Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

jueves, 13 de abril de 2017

TRES

Muchos amigos se fueron antes que yo y me dejaron solo,
por eso si en invierno hace frío,
 bajo al infierno un poco…
Andrés Calamaro



Él: me indujo a comprar mis primeros Vans, a los once años. Usaba un zapato mío y yo uno suyo. Andábamos por la escuela sintiéndonos súper especiales, sintiendo que alguien nos quería. Me llamaba por teléfono después de clases y me hacía escuchar Nirvana a través del auricular, yo le ponía Fito Páez y él me decía que eso no era música, pero de todas maneras ambos estábamos orgullosos de los gustos del otro, odiábamos a los Back Street Boys, la banda favorita del resto de la clase.
Se me declaró el último día de quinto grado y le dije que sí. Salimos a vacaciones y nos vimos una vez, en la casa de una amiga a la que le decíamos La Mona. Escuchamos un casete de Los Hombres G, comimos galletas de chocolate, y solo por unos segundos, nos dimos la mano. El primer día de sexto grado le dije que era mejor terminar, mi mamá me había dicho que a esa edad no se tienen novios. Me hizo la ley del hielo. Todo el año.

Ella: el día que nos conocimos, en primer curso, las dos dibujamos un sol y una luna para un ejercicio de la clase de lenguaje. Le obligué a leer El mundo de Sofía para tener con quién comentar. Y más tarde: corrimos por las calles de La Floresta sin zapatos a las seis de la mañana; pusimos una carpa en la sala y nos metimos a tomar cerveza y a escuchar The Doors por tres días seguidos. Cuando estaba triste se dormía en mi cama, aunque hubiera farreado como el diablo seguía durmiendo como un angelito; cuando yo temblaba del chuchaqui ella me curaba el alma con películas baratas y hamburguesas de a dólar; me compró la pastilla del día después en plena lluvia y me trajo gomitas de corazones; me acompañó al hospital cuando pensé que tenía un infarto y solo era resaca.

Ellos: se conocieron a los veinte años. Eran dos planetas sin órbita que han errado por el espacio millones de años y un día se encontraron sin querer. Se abrazaban tan fuerte que a veces se lastimaban. Ella tomaba fotos, él tomaba norteño, ella también tomaba norteño, y ahí era cuando las cosas se les iban de las manos, los fantasmas salían y terminaban llamando a la policía (eran de esos amores en los que interviene la policía). Con ella, él ya no sentía que ese bicho le comía el esófago. Con él, ella ya no se comía tanto las uñas.

Los tres: compro media de norteño a las tres de la tarde. El chico que me gusta es un gamín que prefiere las drogas a mi amor. Ellos me ven tan bajoneada que deciden incluirme en su relación, no es por pena, son más bien las ganas de innovar. Queremos ser la primera relación de tres. Estamos revolucionando el sistema, ¿cachas? Pero nuestra iniciativa utópica dura lo que dura el efecto del alcohol. A las nueve estamos sobrios, yo debo regresar a la casa a hacer los deberes y ellos deben continuar con su vida de novios, de novios de dos, ¿tres? Ya sabemos la historia: tres son multitud, dos son multitud, uno es multitud.
***
En su mochila hay pipas, libros que nunca lee, restos de jacho, esferos reventados, cepillos de dientes, medias impares, también hay una cajita pequeña de metal. La cajita tiene cenizas. Las cenizas son cafés y no huelen a nada.
Esa noche compramos una copia pirata de Thelma & Louis. Esa noche ella soñó que iba a una fiesta y que lo encontraba ahí. Lloraba, le decía que había tenido una pesadilla, había soñado que él había muerto. Él se reía, le abrazaba y le decía que no hable huevadas. Pero la cajita seguía en su mochila. Y nosotros en una cama que flotaba en un río revoltoso lleno de pirañas, calaveras y relojes. Días antes de que sucediera, ella había pegado en su pared la letra de una canción: “El amor más grande que conocí, sin querer un día pasó por mí, por la vía láctea se encontrarán, en algún planeta, en algún lugar…”

(Mundo Diners)

miércoles, 12 de abril de 2017

Todo lo que Travis Bickle quiso saber sobre Nueva York y nunca se atrevió a preguntarle a Holden Caulfield.




A CUARENTA AÑOS DEL ESTRENO DE LA PELÍCULA TAXI DRIVER Y MÁS DE SESENTA AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE LA NOVELA EL GUARDÍAN ENTRE EL CENTENO, LA AUTORA DE ESTE TEXTO PROPONE UN PARENTAZGO ENTRE AMBAS. LA RELACIÓN PARECE INEVITABLE.   




1972. Un hombre camina por las calles de Los Ángeles en plena madrugada. No va a ninguna parte. Busca una botella, un tabaco, un arma. Cualquier cosa que le haga olvidar que no puede dormir, que no puede dormir porque no puede olvidar. Olvidar que lleva semanas sin hablar con nadie, que se está divorciando, que se ha quedado sin trabajo, que vive en un auto, que últimamente sólo le interesan la pornografía y las armas. Ya no distingue el día de la noche. Cuando se le acaba el alcohol, entra  a un cine porno. Cuando sale, vaga. Vuelve a vagar.

El hombre termina en el hospital. El alcohol le ha provocado heridas en el estómago. Pero sobrevive. Renace. Y esta vez quiere vivir como alguien que ha superado la muerte. Quiere escribir, plasmar en un guión sus vivencias noctámbulas. Pero decide que en la ficción la ciudad no será Los Ángeles, sino Nueva York, y el personaje no será un escritor, sino un taxista.        

