Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

miércoles, 20 de mayo de 2015

Vuelvo a tomar aire para saludar a Buenos Aires.


"Ocurre con las ciudades lo que en los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra."
-Italo Calvino







I

"Vuelvo a tomar aire para saludar a Buenos Aires".

Hoy cumplo veintinueve años, edad de poner los pies en la  tierra, dicen, pero sucede que  estoy flotando. Y no lo digo en sentido figurado. Ahora mismo las nubes se disuelven a mi lado y una azafata me traerá un té… Voy a Buenos Aires,  Buenos Fucking-Aires,  la ciudad que alguna vez intentó devorarme  (porque una ciudad no es solo asfalto también es sangre y carne y piel), la ciudad en la que fui un salmón, que atravesó sus calles contra- Corrientes, la ciudad de la que huí como quien huye del infierno, y a la que ahora vuelvo.

Alcanzar un año más de vida dentro de un avión puede sonar interesante, pero yo, que sé lo que es pasar un cumpleaños secuestrada por las circunstancias en un aeropuerto, no puedo dejar de pensar en la posibilidad de una jugarreta por parte de Fortuna. La mezcla cumpleaños-aeropuerto-Buenos Aires parece bastante sospechosa. “Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, decía Borges.   (También lo hago por mi bien y por mi afición suicida preferida).    Quiero volver al lugar que alguna vez intentó matarme, adentrarme en sus fauces... y ofrecerle mi otra mejilla…

II

“El Papa es nuestro, el mejor jugador de fútbol del mundo es nuestro, el mejor rock es nuestro. Nos estamos comiendo el mundo. Yo no sé por qué nadie se da cuenta”, me dice un amigo porteño mientras atravesamos la ciudad en su auto. Tiene razón, empezando porque es verano en pleno invierno:  hay sol, música, cerveza helada, teatro, ópera, ropa, chicos guapos,  libros, muchos libros a precio de nada. Sin embargo, hay algo que no es real, visitar una ciudad de paso es como visitar una ciudad de mentira, de prestado, como andar en puntillas por el lomo de un animal salvaje, como picaflor que cata a cuenta gotas los placeres más lejanos, y que sabe- siempre- que cada ruta que toma excluye otra,  que paralelo a su viaje, hay una serie infinita de caminos jamás recorridos, un mapa invisible que está compuesto por las rutas que se rechazan.


III
"¡Qué mierda pasó ayer en San Telmo!"
-Charly García.

Las cosas no salieron como las habías planeado. No escaparon juntos a un hostal barato, no te levantaste  a su lado y con dolor de cabeza. Llegaste temprano al hotel y no bebiste lo suficiente como para olvidar. Te acordabas  de todo. Del recorrido confuso, pesado, alucinante. Del vino, ¿o era sangre?,  de lo que perdiste mientras dieron tumbos por San Telmo. Y esa calle fue el escenario, el espejo, las fauces. La puerta al ojo del huracán, ese punto escondido en el que el agujero negro te succiona , el punto magnético  en el que el asfalto se hace espejo y te devuelve tu mejor imagen… o la peor, porque el doble puede salir... y hacer de las suyas. Espejo terrible del alma. Macrocosmos de asfalto, reproductor de  tu inconsciente, de tus ángeles, de tus demonios. Y las cosas se te caían, y perdías la fosforera pero encontrabas los cigarrillos, entonces encontrabas los cigarrillos pero perdías la fosforera, y mientras los buscabas perdías el pintalabios, el alma, y el mapa para regresar al hotel. Entonces encontraste tu saco tirado en plena vía, y lo volviste a perder. Y llorabas. Porque estabas borracha y decías que ese saco era nuevo y no lo podías perder el mismo día que lo compraste, no lo podías perder el día de tu cumpleaños… Y él ya estaba harto de prenderte los tabacos, de recoger las cosas que se te caían, de escucharte repetir que todavía tienes la esperanza de encontrar otro bar abierto. Y llegaron de repente al monumento de Mafalda con el que todo el mundo se toma fotos, y mientras él compraba más cigarrillos, te hiciste un selfie,  y la foto salió movida, porque estabas borracha y tenías los ojos rojos, porque habías llorado, porque estabas borracha. Y fue el mejor selfie del mundo. Afuera del hotel se fumaron dos o tres cigarrillos y no, no buscaron un cuarto juntos, cada uno se fue por su lado, con la sensación de haber gastado la cuota de lágrimas y dinero en discusiones que no caben entre dos personas que no se aman, infiernos y paraísos que no merecen dos personas que no han dado un centavo la una por la otra.
 
IV
El Caleidoscopio.

Viajas con protector solar y cronómetro. Buscas la ciudad en los mapas.  No te das cuenta de que existes. No existes. Eres un turista más.  Otro más. Y entonces un día te pierdes  y un pordiosero te dice que Buda ha vuelto a nacer, un borracho se sienta a tu lado y te cuenta  que  a esta hora se piden deseos. Y tu sabes que has descubierto  la ciudad, la has pillado infraganti,  o al revés: ella te ha encontrado a ti, cuando pensabas que ya nada tenía sentido. Tu ciudad. Tu ciudad particular, que, como los cristales congelados que se llaman instantes y como los copos de nieve, jamás es igual a la ciudad del otro. Y lo has hecho en un segundo, en un cristal congelado has descubierto la ciudad, has encontrado la ciudad. El tejido espacio tiempo se rompe y por un huequito, ves toda la ciudad, sus venas, sus caras, sus ríos, y también eso, eso que no se ve, lo ves todo en un instante (Ahora entiendo porque Borges escribió El Aleph en Buenos Aires), y después ese tejido se cierra y la ciudad es otra vez ajena.  La has encontrado en un descuido, cuando has dejado de buscarla, cuando cansada por la luz del sol que te fulminó mientras intentabas encontrarla, te sentaste bajo un árbol, después de  haber visto la luna en un telescopio por siete pesos en Puerto Madero, después de caminar en silencio por veinte minutos con la persona con la que se suponía que debías tener una aventura (porque hay que tener una aventura ciudades que una visita (en la medida de lo posible), para después poder contarlo. Porque no se vive si no se cuenta.  Porque a veces vivir es decir que se ha vivido.


