Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

jueves, 15 de junio de 2017

El dolor de nacer.




En una sala amplia con música New Age, varias mujeres panzonas intentan abrir sus brazos, sus piernas, saltar, hacer los ejercicios con la mayor naturalidad posible, aunque en el fondo la mayoría- o al menos yo- nos sentimos como un pato. Los hombres también las acompañan. Muevan el periné!, menéen las caderas!, tóquense los senos!, dice la instructora con convicción. Los hombres- pienso- deben sentirse extraños entre tantas mujeres moviendo la vagina. ¿Cuántas semanas?, ¿Varón?, ¿Mujer?, se preguntan las madres entre si. Unas con inocencia, otras- tal vez todas en algún momento- se comparan. Cuál es la mejor panza, quién se ve mejor, cuál ha sido el mejor embarazo, etc. Los otros padres son mayores que nosotros y parecen tener experiencia en esto. Hablan de marcas de pañales, de lactancia, visten al muñeco de plástico con solvencia, saben distinguir entre las contracciones reales y las de braxton hicks. Escucho atenta. Es un mundo nuevo para mi. Pero cuando me toca hablar me siento extraña. Les cuento que hemos venido del ginecólogo y nos han dicho que nuestro bebé, en lugar de estar de cabeza, ha decidido esperar sentado. Bien sentado. ¿Tú tienes muchos miedos? Me pregunta una de ellas con un dejo de piedad. Yo te veo bastante ansiosa. Hay estudios que dicen que cuando el bebé se sienta es porque siente los miedos de la madre. Alguna me dice que a estas alturas ya debería estar posicionado, otra dice que aún tiene tiempo de girar. Me dicen que gatée, que alce las piernas, que me pare de cabeza. Cuentan sus experiencias: sus bebés ya están encajados. ¿Por qué el mío no?.¿Qué hice mal? ¿Y si fuera cesárea qué?, ¿Me quedaría con la sensación de “yo no pude” para siempre? ¿Tengo muchos miedos?. No, no tengo miedo. Mentira: me cago del miedo. ¿Y qué?. Todo es confusión en mi cabeza. Hago un recuento de las últimas semanas: un doctor dice que el parto en el agua es la peor atrocidad, otro dice que es lo mejor que puedes hacer, la doula dice que me bañe en agua caliente pero mi tía Conchita dice que eso puede acelerar el parto, la maternidad es renunciar, renunciar a tus deseos, a ti, dice el ginecólogo. Por lo general cuando termina el curso las parejas salimos juntas. En la calle, cuando todos sacan la llave del carro, nosotros sacamos el paragüas. Pero esa noche nos vamos antes de que la clase termine: no estoy de ánimo para mover el periné.
No tenemos auto, no tenemos trabajo fijo, y nuestro bebé- al contrario que el de ellos- está sentado. Son banalidades, me digo a mi misma, da igual como esté y da igual no tener un maldito carro. Pero tengo un nudo en la garganta. Y lo peor es que no sé bien por qué. Antes de entrar al apartamento exploto. Lloro mientras subo las gradas, siento que me ahogo en mi propio llanto. El corazón me da tumbos.
Al otro día vamos a caminar al Metropolitano. Por la tarde veo un tutorial de YouTube e intento, sin éxito, pararme de cabeza: caigo patas arriba como tortuga que ya no puede levantarse. Opto por ponerme en cuatro en la baldosa fría y gatear por toda la casa, hasta que me ardan las rodillas. Al otro día vamos al eco. El bebé se ha dado la vuelta. Pero eso no es lo mejor. Lo mejor es que vemos cómo, en su planeta solo para uno, el bebé abre despacio su boquita y traga pequeños bocaditos de líquído amniótico. Salimos ligeros, caminamos por la calle como pisando nubes. Decidimos festejar con helado de chocolate.

Días después, entiendo, al fin, lo que me pasó aquella noche. Esa noche lloré porque no encajaba, no el bebé… sino yo. Reconozco la sensación, la he sentido antes, en el colegio, el primer día de clases, en la fiesta de algún desonocido, esas ganas de conocer un nuevo mundo y a la vez el miedo. Esa sensación agridulce de crecer. El dolor y la maravilla de cambiar de piel. Una mujer embarazada es una especie de puente. No es ni lo uno ni lo otro. Ya no soy una niña pero tampoco me siento “toda una mujer”, ya no soy mujer pero tampoco soy madre, todavía. En pocos días mi mundo se acabará. Cuando él nazca, como diría Hesse, deberá romper un mundo, y ese mundo soy yo. Naceré también, la madre que aún no soy y que me cuesta ser, y el padre, y la familia.
No solo es el bebé quien nacerá: naceremos todos, otra vez.




(Mundo Diners)




miércoles, 31 de mayo de 2017

Balas al aire.




