Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

lunes, 9 de noviembre de 2015

Carretera de burgueses y vagabundos (especulación insomne)


1. Buñuel, el malcriado
A Luis Buñuel le gustaba el ruido de la lluvia. No le gustaba el desierto ni la civilización árabe, menos aún la japonesa. Tampoco le gustaban los ciegos. “Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Y yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades”, dijo el cineasta aragonés. Le gustaban las pequeñas herramientas: destornilladores, alicates, lupas o tijeras que le acompañaban a todas partes, fieles como su cepillo de dientes, decía. Acostumbraba lanzar cubos de hielo a los transeúntes que pasaban por su casa. Al estreno de Un perro Andaluz llevó piedras en los bolsillos para lanzárselas a los espectadores a los que no les gustara la película. Una día se hizo pasar por guía del museo El Prado y dijo sobre las obras lo primero que se le ocurrió a todo un grupo de turistas. Esta excentricidad no era una pose, o sí, pero actuar de loco es ya una forma de locura. Buñuel, como Ionesco, Mrozek o Charms, se inclinaba naturalmente hacia el absurdo, tendencia que no tiene otro objeto que burlarse del poder. Era políticamente incorrecto. No tenía reparo en reírse, no solo de la burguesía o de la Iglesia, sino del consagrado folklore, los sombreros mexicanos, el comunismo, los espectadores que odiaban su obra (y los que la amaban), de la gente a la que lanzaba cubos de hielo, por gusto. Su naturaleza era desafiar, molestar, romper. Con él no había verdades ni dioses. Solo la posibilidad de romper. Destruir. Crear. Y claro, reír. Sin la risa, Buñuel no es Buñuel.
2. El discreto encanto de la burguesía
Seis individuos caminan apurados en una carretera abandonada. Van muy elegantes, intentan no despeinarse mientras ‘avanzan’ por un camino sin final (pues nunca tuvo principio). Esta escena se repite varias veces a lo largo de El discreto encanto de la burguesía, película de Buñuel, escrita junto con Jean Claude Carrière y estrenada en 1972. La trama habla de seis burgueses: don Rafael Acosta, embajador de Miranda; el matrimonio Thévenot; el matrimonio Sénechal, y Florence, la hermana de Madame Thévenot. Estos individuos de clase alta no quieren cambiar el mundo, ni conquistar a un amor ni resolver conflictos existenciales. Tienen una sola aspiración: comer. Quieren degustar un gran banquete, tomar un té caliente, o comer una tarta de chocolate… Pero cuando están a punto de hacerlo descubren que hay un muerto en la cocina; cuando van a un restaurante, no hay té ni café ni infusiones aromáticas. Nunca consuman su deseo. Buñuel hiperboliza con humor la tragedia del ser humano que no puede consumar, la exagera y la lleva a extremos absurdos. El filme tiene la forma del sueño en que el despertar equivale a la muerte del deseo. Una escena muestra un sueño de Raphael, parodia de un embajador corrupto perseguido por la Policía, agentes secretos, el esposo de su amante, su conciencia... cuando Raphael al fin va a degustar un jugoso pedazo de cordero asado —el oscuro objeto de su deseo— entran agentes misteriosos y le disparan sin piedad, como si su culpa no le permitiera hacer lo que más le gusta). Pero antes de morir, Raphael despierta. Entonces, baja a la cocina, abre la refrigeradora y hace lo que no ha logrado en toda la película: comer un pedazo de cordero. Se cierra el círculo, podría morir el deseo. Pero regresa: La película termina con la caminata eterna de los seis personajes en la carretera.
Las escenas argumentales son interrumpidas por otras oníricas: los personajes en la carretera, los sueños de algunos de ellos que muestran escenarios surreales, como de pinturas de Giorgio De Chirico. Sin embargo, no son estas escenas las que la convierten en una película surrealista. Como en El ángel exterminador, los personajes nunca pueden tener un objetivo aparentemente fácil por un impedimento absurdo, ajeno a su lógica.
Cuentan que Buñuel no quería filmar El ángel exterminador en México porque decía  que los personajes originalmente eran londinenses y que las pequeñas servilletas mexicanas no estarían a la altura del ambiente burgués europeo que quería retratar. Sin embargo, el crew le convenció de hacerlo en México, y además no tenía otra opción, pues tampoco tenía el dinero suficiente. Aunque la película fue un éxito, a Buñuel siempre le molestó el dejo mexicano que se notaba en los actores y los decorados. Quizá por eso luego hizo El discreto encanto de la burguesía, esta vez sí en Europa. Es curioso, pero la película parece una cierta continuación de la otra. Los dos filmes manejan el mismo (o casi) planteamiento: la burguesía como escenario surreal. No son los elementos oníricos los que las vuelven absurdas, son los personajes con sus perlas, su piano y su vino, los que viven una realidad tan sesgada que se vuelve surreal; así, la mano que camina sola en El ángel exterminador o las escenas de sueños de El discreto encanto de la burguesíaparecerían una simple consecuencia del absurdo entorno burgués.
Ni el teatro del absurdo, ni el surrealismo ni el dadaísmo hablaban de otros mundos: resaltaban lo absurdo de este. El discreto encanto de la burguesía radica en la falta de lógica de la vida real. Los pequeños detalles de una vida light evaden la angustia existencial con champagne rosa y cordero asado, surfean la muerte con diamantes. Mientras en algún lugar hay escarabajos llenos de tierra y madres sangrantes que se disuelven en las sombras, arriba hay pendientes de oro, tortas de fresa y vino tinto. Buñuel plantea una realidad tan superficial que es absurda, inverosímil, encantadora. ¿Cómo puede interesar el estado de una perla cuando existe una pesadilla tan abrumadora, tan densa? Hay rebeldía en la superficialidad. Es esa rebeldía la que le da encanto a la burguesía. La superficialidad es una forma de no ser parte, de no producir, de no pertenecer, de elegir deliberadamente cerrar los ojos a los problemas trascendentales y reales para dedicarse a contemplar el brillo de las perlas o degustar la calidad del vino. Esta idea buñueliana es rebelde, revolucionaria, poética. Sutilmente, invita a una revolución. A una revolución bastante burguesa. 