V
Carroñeros.

Yo quería ciegamente sentir (otra vez) la irrecuperable sensación post-Siddartha a la que una se vuelve  adicta, y después la busca (sin resultado) una, veinte, mil veces.  Una se vuelve adicta a las sensaciones. Por ejemplo ahora,  quiero volver a sentir que me queda mucho tiempo, que el mundo es demasiado grande como para comerlo de un bocado, que hay sol de sobra, misterios, mares, estrellas. “No intentes repetir el pasado”, dijo Fitzgerald... y no lo escuchaste . Llamas a los mismos idiotas. Te sientas en la misma mesa. Escuchas las mismas canciones. Bebes el mismo trago. Pero eso, eso que buscas, ya no está, se ha ido para siempre y tú,  todos, lo saben. Y aún así beben, aún así repiten la canción, sabiendo que cada acorde, cada palabra, cada intento por llamarlo, les llevará más lejos.  Ni tú ni ellos son los mismos, pero ahí están, llenando las copas, hablando con un muerto. 
  
VI
"Mirarte en el aire es mi mayor problema, partirme en pedazos rotos, de espejos... Y estás muy lejos..."
-Andrés Calamaro. 

Entonces imagino una ciudad vacía, apocalíptica,  abandonada; el teatro, la ópera, los locales de comida rápida,  desolados...  Argentina sin argentinos. Después pienso en el Tiempo, ya no en el instante de cristal, sino en la baba del diablo, la materia oscura,  los agujeros que se estiran a pasos agigantados.  Un día ya nadie estará aquí.  Quiero vomitar. Los espíritus, los ojos, el amor, tanto amor, no puede desaparecer para siempre… Hay tanta benevolencia, tanta gratitud, pienso que la humanidad es increíblemente generosa. Hay tanto amor, y eso duele… Duele tanto que mejor me levanto de la cama y me doy una ducha fresca, me pongo un vestido lindo y bajo a tomar una cerveza.  En el patio del hotel no hay fantasmas. En el patio es verano. Y me encuentro a un viajero que me habla del ying yang y dice que la ciudad te puede llevar al cielo o te puede comer, porque nada existe sino que es un holograma de tu alma, entonces un día te lleva al cielo y otro al infierno. Porque hay cielo, infierno, River, Boca, y burocracia, la burocracia está en el medio… -dice - y después hace chasquear sus dedos y dice que eso (se refiere al instante que es como cristal congelado)  ya lo perdimos. Queda compartir. Intercambiar. Fuera de eso, nada tiene mucha importancia. A media noche  caminamos hacia el tenedor chino que queda cerca de Plaza Italia.  Vuelvo al sitio que en otro tiempo fue refugio, algo así como una isla en medio de un mar de tiburones,  una isla que ofrecía rollitos primavera y Stella Atrois, mientras afuera había selva, animales salvajes, monstruos marinos.

Esa noche no pude dormir. A la madrugada bajé  al lobby del hotel y  lloré. A nadie le importó.  


Buenos Aires, 8 de diciembre del 2014.

(La versión editada de este texto se publicó en enero en Diners) 

lunes, 13 de abril de 2015

Café Müller, con un pie en la Tierra y otro en los sueños…



Feliz tú que no miras
los ojos de la Esfinge,
y no ves que es azul el laberinto
de su arena; terrible
conocimiento de una vida amarga
el que nos dan los últimos jardines.
Feliz tú que no sabes
quién teje la ilusión de tus tapices,
ni quién es la hilandera de tus días,
vendimiadora que da un vino triste.
Cantas tu himno, loco de esperanza,
y no sabes si mueres o si vives.
-Giovanni Quessep