Tazas en la cama. Ropa en el piso. Un libro de Villoro en el baño. No importa, el día está como para leer un cuento bonito de Alejandro Zambra, pero pienso en pioridades, a ver, hasta ahora no acabo el de Puig, paso por paso, igual no hay tiempo para leer si tengo que mandar las correcciones de la tesis. Afuera el mundo sigue. Me siguen robando las ideas mientras doy de lactar. Pero no importa... Pierdo el tiempo escribiendo este texto lastimero en vez de seguir escribiendo esa obra de teatro, ese guion de esa serie, ese ensayo…. Doy pena. Recordar y sentir envidia de la juventud. Pensar que la juventud de una se acabó de un día para el otro. Pero siempre hay la posibilidad de una cerveza, una sola--- ¿Era tan bueno beber?, ¿De verdad?. Como se puede extrañar esas resacas infernales abrazada al escusado, porque si bebía es porque estaba sola. Ahora no estoy sola y extraño esas resacas. Recuerdo ese barsucho de pseudo poetas al que solía ir, las cervezas que me tomaba ahí… Recuerdo caminar por la Patria y fumar un cigarrillo con norteño. Y lo extraño profundamente. Pero cuando estaba ahí no era feliz. Me quejaba. Fumaba. Tomaba. Extraño lo que no hice y tengo envidia de mis familiares que están en Europa. Pero yo sí fui a Europa y me cagaba del frío, ahí estaba, aterrada en una esquina de Barcelona intentando seguir un google maps y viajar en Metro. Visitar museos. Leer a Carver en una cafetería moderna y decir que se ha viajado. Bonito, fue bonito. Transcribo las palabras que pesco en el celular mientras doy de lactar a mi bebé. Escribí algo sobre un libro de Galeano aunque escribir su nombre implique el desprecio de mis amigos escritores. La verdad es que hay autores y canciones que una no puede leer ni escuchar por el simple hecho de asociarlo a una persona nefasta, me pasa con Foster Wallace que me recuerda a gente que me caen mal y que es la misma que deja crecer su barba y se hace selfies en los Edoc. Mentira. Eso me inventé, pero si debe haber gente así. Tal vez solo sea la asociación libre con un ex novio funesto que idolatraba a dicho personaje, sí, y a Jaime Bayly o como se escriba. Pienso que debería hacer un blog de lo que hago ahora: ser mamá. Un blog de maternidad. Pero cuando de verdad siento la necesidad de hacerlo el tema se ha berreado tanto… Últimamente todo el mundo tiene un blog llamado “Mama moderna” o algo por el estilo. Leí que sacrificio significa trabajo sagrado. Pienso en que ojalá no se me caiga el pelo (odio la palabra cabello) entro al chat de lactancia y encuentro mamás quejándose de los maridos, mamás que piden consejos para la incontinencia, mamás que preguntan si será normal que los bebés lloren toda la noche, mamás que dicen que se les cae el pelo. Yo misma pregunto usando el término mamita que antes odiaba y ahora no me sabe mal, qué hacer para no encontrar pelos míos regados en la almohada. Nada que hacer. Toca bancarse. Todo sea por ellos. Me imagino calva. Qué manera de escribir huevadas, la mala costumbre de creer que después de escribir una buena dosis de pendejadas una verdad va aparecer, como porque le toca, como por esfuerzo, como si de tanto pujar… Como si la Verdad va a aparecer un buendía apunte cualquier cosa, cualquiercosa #cualquiercosa. Pienso otra vez en las ideas que se quedaron volando en el espacio sin fecundar. Una idea que era de esta idea de no hacer nada, de no concretar nada. Dos personajes que fuman cigarrillos desnudos en una cama con sábanas blancas después de tirar, y se cuentan sus ideas para cortos, largos, novelas. Ninguno ha hecho nada todavía. Son seres de ideas. Seres flacos que se alimentan de humo y de ideas.  En blanco y negro me imaginaba pero no, muy hipster, muy yaaaaa…  Podría aprovechar para poner en la boca de esos personajes mis propias ideas fallidas como la de ese corto en el que dos manes se encontraban a través del tiempo cuando empezaba el Internet, y mejor no escribo mucho más porque la idea es buena y me han de copiar, porque ahora me copian todas las ideas que aún no he hecho, solo queda tipear a ciegas a ver si algo se exprime algo se encuentra, teclear como un simio en un ordenador, la idea es bella como el principio del mundo, dicen que si le pones a un simio frente a una máquina de escribir, que si lo haces muchas veces, muchas, al final acaba escribiendo algo brillante como por ejemplo la historia del big bang, así es el azar, igual dijeron que mi prima tenía un tío biólogo que dijo que un mono escribió su tesis #sisepuede no puede ser de otra manera: un simio debió escribir con sus torpes manos el orden del universo, como los domingos que me levanto ávida de ciencia ficción, con ganas de encontrar un agujero negro en el clóset o leer a Borges pero no queda de otra que explorar la vil fauna de facebook de la que una es parte y encontrar genios de la procastinación y chicas orgullosas de su squirt, más bien debería, o #MasBienDebería  hacer un Podcast para criticar a los que tienen un Podcast o acabar ese perfil del Luigi que empecé hace dos años, pero cada vez que intento volver a ese texto como que pasa algo medio malo como que me duele la barriga o tengo una pesadilla o me va mal entonces empecé a pensar que había una oscura relación entre el texto y mi destino, locuras, límite entre la superstición y el trastorno obsesivo compulsivo, mañas de la procastinación.

