué pintas? —insisto.
—Porque pintar es hermoso. —Me responde. Y sé que ya no necesito saber más.


(Cartón Piedra) 

miércoles, 16 de julio de 2014

Entre caníbales

Sexo carne y rock n roll...

"Come de mi, come de mi carne... Entre caníbales..."
-Soda Stereo. 




Me gusta la carne. En una casa de vegetarianos, yo era la única carnívora: una isla depredadora en medio de un mar de lechugas. El segundo esposo de mi madre es vegetariano (un hermoso vegetariano a quien hasta hoy considero mi otro padre) . Él,  a su vez, tenía tres hijos vegetarianos (tres vegetarianos lindos a quienes hasta hoy considero mis otros hermanos). Como mi madre y él tuvieron otra hija (mi ñaña Laura) y yo tengo otra hermana, en la casa vivíamos ocho personas en total. Siete vegetarianos vs. una carnívora.
Mi mamá hizo de todo para que yo dejara mis costumbres caníbales y no devorara animales muertos en la mesa. Se desvivía creando platos nuevos: pastel de “doritos” con frejol y queso, berenjenas apanadas, torta de papa con carne vegetal. Nada dio resultado, menos aún cuando el plástico y la soya tenían la osadía de hacerse pasar por carne. Nada más desagradable que un cartón que quiere ser carne. ¡Atrevido! Es lo mismo que el tabaco electrónico, el café descafeinado o el sexo virtual, una triste simulación del placer que carece de la parte esencial: lo que destruye. ¿Cómo se puede sentir placer si ya no está prohibido? Así la copia sea idéntica al original, si no duele, no vale. Al neurótico no le funcionan esas cosas. Quizá por eso cuando descubría el aburrido bistec artificial me sentía estafada. Prefería comer lechuga pura con limón que una plasta viscosa que pretendía ser carne pero era cartón.

¿Por qué no pude dejar mis costumbres rupestres y elevar mi espíritu? No es que diera mi vida por un pedazo de vaca, me gustaba, sí, pero tampoco para decir qué bruto. Quizás era una forma de resistencia. Lo lógico hubiera sido que me “haga al grupo”, que ceda, que al no poder vencerlos terminara uniéndome a ellos. Pero está claro que si el grupo (cualquiera que este fuere) dice que sí, yo digo que no, y viceversa. Bello y maldito gen del salmón. Quizás si hubieran sido carnívoros, yo hubiera sido vegana. Aunque no lo creo. Resistí ciegamente en mi afán de ingerir mamíferos y mi madre tenía que comprar una pequeña porción de carne al mes. La carne la compraba para mí y para el can. Y nos íbamos a medias. Mientras todos comían pastel de acelgas yo devoraba un pedazo de carne que yo misma freía. El perro comía de la misma ración.
Quiero aclarar algo: el problema no son los vegetarianos. Conozco unos cuántos (mi sagrada familia, por ejemplo) que lo son de corazón. Pero hay de los otros, la mayoría, esos que aseguran ser mejores  humanos por abstenerse de los placeres de la carne. Son los mismos que van al rocódromo y hacen yoga antes de instalarse en la oficina. Aquellos que alternan temazcales con sesiones de pases y full ácidos, ¿cachas? Ya ven, todo es relativo: hay vegetarianos malignos y la mejor bióloga que conozco devora chinchulines que da un contento.

Tal vez lo que más me molesta del vegetarianismo es su airecito correcto, su falta de sabor, su cara aburrida. También están los hare-krishnas para quienes está prohibido el ajo. ¡Prohibido el ajo! El ajo que espanta a los vampiros también espanta a los krishnas. ¿No es esta la máxima expresión de la anulación del placer? ¡Y los macrobióticos! No conformes con privarse de las viandas reducen sus placeres a pastillas de alcachofa y granos. Cosas pequeñas y ordenadas, como píldoras de robot.