3. El discreto encanto de lo inútil
Pienso en una carretera. Larga, enorme, eterna. En la carretera de Lynch. Nocturna. Oscura. Interminable. En la de Chaplin: guerrera. Cómplice. En la carretera de Buñuel: etérea e infinita. La carretera: ese espacio que invita al movimiento constante; que nunca es, sino que —como el río— va siendo.
En una carretera vacía, se alejan Charlotte y su amante salvaje en Tiempos modernos. En otra carretera (o tal vez la misma) se alejan los burgueses de Buñuel. Charlotte y su amante son pobres. Los burgueses son ricos. Pero la carretera es la misma. Una especie de no-lugar, de camino eterno, de espacio que invita a transitar constantemente. Tanto el vagabundo como los burgueses están al margen.
Ante el sistema capitalista, cuyo motor —sabemos— es la productividad, la no-acción sería la máxima revolución. La inutilidad es un atentado al sistema. Volvamos a Tiempos modernos, a Charlotte/Charles Chaplin, que no puede (literalmente) trabajar en la fábrica. Mientras todos realizan su trabajo sin problema (es un trabajo sumamente simple), Charlotte se equivoca, su torpeza le impide realizar las acciones más simples. La inutilidad de Charlotte es su mayor acto de resistencia. Es su torpeza la que le distingue del rebaño. Por eso ese personaje (no solo en esa película) representa a los outsiders, a los vagabundos, a los que no pertenecen. Aunque para cantar y bailar no es torpe, tampoco puede usar esas facultades (si así se las puede llamar) con fines comerciales. Charlotte es nulo para la sociedad. Por eso el plano final de Tiempos Modernos es tan conmovedor. En un atardecer hermoso (no sería lo mismo una hora estática, el atardecer implica movimiento, pasar del tiempo) Charlotte y su amante se alejan por la carretera. Es allí a donde pertenecen. Son caminantes. Eternamente errantes. El vagabundo es la única posibilidad de libertad, de resistencia. En El discreto encanto de la burguesía, los personajes tampoco pertenecen al rebaño por una simple razón: solo en la clase alta es posible perder el tiempo. Aunque todos los personajes están al lado del poder (tienen altos cargos: cura, embajador, etc.), ninguno trabaja de verdad. El trabajo es para la clase media-baja. Tanto el vagabundo como el burgués experimentan una cierta libertad, o mejor dicho, comparten algo: la inutilidad. Los dos están al margen: el vagabundo errando en las calles, el burgués cenando cordero asado mientras afuera hay guerras. No en vano, ambos personajes (los burgueses de Buñuel y el vagabundo de Chaplin) caminan por la carretera. Comparten ese espacio simbólico que está al margen, que no lleva a ningún lugar. ¿Puede un vagabundo ser tan libre como un burgués?, o ¿puede un burgués tener el atrevimiento de ser tan libre como un mendigo?...
Nietzche decía que todo gran pensador es un gran caminante. Como pensar, caminar es una actividad no mercantilista, no produce. Quien camina no usa un medio de transporte, no consume; quien camina no echa raíces, no siembra. La ciudad (cuna del sistema) solo es posible a partir del sedentarismo. El que piensa tampoco produce. Pensar es contrario a hacer. Así, estas dos actividades están más ligadas de lo que parece. La mayoría de pensadores, sabemos, venían de una clase social acomodada (no se puede pensar con el estómago vacío). ¿Está el pensador condenado a la burguesía? Pensemos en Diógenes, el filósofo cínico que renunció al deseo material y se fue a la calle, a las calles. No digo que haya que irse a la calle y dejarlo todo. Sí digo que habría que pensar en la calle, en las calles, en las carreteras.

(Cartón Piedra)