sábado, 13 de mayo de 2017

“El amor es un invento de la poesía” A propósito de La Academia de las musas, de José Luis Guerín.






Imaginemos un Banquete de Platón, pero esta vez en lugar de mancebos, hay varias mujeres. Una conversación en la que las discípulas (en este caso alumnas) reunidas alrededor del profesor, discutan, conversen, seduzcan. Inventen- a través de la palabra- al amor y al deseo. Este es el planteamiento de La academia de las musas, la última película del cineasta español José Luis Guerín, quien fue el invitado del Festival Eurocine 2016, organizado por Ochoymedio. Para concretar su experimento de docu-ficción,  Guerín grabó las clases del profesor de filología Raffaele Pinto en las que los estudiantes (en su mayoría mujeres) reflexionaban sobre  el amor y la palabra a través del mito griego de Orfeo y de la poesía de Dante. La película fue estrenada en el Festival de cine de Locarno, fue seleccionada en el festival de cine Europeo de Sevilla, dentro de la Sección Oficial, y ha conseguido el Giraldillo de Oro.

Raffaele Pinto, basándose en el mito de Orfeo y en la literatura de Dante, reflexiona sobre el poeta y su relación con las musas. Lo curioso es que mientras da sus clases, en su aula sucede algo parecido: él se convierte en una especie de poeta y sus alumnas en sus musas. Entonces se van dando distintas relaciones de poder entre ellos (admiración, erotismo, deseo). La relación de Mireia (una de las alumnas) con un chico de internet que solo es posible en la escritura y en la que ella se convierte en una especie de musa; la amistad intelectual de Raffaele con su esposa, quien proclama la amistad como el amor más elevado; el sentimiento de posesividad del porfesor hacia las alumnas, y los celos que ellas sienten a cuasa de él. Lo que quizá une a todas estas formas de amor y deseo es la palabra, y lo curioso, es que las mismas ideas que aparecen en teoría van tomando forma en las relaciones de los personajes. No se sabe hasta qué punto el fenómeno es solamente el resultado de la interacción que surge en las clases de Pinto o en qué medida es inducido de alguna manera por la mirada de Guerín. Más que de imagen, La academia de las musas es una película de diálogos. Al igual que Raffaele en sus clases, se nota el énfasis de Guerín de mantener el deseo del espectador a través de la palabra.


La película empieza como un documental, pero cuando la trama avanza ya no se sabe a qué momento la cámara ha alcanzado un grado de intimidad tan alto; las relaciones entre los personajes se complican, no se entiende a qué rato Guerín ha alcanzado un nivel de registro tan íntimo. Intuímos que hemos pasado al terreno de la ficción.
Al contrario de El Banquete de Platón, este es un Banquete femenino. Mujeres filósofas que investigan la naturaleza del amor  a través de su palabra y de sus vivencias, sin embargo, giran alrededor de una figura masculina, el profesor Rafaelle Pinto, igual que los planetas alrededor del sol. Forman una especie de harem intelectual. Guerín presenta a una mujer dividida entre la intelectualidad y los celos, aquello que parece superarla.   La esposa de Raffaele Pinto es el único personaje femenino que no gira alrededor de él. El único que no entra en el coro de musas. La única capaz de enfrentarse intelectualmente a él. Su figura arquetípica recuerda- ya no a la Nínfula ni a Afrodita, sino a Artemisa, esa diosa activa vinculada a la caza, a la guerra y desde ciertas lecturas, a la intelectualidad. Una especie de anti-musa, en el sentido de que no lo inspira sino que lo enferenta, aunque, paradójicamente, este enfrentamiento se vuelve su mayor inspiración.