I
Café Müller

Es noche, la luz de la luna entra por la ventana, iluminando sutilmente un escenario lleno de sillas, en el que una mujer flaca tropieza. Lleva un camisón blanco, el cabello suelto, revuelto, salvaje, como si hubiera escapado de un manicomio. Sus manos apuntan hacia arriba, como las de una sonámbula. Tiene los ojos cerrados, camina con dificultad, como un alma en pena. Tras ella, al fondo, hay otra mujer, también lleva camisón blanco, es muy parecida a la primera, pero lleva el cabello lacio y recogido y es, aún, más flaca. Sus costillas sobresalen, sus pómulos se dibujan, los huesos de su cuello se estiran, el vestido blanco dibuja la forma de sus senos, los huesos afilados le dan una misteriosa sutileza a sus manos, a sus dedos finos. Es  como si la contextura de su cuerpo le diera a la obra su impronta: el cuerpo alargado, huesudo, parece más triste. Aunque está al fondo y no en primer plano, es esa distancia, ese “fuera de foco” lo que vuelve aún más abstracto a su cuerpo anguloso.
Las mujeres son gemelas,  es como si en el medio de las dos hubiera un falso espejo que reprodujera la realidad casi tal y cómo es, o como  si la una fuera el alma de la otra, una especie de doble que repite infinitamente sus pasos. La música de  Henry Purcell les atraviesa la piel.  Un hombre con terno, el hombre más triste del mundo (1),   intenta quitarles las sillas del camino, pero es inútil, ellas siguen chocando, siguen cayendo, sufriendo, tropezando, errando, no se liberarán  a pesar de sus enormes esfuerzos, están ciegas, jamás podrán ver su destino. Están condenadas a errar  en un mundo vulgar que no habla sus códigos, a  chocar eternamente contra un mar de sillas, aparatos de madera y cuatro patas, fríos, inhumanos, compuestos de un universo material que no entiende el alma.
Café Müller (1972) es, quizá, la obra más desgarradora de Pina Bausch (1940-2009), coreógrafa y bailarina que revolucionó la danza contemporánea. Inspirada en la cafetería que tenían sus padres en la posguerra, la misma en la que de niña se escondía bajo las sillas, Pina creó Café Müller, obra de teatro-danza que logró transmitir un universo desolador en el que los personajes bailan la angustia existencial; huérfanos, incomunicados, han sido abandonados en un mismo escenario, pero están solos, más solos que si estuvieran solos.




Ha habido varias citas a Pina Bausch y a su obra. No en vano Pedro Almodóvar la cita  en   “Hable con ella”, pues Café Müller es una enorme metáfora del conflicto de su película: el enfermero Benigno-igual que el hombre que retira las sillas en Café Müller- intenta  comunicarse con Alicia, una mujer que está en coma (igual que las mujeres sonámbulas de Pina) . El cineasta Win Wenders hizo en el 2011 un documental   llamado “Pina” que es un tributo hermoso que hace justicia a la sensibilidad extrema de Pina.

Después de un buen tiempo vuelvo a ver Café Müller mientras  afuera cae una tormenta. Me provoca la misma sensación que la primera vez : es una de las cosas más bellas que he visto en la vida. Cabe mencionar que no estaba previsto que Pina bailase esta obra,  empezó haciéndola solo para marcar los pasos, pero sus bailarines le dijeron que si ella no salía a bailar, no había obra.  “Vi a Pina bailar varias veces Café Müller, e intenté sentir qué pasaba en su interior. Es como si tuviera un agujero en el vientre mientras caminaba. Como si estuviera en el reino de los muertos. Cuando estoy en el escenario intento acordarme de ella, esa pena, y al mismo tiempo, esa fuerza. Y esa soledad” , dice una de las bailarinas en el documental de Wenders.



II

La ceguera, o la mirada sesgada. 
“Aún cerrados, sus ojos veían todo.”
-Bailarina, hablando de Pina Bausch.