Los trajes invisibles del cine ecuatoriano

¿Y ahora?... ¿Y ahora?.... ¡¿Y AHORA?!
—Abdalá Bucaram


Llevo dos años batallando con un  proyecto cinematográfico que no aún no encuentra financiamiento. En el transcurso me he hecho las mismas preguntas que se habrán hecho otros en mi situación: qué quieren los jurados, qué quiere el público, qué el Internet, qué quiere la televisión. Que el proyecto es muy popular para festivales pero muy intelectual para las salas, que la televisión no exige subir sino “bajar” la calidad, que el Internet censura desnudos, que los jurados no ven bien que una misma persona dirija y actúe. Estoy mareada. Estoy cansada. Ya mismo cumplo 30 y no he hecho esa película. Hacer cine no es fácil. El dinero para hacerlo por lo general suele venir del Consejo Nacional de Cine, institución que, bajo ciertos criterios, promueve cierto tipo de cine, cierta estética. Por otro lado está la demanda del público, que, según dicen, cada vez ve menos cine ecuatoriano. Los proyectos cinematográficos se ven  afectados y en cierta medida, alienados,  por estos deseos. Los deseos del Otro. De un otro imaginado. Intuimos, elucubramos, y como en la fábula de El traje del emperador sostenemos esas creencias hasta que se vuelven verdades. Verdades que atraviesan nuestras películas.
Primer traje: sentir el deber (consciente o inconsciente) de representar al país…
"El horror real es una estúpida máscara que ríe, y no el rostro distorsionado y sufriente que oculta"
—Slavoj Zizek
Dilemas del cine ecuatoriano. Los problemas del cine ecuatoriano. El cine ecuatoriano. Todos estos títulos dan sueño. Marean. Se ha hablado tantas veces, en tantas mesas redondas, en tantos foros nacionales e internacionales.
¿Existe el “cine ecuatoriano” o solo hay películas ecuatorianas?, ¿qué caracteriza a “nuestro” cine? ¿Qué espera el Estado del cine ecuatoriano?
Se han dicho muchas cosas, una de ellas es que el Estado da prioridad a películas que representan —o quieren representar— al país, a la cultura, a la idiosincrasia. Películas que hablaban de identidad nacional. Pero, ¿cuál es la identidad nacional? En realidad la pregunta es qué es la identidad nacional. ¿Cómo se representa?. Nada mata tanto a un hombre como estar obligado a representar un país, dijo Jaques Vaché.
La relación entre cine e identidad siempre ha sido compleja.
Hay películas que se han propuesto hablar de la ecuatorianidad, o quizá, retratarla en toda su dimensión. ¿Lo han logrado? No lo sé. Son buenas películas pero no creo que representan la ecuatorianidad, sino una forma de ecuatorianidad.
Quizá algunas de ellas, sin querer —y debido justamente a esta necesidad de representar a su país— cayeron en estereotipos, en películas que por el afán de ser un retrato fiel sobre el país terminan siendo una postal. Y es que proponerse representar todo un país, toda una cultura es una responsabilidad enorme, tan grande, que deja sin aliento.
 Al final de la película Blak Mama de Miguel Alvear y Patricio Andrade,  hay una secuencia de tres planos que de alguna manera sintetiza este problema.
Plano uno (tesis):  Bámbola, I dont dance y Blak —los tres personajes principales— caen rendidos al suelo.
Plano dos (antítesis):  Los personajes yacen en el suelo, en la misma posición. Esta vez desnudos. Por primera vez se los ve sin la ropa que los ha caracterizado durante el film (en esta película el vestuario es el personaje).
Plano tres (síntesis): La ropa conserva aún la forma que hace un momento tuvo sobre los cuerpos. El ser se esfuma, persiste su traje. La vestimenta es más poderosa que el cuerpo. La máscara más fuerte que el rostro.
Concebir la identidad como algo estático es peligroso. Caer en el acto inconsciente, ciego, de utilizar símbolos que ya no simbolizan, representantes que ya no representan, significantes que ya no significan. La crisis del representante que ya no soporta a su representado se ve claramente en otra escena de Blak Mama en la que el escudo nacional vomita. El significante ya no soporta a su contenido vacío. Muere el sujeto, persiste el traje. Un traje que miente. Que dice ser lo que  ya no es. Una flecha que ya no conduce a ningún lugar, sino al vacío.
¿Cómo se representa una identidad, una cultura, un país, si no se es capaz de representarse a uno mismo? Quizá uno de los riesgos más grandes que corre el cine ecuatoriano —tal vez porque es un cine emergente— es que el deber (a veces consiente, otras inconsciente) de “representar un país” acabe con la voz del autor.
Representar un país no es el problema: proponerlo como principal objetivo, sí. La cultura no es una opción, es una fatalidad. Una película es una mirada que inevitablemente develará parte de una identidad, una voz que empieza a hablar para preguntarse —más allá de la intención del cineasta en particular— quiénes somos, o mejor dicho, quiénes vamos siendo.  
Sucede en la historia que los espacios que alguna vez fueron de libertad terminan convirtiéndose en nuevas camisas de fuerza. Sucedió con el “realismo sucio” (tendencia por la que bastantes películas ecuatorianas estuvieron influenciadas) el cual alguna vez fue un espacio de denuncia pero luego se convirtió en otro paradigma, además, ligado al poder. De esto, Luis Ospina y Carlos Mayolo, dicen:
Si la miseria había servido al cine independiente como elemento de denuncia y análisis, el afán mercantilista la convirtió en válvula de escape del sistema mismo que la generó. Este afán de lucro no permitía un método que descubriera nuevas premisas para el análisis de la pobreza, sino que, al contrario, creó esquemas demagógicos hasta convertirse en un género que podríamos llamar cine miserabilista o porno-miseria.
 Este mismo fenómeno se da ahora con el cine contemplativo, el cual, alguna vez nació como resistencia al poder, y ahora es la nueva camisa de fuerza.
Segundo Traje: Los nuevos mandamientos del cine de autor.
Cuando me gradué del Instituto Superior Tecnológico de Cine y Actuación (el Incine) hubo un festival para principiantes en el que uno de los mayores atractivos era una sesión de pitching de prueba. Fue ahí donde un compañero y yo debutamos como pitcheros. Seguimos todos los consejos al pie de la letra. Cuando llegó el día, aparecimos vestidos muy elegantes, él con gel y terno, yo con vestido. Nos fue pésimo.
Una suma de problemas técnicos, más el pánico escénico y los nervios innatos que me caracterizan, hicieron que acabe llorando ante el jurado (que, por supuesto, estaba formado por vacas sagradas reales). Lo que vino después fue tenaz. Salir de la escuela de cine es darse cuenta de que el cine ya no es rodajes ni inspiración ni pasión, o más que eso, ni si quiera es algo real: se convierte en papeleo, burocracia, lobby, pitch; hoy en día “hacer cine” es mucha gente que habla de hacer cine, que muestra carpetas perfectas, teasers filmados con cámaras ultra modernas. Este entorno que rodea al cine está muy ligado al Poder.