Tras la muerte de su amada Eurídice, Orfeo, dios de la poesía y la música, baja a los inframundos para buscarla. Hades y Perséfone se apiadan de él y le permiten llevar a Eurídice de vuelta al mundo de los vivos. Pero con una condición: que no mire atrás ni una sola vez hasta haber salido del Hades. A un paso de haber cumplido su objetivo, Orfeo voltea su mirada. Y su amada regresa con los muertos, esta vez para siempre. ¿Qué hay de “acto fallido” en esta acción autodestructiva?, pregunta Raffaele a las alumnas, y una de ellas se aventura a decir que Orfeo lo hizo conscientemente, para, así,  seguir deséandola.  Orfeo miró atrás porque algo de su inconsciente sabía que solo al perderla físicamente, Eurídice podría convertirse en un ser inmortal, y así, él podría amarla siempre. Estas ideas llevan a pensar en el análisis de la película Vértigo que hace el filósofo Slavoj Zizek. Zizek afirma que Socottie-personaje masculino protagónico del film de Hitchcock-  no puede amar a la mujer de carne y hueso, sino a su fantasía. Scottie convierte a otra mujer (que al final resulta ser la “verdadera”) en el objeto de su deseo: Madeleine. Le viste con su ropa, le tiñe el cabello del color de la otra, le peina del mismo modo, y, sin embargo, cuando al fin lo logra, cuando al fin de la sombra emerge su fantasía hecha realidad y Madeleine camina hacia él, Scottie no puede hacer otra cosa que huir. Zizek explica-basándose en la filosofía lacaniana-  que  cuando el objeto del deseo se hace real, se deja de desearlo. Y como sabemos, el amante ama-ante todo y más que nada- el deseo. Entonces, para mantenerlo vivo es preciso tenerlo siempre a la distancia, mantenerlo inexistente. Al igual que Orfeo con Eurídice, Scottie no puede amar a la Madeleine de carne y hueso, sino a su fantasma. “La única mujer buena es la mujer muerta”, dice Zizek, parafraseando un dicho popular. Idea que remite de nuevo a Raffaele Pinto y su concepto de  poesía como “diálogo con los muertos”. Amar a la mujer muerta, a la mujer que no es real, es decir, a la musa. Para que el poeta exista, es necesario que muera la mujer, porque solo así  puede nacer la figura de la musa. O en palabras más drásticas: para que la poesía exista, es necesario que la mujer no exista. Y esta sería la razón de la sobrevaloración y  fetichización de ciertos personajes femeninos en la literatura y en el cine. Pero Pinto habla de una “musa deseante” una “musa activa”. ¿Realmente puede existir una “musa deseante” sin perder su condición ideal?.

La musa es un ser etéreo (femenino) que inspira al poeta (masculino). Partiendo del prinicipio en el que el hombre es el creador, y la mujer la que le ayuda a llevar a cabo su obra. Un concepto que sabemos patriarcal, pues lleva implícito los roles hombre-hetero (activo-poeta) mujer-hetero (pasiva-inspiradora).  ¿Cómo hablar de una “musa moderna” si por más “activa” que sea mantiene el rol de inspirar al hombre anulando su papel de creadora inspirada?, lo más moderno, ¿No sería hablar de musos que inspiren a las mujeres creadoras, de musas que inspiren a otras mujeres, de musos y musas que se inspiren entre sí?.

“No hay amor sin literatura”, dice una de las alumnas. La filosofía que se predica en las clases de Pinto proclama el romanticismo, el amor ideal,  el deseo alimentado por la distancia, por la imposibilidad. Pero la esposa de Pinto devuelve a realidad con golpes secos en los que dice frases memorables, llenas de ironía como  “El amor es un invento de la poesía”. Quizá el llevar a la práctica el amor literario que se profesa a través de la palabra sea igual de utópico que hablar de “musas activas”.     

 (Revista Babieca)

lunes, 17 de abril de 2017

Sobremesa



Las manos de mi madre llegan al patio desde temprano, todo se vuelve fiesta cuando ellas juegan junto a otros pájaros que aman la vida y la construyen con el trabajo;
arde la leña, harina y barro, lo cotidiano se vuelve mágico…
Mercedes Sosa



Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Para Mundo Diners



Son las ocho y media de la mañana. Fin­gimos dormir mientras el sonido de licuadora, el olor del huevo revuelto y del café pasado recién hecho dicen que no estamos solas. “Ya está el café”, dice ella. Nosotros actuamos como si estuviéramos recién despiertas y ba­jamos al comedor. La mesa, que siempre es redonda, es igual a las que uno se encuentra en los bosques de hadas: llena de manjares, la invitación a un viaje peligroso. Nunca fal­tan el queso, el jugo, la miel de panela ni la papaya cortada en trocitos cuadrados. Somos cuatro mujeres, en principio, porque siempre hay variantes. Alguna se ha ido de viaje, otra ha incorporado a su novio en el ritual, otra es una prima. Porque en la mesa redonda, que es como un barco que navega en un mar sin tiempo, las personas van y vienen. Pero hay algo que no cambia. Siempre está ella, la ca­pitana del barco, la sucesora, porque esta es obviamente la herencia de mis abuelos. Mi abuela regaba plantas, cuidaba hijos, hacía comida, pero sobre todo tomaba café: once cafés diarios. Y para eso no necesitaba otra cosa que su larga mesa cuadrada, hecha para las dos cosas más importantes de esta vida: la comida y las palabras. Dicen que las de mi abuelo eran mágicas y acogían a personajes como aquel tío que venía los martes sin falta, y aunque pasaba una hora sentado en la mesa meciendo su café, solo hacía una pregunta: “¿Ha llovido?” Independientemente de la res­puesta que recibiera,  se contestaba a sí mis­mo: “Allá también llovió”. Luego entrecerraba los ojos, mecía el café y dejaba que el tiempo transcurriera. Más tarde cogía su abrigo y se despedía. Y así todos los martes.
Nuestro ritual consiste en tomar café o té o chocolate o lo que sea, y hablar. Imagi­nar. Recordar. La mesa se convierte en la mesa del sombrerero loco en la que todos cambia­ban de puesto para seguir festejando eterna­mente un No-Cumpleaños. Levantarse después de que el desayuno termine es un pecado. Pueden terminarse los alimentos pero nunca el café o el té o chocolate o lo que sea. Cuan­do llega el periódico mi mamá nos lee medio en broma medio en serio, bueno, más en bro­ma que en serio, el horóscopo de Walter Mer­cado. Luego imaginamos el futuro, recorda­mos la noche de ayer, a veces alguien entra en crisis porque ha perdido sus sueños y quiere encontrarlos por partes o botados debajo de la mesa. Luego el perro, que obviamente es parte del ritual, se pasea por el comedor y sal­ta en dos patas, mi mamá dice que el can es brillante y tiene poderes telepáticos, yo sospe­cho que solo quiere un pedazo de pan. “Es increíble la inteligencia de este animal”, dice, y luego cuenta que la NASA ha descubierto 70 planetas nuevos, que el oro viene del espa­cio o que uno de sus sueños sería nadar en una enorme piscina de agua mineral rosada. Cuando los temas de conversación parecen agotarse, ella trae más café y a veces hasta agua caliente pura, cualquier cosa es válida con tal de conversar, de estar juntas un rato más. Entonces pregunta: “¿Quién habrá in­ventado las bufandas?, ¿o las camas?”, o nos hace un cuestionario existencial: “¿Qué creen que fueron en sus vidas pasadas?” Mientras todos sueñan con haber sido Cleopatra, mi madre afirma —segura y orgullosa— que fue una vaca. Luego habla del aire, de la música, del tiempo, y poco a poco las palabras se des­prenden de sus labios y vuelan por el aire, la mesa se levanta y vuela por el cosmos. No existe el tiempo, solo el café o el té o lo que sea. Si volvieran a nacer, ¿qué quisieran ser? ¿Hada madrina? ¿Pájaro? ¿Piedra? Yo no creo en las otras vidas, pero si existieran, qui­siera regresar a esta, y seguir tomando café con ella.

(Mundo Diners)

jueves, 13 de abril de 2017

TRES

Muchos amigos se fueron antes que yo y me dejaron solo,
por eso si en invierno hace frío,
 bajo al infierno un poco…
Andrés Calamaro



Él: me indujo a comprar mis primeros Vans, a los once años. Usaba un zapato mío y yo uno suyo. Andábamos por la escuela sintiéndonos súper especiales, sintiendo que alguien nos quería. Me llamaba por teléfono después de clases y me hacía escuchar Nirvana a través del auricular, yo le ponía Fito Páez y él me decía que eso no era música, pero de todas maneras ambos estábamos orgullosos de los gustos del otro, odiábamos a los Back Street Boys, la banda favorita del resto de la clase.
Se me declaró el último día de quinto grado y le dije que sí. Salimos a vacaciones y nos vimos una vez, en la casa de una amiga a la que le decíamos La Mona. Escuchamos un casete de Los Hombres G, comimos galletas de chocolate, y solo por unos segundos, nos dimos la mano. El primer día de sexto grado le dije que era mejor terminar, mi mamá me había dicho que a esa edad no se tienen novios. Me hizo la ley del hielo. Todo el año.

Ella: el día que nos conocimos, en primer curso, las dos dibujamos un sol y una luna para un ejercicio de la clase de lenguaje. Le obligué a leer El mundo de Sofía para tener con quién comentar. Y más tarde: corrimos por las calles de La Floresta sin zapatos a las seis de la mañana; pusimos una carpa en la sala y nos metimos a tomar cerveza y a escuchar The Doors por tres días seguidos. Cuando estaba triste se dormía en mi cama, aunque hubiera farreado como el diablo seguía durmiendo como un angelito; cuando yo temblaba del chuchaqui ella me curaba el alma con películas baratas y hamburguesas de a dólar; me compró la pastilla del día después en plena lluvia y me trajo gomitas de corazones; me acompañó al hospital cuando pensé que tenía un infarto y solo era resaca.