1975. Sobre un ejemplar de “La náusea”, de Jean Paul Sartre, yace un arma. Digamos que la pistola está ahí porque es una fuente de inspiración, no un arma. Los dedos de Paul Schrader teclean sin parar, saben que si se detienen, también se detiene el mundo. Si paran por un segundo, las palabras se disolverán en el aire y desparecerán para siempre. Schrader sabe que escribir es la única forma de curarse, que su insomnio no saldrá de su memoria ni de su cuerpo si se queda callado. Escribe casi sin respirar. Escribe. No como quien quiere atrapar una historia sino como quien quiere deshacerse de ella, sacársela de encima, o de adentro. Escribe como sólo es posible cuando se tiene una pistola.

15 días después, apenas 15 días después, inspirado por una canción de Harry Chapin llamada “Taxi” y por la portada de la revista Newsweek donde informan del intento de asesinato al presidente Gerald Ford, ha terminado el guión de Taxi Driver.

1976. En Hollywood son los productores quienes eligen a los directores y por último a los guionistas, pero Paul Schrader, que en ese entonces solo había escrito una película (Yakuza, 1974), se atrevió a escoger. No le vendió su guión a una compañía sino que buscó el director adecuado. Tras deshacer negocios con Brian de Palma, el primer candidato escogido por el guionista para dirigir la película, el libreto de Taxi Driver llega a Martin Scorsese, quien, después de leerlo, decide asistir a todas las reuniones a las que estén invitados los productores Julia y Michael Phillips (encargados del proyecto) para convencerlos de dirigir el filme. Tras el estreno exitoso de su primera película, Malas calles (1973), no le toma mucho esfuerzo, y poco tiempo después se lleva a cabo el rodaje.

Scorsese le propone el papel principal a Harvey Keitel, protagonista de Malas calles, pero éste lo rechaza alegando que no quiere repetirse ni quemarse. Finalmente, Socorsese elige al actor que poco antes había sido el joven Vito Corleone en El Padrino II: Robert De Niro.

Al estrenarse, Taxi Driver recauda más de 28 millones de dólares, superando por mucho su presupuesto de 1.3 millones. Gana la Palma de Oro en Cannes, recibe varias nominaciones a los premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director y mejor actriz de reparto para la muy adolescente (13 años) Jodie Foster; gana dos premios BAFTA, uno se lo lleva la misma Foster y otro el compositor Bernard Herrmann (autor, entre otras, de la banda sonora de Vértigo, El ciudadano Kane y Psicosis) por mejor música original.

Situada a principios de los años 70, Taxi Driver cuenta la historia de Travis Bickle (De Niro), un veterano de Vietnam depresivo y misántropo que padece de insomnio crónico y decide trabajar como taxista. Desde su taxi, por las noches, Travis descubre una ciudad de huérfanos, la ciudad de los que no tienen casa o los que no tienen sueño.   

Cuando no está trabajando, Travis va a un cine porno de medio pelo o escribe monólogos en su diario. Cuando Betsy (Cybill Shepherd), una chica que trabaja en la campaña presidencial del senador Charles Palantine y que ha accedido a salir con Travis, deja de hablarle porque él le lleva al cine porno en su primera cita, Travis se siente completamente rechazado y se aísla, aún más, del mundo. Se obsesiona con las armas y empieza a trazar un plan esquizoide para “depurar la ciudad”, empezando por asesinar al candidato y salvar a una pequeña chica (Foster) de la prostitución.

Schrader sabía que un guión es también una metáfora. En el caso de Taxi Driver y en palabras del propio Schrader, Travis Bickle es una metáfora de la soledad urbana. Tal vez esa sea una de las razones por las que Travis se convirtió en  uno de los personajes más recordados e icónicos de la historia. Según un artículo publicado en The Guardian, durante el aniversario por los 40 años del estreno de la cinta Robert De Niro declaró que en estas cuatro décadas no hubo un día en el que alguien no le recordara la frase más celebrada del filme: ‘You talkin’ to me?’ (“Cada día durante 40 fucking años, alguien venía y me decía: ‘¿me estás hablando a mí?’”). Ahora, ¿Por qué Travis marcó tanto?  ¿Qué puede tener un taxista insomne para que la gente lo recuerde 40 años después?

“Parece haber llegado vagabundeando de una tierra en la que siempre hace frío, de un país cuyos habitantes apenas hablan. Travis entra y sale a la deriva de la vida nocturna de Nueva York, como una sombra oscura entre otras sombras más oscuras. Pasando desapercibido, sin motivos para que nadie se fije en él. Travis parece confundirse con su entorno. Al igual que la Tierra se desplaza hacia el sol, Travis Bickle se encamina hacia la violencia.", dice el propio Schrader.

En su libro “Trascendental style in film. Ozu Bresson Dreyer.” Paul Schrader se pregunta cómo un arte profano como el cine podría  acercarse a lo sagrado. “Para expresar lo sagrado es necesario un anti-cine”, dice. Y en una entrevista con la revista Fata Morgana, comenta que la relación entre sacralidad y violencia es muy estrecha en su obra, empezando porque el término “sagrado” en latín también se lee como “maldito”. Por otro lado, el ser humano solo puede volverse sagrado al morir. “El proceso de sacralización está estrechamente ligado a un acto de violencia”, dice el entrevistador de Schrader hablando de Taxi Driver. Y esta contradicción entre violencia y sacralidad está presente en Travis Bickle: para acercarse a su ideal de pureza debe asesinar a sangre fría.  