Los festivales, los pitch, el lobby, son todos espacios de élite. Si el cine se ha convertido (o tal vez de alguna manera siempre ha sido) un oficio que va de la mano del Poder, el Consejo Nacional de Cine es la institución que encarna esta relación. Quizá por eso la incidencia del Consejo Nacional de Cine es tan determinante en el destino de los proyectos. Más allá del aporte económico, recibir (o no) los fondos del CNC tiene un valor simbólico: significa ser reconocido ante El Estado. Ser aprobado por el Ojo de Dios. Es el Estado quien determina quién es cineasta y quién no.
Por eso el hecho de recibir (o no) los fondos del Estado otorga un lugar simbólico en el que se determinan roles profesionales. Se divide a la gente que hace cine en dos (o quizá más) grupos: “los mismos de siempre” (así han dominado con una dosis de resentimiento los que nunca ganan en el CNC a los que son reconocidos por El Padre) y los otros: cine guerrilla, cine bajo tierra, entre tantos. Pero, ¿cuál es el criterio del Estado? Aunque no podremos saber a ciencia cierta, y a pesar de que cada jurado está conformado por seres humanos con distintas historias y a veces, distintos criterios, he visto que uno de los puntos que más valora el jurado es la capacidad de los proyectos de encajar en festivales.
Un festival es un espacio perfecto para alguien que hace cine: es una mini comunidad de cinéfilos, de gente que hace cine y que le importa el cine. Sin embargo, son circuitos pequeños que no están destinados ni pensados para el público. Si en épocas pasadas el cine de autor nació como forma de resistencia, hoy  se ha convertido en otro sistema de poder: Lo hacemos para satisfacer el gusto sofisticado europeo. Cannes, Locarno, San Sebastián, La Orquídea, son espacios para el cine independiente que imponen nuevos estándares.
El nuevo cine de autor dicta en silencio sus mandamientos:
1. No serás barroco: Ser barroco es el principal pecado del cine moderno, independiente, de autor. La sobre carga de elementos (que viene de la cultura popular) no es aceptada en un estándar que viene de la tradición europea minimalista en la que menos es más.
2. No entretenerás: Entretener es la palabra a la que más le tememos los intelectuales. Preferimos aburrirnos. Luchar para no dormirnos en la sala. Descifrar planos prolongados.
3. No hablarás: El exceso de diálogos recuerda a la estética de las telenovelas. Y el melodrama es un género popular, opuesto a la estética contemplativa. Una de las primeras cosas que te dicen en las escuelas de cine, los jurados y los críticos de hoy es: “no uses diálogos, si puedes decirlo sin palabras, mejor. El cine es imagen”. Si, es imagen, pero también es sonido, y una de las partes más bellas del sonido es la palabra. Si bien es cierto que el diálogo fácil puede suprimir la acción, la solución no es eliminar la palabra, sino construir diálogos, pues por miedo a hablar de más, corremos el riesgo de no decir nada.
4. No sobreactuarás: La sobreactuación viene del teatro, tendencia que el cine naturalista desprecia. Hasta se ha reemplazado al actor por este oxímoron:  “actor natural”. Si existe un actor natural,¿ existe también un “director natural”?, ¿Un sonidista natural?. Entiendo y me atraen proyectos innovadores con no-actores, pero el término “actor natural” me parece un desacierto. Se habla de sobreactuar, pero nadie ha hablado de subactuar.
5. No serás pornográfico (el mensaje está entre líneas): Si bien es cierto que todo lenguaje se sostiene por la tensión entre lo que se muestra y lo que se oculta, muchas veces se corre el riesgo de ocultarlo todo. Ser pornográfico también es una estética. ¿Por qué no mostrarlo todo? Sugerir, no decir, puede ser otra camisa de fuerza. A cuento de sugerir también pueden surgir historias débiles sin argumento que pasan por “historias mínimas” .Para que el mensaje esté entre líneas”, primero deben existir las líneas.
6. No serás “efectista”. ¡Eso es de los gringos!: Mientras más lento sea el montaje, mejor. Las disolvencias, efectos de transición, son consideradas herramientas de mal gusto, propias del lenguaje popular.
7. No usarás trípode ni moverás la cámara (a menos que sea con las manos y temblando): Sacrilegio en el cine arte de autor. A veces, hasta  cortar el plano. Cineasta independiente que se respeta ha hecho su plano secuencia.
8. Aburrirás al espectador, pero él no lo sabrá (o hará como que no lo sabe): Los mandamientos del cine de autor son silenciosos, se parecen al traje invisible del emperador: parten del principio de hacer parecer inteligente al espectador, quien inventa un traje (en este caso película) que a veces no hay.
Tercer traje (no tan invisible): Viejos mandamientos del cine comercial (y la televisión nacional).
Si el cine de autor cree que el espectador es un genio, el cine comercial y la televisión nacional parten del principio contrario: creen que el espectador es idiota. Y lo tratan así. Los mandamientos aquí no son nada invisibles. Y todos los conocemos. Podría ser la lista de arriba, pero al revés: entretenerás a costa de lo que sea: siendo machista, homofóbico, racista. Serás efectista: no importa la historia, de hecho, puedes sostener un guión vacío a punte efectos audiovisuales. Hablarás: a costa de lo que sea y de lo que sea y en la tonalidad que sea (y no dirás nada). No moverás la cámara: en la televisión nacional no hay concepto de desglose de planos. La cámara fija hace un encuadre único en el que los “actores” entran y salen de cuadro de diez en diez.
Podría seguir hablando de los innumerables errores de la televisión nacional pero creo que todos ya los conocemos. Cuando empezó el gobierno de Rafael Correa y anunciaron la Ley de Comunicación creí que, al fin, habría una ley que prohibiera que estos contenidos que se transmiten a diario y que son la mayor arma que construye la cultura. Pero eso no pasó. La censura se fue por otro lado.
Hace unas semanas Luis Miguel Campos, quien ha trabajado años en televisión, escribió algo importante en su cuenta de Facebook:  
Tuvieron que pasar decenas de años para que aprendiera una única lección: que soy un inútil, porque no sé salpicar caca pensando que los “pobres” se solazan con su mal olor y sabor. Pero desgraciadamente esa es una premisa en la televisión ecuatoriana. Hace un par de años, no más, un producto fabricado con inmenso amor y calidad fue rechazado por considerárselo “muy fino”, imposible de ser digerido por los “pobres” del Ecuador que están acostumbrados a consumir basura. El público también tiene su gran dosis de culpa: tantos años consumiendo mierda pasivamente le ha hecho creer eso que la TV nacional tanto valora: que el ecuatoriano tiene mal gusto y así hay que dejarlo porque encima da plata.
Si el público quiere mierda, hay que producir mierda, pero el público quiere mierda porque le dan mierda. Estamos inmersos en un círculo vicioso. Atrapados en medio de dos tendencias opuestas y herméticas: el cine contemplativo y su público de élite, y el cine (y la televisión y la web) comerciales y su público idiotizado.  Nada de esto va a cambiar a menos que alguien haga algo radical.
Estoy confundida. Los festivales quieren cine contemplativo. La televisión quiere el Combo Amarillo. El Internet quiere Enchufe T.V. (O En4).  Y yo, ¿qué era que quería? Hacer la película que yo quisiera ver.