El misterio ha girado en torno a la ceguera desde tiempos inmemorables.  Según Ernesto Sábato en su trilogía, el mundo lo gobiernan los ciegos. Muchos de los personajes y/o personas más sabios han sido ciegos. “Los ojos que no ven miran mejor”, dice un refrán . Ciego estaba Edipo, la esfinge, Borges, Tiresias, Las Moiras. En un principio pensé que los personajes de Café Müller también estaban ciegos, y lo están, pero su ceguera es particular. Las mujeres, más que ciegas, están sonámbulas, sus cuerpos se mueven en un espacio ajeno al de su interior. Son presas de una especie de ceguera parcial, ese punto entre ceguera y videncia que podría compararse al punto medio entre sueño y vigilia. La distorsión de la realidad, la mirada sesgada (los brujos achinan los ojos o tuercen su mirada para ver)  solo es posible con una dosis de ceguera, para descubrir mundo hay que empezar por cerrar los ojos. La mirada propia, auténtica, no nace en la mirada clara (objetiva) sino en la sesgada, subjetiva, impresionista. Más allá de la metáfora de que el ciego es el vidente, hay otra metáfora, la de la condición humana. Café Müller evoca la tragedia al mostrar seres condenados a una irremediable soledad.    Bajo una mirada jungiana, todos los personajes de Café Müller,  son el mismo, cada uno representa una parte de un mismo ser (“Era como si Pina estuviera escondida en cada uno de nosotros. O al revés: como si nosotros fuéramos parte de ella.” dice una de las bailarinas de Bausch) . Las mujeres ciegas representan la inocencia,   la parte puramente humana, condenada a errar; sin embargo, no es ahí donde radica la tragedia, sino en el hombre que quita las sillas, pues es él quien representa la mínima parte de visión, de  lucidez, la mínima conexión con la Divinidad, la pequeña chispa que presiente la realidad o la Verdad, o, desde un punto de vista platónico, la hendija en la cueva que deja entrever los primeros rayos de luz entre las sombras. Pero en este caso, el hombre jamás saldrá por completo de la cueva, tampoco se quedará en completa oscuridad (lo que quizá fuera mejor), sino que estará condenado a mirar eternamente por la hendija. Porque es una hendija, un hueco, un ápice de consciencia, una ventana en el ático, en la cárcel, en el laberinto, desde la cual se atisban fragmentos del Universo, de la Verdad, de la Luz… Jamás la puerta entera, jamás una epifanía, solo la cola, la flecha, aquel indicador que conduce hacia aquel lugar al que nunca se podrá acceder.
Esta  ceguera parcial es la condena. Tener agua, pero no poder beberla, tener la verdad, pero no poder alcanzarla, tener ojos, pero no poder ver. Hubiera sido mejor no ver. Edipo lo sabía,   por eso se sacó los ojos. La tragedia de Edipo no es haber cumplido su destino, sino haber podido evitarlo. La ironía radica en que al enterarse del Oráculo hace todo lo posible por esquivar su destino, pero son esas mismas acciones las que le conducen a él. El ser humano que osa evitar su destino solo acabará   irremediablemente en sus brazos. La fuerza de un ser humano no es nada comparada a la del Universo.  El destino, representado por las Moiras(2), es ciego. No distingue justos de pecadores. Va más allá de la moral, más allá, incluso,  de los dioses. Las intenciones de Edipo jamás fueron hacer el mal, pero su destino era matar a su padre y acostarse con su madre. La lógica moral- religión no existe en la mitología griega.  Al contrario de la Religión Católica, en la que un Moisés hace de mediador entre el Cielo y la Tierra llevando una piedra sagrada en la que el mismo Dios (un Dios generoso) escribió los mandamientos para los seres humanos en el mundo, en la cultura griega la lógica terrena (o la moral) no guarda una conexión con las leyes del Cielo (Destino, Moiras). Es en esa desconexión donde radica la tragedia. El cosmos no entiende de lógica humana. Hay un misterio profundo que el ser humano es incapaz de comprender, incapaz de descifrar. Los pueblos crean religiones para sustentar una moral. Pero en la tragedia griega esta lógica se desarma cuando se corta el vínculo entre moral y religión proclamando la presencia del Destino como elemento insondable que incluso era un misterio para los mismos dioses. Las Moiras, ciegas, como las mujeres de Café Müller, manejan a las mujeres y a los hombres bajo una lógica que da cuenta de un misterio infinito: jamás sabremos, (quizá ni ellas lo saben) por qué lo hacen. O mejor aún: las razones por las que lo hacen jamás serán comprensibles a la razón humana…
Lo triste no es no controlar, sino intuir. El que no controla y es completamente ciego no sufre. Camina alegre y equivocado y no le importa. Pero el que tiene atisbos de la verdad, sufre. Sabe que de alguna manera que su ser no alcanza a comprender, hay un camino claro que él no puede cruzar,   un mundo que no puede vivir, una felicidad a la que él no puede acceder. Es consciente de esto y ahí radica el dolor, en los atisbos de una luz que no le toca. Sería mejor no ver, no tener esa mirada sesgada que invita a ver aquello que jamás será visto sino por fragmentos.



III
La repetición (o el cuerpo fragmentado).




Esta desconexión entre lógica terrestre y divina la podemos ver claramente en la caída de La torre de Babel, símbolo de unión entre el Cielo y la Tierra. La torre ha caído. Dios ha abandonado a la humanidad. En el desierto quedan rastros de lo que alguna vez fue una fuerte edificación que quería alcanzar a Dios. Alcanzar a Dios también podría leerse como entender a Dios. Pero la soberbia, igual que la de Edipo al querer revelarse contra su destino, ha sido castigada. La torre ha caído y ahora solo quedan vestigios. Un paisaje apocalíptico en el que mujeres y hombres caminan desesperados, desterrados, incomunicados, porque su mayor castigo fue el lenguaje, que irónicamente, los destinó a la confusión, al caos. Gracias al lenguaje ahora no se entenderán.  Este es el mismo escenario de Café Müller,  donde todos los personajes han sido abandonados en una noche eterna (la noche eterna del alma) en un paisaje a lo Giorgio de Chirico.  Los personajes comparten un mismo espacio, pero están solos. A veces se encuentran, como dos planetas desorbitados después de millones de años, y se separan otra vez, para seguir errando… Este mismo paisaje apocalíptico podría ser el de los zombies, cuerpos autómatas, sonámbulos, que tienen un pie aquí y otro allá, seres que no viven ni mueren, pero persisten automáticamente,  llevados por una extraña pulsión. Freud identifica la pulsión de muerte con la “compulsión de repetición”. Los personajes de Café Müller repiten. Las mujeres chocan varias veces contra las paredes. El hombre retira las sillas como quien barre la arena del desierto . Otro hombre, de terno, intenta hacer que una mujer y un hombre, ambos ciegos, se abracen. Moldea los cuerpos autómatas, sonámbulos, espectros, y consigue un abrazo torpe. Por pocos segundos, la mujer y el hombre se abrazan, pero sus cuerpos no se entienden, se presienten el uno al otro torpemente hasta que esa fuerza, quizá la materia oscura, el destino, hace que los brazos del hombre se desvanezcan hasta que la mujer caiga de ellos, entonces se alejan otra vez,  como en una pesadilla. El hombre los acomoda de nuevo, como un escultor obstinado cuya obra falla, como un Dios ciego que crea seres imperfectos, hombres de palo, pero es imposible:  la mujer y el hombre no permanecen abrazados más que por un instante. Vuelven a caer. Y el hombre  , necio,  rehace su obra fallida, insiste infructuosamente. Y así entramos en un círculo de repetición, en el mito del eterno retorno, donde la acción se repite cada vez más rápido resaltando lo inútil de su accionar, la  energía gastada, la  frustración. En  la repetición está la condena. En la repetición hay una surte de estigma, de destino. “Esta insistencia ciega y indestructible de la libido es lo que Freud llamó “pulsión de muerte”, el nombre freudiano que paradójicamente designa su opuesto, la forma en que la inmortalidad se inscribe en el psicoanálisis: un exceso de vida siniestro, un impulso de muerto-viviente que persiste más allá del ciclo (biológico) de la vida y de la muerte”(3). Mediante la repetición se llega a un estado en el que el propio cuerpo se despoja de su significado. El cuerpo adquiere una extrañeza tal que no parece humano. Los cuerpos de Café Müller se distorsionan.  Dos hombres se  comunican torpemente, como animales, o arácnidos. Una mujer  pelirroja más que caminar, levita. Las ciegas casi caminan por las paredes, desafiando la ley de la gravedad.  “Siempre tenías la impresión de ser más que un ser humano cuando bailabas con Pina”, dice una de sus bailarinas.  La misma desconexión entre cielo y tierra se da en el cuerpo de los bailarines, que un momento dado,  no actúa como un todo sino como un fragmento. Este cuerpo fragmentario, esta laminilla(4), similar a la lombriz que se divide infinitamente, adquiere una vida-muerte, que persiste a través del tiempo.   Ya no se sabe si es la pulsión de Thánatos o es Eros. Y yo también repito; las bailarinas más que ciegas, están sonámbulas, es decir: en dos lugares a la vez:  tienen el un pie en la tierra, y el otro en los sueños, un pie el la vida, y otro, en el reino de los muertos. Café Müller es un canto a la soledad, a la angustia, y al mismo tiempo, un canto a la experiencia terrena, a la belleza que de alguna manera persiste ante el dolor. “Bajo la influencia apolínea, la Voluntad desea tan violentamente esa existencia, el hombre homérico se identifica tan completamente con ella, que su queja misma se transforma en un himno a la vida”(5) .  