Travis no tiene sentido del “superyó”. Su psicología –desde una mirada freudiana–  se acerca más a la de un “perverso”. Para él no existen las normas sociales, no existe la prohibición. No siente culpa al transgredir ya que para él no existe el límite (lleva a Betsy a un cine porno con la mayor naturalidad y luego no entiende por qué ella se enoja). El perverso no tiene noción del Padre, del sistema, de La Ley.

También hay algo de esquizoide en su comportamiento. Travis no tolera un rechazo. Algo en su inconsciente se quiebra cuando lo rechazan. El rechazo de Betsy es para él el rechazo del Gran Otro. Y es a partir de ese hecho que busca descargar el odio que tiene hacia sí mismo contra los demás. Intenta matar a un político (símbolo de la autoridad máxima) y como no logra hacerlo, asesina a sangre fría al proxeneta (Harvey Keitel) que prostituye a Iris (Foster). Y no siente culpa al hacerlo. De hecho, para él eso es lo correcto: proteger la inocencia a cualquier costo.

***

1951. Un adolescente viaja de Pennsylvania a Nueva York. Tampoco puede o quiere dormir. Tiene 16 años y lo han expulsado de Pencey Prep, un colegio/internado para niños adinerados. Vaga por las calles en busca de un hotel, de una prostituta, de un cigarrillo, de alguien que acepte tomar un café con él y le diga dónde van los patos en invierno. Pero la ciudad le queda grande.

Holden Caulfield se queda en un hotel de medio pelo. En los bares no le venden alcohol porque es menor de edad. Nadie acepta tomar un café con él y nadie responde a su pregunta sobre el paradero de los patos porque a nadie le parece relevante. Aunque contrata a una prostituta, Holden no se acuesta con ella. La situación le parece muy deprimente. “Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, odio subir y bajar en ascensor, odio a los tipos que te arreglan los pantalones en Brooks”, dice el protagonista de la primera novela de J.D. Salinger, El guardián entre el centeno. Holden narra en primera persona las aventuras de la noche en que huye del colegio y se encamina hacia la ciudad, donde camina hasta el amanecer sumido en reflexiones pesimistas sobre el mundo moderno y la adultez. Está hastiado. Le ha desencantado el desencanto mismo. El mundo que lo rodea le parece falto de magia, falto de inocencia, y sobre todo falso.

Holden se rebela contra un sistema educativo cuyo único fin es la construcción de un mundo adulto completamente absurdo: frío y sinsentido. Por eso no quiere crecer y perder la inocencia. Lo único que Holden todavía aprecia es a su pequeña hermana Phoebe. Al igual que en el caso de Travis, aquí aparece el lado frágil de un adolescente apático. Cuando su hermanita de 10 años le dice que encuentre algo que hacer, él le responde que la única profesión que aceptaría, es ser guardián entre el centeno.  “Me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría ser.”

Holden era un protector de la pureza. El sentido que podía darle a su vida era evitar que los niños cayeran al abismo.

Cada año se venden alrededor de un millón de ejemplares de El guardián entre el centeno. Sin embargo, su autor jamás se sintió cómodo con esa fama. "Me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente", dice Holden. Y es lo que de alguna manera hizo Salinger después del éxito: aislarse. Esto es, también, una forma de mantener su pureza. “Los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”, dijo el escritor, que desde su adolescencia escribía con una linterna, escondido entre las sábanas, y que, durante los cuatro años que fue al ejército durante la II Guerra Mundial, llevó siempre consigo una máquina de escribir. El guardián entre el centeno se publicó en 1951 y años después, alrededor de 1967, Salinger se fue al campo a vivir y allí permaneció hasta su muerte en 2010, a los 91 años de edad.  

***

1980. No sé si David Chapman podía dormir, pero gran parte del planeta dejó de hacerlo (al menos por una noche) por culpa suya. Fue la noche del lunes 8 de diciembre, después de que un texano de 25 años sin antecedentes policiales asesinara a John Lennon. Tras disparar cinco veces a uno de los músicos y activistas más importantes de la historia, Chapman, se sentó al lado del cadáver, y mientras esperaba a que llegara la policía, se puso a leer El guardián entre el centeno en voz alta.

Era su libro favorito y a pesar de que ya tenía un ejemplar en su casa, esa mañana compró otro. Dicen que firmó sobre el libro: “Esta es mi declaración”. Que cuando le pidieron su testimonio en la corte se limitó a citar fragmentos de la novela. Según El Diario El País, la mañana del crimen, Chapman visitó el lago de Central Park… Quién sabe si, como Holden Caulfield, se habría preguntado a dónde irían los patos en invierno.

También dicen que cuando Chapman asesinó a Lennon, dijo algo así como “ustedes no saben lo que es no ser nadie”. El sentimiento de anonimato extremo había llevado al asesino a la soledad más densa. No soportaba ser nadie, ser ordinario, gris, pasar desapercibido. Aquello que Salinger anhelaba, Chapman odiaba; tanto, que prefirió cometer un crimen y pasar en la cárcel el resto de su vida. Prefirió la prisión al anonimato. Que la gente lo reconociera en la calle. Que el mundo supiera su nombre. Para él no había nada más desolador que sentirse uno más: quizá esto sea una metáfora del drama del hombre moderno, si la angustia de tiempos pasados era ser diferente, la de hoy es ser igual.  