(Gkillcity)
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miércoles, 7 de octubre de 2015

Amarse a una misma: esquizofrenia, lesbianismo y onanismo.







Hay una frase que parece ser la solución a todos los problemas. La conoce mi mamá, la explotan los libros de autoayuda, los programas mañaneros de televisión y los consejos que vienen adjuntos a las toallas higiénicas: ámate a ti misma.

Cuando terminaba con un novio, la solución era: ámate a ti misma. Cuando me iba mal en el trabajo: ámate a ti misma. Cuando me peleaba con una amiga: ámate a ti misma. Esta frase, que pretendía ser la clave del buen vivir, a mi me resultaba particularmente angustiante, no porque esté en desacuerdo, sino porque nunca entendí bien cómo ponerla en práctica. Me llevaba a vueltas confusas que tenían que ver con esquizofrenia, lesbianismo y onanismo. Ámate a ti misma. ¿En serio? ¿Por qué nunca dijeron cómo? ¿Por qué no mejor me aman los demás?

Con una misma se está todo el tiempo. Con una misma no se puede jugar ajedrez, solo solitario. Con una misma, por ejemplo, no se puede chismear. Una no se puede contar nada nuevo:


-Ni sabes, leí un libro buenazo!
- ¿No digas? ¡Yo también!


Estas palabras tienen un dejo de desilusión y fracaso, me provocan lo mismo que cuando no podíamos ir a la playa y mis papás me decían: ¡Agradece que estás completa, que tienes diez dedos!... Nunca entendí qué tenían que ver los dedos con el viaje a la playa…

Además, estas palabras llevan implícita una cierta amenaza y son una prueba por la que hay que pasar si se quiere alcanzar la felicidad. Por ejemplo: para amar a un chico, o lo que es peor, para que un chico te ame, debes primero amarte a ti misma. Bajo una mirada Lacaniana podría ser interesante: tocar y ser tocada al mismo tiempo; estar (a la vez) en el punto del observador y del observado, ser el cazador y la presa, el perseguido y el perseguidor. Ahora bien, en términos prácticos, ¿cómo se tiene una cita con una misma?, ¿me digo a mi misma: wow, estás hermosa?, ¿me mando mensajes y después les digo a mis amigas: mira lo que me escribió, qué hermoso, pero no sé por qué me parece haber escuchado eso ya en alguna parte…. ¿Me doy regalos y me hago la sorprendida? ¡Wow, para ser de almacén chino es de buen gusto!, ¿hago una cena y me cambio de puestos? Eso no es amor: se llama esquizofrenia. Darse abrazos a una misma es aburrido, freak, pero sobre todo un poco triste, como un idilio forzado. ¿Cómo se besa una a una misma? Es fisiológicamente imposible. Y después de masturbarte, ¿te dices: te quiero, eres increíble?


Sabemos que en estos días la abstinencia es considerada como método anticonceptivo y revolucionario. Varias estrellas de rock, entre ellas Lady Gaga, la practican. Podría convertirse en una nueva forma de vida. Imaginen agrupaciones posmodernas con frases tipo “El trío ya fue: ámate a ti mismo”, luchando contra grupos que les acusen de promover una tendencia o práctica pagana que erradica la reproducción y por ende la perversión de la especie.