Me cuesta creer que alguien cuya dieta se basa en píldoras de zanahoria pueda follar (bien) . Seres grises. Sin sangre. Sé que me acribillarán. Dirán que en mi próxima vida reencarnaré como una cucaracha (¿y qué culpa tendrá esa cucaracha de ser cucaracha si no recuerda que en su vida pasada fue una mujer carnívora?). Dirán que el concepto de vivir en esta era está denigrado, que el placer es más completo en las finas hierbas, que es una era en la que el alimento no está relacionado al espíritu. Sí, sí, todo lo que quieran, pero, ¿cómo puedes decir que has vivido si no has probado un lomo tres cuartos? Seguidores de Diógenes, el fin del deseo, ¿es humano?... Sin placer no hay dolor. Pero, ¿qué hay?. La paz es contradictoria a la pasión. La paz de la tortuga. La paz de la montaña. La paz del abuelo. La paz por ahora puede esperar. Todavía hay rock n’ roll.

(Diners)

lunes, 30 de junio de 2014

Ninfomaniac- Después del hambre: el hambre.






Amo y odio a Lars von Trier. El mayor transgresor, pero también el más pretencioso. El niño terrible de Cannes. El único creador/destructor que para romper los dogmas, crea dogmas.

La mujer y la madre. La dama y la hembra. La Santa y la Puta. La mujer parece estar dividida para Lars von Trier, quien la concibe como una serpiente oculta. Asocia a la maldad con la feminidad, como si dentro del clítoris hubiera una sustancia venenosa, maligna, mortal...
Ninfomaniac, la película más prometedora del director que en algún momento se propuso destruir el cine, no me cambió la vida. La portada que mostraba a la sensual, oscura y blanca Charlotte Gainsbourg, desnuda al lado de dos negros, no justificó una película medida, pensada, e incluso, amanerada. El director que hizo un retrato tan desgarrador de la depresión con Melancolía, esta vez no logró captar la esencia de la problemática del sexo. Ni la belleza. Ni quizás, tampoco, el horror.
Se dice que Antricristo, Melancolía y Ninfomaniac podrían ser una trilogía sobre la depresión. Tal vez. Sin embargo, creo que Melancolía funciona como pieza poética única y, como obra cinematográfica, es infinitamente superior a las otras dos. Tiene otro corte. Otra estética. Otra impronta. Cada fotograma es pasado. Nostalgia. Dolor y Belleza. Pero esa es otra historia. A lo que voy es a que tanto Anticristo como Ninfomaniac me parecen un poco excesivas. Transgreden tanto que se despojan de su mismo significado. Estas dos películas sí están en un mismo paquete, tanto que Gainsbourg parece atravesar los dos filmes con la misma problemática.
Imposible no comparar a Ninfomaniac con Anticristo si hasta el propio Lars le hace un guiño explícito al filme.
En Anticristo, Gainsbourg representa a una mujer que tras la muerte de su hijo, se aisla en en el bosque con su marido. Y allí se pierde, intentando escapar de la muerte con el sexo y desencontrándose más de sí misma. En Ninfomaniac, Joe es el personaje sediento representado por dos actrices radicalmente opuestas: Stacy Martin y Charlotte Gainsbourg.
Pero no hablemos del personaje de Anticristo ni del de Ninfomaniac, hablamos de Charlotte Gainsbourg. Ella (quien es la protagonista de los dos filmes y algunos más de Lars Von Trier) parece atravesar las distintas películas de este director con la misma sed: vida, pasión y muerte de nuestra señora anticristo. Recordemos la primera secuencia de Anticristo: el pene entra en la vagina en blanco y negro. La luz revela el aura del acto sexual, en cámara lentísima. El bebé gatea, abandonado. Händel los lleva en silencio. Por un segundo, los ojos de la madre miran al niño en peligro. En alguna parte, Era y Afrodita luchan. Charlotte explota de placer y el bebé cae por la ventana, lento, lentísimo, viajando despacio entre los atiempados copos de nieve. Entonces cae al piso blanco, y ella tiene un orgasmo. Muerte y sexo. Lars von Trier da a luz al personaje femenino dual o, mejor dicho, dividido. Madre y amante no pueden convivir en el atormentado cuerpo de Gainsbourg. Ella encarna la aberración, un cuerpo que, tras buscar el alma, desagarra su piel (sin darse cuenta de que el alma es piel). La mujer deja de lado la cultura, el trabajo, la lactancia y se abandona. Se vuelve animal. Vuelve a Lo Real.