El asesino al que la prensa calific como﷽﷽﷽﷽﷽ al que la prensa calificno habos mezclada con lluvia y humotaxista insomne. con ella, protege la puerza y lo sagrado,ó como “adicto”, “agente de la CIA” y “fanático religioso”, buscó una marca (aunque ésta haya sido su perdición) para, desesperadamente, distinguirse del resto. A partir de esa fecha, la única novela de Salinger, que a esas alturas ya era más que un Best Seller, fue prohibida en varios países. Y no fue la única vez que se la asoció a un crimen.

1981. John Hinckley, un tipo de 25 años, intentó asesinar al entonces presidente Ronald Reagan. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, él respondió que para impresionar a Jodie Foster, personaje clave de Taxi Driver.

Aunque el libro que lo inspiró no fue El guardián entre el centeno sino La náusea, de Sartre, el guinosta Paul Schrader dijo, “Travis es una especie de héroe existencial europeo en un contexto americano. Es El extranjero, el hombre de “las memorias del subsuelo.” La angustia existencial para un americano funciona al revés… En lugar de interiorizarlo, lo saca fuera. El problema de Travis es el mismo que el del héroe existencial, es decir, “¿debería existir?”… No entendemos correctamente la naturaleza del problema, por lo que el impulso autodestructivo, en lugar de ser dirigido hacia el interior, como en Japón, Europa o cualquiera de las culturas más antiguas, se emplea hacia afuera... Hay una línea en La Yakuza que dice: Cuando un japonés está en las últimas, él cerrará la ventana y se matará a sí mismo; cuando un americano está en la misma situación, cerrar, EVITABLE.  ESTE TEXTO PROPONE UN PARENTAZGO ENTRE AMBAS. á la ventana para matar a alguien más. Cuando en el final de la película, Travis se dispara a sí mismo de manera lúdica, eso es lo que ha estado intentando hacer realmente”, dice Schrader.   





    
 
Nueva York es una canción de Bernard Hermann. Un invento de Scorsese. Un mal sueño de Salinger. Un cuadro de Michael Chapman. Un delirio de Paul Schrader. Una ciudad que se derrite sobre los vidrios de los autos, mezclada con agua y humo, un poema impresionista que la lluvia dibuja sobre el parabrisas de un taxista insomne.
El taxista somnoliento y malgenio intenta beber café mientras maneja. Alguien lo detiene, la silueta de un muchacho flaco se dibuja entre la niebla. El chico sube al taxi, saca un cigarrillo y lo enciende. Travis lo mira por el retrovisor y le pregunta dónde va. Pero Holden no va a ninguna parte, quiere gastar su dinero en un taxi sin destino. Travis se molesta, no quiere perder su tiempo, y le pide al joven pasajero que elija un destino fijo. Tras pensarlo un poco, Holden sonríe y dice: quiero ir adonde van los patos en invierno.

Travis pisa el acelerador.

(Mundo Diners)



viernes, 17 de marzo de 2017

¿Qué es ser mujer en el siglo XXI?



Es cumplir 30 años y que te vean raro porque no tienes hijos ni esposo.  Es tener hijo y esposo y que te sigan viendo raro. Es justificarte ante algunas feministas por usar ropa sexy. Es que después de tanta lucha de las mismas mujeres, aún se siga tratando al femicidio como si fuera un homicidio. Es coger un taxi y rezar durante el trayecto para que no te violen, para que no te maten. Es luchar por el feminismo pero aún sentir tristeza —consciente o inconscientemente— por no ser como las modelos, porque eso es lo que te han enseñado la televisión, las revistas y las vallas publicitarias desde que tienes uso de razón. Es sentir vergüenza de escribir que alguna vez tuviste una aventura de una noche en un hotel. Es tener sexo casual y, al otro día, sentir un vacío gigante. Es tener vergüenza de que tus padres lean que has tenido sexo. Es escribir estados de Facebook proclamando igualdad de género mientras sigues gastando dinero en cremas, champús y maquillaje para volverte más deseable a lo que al género opuesto le han enseñado que es una mujer. Y eso, también, es lo que te han enseñado desde niña. Es no saber qué es ser “una mujer” ni cómo ser mujer cuando los roles de género han estado tan cuestionados y estudiados. Nuestras preferencias sexuales y los roles de género se han vuelto un tema académico mientras deberían ser la cosa más natural del mundo y, quizá, no tendrían que venir acompañados de nombres y explicaciones científicas. Ser una mujer en el siglo XXI es que el rosado siga siendo tu color favorito, que aún llores con películas de Disney, que te sientas mal porque te digan señora mientras muchos hombres pasados de los 40 salen con chicas de 20 y son unos 'duros'. Pero, si fuera al revés, sería ridículo: la mujer no sería una dura por alzarse al joven sino una vieja puta. Madonna sabe de lo que hablo. Los hombres con arrugas y panza la siguen gozando, aunque no tengan pareja. Pero si una mujer no la tiene, está sola. Es que te respeten más cuando tienes pareja. Es sentirte agredida por los piropos que te lanzan en la calle, pero sentirte mal si no te lanzan ninguno, porque lamentablemente sigues buscando la aprobación de los otros, aunque digas que no. Es luchar contra los estereotipos pero seguir haciendo dieta. Es sentirte bien porque un hombre —cualquiera— te regrese a ver. Y luego sentirte mal por sentirte bien. Es que si en una reunión hay más hombres ellos hablen primero y, cuando tú intervengas, tiendan a callarte. Es escuchar a otras mujeres decir que las mujeres que tienen el “culo plano” no deben usar leggins ni ponerse short. Es ponerte una superminifalda y linda y decir que lo haces “para ti misma”, y no para el resto. Es escuchar que casi todas tus amigas han abortado, casi todas han sido agredidas por sus novios.  Es escucharte y saber que tú misma has sido agredida por alguno de ellos. Es ir a los museos y no ver nombres de mujeres. Es que un hombre viejo no tenga problema en encontrar pareja y una mujer sí. Es la dificultad para encontrar una buena pareja, porque la mayoría de hombres se aprovechan de su posición de poder y se dan el lujo de probar, de no comprometerse. Es soportar todo eso porque no quieres pasar 'sola'. Porque te han enseñado que si un hombre no tiene pareja está tranquilo, pero si tú no la tienes estás 'sola'. Sola. Es ver que un hombre que sufre por una mujer es respetable, tiene derecho a emborracharse porque el hada, la musa, la bruja o lo que sea (porque una mujer siempre es de otro mundo, nunca humana), lo ha desviado del camino. Y ahora sufre y está loco. Pobrecito. Pero si una mujer se desgarra de amor por un hombre es débil y patética. Es saber que gran parte del machismo se debe simplemente al miedo de los hombres al inmenso poder que hay en las mujeres. Por miedo agreden, por miedo usan su fuerza física que es la única que supera a la fuerza de las mujeres.  Saber que ese miedo ha sido creado por una sociedad enferma que también los ha reprimido. Que les ha enseñado a "ser fuertes". A no llorar. A "ser caballeros" para las damas. Y que eso ha estallado como una ola de presión.
En pleno siglo XXI seguimos siendo una minoría. El machismo es una enfermedad social que viene de siglos. Y si queremos cambiar se debería empezar por la publicidad, que es el nuevo Dios. La Ley de Comunicación debería quitar anuncios de productos de limpieza en los que solo aparecen mujeres. En las escuelas se debería enseñar que las mujeres pueden gustarse entre sí y los hombres también. A los niños deberían vestirlos de rosado y a las niñas de celeste, y de todos los otros colores también. Debería haber muñecos para niños que incluyan mujeres fuertes y no princesas delicadas. Eso, quizá, sería empezar a crear una verdadera inclusión. Una igualdad más realista.