“Bailad, bailad, sino, estamos perdidos.”.
-Pina Bausch.

(Cartón Piedra)





1: Así llama Benigno (personaje de “Hable con ella”, filme de Pedro Almodóvar) al personaje de café Müller encargado de retirar las sillas para que las mujeres no tropiecen.
2: Moira: diosa encargada de reglamentar el principio del mundo y de presidir la vida de cada ser humano. / A las Moiras se las representaba comúnmente como a tres mujeres hieráticas, de aspecto severo y vestidas con túnicas: Cloto, portando una rueca, Láquesis, con una vara, una pluma o un globo del mundo, y Átropos, con unas tijeras o una balanza.
3: Slavoj Zizek “Cómo leer a Lacan”
4: “Lo que Lacan denomina lamella (laminilla) podría traducirse vagamente como “homelette”-una condensación de Homme y omelette que evoca el dicho “para hacer un omelette hay que romper los huevos”. Por su parte la palabra omelette viene de la palabra francesa lamelle “laminilla”- /Cómo ller a Lacan/Lacan como espectador de Alien/Pag 69.

5: El Origen de la Tragedia, Friedrich Nietzche.

jueves, 22 de enero de 2015

Amor real







El amor de mi vida era un pastor alemán. Tenía más pelo que de costumbre y una oreja caída, los ojitos tristes y alegres a la vez. Se llamaba Momo. Hasta ahora recuerdo el olor de su comida, sus patas enormes, su sonrisa. Cuando llegaba del colegio,   venía corriendo y me quitaba la mochila. Entonces jugábamos durante horas revolcándonos en el piso y persiguiendo gallinas.

Un día (no diré cómo) nos separamos. Aunque por entonces ya sabía que podía confiar más en los perros que en los humanos, nunca más quise tener otro: así de dolorosa fue la separación. Por otro lado, no me creo capaz de cuidar ni siquiera una planta. Me han contado historias de peces que mueren porque sus amos los confunden con los muebles y se olvidan de alimentarlos y  me parece horrible.  Ni si quiera puedo hacerme cargo de seres inertes: pierdo celulares, carteras, fosforeras, esferos... Ya mucho trabajo tengo lidiando con mi propia humanidad. Sé que en el fondo puede ser miedo, que no he superado el duelo por Momo, que todavía lloro a mares cada vez que veo la escena de Futurama en la que el perrito Simurdiera espera en 1998 a que Fry regrese del futuro. Puede que sean esas las verdaderas razones por las que me he negado a tener una mascota y menos aún, un perro. Mi mecanismo de defensa se acerca al síndrome de Diógenes, una anomalía que consiste en dejar de desear y poseer para evitar un sufrimiento posterior. Es mejor no tener nada que perderlo todo.