Mi precario concepto de autoestima tal vez se deba a la falta de claridad con la que se expresan los principios de la autoayuda. Por culpa de esa gente que profesa ideas tan ambiguas que son imposibles de poner en práctica. En lugar de diseñar ejercicios esquizofrénicos tales como hablar con el espejo, hablar con una misma, o dinámicas grupales que promueven la hipocresía en las que dices te quiero a quien no quieres, la autoayuda debería enseñarte que la felicidad no es instantánea o por lo menos diseñar un dispositivo que te permita, por un momento, ser otra. Sería la única forma de cumplir la fantasía de tener una amiga como una, una hija como una, una amante como una…

(Diners)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¡Ras, ras, ras, vamos a perder!






Perder el vuelo. Perder la fosforera. Perder el año. Perder el pasaporte. Perder los fondos del Estado. Perder un chico. Y después, perder la sobriedad,  perder la compostura, perder la dignidad.  Crecí, crecimos, en un país que no se caracteriza precisamente por ganar. Recuerdo haber visto perder a la selección de fútbol desde que tengo memoria. Los presidentes que ganaban las elecciones igual terminaban perdiendo la confianza de la gente. El mapa que me enseñaron en segundo grado mostraba un país dividido por una línea imaginaria que lo reducía a menos de la mitad de lo que había sido. Tampoco tenemos una escritora o escritor que haya sido parte del boom, o sí, pero es un invento de dos escritores extranjeros.

En la escuela, mientras otros niños competían por todo, mis padres me decían, “¿tú qué sacas ganando?, ¿eso te hace más o menos?”. Mi educación, primero medio comunista, luego medio zen, me enseñó a no devolver el golpe, a dejar que los otros ganen, a retirarme de la competencia antes de que empezara. No es algo de lo que me enorgullezca, es lo que es, lo que fue. Mi hermana de diez años juega 40, canasta, veintiuno, damas chinas, ajedrez, es campeona de gimnasia, tiene medallas de oro, de plata; y siempre quiere seguir jugando. Para mí, que no sé ganar, competir no tiene ningún sentido. Cuando era niña, odiaba jugar a las escondidas o hacer carreras: el esfuerzo físico nunca me ha parecido divertido. Y cuando la profesora decía “en vez de la clase, hagamos una dinámica en el patio”, todos saltaban de emoción pero a mí se me helaba la sangre. Prefería quedarme sentada en mi puesto, a salvo, y que la maestra dictara.

Todo empezó cuando la bisabuela se desheredó. Cuentan que ella estaba enamorada de mi bisabuelo, pero él no quería casarse con ella porque le preocupaba que la gente dijera que lo hacía solo por la plata (la bisabuela era millonaria). Así que para que no corriera este rumor, ella se desheredó. Y se casaron. Si no lo hubiera hecho quizá yo sería millonaria, o quizá no estaría aquí. Sucede que los Varea, mi familia materna, son gente que no valora la competencia; quizás porque son descendientes de “la pérdida”. Además de ser incapaces de valorar el dinero, en la familia Varea hay un despiste crónico y un  sentido de la lógica digno de estudio. Mi abuelo Miguel Varea iba al trabajo en carro y regresaba a pie. Tardaba días en descubrir que el carro no estaba en el garaje y, cuando lo hacía, culpaba a sus hijos de haberlo “perdido por ahí”, lo hacía como si se tratase de un asunto sin importancia; hasta dicen que una vez regaló una hacienda.  En la familia no era raro perder, no una aguja ni un disco, ni un adorno o un zapato. Los familiares no se extrañaban si un día desaparecía el piano, así como, estoy segura, tampoco se hubieran alarmado si, en su defecto, hubiese aparecido un enorme elefante rosa en medio de la sala. Lo hubieran tomado como parte del paisaje “Oh, un elefante, ¿de quién será? Bueno, se verá bien al lado de las cortinas, ocupará el lugar que tenía el piano”.  El lema “el que tiene más quiere más” no funcionó con los Varea, quienes no parecían tener el a veces necesario gen de la ambición. Quizá por eso hoy mi casa no es tan grande como la de mis abuelos y estoy segura de que si desapareciera alguno de los pequeños artefactos que componen mi humilde patrimonio, sin duda lo sabría…

Ilustración: Cata Pérez.

(Diners)




miércoles, 15 de julio de 2015

Si me pongo short, sí es para calentarte... (y no por eso puedes tocarme)



Soy feminista. Creo que no serlo sería un crimen. Que todo ciudadano inteligente debería serlo. Que es inocente pensar que el feminismo es asunto solo de mujeres, o que el machismo solo afecta a las mujeres y solo lo ejercen los hombres. Estamos hablando de un problema social, que nos compete a mujeres y hombres. A todos. Creo que no ver la injusticia de género que ha habido y todavía hay, sería tapar el sol con un dedo. Y creo, también, que hay muchos clichés e ideas equivocadas que giran en torno a estos temas. En pleno siglo XXI las mujeres vivimos atrapadas en una sociedad que sexualiza nuestro cuerpo y a la vez nos castiga por ser sexys. Las opciones de escape nos ponen contra la espada y la pared. Por un lado, tenemos un feminismo extremista y chapado a la antigua, y por otro, una postura que no es ninguna postura y en la que las mismas mujeres niegan el problema de género y se lavan las manos. 

Empecemos por la primera tendencia. Hace tiempo que hay una “campaña feminista” en las redes sociales en la que circulan fotos de mujeres que escriben con marcador sobre su cuerpo cosas tales como: “Me pongo short porque tengo calor… No para calentarte”, “Yo me visto para mi, no para ti”. Esta mirada además de mojigata, es machista. Niega nuestro derecho a flirtear y afirma el derecho del hombre a irrespetar a una mujer que se vista de manera provocativa. No nos justifiquemos diciendo que es por el clima que nos vestimos sexys, si es para provocar también es válido, de hecho, siempre es para provocar, obviamente no a todos, pero lastimosamente aún no existe un aparato que haga que solo los que te gusten te vean en mini falda y los que no, en pantalón. Lo siento, pero ese feminismo no me representa.