Ellos: se conocieron a los veinte años. Eran dos planetas sin órbita que han errado por el espacio millones de años y un día se encontraron sin querer. Se abrazaban tan fuerte que a veces se lastimaban. Ella tomaba fotos, él tomaba norteño, ella también tomaba norteño, y ahí era cuando las cosas se les iban de las manos, los fantasmas salían y terminaban llamando a la policía (eran de esos amores en los que interviene la policía). Con ella, él ya no sentía que ese bicho le comía el esófago. Con él, ella ya no se comía tanto las uñas.

Los tres: compro media de norteño a las tres de la tarde. El chico que me gusta es un gamín que prefiere las drogas a mi amor. Ellos me ven tan bajoneada que deciden incluirme en su relación, no es por pena, son más bien las ganas de innovar. Queremos ser la primera relación de tres. Estamos revolucionando el sistema, ¿cachas? Pero nuestra iniciativa utópica dura lo que dura el efecto del alcohol. A las nueve estamos sobrios, yo debo regresar a la casa a hacer los deberes y ellos deben continuar con su vida de novios, de novios de dos, ¿tres? Ya sabemos la historia: tres son multitud, dos son multitud, uno es multitud.
***
En su mochila hay pipas, libros que nunca lee, restos de jacho, esferos reventados, cepillos de dientes, medias impares, también hay una cajita pequeña de metal. La cajita tiene cenizas. Las cenizas son cafés y no huelen a nada.
Esa noche compramos una copia pirata de Thelma & Louis. Esa noche ella soñó que iba a una fiesta y que lo encontraba ahí. Lloraba, le decía que había tenido una pesadilla, había soñado que él había muerto. Él se reía, le abrazaba y le decía que no hable huevadas. Pero la cajita seguía en su mochila. Y nosotros en una cama que flotaba en un río revoltoso lleno de pirañas, calaveras y relojes. Días antes de que sucediera, ella había pegado en su pared la letra de una canción: “El amor más grande que conocí, sin querer un día pasó por mí, por la vía láctea se encontrarán, en algún planeta, en algún lugar…”

(Mundo Diners)

miércoles, 12 de abril de 2017

Todo lo que Travis Bickle quiso saber sobre Nueva York y nunca se atrevió a preguntarle a Holden Caulfield.




A CUARENTA AÑOS DEL ESTRENO DE LA PELÍCULA TAXI DRIVER Y MÁS DE SESENTA AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE LA NOVELA EL GUARDÍAN ENTRE EL CENTENO, LA AUTORA DE ESTE TEXTO PROPONE UN PARENTAZGO ENTRE AMBAS. LA RELACIÓN PARECE INEVITABLE.   




1972. Un hombre camina por las calles de Los Ángeles en plena madrugada. No va a ninguna parte. Busca una botella, un tabaco, un arma. Cualquier cosa que le haga olvidar que no puede dormir, que no puede dormir porque no puede olvidar. Olvidar que lleva semanas sin hablar con nadie, que se está divorciando, que se ha quedado sin trabajo, que vive en un auto, que últimamente sólo le interesan la pornografía y las armas. Ya no distingue el día de la noche. Cuando se le acaba el alcohol, entra  a un cine porno. Cuando sale, vaga. Vuelve a vagar.

El hombre termina en el hospital. El alcohol le ha provocado heridas en el estómago. Pero sobrevive. Renace. Y esta vez quiere vivir como alguien que ha superado la muerte. Quiere escribir, plasmar en un guión sus vivencias noctámbulas. Pero decide que en la ficción la ciudad no será Los Ángeles, sino Nueva York, y el personaje no será un escritor, sino un taxista.        

1975. Sobre un ejemplar de “La náusea”, de Jean Paul Sartre, yace un arma. Digamos que la pistola está ahí porque es una fuente de inspiración, no un arma. Los dedos de Paul Schrader teclean sin parar, saben que si se detienen, también se detiene el mundo. Si paran por un segundo, las palabras se disolverán en el aire y desparecerán para siempre. Schrader sabe que escribir es la única forma de curarse, que su insomnio no saldrá de su memoria ni de su cuerpo si se queda callado. Escribe casi sin respirar. Escribe. No como quien quiere atrapar una historia sino como quien quiere deshacerse de ella, sacársela de encima, o de adentro. Escribe como sólo es posible cuando se tiene una pistola.

15 días después, apenas 15 días después, inspirado por una canción de Harry Chapin llamada “Taxi” y por la portada de la revista Newsweek donde informan del intento de asesinato al presidente Gerald Ford, ha terminado el guión de Taxi Driver.