Hace unas semanas, mi madre se mudó a otro país y dejó en mi pequeño departamento todo lo que había en su casa. Y cuando digo todo me refiero a todo. Todo. Cajas con adornos, licuadoras, colchones, zapatos, lavadoras y, claro, un perro, su perro, el perro de su casa, nuestro perro. No me pude negar a cuidarlo después de que mis hermanas, con lágrimas en los ojos,  me dijeron cosas como estas: “No tienes corazón”, “Es el perro de la familia”, “Por dios, ¡es un ser vivo!”. No tuve opción. Cogí un plato que había dejado aquí mi ex novio y, con el respeto que el perro se merece, vertí allí un  chaulafán  ( que yo me hubiera comido feliz) y esperé a que lo devorara con ansiedad, como quien degusta un banquete. Eso no sucedió. Él se acercó despacio, lo olió, y se retiró enseguida dando pasos cortitos y elegantes. ¡No tocó el arroz! Me deprimí un poco, pensé que ese había vuelto vegano, pensé que los vegetarianos que me insultaron indignados en columnas pasadas, se regocijarían sabiendo que el perro (quien solía ser mi fiel compañero de comida chatarra cuando yo visitaba la casa de mi madre) también se ha vuelto vegetariano. Gracias a Dios, eso no sucedió. Parece que  el can, más que vegano, es anoréxico. No come pan,  ni comida balanceada. Solo come queso mozarella y snacks de fiestas. Le gustan los doritos y las papas fritas, es decir, todo lo que podría comer en un cumpleaños infantil o más bien dicho, en una reunión de señoras. Quizá porque es un frensh puddle, sus gustos alimenticios se parecen  a los de una señora que toma el té con sus amigas.

De cualquier manera, este, como todos los demás, es un perro descomplicado. Se conforma con una paseo, un hueso, una pelota. Vive de cosas simples, como el amor verdadero.  Mientras caminamos y siento la brisa de la mañana, vemos muchas cosas, ninguna importante. Destellos de imagen-sensación-tacto que pasan muy rápido y hacen que mi mente cambie de estado. Pasear al perro me hace pensar que no necesito nada  (quizás un iPod o cualquier dispositivo para escuchar música), pero nada más más... o casi nada, (que no es lo mismo pero es igual).

(DINERS)

miércoles, 14 de enero de 2015

EXTREMODURO O MANERAS DE QUEMAR LA CIUDAD (ROMANTICISMO DE LA CALLE)


“¿Quién escribe la historia? Nunca los vencidos, los despojados, los sometidos. Tampoco escribimos la historia los ignorados, los que no existimos, los que no tenemos voz, los que, en definitiva, no contamos. ¡Qué distinta habría sido la historia de la humanidad si solo se hubiera escuchado a los perdedores!”
-Robe Iniesta


Ya no había nada que perder. Te había dejado tu pelado, te habían botado de la casa, te habías jalado el examen… Pero tenías un dólar en el bolsillo y en La Zona estaban tus panas. Entre todos podían juntar para una media de norton. Tus  botas de cuero estaban desgastadas, pero aguantaban todo: les gustaba patear piedras, botellas, tubos de neón. Así que te las amarraste bien y emprendiste el viaje. Sola, por la vereda, pusiste play en tu disk-man. Cuando escuchaste el bajo, seguido del grito de Robe, supiste que estabas viva. Entonces los encuentras, te encuentran, nos encontramos. No nos queda nada. Hoy tenemos licencia para incendiar el mundo, hoy podemos quemar la ciudad. Tenemos derecho. Hace frío, pero siento sus manos en las mías y aún nos queda un trago. Vamos juntos, contracorriente, contra el planeta, ciegos, de la mano hacia el abismo. Porque somos las últimas almas que quedan vivas en medio del caos. Los sobrevivientes. Porque nos han expulsado del paraíso y ahora estamos en una carretera, jalando dedo, pero estamos juntos, estamos vivos y  algo nos une terriblemente: la orfandad. La calle es la cuna de los rechazados, de los que llevan en la frente la señal de Caín, de los olvidados…
Extremoduro es una banda española de rock fundada por Roberto Iniesta en Plasencia, en 1987. Si quiere saber más sobre la historia del grupo puede averiguarlo en Wikipedia. Yo puedo decirles lo que la banda significa para mí. Extremoduro es la sabiduría que me da el fracaso,  el primer trago de la tarde y el primero de la mañana. Extremoduro es que no te conteste esa persona que esperas que te conteste pero que te contesten tus panas, y tengan un cigarrillo para compartir. Extremoduro es caminar en grupo a las cuatro de la mañana después de que te han botado de una fiesta, después de una noche de fracaso y alcohol: una noche quiteña. Es dar tumbos por La Mariscal cuando te han roto el corazón y compartir gasolina con tus panas porque ellos también están cabreados con la vida, porque han nacido sin querer, porque no saben adónde van, porque les da la gana. Extremoduro es saber que en medio del desamor quedamos nosotros, los otros, los que no cumplimos con los requisitos, a los que el guardia ya no nos deja pasar . Y también son las cicatrices de mis brazos, las resacas más feroces,  las botellas que compartí con mi amigo y las que me tomé en su nombre después, cuando se fue de esta Tierra. Los panas que están, pero también los que se fueron con la noche, pero que aún existen en sus canciones…
Y  Extremoduro también es luz.