(El Telégrafo)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Fábula de las dos líneas azules…




El baño de nuestra casa de Cuenca no mide más de dos metros. El Mario y yo entramos en él con las justas. Cerramos la puerta. Él me ve orinar sobre el pedacito de plástico que definirá nuestro futuro. Las otras veces, aunque estuviera segura de no querer un hijo, desde que iba a comprar la prueba, imaginaba la vida de mi posible vástago capítulo por capítulo, como si se tratara de una telenovela. Veía el restaurante en el que le daría la noticia a mi padre, lo que diría  mi madre, la cara que pondrían mis amigas y ex novios. Luego fantaseaba con el parto, y después con toda la vida del posible niño, por poco hasta que se graduara de la universidad. Orinaba en la prueba, no despegaba los ojos de la bandita, esperando- con cierto morbo- a que se formaran dos líneas. Pero eso nunca pasaba. El resultado siempre era una línea solitaria, que aunque era un alivio, de alguna manera  era aburrido. Tengo 30 años y en mi historial sexual, que es un poco menos de la mitad de mi edad, nunca se han pintado dos líneas en mi prueba de embarazo. Casi todas las mujeres que conozco han tenido por lo menos un aborto. Casi todas tienen hijos, hijos y abortos. Tener 30 y no tener ni lo uno ni lo otro, aunque debería haberme hecho sentir orgullosa, me hacía sentir extraña. 
Esta vez no esperamos el resultado viendo la prueba. Cerramos la cajita y ponemos un cronómetro. Estoy segura de que saldrá negativo. Nunca me ha pasado y esta vez no tiene por qué suceder. ¿Si sale positivo? Qué miedo ¿Si sale negativo? Qué aburrido. ¿Qué quería?. Pensaba que saldría negativo y sería decepcionante y por eso me mentía a mi misma o me intentaba convencer de que los hijos, como el trabajo, son para los que no tienen nada mejor que hacer. Las mujeres somos contradicción pura. Las embarazadas los son aún más, empezando porque están partidas en dos, tienen dos corazones adentro. Como dice Gabriela Wiener, “Las mujeres jugamos todo el tiempo con el gran poder que nos ha sido conferido: nos divierte la idea de reproducirnos. O de no hacerlo. O de llevar bajo un vestidito un vientre redondo que luego se convertirá en un bebé para abrazar y mimar. Cuando tienes quince la posibilidad es fascinante, te atrae como un pastel de chocolate. Cuando tienes treinta, la posibilidad te atrae como un abismo.” Siempre había creído que el hecho de que una vida se empiece a formar en tus entrañas, así como así, era un milagro, algo imposible. Siempre me ha resultado difícil creer en los procesos del cuerpo. El cuerpo humano es tan mágico que me resulta inverosímil la perfección de su funcionamiento. O bueno, con las justas podía creer que esas cosas pasaran en el cuerpo de las otras, pero jamás en el mío. Cuando nació el Bruno, el hijo de mi prima Sara, lloré inexplicablemente al verlo a través de un vidrio en su primer día de vida. No sé por qué lloré. Supongo que por ver el milagro, por sentir que ella y yo ya nunca seríamos las mismas, porque empezaba otra vida, por el tiempo, por las ganas de tener un hijo y las ganas de no tenerlo, ese sentimiento doble y ambiguo que nunca se definirá. Pienso en mi infancia, ¿Qué habrá sentido mi madre cuando supo que yo venía?. Pienso en la libertad… ¿Quién sufre menos, una madre o una no-madre?. Si alguna vez tengo hijos quiero que tú seas el padre, le digo al Mario en un ataque de inexplicable cursilería. El cronómetro sigue corriendo. ¿Qué haré con un niño si a mi nunca me han gustado los niños?, ¿Y la tesis?, ¿Y la plata?... No, seguro no sucederá, yo estoy destinada a ser la tía, seguro en unos días se irán con mi sangre las posibilidades de esas vidas que tanto he imaginado….  El cornómetro se detiene. Nos miramos a los ojos. Él tiene miedo, yo finjo tenerlo (no lo tengo porque en el fondo estoy segura del resultado). Él abre la cajita… y zaz, dos líneas descaradas se ríen de mi. No hay gravedad. Pisé mal y ahora caigo. Me veo palidecer en el espejo. No jodas, hijueputa, alcanzo a decir en un hilo de voz. El vacío. Solo atino a llorar. Pero no precisamente de emoción, lo que siento es TERROR. TE-RROR. Quisiera huir, pero no se puede huir de una misma. ¿Cómo se huye de lo que te habita?. Bueno, hay maneras, sí. Pero no quiero hacerlo. Me gusta este vértigo. Lo he venido deseando y ahora ha sucedido. Ese milagro que creía imposible ha ocurrido, y ha ocurrido en mi cuerpo. El Mario me dice que ya no podemos tener miedo, o bueno, que tenemos que tener cada vez menos miedo. Yo pienso en mis sueños, dicen que cuando tienes hijos debes renunciar a tus sueños… pero, esperen un momento, este era mi sueño.