En las mismas redes sociales circuló otra propaganda feminista que decía “No es no aún con el calzón abajo”. Esta campaña, en cambio, me parece plausible. Reivindica el derecho a decidir sobre nuestro deseo. Sucede que hay mujeres que  les sonríen a los hombres, les miran o hablan con ellos, y para ellos, estas son señales suficientes que deberían asegurar su coito. Y sí, también puede suceder que una mujer y un hombre se estén besando, tocando (los dos) y en el momento dado ella o él no quiera llegar al coito (por la razón que sea). ¡Tiene todo el derecho de hacerlo!. ¿De cuándo acá es obligación tener sexo?, pero dejarle "a medias" a un hombre es un pecado mortal. ¿Si no queremos tener sexo no podemos coquetear?. Muchos hombres piensan que si coqueteas con ellos tienen absoluto derecho a acostarse contigo porque “les estás dando señales”. Y si no quieres hacerlo, te llaman “quiteña”. Ni coquetear ni vestir sexy dan el derecho a irrespetar. Pero el deseo masculino parece ser una fuerza incontrolable y absolutamente respetable, de la cuál ellos mismos no son responsables, y por eso no se debe “provocarlos” porque es justificable que no se controlen.  ¿De cuándo acá tengo el derecho de besar a todos los hombres sexys?, ¿Debo prohibirles ser sexys solo porque me muero de ganas de besarlos y no siempre puedo hacerlo? , bajo esta lógica “si va a comprar para bajarle” si no lo puedo tener, ¿debo prohibirlo? .He visto andar sueltos a hombres tan bellos que deberían estar prohibidos. Sí, como idea poética es genial, pero no puedo castigar la sensualidad solo porque no puedo acceder a ella. Imaginen cuántos ya estaríamos presos. 


Ahora vamos con el otro lado. Cierto grupo de mujeres liberales, alternativas, intelectuales, muchas de ellas artistas, afirman que los temas de género no les interesan y practican su arte ( y/o su oficio) independientemente de este problema. Según su postura, hombres y mujeres somos iguales, por eso, luchar por equidad de género sería una especie de auto-discriminación. No celebran el día de la mujer con excusas tales como “Si hay un día de la mujer, ¿por qué no hay un día del hombre?”. Viven como si la desigualdad de género no existiera. Pero lamentablemente nuestro género pertenece a una minoría. Lavarse las manos (más aún siendo mujer) ante esta realidad que nos afecta, es un crimen. Lo siento, señoritas alternativas, pero su postura “radical”, tampoco me representa. Ahora viene la pregunta: ¿Qué es ser feminista? Y, sobre todo, ¿Cómo ser feminista aquí y ahora?. Por ahora sé que ser feminista no es sinónimo de odiar a los hombres.  Sí es aceptar que vivimos en una sociedad que en la que no hay equidad de género. Enfrentarlo. Decirlo. Combatirlo. No es privarse de la mini falda y peor aún, justificar su uso diciendo que es debido al clima o a la pura satisfacción personal. No es vergüenza de sentirse deseada, sino la libertad de desear, y también, por supuesto, la libertad de provocar deseo…

(DINERS)

miércoles, 8 de julio de 2015

El discreto encanto del tercer mundo





Cada mañana se repite la misma historia: abro la llave de la ducha y cae un mísero chorro de agua helada. Entonces sé que ha llegado el momento de aplicar “la maña”. Todos los aparatos proletarios tienen su respectiva "maña". La maña es algo que se debe hacer para que el artefacto funcione. Por lo general no es nada lógico, es más bien místico, una extraña asociación entre el objeto en cuestión y otro objeto cualquiera dentro de una misma casa. Por ejemplo: para que sirva el enchufe de la cocina, se debe encender el foco del baño; para que vuelva el agua, se debe encender la sanduchera. Mi madre incluso afirma que en su hogar, el internet mejora si se apaga la luz de la sala. La pobreza nos vuelve surrealistas, lo digo porque la falta de recursos me ha llevado a ver imágenes que dejarían loco a Dalí. Conozco una amiga que hizo spagetthi al pesto en el calefactor porque se le había acabado el gas y no había otra forma de cocinar, así llegó a la conclusión de que el calefactor era una excelente parrilla. Conozco a otro que ha hecho fideo en la cafetera, a una que usaba la plancha de ropa para planchar su cabello, y, ya lo he dicho, yo misma he usado el microondas para secar mis medias.


Pero, volviendo al tema. La “maña” de mi ducha es esta: para que el agua se caliente, primero debe abrirse (quién sabe por qué) la llave del lavadero de la la cocina. Entonces se prende el calefón y hay que correr hasta el baño y abrir la llave de la ducha. El siguiente paso es regresar (desnuda, por su puesto) a la cocina y cerrar la llave. Ahora sí, volver al baño, meterse en la ducha, descubrir que el agua al fin se ha calentado y disfrutar de ella alrededor de 20 segundos. Porque después se sobrecalienta tanto que te toca salir saltando a riesgo de ser hervida. Abrir la llave del agua fría no es una posibilidad, pues se enfría por completo hasta quedar helada. Mi ducha no entiende de puntos medios. Es caprichosa, extremista, bi-polar. Te quema o te congela. Te ama o te odia. No parece quiteña, pues no entiende de tibiezas. La única salida es la clásica técnica “cerrar y volver a abrir”, claro que no al instante, sino después de un tiempo, que puede ser variable. En dicho tiempo quedan dos opciones: tomarlo con calma y aprovechar para hacer una rutina de ejercicios mientras aplicas tratamiento para el cabello; o volverte histérica y correr desnuda y enjabonada por la casa, abrir la llave del lavadero para luego correr a la ducha en tiempo récord y enjuagarte en cámara rápida. He llegado a entrar y salir de la ducha hasta siete veces en una misma sesión. El que funcione no depende de un electricista, sino de la onda que una le ponga.