Charlotte Gainsbourg interpreta a la Joe adulta en el filme de Lars von Trier.
El brillo en sus ojos devela algo maligno. Su rostro complicado, su cara larga, sus arrugas, su nariz grande. Ella es la suma de errores, esa creación imperfecta, esa humanidad flaca y desproporcionada que revela el caos interno. Ginsburg es la mujer, mientras que Stacy Martin es su opuesto: nariz respingada, piel de porcelana, labios finos. Belleza vulgar que no se compara a la naturaleza de Charlotte. Mosquita muerta que quizá tendría encanto si hubiera contradicción. Es decir, si vestida operara como animal y desnuda como monja (o al revés) algo funcionaría, el personaje crecería. Pero Stacy Martin folla vestida. Ese personaje es igual con todos. Igual de plano. La joven Joe abre las piernas en los baños del tren y se deja penetrar como si le estuvieran sacando una muela. No reacciona. La relación extraña ninfomanía/frigidez es interesante, pero creo que debió ser un resultado y no un origen.


En el capítulo ‘Delirio’ todo parece tener mayor sentido. Joe se moja en el entierro de su padre. Reaccionar sexualmente a la crisis es normal según Freud. Y aquí está el conflicto de la película, la problemática de Lars. La pulsión de vida (Eros) opera inconscientemente contra Thanatos (Muerte). Hay una misteriosa y estrecha relación entre el sexo y la muerte. Creación y destrucción.
Ninfomaniac presenta un retrato del sexo sin placer. El orgasmo iluminado -uno de los pocos momentos bellos de la película- que eleva a Joe hacia el cielo, como un milagro, es un momento de Gracia en el que el placer —la belleza-el deleite— hablan del misterio del sexo y su relación con lo Divino. Sin embargo, después, no hay placer. El encuentro sexual es para Joe un desencuentro. Dos cuerpos que se abrazan. Absurdos, lejanos, que intentan encontrarse en la oscuridad con torpeza. Pero cada caricia es una confusión. Cada roce un silencio. El orgasmo es un grito desesperado en otro idioma que el amante no entiende. Dos lenguas distintas que se entrelazan y que, mientras más se tocan, más se alejan.
El encuentro para Joe funciona así: cada acercamiento físico representa una distancia espiritual. El sexo no une, aleja. El coito reafirma la soledad. Y el viaje es adictivo y ansioso, y provoca otra búsqueda que, paradójicamente, la aislará más. Ese acto torpe de abrazar al otro con los ojos cerrados, de presentir un cuerpo en la oscuridad y apegarse a él con violencia, con intentos torpes de calor que solo consiguen silencio. Distancia. Esa antropofagia sublimada que es el sexo. La posibilidad de descargar en el otro aquello que no sabe de sí misma. Joe folla hasta deshacerse de su cuerpo, hasta no ser. Hasta sacarse la piel y sangrar y descubrir que tras ella no hay nada. Hasta morir. Y seguir viva. Y volver a devorar.

Y aún tener hambre
(Charlotte Zombie)

Un hambre sin hambre. El hambre de Charlotte es solo hambre: no gusto, no placer, no sensación. Coma lo que coma, tiene hambre. Nunca nunca nunca, es suficiente. Mientras más devora, más desea. No. “Desear” no es la palabra justa. En el hambre de Charlotte no hay una pizca de deseo. Solo hay hambre. No es deseo, es pulsión. Reproducir la actividad hasta despojarla de su signo. Repetir la actividad hasta despojarla de su alma. Insistir, como la plasta. La pulsión primaria que, como dice Zizek que dice Lacan, no existe, insiste. Y esa repetición ni siquiera lleva al infierno, sino al limbo; a algo más aterrador que la muerte. A un estado en el que no está viva ni muerta. Como una lombriz que se divide infinitamente y sigue viva. Se sigue moviendo. La Cosa.