(Mundo Diners) 

miércoles, 1 de marzo de 2017

El discreto encanto de no hacer nada.



La acción, la famosa acción que existe desde Aristóteles hasta Robert Mckee, desde Platón hasta Woody Allen, en el género cinematográfico recientemente denominado Slacker no existe. O existe de una forma sutil, imperceptible. Si en los 60s, 70s y 80s hubo héroes, los jóvenes creyeron en algo, pertenecieron a algo, (partidos políticos, cineclubs, sindicatos, etc) salieron a la calle con pancartas, se desnudaron como forma de protesta, los jóvenes nacidos a partir de los 80s (que incluye varias generaciones, entre ellas la mía) nacieron en una especie de basurero posmoderno donde todo ya había sido creado y destruido. Luchar- esa palabra tan vinculada al conflicto, palabra, a su vez vinculada a la construcción del guión clásico- no tenía sentido para los jóvenes de mi generación. Si la moda vinculada a la ideología antes tenía que ver con llamar la atención (hippies en los 60s y 70, onda vaselina en los 80 y punks en los 70s y 80) la de los 90 y 2000 tiene que ver con lo contrario: pasar desapercibido. No poner énfasis en la apariencia. Vestir con lo primero que se encuentre: ropa heredada de los primos, sacos del abuelo, camisetas del uniforme del colegio. Dentro de este contexto nace el grunge en la música con bandas como Nirvana y Alice in Chains a la cabeza. Y en cuánto al cine, nace un género – o más bien sub-género, pues no es muy conocido – denominado slacker . Aunque no hay reglas, se podría decir que hay ciertas constantes por las que se caracteriza: el blanco y negro, los encuadres fijos, los planos abiertos; sus personajes suelen ser jóvenes de clase media sin mayores aspiraciones en la vida y con trabajos raros (vendedores en tiendas de videos, cyber café, etc) su diálogo se caracteriza por un cierto encanto en la trivialidad. En inglés, slacker quiere decir: “persona que evade sus impuestos y responsabilidades”. La película independiente norteamericana Slacker (1991) podría considerarse la precursora ya que es la que da el nombre a esta tendencia. En esta película una cámara transita durante un día por la ciudad de Austin- Texas, y muestra a varios personajes que aparentemente no tienen relación entre sí: pordioseros, músicos, intelectuales, anarquistas, delincuentes, etc . Otro ejemplo es la opera prima del americano Kevin Smith, Clerks (1994). Este film independiente muestra un día cualquiera de un empleado de una tienda de autoservicio. Todo sucede en una hora y media y en un solo escenario: el supermercado. Se podría mencionar también algunas de las películas de Jim Jarmush, como Down by law (1986), Coffee and cigarrettes (2003), entre otras .
En América Latina, si bien no se habla de slacker, existen varias películas que cumplen con los requisitos de este sub-género. Según los colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo, a finales de los 70s el realismo social, que había sido una poderosa herramienta de denuncia, se convierte en lo que ellos denominan “porno-miseria” debido a su tendencia a retratar la pobreza del tercer mundo para vendérsela a los países desarrollados, sobre todo europeos. Esto no sólo pasa en Colombia sino a nivel de Latinoamérica. Como antítesis al realismo social surge una nueva tendencia cuya mirada ya no está dirigida hacia las grandes temáticas sociales sino hacia las historias mínimas. Así, tienen lugar una serie de películas que podrían denominarse como slacker latinoamerícanos, si se los quiere nombrar de alguna manera, pues mantienen varias constantes: sus protagonistas son jóvenes que divagan por las calles, están filmadas en blanco y negro, tienen una estética minimal, suelen destacar por sus bandas sonoras (en su mayoría vinculadas al rock) o en su defecto, sus guiños al rock y a la música independiente. La mexicana Temporada de Patos (2004), la mexicana Güeros (2014), la uruguaya 25 watts (2001) y la argentina 76 89 03 (2000) son algunos ejemplos.
Este mes Ochoymedio hace un homenaje a este tipo de cine. Más allá de los géneros o las etiquetas con las que se lo pueda catalogar, la muestra se caracteriza por presentar un cine de jóvenes. Las películas que se han seleccionado van desde la clásica Rebelde sin causa (1955) pasando por The Dreamers (2003), Kids (1995) hasta las latinoamericanas ya citadas Temporada de Patos, 25 watts y Güeros, entre otras.
La relación de estas películas y la música es muy estrecha. En muchas de ellas los personajes tienen una banda, o llevan camisetas de bandas de punk, o, en el caso de Guëros, los personajes van en busca del ficticio Epigmenio Cruz, de quien se dice que era el último rockero mexicano, su música era tan buena que una vez hizo llorar a Bob Dylan. Como la música independiente, estás películas proponen un espacio de libertad que encuentra su rebeldía no en la acción sino en la apatía. Es por esto que se han escogido una serie de bandas ecuatorianas que formarán parte de la misma muestra.
No hay que olvidar que slacker quiere decir vago, alguien que se dedica a vagar, deambular, ir de un lado a otro y no llegar a ninguna parte. El hecho de no llegar a ningún lado podría leerse como una especie de respuesta posmoderna al concepto de Historia trascendental en el que siempre se necesita un héroe. Los protagonistas de estas películas son unos bellos anti-héroes que no avanzan sino que deambulan, que no quieren ser “alguien en la vida” sino que ocupan su tiempo en resolver dilemas existenciales en los que se preguntan por qué el desayuno continental se llama continental o si pisar caca es mala o buena suerte; prefieren re-descubrir la ciudad desde sus autos viejos, fumando marihuana, llegando a ninguna parte. En este sentido este sub-género, dentro de su pasividad, es una contestación subversiva- y en cierta medida muy sutil, muy poética- a la sociedad.