1976. En Hollywood son los productores quienes eligen a los directores y por último a los guionistas, pero Paul Schrader, que en ese entonces solo había escrito una película (Yakuza, 1974), se atrevió a escoger. No le vendió su guión a una compañía sino que buscó el director adecuado. Tras deshacer negocios con Brian de Palma, el primer candidato escogido por el guionista para dirigir la película, el libreto de Taxi Driver llega a Martin Scorsese, quien, después de leerlo, decide asistir a todas las reuniones a las que estén invitados los productores Julia y Michael Phillips (encargados del proyecto) para convencerlos de dirigir el filme. Tras el estreno exitoso de su primera película, Malas calles (1973), no le toma mucho esfuerzo, y poco tiempo después se lleva a cabo el rodaje.

Scorsese le propone el papel principal a Harvey Keitel, protagonista de Malas calles, pero éste lo rechaza alegando que no quiere repetirse ni quemarse. Finalmente, Socorsese elige al actor que poco antes había sido el joven Vito Corleone en El Padrino II: Robert De Niro.

Al estrenarse, Taxi Driver recauda más de 28 millones de dólares, superando por mucho su presupuesto de 1.3 millones. Gana la Palma de Oro en Cannes, recibe varias nominaciones a los premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director y mejor actriz de reparto para la muy adolescente (13 años) Jodie Foster; gana dos premios BAFTA, uno se lo lleva la misma Foster y otro el compositor Bernard Herrmann (autor, entre otras, de la banda sonora de Vértigo, El ciudadano Kane y Psicosis) por mejor música original.

Situada a principios de los años 70, Taxi Driver cuenta la historia de Travis Bickle (De Niro), un veterano de Vietnam depresivo y misántropo que padece de insomnio crónico y decide trabajar como taxista. Desde su taxi, por las noches, Travis descubre una ciudad de huérfanos, la ciudad de los que no tienen casa o los que no tienen sueño.   

Cuando no está trabajando, Travis va a un cine porno de medio pelo o escribe monólogos en su diario. Cuando Betsy (Cybill Shepherd), una chica que trabaja en la campaña presidencial del senador Charles Palantine y que ha accedido a salir con Travis, deja de hablarle porque él le lleva al cine porno en su primera cita, Travis se siente completamente rechazado y se aísla, aún más, del mundo. Se obsesiona con las armas y empieza a trazar un plan esquizoide para “depurar la ciudad”, empezando por asesinar al candidato y salvar a una pequeña chica (Foster) de la prostitución.

Schrader sabía que un guión es también una metáfora. En el caso de Taxi Driver y en palabras del propio Schrader, Travis Bickle es una metáfora de la soledad urbana. Tal vez esa sea una de las razones por las que Travis se convirtió en  uno de los personajes más recordados e icónicos de la historia. Según un artículo publicado en The Guardian, durante el aniversario por los 40 años del estreno de la cinta Robert De Niro declaró que en estas cuatro décadas no hubo un día en el que alguien no le recordara la frase más celebrada del filme: ‘You talkin’ to me?’ (“Cada día durante 40 fucking años, alguien venía y me decía: ‘¿me estás hablando a mí?’”). Ahora, ¿Por qué Travis marcó tanto?  ¿Qué puede tener un taxista insomne para que la gente lo recuerde 40 años después?

“Parece haber llegado vagabundeando de una tierra en la que siempre hace frío, de un país cuyos habitantes apenas hablan. Travis entra y sale a la deriva de la vida nocturna de Nueva York, como una sombra oscura entre otras sombras más oscuras. Pasando desapercibido, sin motivos para que nadie se fije en él. Travis parece confundirse con su entorno. Al igual que la Tierra se desplaza hacia el sol, Travis Bickle se encamina hacia la violencia.", dice el propio Schrader.

En su libro “Trascendental style in film. Ozu Bresson Dreyer.” Paul Schrader se pregunta cómo un arte profano como el cine podría  acercarse a lo sagrado. “Para expresar lo sagrado es necesario un anti-cine”, dice. Y en una entrevista con la revista Fata Morgana, comenta que la relación entre sacralidad y violencia es muy estrecha en su obra, empezando porque el término “sagrado” en latín también se lee como “maldito”. Por otro lado, el ser humano solo puede volverse sagrado al morir. “El proceso de sacralización está estrechamente ligado a un acto de violencia”, dice el entrevistador de Schrader hablando de Taxi Driver. Y esta contradicción entre violencia y sacralidad está presente en Travis Bickle: para acercarse a su ideal de pureza debe asesinar a sangre fría.  