La vagina es un agujero negro. Un tragaluz que lo devora todo. Un túnel cuya puerta conduce al vacío. Un punto misterioso, desconocido, oculto. Al contrario de la vagina murakamiana que es un túnel que conduce al interior, al corazón de uno mismo, el túnel de Gainsbourg lleva al despojamiento de sí mismo. A la división del cuerpo y del alma. A un no lugar fuera de sí. El sexo, que es creación per se, en este caso es muerte. No, ni siquiera es muerte (porque la muerte de alguna manera también es vida), pero tampoco es vida. Es ese espacio que acaba con el ciclo vital. La no-vida, la no-muerte que aparece por medio de la repetición insesante que lleva a perder el alma sin matar el cuerpo. Horror.  Excepto dos o tres momentos, las escenas no son tratadas con belleza, sino con horror.
La adicción surge de una prohibición. La prohibición de una ley moral. En un punto, Joe se siente culpable por sentir placer sexual en momentos de muerte.  Luego, atraviesa esa frontera y ya no siente culpa. Al no sentir culpa tampoco siente placer. Cuando desaparece la culpa desaparece el placer. Su ninfomanía deviene en frigidez y necesita golpear su cuerpo para sentir. Ver su sangre para comprobar que está viva. Entonces la película devela un dilema más perverso e interesante:  ¿existe placer sin culpa?, ¿o es mera pulsión? ¿no hay visos de moralismo al retratar el lado oscuro del sexo? O, mejor dicho, ¿cuál es el lado oscuro del sexo?, ¿puede el sexo tener un lado oscuro?, ¿ese lado oscuro no tiene que ver con la culpa?, ¿con el exceso?, ¿con las sed femenina que es mal vista y es llamada ‘ninfomanía’ cuando en los hombres se llama ‘apetito sexual’? La mujer sexual, hambrienta sexual, es concebida por el hombre como un monstruo. Su placer debe ser anulado. Esa sed sexual es una amenaza feroz para los hombres que tienen pesadillas con vaginas dentadas.  Ella es la mayor pesadilla del imaginario masculino: la mujer/monstruo que castra al hombre.  Quizá en señal de defensa, el hombre se adelanta y niega el placer femenino por miedo a ser castrado. Lo niega mostrando a una mujer-bestia que destruye todo con la vagina. El placer femenino concebido con horror tiene visos de moralismo. Sí, el irreverente Lars von Trier oculta un moralismo (¿quién no es moralista ?) o una neurosis —si es que hay alguna diferencia—. No podemos escapar a la cárcel de los opuestos binarios:  para ser irreverente es necesario ser conservador. O si no, recordemos la escena famosa en la que Buñuel, enfermo en su cama, rezaba a Dios y después lo negaba. Todos los occidentales somos caólicos-neuróticos aunque no creamos en Dios. Ni en Freud.   Porque somos culpables y provocamos culpa. Una máquina de dar y recibir culpa. Presos de un placer que está a la sombra de la culpa. Porque desear lo prohibido es lo más moralista que existe, está a la sombra de los opuestos binarios. La imagen de la monja prostituta es un estereotipo del deseo católico (que, obviamente, incluye a los no católicos, que quizá son los más católicos). ¿Cómo escapar?, ¿Cómo romper con la cadena viciosa opuestos binarios? El deseo no es sólo biológico,  no solo es pulsión sexual, instinto, sino otra cosa, que tiene que ver con algo más… Con algo invisible. Y quizá en este punto sea una utopía pretender  amarse sin fantasmas. 


(Cartón Piedra) 

viernes, 20 de junio de 2014

Kamikazes en la cancha




 “A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contario, a quién no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia.”
-Roberto Bolaño.