(Publicado originalmente para Ochoymedio)

lunes, 27 de febrero de 2017

Vuelta al mundo sin salir de la cocina.



Escribo en una cocina, cocino en una cocina, lavo los platos en una cocina, me alimento en una cocina. Casi podría decir que vivo en una cocina. Combino tareas domésticas con otras intelectuales. Aunque sí tengo un estudio, cada vez que entro en él me da frío y siempre regreso a este lugar en el que puedo calentar interminables tazas de té que me acompañan en mi trabajo. Nada mejor que escribir y cocinar, que leer y comer. Aquí, en esta cocina, he editado los textos del periódico, he escrito otros, me he reunido por skype para los asuntos del festival, he visto varias de las películas de la programación.  Mi cocina me hace pensar en Jeanne Dielman. Y claro, por un momento imagino que mi cocina es la de Jeanne Dielman. Y fantaseo con ser ella. Después de verla lavar los platos, comer y pelar papas en una cocina a través de la pantalla de Youtube de mi computadora ubicada, por supuesto en la cocina, pienso en cómo la cocina – ese espacio considerado femenino, asociado para bien o para mal a la mujer – se convierte en un espacio de libertad intelectual. O de viaje intelectual. Imposible no pensar en eso después de ver películas de Chantal Akerman. Cocina. Chantal Akerman. Mujeres. Tal vez parezcan ideas sueltas, pero hablo de ello porque coincide que este Eurocine ha habido una línea editorial que se ha forjado de manera casi azarosa, casi invisible: la mujer, las mujeres, la feminidad. A excepción de Joseph Morder y Juan Romero Vinueza (con sus aportes excelentes) las colaboradoras del periódico de este año conforman un repertorio femenino. Pero más allá de los nombres, del sexo, del rol, es el concepto, la mirada, la que es femenina.  Están las películas de Chantal Akerman que vuelven sagradas a las escenas cotidianas, que enrarecen la realidad hasta el punto de embellecerla, de volverla única. Por otro lado,  La Academia de las musas, película del cineasta español José Luis Guerín (invitado de este año al festival Eurocine)  que también muestra un universo femenino. Una especie de Banquete de Platón moderno, pero no con mancebos sino con “musas-activas” (¿será posible?) que a veces son seductoras afroditas y otras artemisas intelectuales. En esta película  también se habla de la música que producen los planetas al caminar por su órbita, los cantos de las esferas. Esto me lleva a pensar en la música. Y en el silencio. Justamente el concepto de programación que diseñó la Ari para la sección “Memorias”. ¿No es hermoso hablar del cine clásico a través de la música y del silencio? Pienso en la Tristana a la que describe Sandra Araya, una Catherine Deneuve entre la crueldad y la inocencia… y el silencio. Y como contraparte a ese silencio, la música, las banda sonoras de Ennio Morricone que hicieron memorables a las películas de Sergio Leone, esas de las que habla Marcela Ribadeneira en su texto.
“Desiderare” es una palabra que dice una de las musas de Guerín. Desiderare es una mezcla entre deseo y estrellas, significa desear bajo las estrellas. Vincula al deseo con el cosmos. Esto me hace pensar en el azar. En el destino. En el azar que hizo posible, por ejemplo, que Joseph Morder, el cineasta francés que fue nuestro invitado del año pasado, escriba este año un texto sobre Chantal Akerman. Pues fue el azar también el que hizo que él se enterara del suicidio de la cineasta a la que consideraba su “gemela de cine” justo el día de su cumpleaños, mientras estaba en Ecuador, país de su infancia.
Una sección de la programación de este año se llama “Mapas” y muestra películas sobre la Europa de los desplazamientos, un continente que empieza a convertirse en tierra de extranjeros. El mundo siempre ha sufrido por los límites ¿Por qué no empezar a cambiar a través de la imaginación? Por ejemplo, pensar en estas palabras: mapas, territorios, viajes. Viajar es perder países, decía Pessoa. Y eso me hace imaginar al festival como una invitación a un viaje. Un viaje, por supuesto imaginario, a un lugar sin países, sin límites. El territorio es –casi siempre– masculino. Marcar territorio, trazar límites, dividir. Desde una concepción freudiana la cultura falo centrista implica una sociedad territorial. El ansia de conquista de la tierra (y por qué no del cuerpo) es algo que se ve en la literatura de  Joseph Conrad o en el cine de Werner Herzog. Una necesidad también estética – sobre todo masculina. Pero en la mentalidad femenina el territorio funciona de manera distinta. “El territorio es siempre fantasma” dijo Raúl Ruiz. La concepción del territorio femenino se parece más a Pangea, a la primera tierra sin continentes, sin países ni ciudades. Esa tierra que existió antes de que los continentes floten en el mar como un rompecabezas. Algunos geólogos dicen que alguna vez las piezas se volverán a unir y la tierra será otra vez una. Más allá del sueño utópico y casi cursi de “una sola tierra”; más allá de una mala interpretación feminista, la línea editorial que atraviesa este periódico no busca asociaciones literales sino imaginarias, crear hilos invisibles, poéticos, que conciban al festival  y a la lectura de este periódico como un viaje imaginario, y por qué no, femenino. Que propongan una mirada femenina sobre el cine y sobre la territorialidad. Un recorrido que no delimita ni conquista sino que recorre, habita, deambula.