Fue la primera vez que viajé sola y mis audífonos reproducían el Pedrá mientras  veía por la ventana un paisaje cualquiera que me parecía el mejor paisaje del mundo. Es la voz del Robe en la ducha una mañana soleada. Es la guitarra de Iñaqui cuando decido -por primera vez- hacerme de una biela sola,  y apenas lo hago siento que no estoy sola.  Es aceptar que estás sola y ya no estar sola y decir estoy sola, pero me vale (decidí aprender a hacerme yo la maleta para poder vivir).  Yo conmigo misma, Yo contra el mundo, Yo y mis botas, Yo. La música como afirmación del Yo  (Yo minoría absoluta), porque quizá uno se encuentra en las cicatrices, vamos sabiendo quiénes somos en los fracasos. Porque cuando te deja un imbécil  escuchas A Fuego y recuerdas que perder es cosa de todos los días, que tus botas pueden patear más paredes, que has salido de peores, que estás lista para incendiar la ciudad. Recuerdas todo eso porque recuerdas quién eres. Y ya no estás sola, la noche se convierte en una especie de lugar seguro en el que se encuentran todos los impares. Y tu debilidad se convierte en un escudo, porque después de perder el corazón en mayo, después de perder la pureza, los recuerdos, la infancia, los cigarrillos, encuentras algo dentro tuyo, muy adentro. Es algo muy fuerte, que siempre va a brillar, algo inmutable y de hierro (de acero soy de la cabeza a los pies) un diamante pequeño pero fuerte como nada en el universo, puro, inmutable, algo que jamás se va romper, una fuerza interior inquebrantable que te acompaña a través de la noche, de la maleza, de la locura, del delirio, de las peores resacas… Eso que va a estar cuando no tengas nada… Entonces te sabes fuerte, invencible, ahora ya tienes un escudo de oro hecho de hadas para atravesar la noche, las tormentas, el desamor, porque ese escudo es tu propio corazón. (Y me siento mejor si sé que tengo una estrellita pequeñita pero firme).
***
Extremoduro… en Quito
Más que una banda,  Extremoduro son  vivencias. Extremoduro es más que música, son las canciones que marcaron tu vida.
-Giovanni Estrella
Giovanni Estrella tiene 29 años y ha escuchado Extremoduro desde los 15. Tiene una banda llamada "Los duendes del parque" (nombre de una canción de Extremoduro), en la que, entre otras cosas, toca covers de Extremo. La banda tiene doce años de vida y en ella tocan sus dos hijos pequeños: Benja (12) y Coco (11). Cuando empezó con la agrupación, a Giovanni no le importaba ser famoso ni ganar dinero ni ser el mejor: su sueño era compartir el escenario con el Robe y los suyos. Y lo hizo realidad.
No es lo mismo que una banda venga porque es parte de su gira a que la traiga alguien que ha crecido con sus canciones. Giovanni no fue el único, fuimos varios quienes esperamos 10 años o más para este concierto. Tener a Extremoduro aquí parecía imposible. Era como un delirio, como un mito, demasiado hermoso como para ser real. Y era el sueño de todos (al menos, de todos los nuestros). “A veces los sueños dejan de ser particulares y se vuelven colectivos”, me dice Giovanni, y mientras tomamos un canelazo me cuenta que cuando vio a la banda en Chile quiso que los quiteños sintieran lo que él había sentido. Todos tenían derecho. Giovanni ya había intentado contactarse con la banda en el 2012 pero fue imposible traerlos. Sin embargo, el año pasado abrió un grupo en Facebook llamado “Los que quieren que Extremoduro venga a Ecuador” y pidió a la gente que le escribieran al manager de la banda diciéndole que se contactará con él. Fue un éxito. Más de 200 personas escribieron en un solo día y un año después la banda estaba en Quito. ¡Y El duende del parque les abría el concierto! Para Giovanni, más que un concierto fue una de las más lindas  experiencias que ha tenido, pues pudo compartir algunos días con Robe y conocer un poquito más que sus canciones. “Robe es poesía”, dice Giovanni, “Robe es tierno”. El mismo que le hace una oda a las drogas y habla de calle y de gasolina y de incendios, se detiene a ver una planta, juega con sus hijos, se hace preguntas sencillas. Su capacidad de percepción es impresionante. Entonces pienso que solo podría ser de esa manera, porque solo quienes son capaces de escuchar un pájaro o desnudar una flor pueden atravesar el infierno; o mejor al revés: solo quienes han luchado con los dragones de la noche se merecen el cielo. Esos dos lados viven en Robe (“Sé que el mundo se partió y que ahora no hay un mundo, sino dos, y sé que mi cuerpo se repartió entre ellos”)…  Y por eso sus canciones son un canto a la vida desde el caos. La voz de Robe es poesía. Su poesía está en las palabras y en la textura de su voz. No solo en su significado sino en su manera de pronunciar, en su manera de escupir las palabras, de dispararlas. Es su voz ronca, como balas que acarician ángeles, la ternura de sus garras, la dulzura de su violencia... eso es Extremo: un canto a la vida desde la calle, un canto al amor desde la muerte.


Es mejor jugar de locales, me dice Giovanni. Y suscribo. No es lo mismo ver a una banda en otro país que en el propio. Conozco gente que los vio en España y no fue lo mismo. Yo misma decidí regresar de Buenos Aires (ciudad en la que también hubiera podido verlos) para vivir el concierto en Quito, porque en Quito los escuché por primera vez. Porque Quito fue el escenario donde ellos fueron mis cómplices. Quito en llamas y Extremoduro en los audífonos.
Porque más allá de canciones, música, acordes bien hechos y letras que rimen, Extremoduro es un estado, es una vivencia, es una parte de tu vida. “No te venden música, te venden vivencias”, me dice Giovanni. “Y reglarle eso a la gente es algo inmenso. Y por eso mismo, no era un evento cualquiera”. Era dar la posibilidad de revivir cada momento particular que solo cada uno conoce, la posibilidad de encontrarse con uno mismo, con su historia, mágicamente. Quizá sea por eso, me dice Giovanni, que en Extremoduro no hay pogo. Porque cada uno está consigo mismo, conectado muy personalmente  con la banda. Cada uno en su trip, sumido en las letras (porque gran parte de Extremoduro son sus letras, es poesía que suena).
Para mí, estar al lado del escenario y girar hacia atrás fue, quizá, lo más emocionante: el Ágora de la Casa de la Cultura lucía llena de quienes alguna vez deliraron con esta banda, porque cada uno de ellos, en algún momento se encontró a sí mismo perdiéndose en la voz de Robe. Fue una sola voz la que cantó, la que ensanchaba el alma. Una sola voz compuesta por un montón de outsiders, quienes estuvimos (cada uno a nuestra particular manera) bordeando los abismos, haciendo equilibrio en la nada…  
Escucho la voz de Robe y siento el corazón temblando en la garganta, pienso en mis cicatrices, en los amores que tuve y en los que nunca tuve, entonces canto y mi voz ya no es mi voz, es la de todos nosotros, y eso,  pienso, es personal e intransferible.
Fotografía: Emilia Albán.
Publicado originalmente en "La Barra Espaciadora". (http://labarraespaciadora.com/editorial/extremoduro-o-maneras-de-quemar-la-ciudad-el-romanticismo-de-la-calle/)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Time Machine