UNO: Yo también quiero ver guerreros en la cancha…


Siempre le tuve miedo al balón. Tengo asma. Y un buen grado de miopía. Las pocas veces que intenté entender el juego que volvía locos a mis compañeros de clase, terminaba frustrada. Me ahogaba con el polvo apenas corría. Cuando me pasaban el balón me ponía nerviosa y lo esquivaba de un saltito; porque si me armaba de valor y decidía confiar en él, el muy traidor se estrellaba en mi cara. Y me rompía los lentes. Tras fingir que corría buscando el “esférico” (cuando el fondo rezaba para que no me lo pasen) terminaba desconcertada, sin saber si había que ir hacia la derecha o hacia la izquierda, paralizada en medio de la cancha, como un payaso abandonado en plena guerra. Cuando por fin terminaba el partido yo era la más cansada… Y la que menos había jugado. Sin embargo, mentiría si digo que jamás metí un gol. Una mañana soleada, allá por el noventicuatro, yo estaba, una vez más, perdida en la cancha, haciendo tiempo hasta que se acabe la hora de educación física. De repente el balón llegó hacia mí, en un impulso nervioso, pateé lejos, para deshacerme de él lo antes posible. El balón se elevó hasta el cielo azul y viajó, en cámara lenta, hasta templar la red. Yo, asmática, de lentes, alérgica, había metido un gol. ¡Sí se puede!. ¿Qué importa en qué arco haya sido?. Pensaba yo, que no tenía el gen del ataque en la sangre. Lastimosamente mis compañeros no pensaban lo mismo, para ellos la cosa era ganar, derrotar al adversario, ser el mejor. ¿Cómo haría para nacer? , me pregunto hasta ahora. ¿Cómo es que estoy aquí? Alguna vez fui, o algo de mí fue, un espermatozoide, y ese espermatozoide que ahora es piel que mete autogoles, alguna vez ganó una carrera. ¿Qué había quedado de él?

Quizá por eso, siento envidia. Envidia de las chicas machonas que patean con fuerza el balón, incitando, a su vez, la envidia de los hombres. Envidia de un amigo que dice que ver un partido de fútbol es como ver a Aquiles luchar. Mientras él ve guerreros en la cancha, yo veo gente corriendo tras una pelota. Nunca entendí la relación entre la
endorfina y la palabra gol. Ni el estruendo en las calles de Quito cuando parece que hay guerra civil y es que juega “la selección”. Ni el silencio en las calles de Buenos Aires cuando parecía que estaban rezando y era que estaban viendo un partido. El fútbol me enfrenta a mi lado frágil. A mi tendencia sedentaria. Hace que añore a mi gemela buena, la que no usa lentes, hace aerobics y mete goles en los arcos correctos.



DOS: “¡Sí se puede!, ¡Sí se puede!”
Impotencia y castración.



Woody Allen vestido de espermatozoide en “Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar”, es una patada a Darwin, a Freud, a Adam Smith, que traducidos en comerciales de Nike, nos han dicho que perder no es una opción. Es aterrador pensar que tal vez el capitalismo sea el reflejo social del comportamiento biológico natural. La vida es una lucha: sobrevive el más fuerte. Quizá por eso el fútbol es el deporte de esta era. El gol es la materialización del éxito. Ese acto fálico de penetrar. Pegar centro. El balón, es, de cierta forma, el espermatozoide que va más rápido. El que gana. El primero. Pero, ¿qué hay de los otros? los que somos lentos, los que no vamos al ritmo, los que no vamos más rápido, no porque no queramos sino porque no nos dimos cuenta de que esto era una carrera.. Los espermatozoides que no tienen el hambre de Cristiano Ronaldo, y que en lugar de visualizarse como un bebé rozagante, se imaginan diluidos en una revista pornográfica.