(TEXTO DE LA EDITORA PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EUROCINE 2016. VER PERIÓDICO COMPLETO AQUÍ: http://eurocineecuador.com/2016/09/17/filosofia-en-la-cocina/)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Helado de piña y Bob Dylan




Entonces se me ocurre una idea: salir a comprar un helado de piña y hierbabuena en la Remigio, una de las avenidas clave de Cuenca. La tarde está soleada y una pequeña fuerza que lucha contra Tánatos me dice al oído que me levante, que me lave la cara, que venza la gravedad, que le ponga los cuernos a mi cama destendida y a mi laptop abierta con miles de ventanas, con miles de asuntos pendientes, a los libros empezados y nunca acabados, a las infinitas tazas de té, a los platos sucios, al interminable, amarillo, laberíntico y eterno mundo de los sueños, y salga —aunque sea un rato— a la calle.

Camino. Caminar es pensar. Caminar es libertad. Caminar es existir. Escucho Like a Rolling Stone, de Dylan, una de muchas canciones para flotar sobre mis pasos. “Once upon a time you dressed so fine, threw the bums a dime in your prime, didn’t you…?” Camino por la calle Loja, el aire me pega en la cara recordándome que hay un mundo que existe más allá de mi cama.

—¿Qué es la libertad? —le pregunto a un amigo por chat.
—Es un invento del capitalismo —escribe.
—¿Crees que es más libre alguien que no ama?
—No.

Llego a la Remigio. Las nubes se disuelven en el cielo, los rayos de sol graban historias que ya nunca volverán. Entonces viene, de sopetón, esa idea, esa idea que siempre trae un ángel oscuro, un ángel viajero, un ángel malcriado y despeinado que ama el abismo, que ama caer. Un ángel vagabundo que se posa en mi hombro y me dice que no vuelva, que lo siga, que la carretera es infinita. “Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder/ Ahora eres invisible, no tienes secretos que guardar”, dice Dylan. Dejar la casa, dejar la computadora, dejar el nombre. Caminar, estar siempre en movimiento, como un perro lanudo y romántico. ¿No era ese el sentido de la vida?

Mi helado es verde y  de cuadraditos. Disfruto cada bocado, acompañada de Dylan, el ángel y el sol. Así estamos perfecto. Queremos seguir caminando o tal vez queremos no volver... que no es lo mismo. Queremos unirnos a los vagabundos, perder el miedo, perder el nombre. No es que todo esté mal, todo lo contrario, pero alguien dijo que cuando los sueños se cumplen dan ganas de salir corriendo, pero eso sería huir. Y la profesora dijo que eso no era la libertad.

—Cuando el Rey León huye y su única moral es Hakuna Matata no es libre, solo está huyendo —le digo a un amigo mientras tomamos un café.
—Huir es legítimo —me responde.

¿Puede una ser Diógenes de la noche a la mañana? ¿No llevaría consigo un millón de fantasmas?, o tal vez la libertad no sea caminar eternamente por las calles sino pensar en hacerlo, es decir, no un logro eterno sino un estado mental de uno o quince minutos, de lo que dura un viaje a comprar un helado de piña.

—¿Eres más libre con hijos o sin hijos? —le pregunto a mi mamá.
Ella entrecierra los ojos y viaja a su interior, al país que solo ella conoce. Cuando sale parece haber pescado una única respuesta posible. Toma aire y dice:
—Nunca eres libre.

El helado ha terminado. Hace frío. Pienso en preparar una sopa y un calor recorre mi cuerpo, pero va hiriendo un poco al ángel.
Los rayos de sol se ocultan bajo las nubes, el viento sopla en silencio, la tarde cae tan despacio como solo puede caer en Cuenca. Regreso, regreso a casa.

(Mundo Diners)