"Cuando el uniforme generaba frenesí, cuando la bandera idolatraba, cuando la Fernandez se peinaba el peluquín, cuando no creíamos en nada... Ringo ya afinaba el tambor de Let it be, mientras todo esto se esfumaba.... La licorería dentro del placard para ahogar los tiempos que ya nunca vendrán..."
-Fito Páez

Esto es una carta y lo mejor será que la comience de una vez. Bueno, aquí estamos ¿Estoy aquí? Me siento ridícula escribiéndote una carta a estas alturas. Me levanté tempranísimo, me di una ducha, preparé té caliente, té medicinal, ya sabes, la gripe nunca falta en esta época del año. Me di mucho tiempo para cada tarea boba. Sí, estaba evadiendo este momento. No quería sentarme aquí y escribir una carta para ti. Cuando al fin voy a hacerlo, me siento como cuando tenía que escribirle una carta a un pariente lejano y no sabía qué decirle. Más que escribirte, quisiera recibir una carta tuya. Estoy segura de que lo que tienes para decirme es mucho más divertido que lo que tengo yo para ti.

¿Aún tienes la colección entera de Los Beatles en CD? ¿Todavía tienes insomnio y, mientras todos duermen, tú devoras el mundo leyendo? ¿Todavía estás enamorada de ese chico que se parece un montón a Keith Richards y tiene ocho años más que tú?, ¿ese que anda con una cámara de video y una vez te filmó como en Belleza Americana?, ¿el de la camiseta de Lennon? Si te diría que no es especial, bueno, lo es, pero no en el buen sentido, ¿me creerías? ¿Sales todavía con el chico de la bicicleta, ese que te regala cartas impresas, el de pelo largo, el que escucha el Bolero de Ravel en el walkman y prefiere tomar un café que una cerveza? Quédate con él. Sé que crees que hay otros mejores, pero he recorrido algunos años y creo que sería buena idea no romperle el corazón. ¿Todavía te reúnes con tus panas en el techo de la Sofía? ¿Sigues aprendiendo a fumar Marlboro blanco?, fuma otra marca, esa es turra. Sé que tus noches parecen largas, pero créeme, son menos pesadas que las mías. Tú y tu prima comen caramelos de colores y hablan en voz baja para no despertar a nadie, sigan así, la van a pasar bien. Tenían un juego que consistía en adivinarse el futuro mutuamente. Viajarían por Latinoamérica haciendo dedo, conocerían gente increíble, harían cosas que nadie ha hecho hasta ahora. Por esta misma época van a tomar por primera vez. Cuidado, el piso se va a mover como un barco en alta mar. Van a tomar con el Jero, la Sara y la Emilia. Se van a reír. Van a saltar. Van a bailar tango. Me gustaría saber más de esos paseos por los centros comerciales sórdidos, los detalles de las tardes de lluvia en las que aprendieron el arte del retaque. Y las primeras salidas en bus sin papás, que eran toda una expedición. Y tus panas, esos que todavía parecían niños al lado tuyo y de las otras chicas, que seguían jugando fútbol mientras ustedes aprendían a maquillarse. Cuando iban a una fiesta les daba vergüenza llegar con ellos porque parecían sus hermanos menores, ¿te acuerdas? No seas así, llévales nomás a las fiestas, los manes son bacanes, mucho más bacanes que esos mayores de los que quieres hacerte amiga. Te juro.




Más que una carta, me gustaría tener un DeLorean y viajar a esa casa, a esa habitación llena de dibujos, sé que dibujas mucho. Entraría despacito, a hurtadillas, para que no te des cuenta de que estoy allí. Entonces te espiaría mientras lees sin parar y piensas en el futuro, o sea, piensas en mi. Pensar en el futuro te hace feliz, pensar que el tiempo es largo. Como decía Virginia Woolf, esa, hermana, es la felicidad misma. Te diría que todas esas cosas que te parecen absurdas son, precisamente, las que valen la pena. Quizá las únicas que valen la pena. Te diría que no tengas miedo. Sé que esto podría sonarte desencantador, pero resulta que todo es más simple de lo que parece. Cuídate, eso sí, de las paradojas del tiempo. Si te dijera todo lo que ahora puedo decirte no saldrías con ese chico ni dejarías de dibujar ni te cortarías el pelo. Y sí, quizá serías (más) feliz. Pero yo no estaría escribiendo esta carta.

(Diners)