Yo crecí en un país que perdía partidos de fútbol. Recuerdo los 90 con un cielo gris, un helado pingüino con los colores de “la tri”, y un comentarista deportivo que decía: “¡sí se puede!” con un aire de “jamás se podrá”… Y no se refería solo al partido de fútbol, ya sabemos: hoy en día el país es el fútbol. Siempre me pareció grave el hecho de que patear bien una pelota de cuero determine una identidad. Me da miedo que nos comportemos como masa y no como seres humanos. Me niego a creer que el país sea una camiseta amarilla de tres colores. Me parece triste y limitado que el tema complejo de la identidad se haya visto reducido- ya no a una bandera- sino a una camiseta. A menos que esté mojada.
Pero creo que esta asociación patriótica entre fútbol e identidad, es más peligrosa en Ecuador. Mientras los otros países ganaban mundiales, tenían “tecnología de punta” y eran geográficamente grandes, nosotros teníamos un mapa que en lugar de mostrarnos lo que somos, nos mostraba una línea entrecortada que señalaba lo que habíamos perdido. El autoestima de Ecuador, más en los noventa, era peor que la de una adolescente anoréxica. La sensación siempre fue esta: no importa lo que hagas, siempre habrá alguien (en otro país, por supuesto) que lo hará mejor.
Obviamente el problema no es perder. Todos los países pierden (unos más que otros), hay países más pequeños que el nuestro, los problemas que tenemos aquí existen en todas partes, pero solo aquí hay un sentimiento de inferioridad digno de medalla de oro. Aquel extraño síndrome al que Burroghs se refirió en una carta a Allen Ginsberg: “Recorrí Ecuador lo más rápidamente posible. Qué lugar horrible es. Un complejo de inferioridad nacional de país pequeño en su estado más avanzado.” (Cartas de Yagé. Wiliam Burroghs Allen Ginsberg/ Ediciones “Signos”) El problema no es perder, sino culparse excesivamente por ello. Y habría que preguntarse por qué para un ecuatoriano perder es más grave.


TRES: “El factor accidente” y el “acto fallido”…


El 2 de febrero del 2013, en un partido del Real Madrid contra Granada, en el minuto 22, Cristiano Ronaldo marcó un gol en su propio arco. Ese instante, la suma de error, de azar y belleza, hizo que CR7, quien posa cuando las cámaras lo encuadran, marcara un autogol. De todos los autogoles que se han cometido este me ha llamado la atención en particular. La razón es simple: aunque un autogol siempre es un golpe bajo, no es lo mismo que haya sido Cristiano Ronaldo quien lo haya metido, o cometido. A él le duele más perder. El Ganador por excelencia, el pavo real que cree controlarlo todo y que odia perder, el representante de la cultura ganadora ( o de la ansiedad de ganar), esta vez fue presa del azar. Operó inconscientemente en contra de su equipo, de sus ganas de ganar, pero sobre todo , de sí mismo. La serpiente se
muerde la cola. Un guiño de  Dios. Una paradoja en el tiempo. En el sistema. Una falla en la mátrix.

Un autogol es el acto de rebeldía máxima. Bello y absurdo, rompe con la lógica del juego. Un acto contra-natura que paraliza. Desconcierta. Provoca reacciones inesperadas. Impredecibles. Y en ocasiones, violentas, como lo fue en el famoso caso de Andrés Escobar. Y aquí va el segundo autogol que merece ser nombrado y del que ya tanto se ha hablado. Sabemos la historia: El 22 de junio de 1994, en el Mundial de Estados Unidos, Colombia jugó contra USA en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles ante más de 93.000 personas. En el minuto 13, Andrés Escobar intentó despejar el balón ante la presencia de su contrincante John Harkes, pero algo salió mal y el balón acabó en su propio arco. El resto de la historia ya sabemos. “Nunca un gol había costado tan caro” decía la prensa. Para sus hinchas hubiera sido más fácil verlo fracasar, jalarse un penal, fallar un gol. Pero en una cultura en la que es imperdonable perder, el autogol es un crimen. La sociedad no perdona el autogol así como no perdona el suicidio. No es porque el jugador haya faltado o traicionado al equipo, el punto es que su accidente desarma la lógica del fútbol mismo, del juego per se. Sentirse impotente es el principio de la Tragedia. Lo que no pudieron perdonar a Escobar es haber sido presa del azar y haber terminado con la lógica del juego, pues en esa acción vieron reflejada su propia impotencia. Esta desgracia recordó que no siempre tenemos el control, que no siempre podemos escoger, que no ha sido tan simple como just do it. El accidente, ese acto torpe que descuadra los planes, devela un dilema más complejo: el destino. El misterio de la naturaleza, esa fuerza salvaje, que intercede en nuestra vida sin aviso previo. Sin lógica. Aquello que no podemos gobernar nos asusta, tanto que somos capaces de matar. Porque ese pequeño acto bello y torpe nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra intrascendencia.