Para que los aparatos de los proletarios funcionen, más que de calidad, se requiere de altas dosis de fe. Por lo menos, mi ducha hace milagros. Vuelve creyente al ateo. Podrá estar dañada, pero desarrolla en el individuo una cierta espiritualidad.  Miras la llave, cierras los ojos y, con mucha convicción, piensas: esta vez sí va a funcionar. Entonces, con ímpetu, abres la llave. Tocas el agua con buena energía, intentando hacer que tus electrones positivos la calienten. Te vuelves mística, crees en la ley de la atracción, entrecierras los ojos como quien hace magia y miras el agua, intentando no convertirla en vino pero sí subir su temperatura. Debo confesar que en ocasiones esta espiritualidad ha devenido en un cierto rito obsesivo- compulsivo que podría ser considerado pagano. El rito consiste en aprovechar para hacer preguntas con trampa a la ducha-oráculo. Si esta vez el agua no se calienta- piensas- es porque el nosecuantito me quiere, si se calienta, es que no me quiere. Así, tienes dos posibilidades de ganar: si el agua se enfría, el man te quiere (sabes que es lo más probable y por eso preguntas eso) y si no te quiere, por lo menos te bañas en agua caliente.

(DINERS)

miércoles, 1 de julio de 2015

ETNOGRAFÍAS MASCULINAS





Dicen que estamos locas, que somos brujas, difíciles, jodidas, quiteñas, dramáticas, intensas, lunáticas, densas. Dicen que la mujer es un ser sensible e intuitivo que tiende a la sinrazón y los días de luna le afectan. El hombre, por el contrario, es muy cerebral, sensato y mesurado.
Escuchen esto.

Me gustaba Sergio porque tenía “algo” que lo hacía “especial”. Salimos par veces. Yo estaba contenta, sin embargo, con el paso de los días, su comportamiento atravesó esa delgada y a veces del todo invisible línea que separa lo excéntrico de lo freak. Por ejemplo, le dio por posar como una escultura griega. “Mira, este soy yo, es mi cuerpo” decía mientras giraba sobre su propio eje, para después adoptar la posición de El David, de Miguel Ángel: cabe recalcar que el hombre estaba más flaco que un sorbete. Después, empezó a llamarme “Mi odalisca”. Según el diccionario, odalisca es:

1.f. Esclava al servicio del harén.
2. Mujer que forma parte de un harén.
3. Mujer sensual.

No, Sergio no era “especial”, simplemente estaba loco como una cabra. Todo terminó antes de empezar, fue ahí cuando me llegó un mensaje que decía: Te quejas de soledad, pero rechazas mi compañía. Estúpida.





Facundo era poeta. Todo era perfecto, hasta que llegó su día de paga. Fue ahí cuando sonó el teléfono.
-¿Quién es él, ah?-Dijo su voz taciturna.
¿Quién es quién?-respondí, temerosa.
- ¿Cómo quién? ¡El man con el que me estás engañando!- respondió .
Eran las dos de la mañana cuando sonó el timbre de mi casa. En el umbral de la puerta lo desconocí por completo. Su mirada delirante y alcoholizada imaginaba amantes de toda raza, género, edad, estado mental… A partir de esa noche, su otro lado salió a la luz, y me celó con homosexuales, ancianos, niños, señoras. No entiendo cómo estaba conmigo, si según sus cálculos mentales yo debía ser más que una enferma.
Tomé un trago para apaciguar mis nervios.
-Tú n pedes tmar, mira cóm t pnes- alcanzó a decir.
-Pero…
Facundo aventó los adornos al piso. Dio tumbos por la alfombra. Rió y lloró al mismo tiempo. Luego dijo:
-¡Estás loca!
Tenía razón.





Decir que Julio era intenso es poco. Cuando quería buscarme sonaban el timbre, el celular, el chat del Facebook, el whatsapp y el teléfono de la casa. Todo a la vez. Yo, escondida en el clóset, rezaba para que no me encontrara, no con un amante fuerte, como él imaginaba, sino y sola desesperada por tener al menos cinco minutos en paz con mi persona. No, no lo dejé, le quería. Fue él quién, después de acecharme como un asesino en serie, un buen día me dijo que ya no quería estar conmigo… ¿Por qué? Había tenido una visión. ¡Una visión! Loco con síndrome de Virgen María. Lo que me faltaba…

Espero que esto sea bastante para romper con el cliché mujer=loca. La sinrazón no distingue género. Si se preguntan por qué caí, la respuesta es que fui presa de otro cliché: normal= aburrido… y bueno me gusta escribir. Cabe recalcar que los tres eran sinceros. No tenían malas intenciones, solo que su cabeza funcionaba diferente, creían firmemente en sus principios, así como Hitler, Nixon, Abdalá, quien dijo a cierto presidente: “Yo estaré loco, pero tú eres como la ·%%&&”

(DINERS)