Por otro lado, y aquí es cuando se vuelve más compleja la cosa, ¿hasta qué punto es un accidente?, ¿qué de mí hay en él?. Según Freud, los accidentes no existen. O en otras palabras, todo accidente devela un deseo oculto. El impulso de Thánatos, o como diría Poe, “el demonio de la perversidad” es ese vértigo que me lleva al abismo. Algo de mí quiere caer. Algo de mí que no quiere ganar, y si se lo mira desde el punto de vista biológico, hay algo en mí que no quiere evolucionar. ¿Será?


CUATRO: Bartleby a la cancha.


Mi mejor manera de enfrentar un partido de fútbol es quedarme en casa. Viendo la
pantalla del televisor, sí, pero no precisamente el partido, sino una película barata, acompañada de un litro de helado. Saber que afuera se matan por ver personas persiguiendo un balón mientras yo tomo lentamente un helado, me provoca una bella sensación. Como ganar un premio y no ir a recibirlo. Robar un banco y quemar el dinero. Sobrevivir al apocalipsis zombie bailando charleston. Debatir sobre la naturaleza del amor mientras se acaba el mundo (que no es poco para describir a la ciudad cuando hay partido). Hay, en esa acción, cierta rebeldía, parecida a la de un ser imaginario que marcara un autogol por convicción. Si un autogol accidental (si no es una redundancia) ya es de por sí bello, uno intencional sería un acto de valentía. En una realidad en la que no hay más opciones que ganar o perder (el hincha fiel prefiere que pierda su equipo a que gane con un autogol), ese autogol plantearía una nueva salida. Sería el limbo, el fuera de juego, Bartleby, que desde su pasividad, ataca al sistema cuando dice tranquilamente: “preferiría no hacerlo”. No hay violencia
visible. No hay por donde atacar. Y eso es lo que desarma. “Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva”, dice Melville en Bartleby.
Yo me identifico con Bolaño y solo creería en un goleador que supiera marcar en su propio arco. Si Buñuel decía que el acto poético por excelencia es salir a la calle y matar a todos, un autogol por convicción sería algo parecido. Esta acción la cometería un héroe gris y silente, un antihéroe del fútbol, o más que antihéroe, una especie de kamikaze del fútbol. La escena es esta: El cielo está despejado, sin una sola nube. Las líneas blancas resplandecen sobre la hierba verde, verdísima. Después del solemne Himno Nacional, la selección juega la final del mundial contra Francia o Estados Unidos. Empieza el partido. Más o menos al minuto 16, el pequeño kamikaze, (que debería ser el mejor jugador) se detiene en la mitad de la cancha… Y gira. La hinchada se paraliza. Los jugadores lo miran desconcertados. Nadie entiende qué pasa. El Bartleby del fútbol corre, como el salmón, llevando el balón contracorriente. Veloz , atraviesa la cancha, y esquiva como un mago a los otros jugadores. Adversarios y colegas. Entonces llega al otro lado, sonríe ligeramente, y con toda la fuerza, dispara en su propio arco. El balón rompe el viento en cámara lenta. El arquero intenta detenerlo, pero se le va de las manos… Y pega centro.
El Tiempo se detiene.
El silencio aplasta el Estadio.
Los hinchas se congelan.
No hay pifeos ni barullos. Sus colegas no pueden reclamarlo por la misma razón que el jefe no puede reclamar a Bartleby. El equipo contrario tampoco festeja: tampoco ha ganado.
Ha sido un error. Una paradoja en el juego.

 Nadie entiende.

Después de traicionar a su bandera, que es una gran camiseta, el kamikaze del fútbol no podría regresar a su país. Su autogol le traería una especie de exilio. Sin patria, sin camiseta, sin público, quedaría desterrado. Condenado a vagar por las calles del mundo.


(Publicaión "OPIO")