Travis no tiene sentido del “superyó”. Su psicología –desde una mirada freudiana–  se acerca más a la de un “perverso”. Para él no existen las normas sociales, no existe la prohibición. No siente culpa al transgredir ya que para él no existe el límite (lleva a Betsy a un cine porno con la mayor naturalidad y luego no entiende por qué ella se enoja). El perverso no tiene noción del Padre, del sistema, de La Ley.

También hay algo de esquizoide en su comportamiento. Travis no tolera un rechazo. Algo en su inconsciente se quiebra cuando lo rechazan. El rechazo de Betsy es para él el rechazo del Gran Otro. Y es a partir de ese hecho que busca descargar el odio que tiene hacia sí mismo contra los demás. Intenta matar a un político (símbolo de la autoridad máxima) y como no logra hacerlo, asesina a sangre fría al proxeneta (Harvey Keitel) que prostituye a Iris (Foster). Y no siente culpa al hacerlo. De hecho, para él eso es lo correcto: proteger la inocencia a cualquier costo.

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1951. Un adolescente viaja de Pennsylvania a Nueva York. Tampoco puede o quiere dormir. Tiene 16 años y lo han expulsado de Pencey Prep, un colegio/internado para niños adinerados. Vaga por las calles en busca de un hotel, de una prostituta, de un cigarrillo, de alguien que acepte tomar un café con él y le diga dónde van los patos en invierno. Pero la ciudad le queda grande.

Holden Caulfield se queda en un hotel de medio pelo. En los bares no le venden alcohol porque es menor de edad. Nadie acepta tomar un café con él y nadie responde a su pregunta sobre el paradero de los patos porque a nadie le parece relevante. Aunque contrata a una prostituta, Holden no se acuesta con ella. La situación le parece muy deprimente. “Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, odio subir y bajar en ascensor, odio a los tipos que te arreglan los pantalones en Brooks”, dice el protagonista de la primera novela de J.D. Salinger, El guardián entre el centeno. Holden narra en primera persona las aventuras de la noche en que huye del colegio y se encamina hacia la ciudad, donde camina hasta el amanecer sumido en reflexiones pesimistas sobre el mundo moderno y la adultez. Está hastiado. Le ha desencantado el desencanto mismo. El mundo que lo rodea le parece falto de magia, falto de inocencia, y sobre todo falso.

Holden se rebela contra un sistema educativo cuyo único fin es la construcción de un mundo adulto completamente absurdo: frío y sinsentido. Por eso no quiere crecer y perder la inocencia. Lo único que Holden todavía aprecia es a su pequeña hermana Phoebe. Al igual que en el caso de Travis, aquí aparece el lado frágil de un adolescente apático. Cuando su hermanita de 10 años le dice que encuentre algo que hacer, él le responde que la única profesión que aceptaría, es ser guardián entre el centeno.  “Me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría ser.”

Holden era un protector de la pureza. El sentido que podía darle a su vida era evitar que los niños cayeran al abismo.

Cada año se venden alrededor de un millón de ejemplares de El guardián entre el centeno. Sin embargo, su autor jamás se sintió cómodo con esa fama. "Me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente", dice Holden. Y es lo que de alguna manera hizo Salinger después del éxito: aislarse. Esto es, también, una forma de mantener su pureza. “Los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”, dijo el escritor, que desde su adolescencia escribía con una linterna, escondido entre las sábanas, y que, durante los cuatro años que fue al ejército durante la II Guerra Mundial, llevó siempre consigo una máquina de escribir. El guardián entre el centeno se publicó en 1951 y años después, alrededor de 1967, Salinger se fue al campo a vivir y allí permaneció hasta su muerte en 2010, a los 91 años de edad.  

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1980. No sé si David Chapman podía dormir, pero gran parte del planeta dejó de hacerlo (al menos por una noche) por culpa suya. Fue la noche del lunes 8 de diciembre, después de que un texano de 25 años sin antecedentes policiales asesinara a John Lennon. Tras disparar cinco veces a uno de los músicos y activistas más importantes de la historia, Chapman, se sentó al lado del cadáver, y mientras esperaba a que llegara la policía, se puso a leer El guardián entre el centeno en voz alta.

Era su libro favorito y a pesar de que ya tenía un ejemplar en su casa, esa mañana compró otro. Dicen que firmó sobre el libro: “Esta es mi declaración”. Que cuando le pidieron su testimonio en la corte se limitó a citar fragmentos de la novela. Según El Diario El País, la mañana del crimen, Chapman visitó el lago de Central Park… Quién sabe si, como Holden Caulfield, se habría preguntado a dónde irían los patos en invierno.

También dicen que cuando Chapman asesinó a Lennon, dijo algo así como “ustedes no saben lo que es no ser nadie”. El sentimiento de anonimato extremo había llevado al asesino a la soledad más densa. No soportaba ser nadie, ser ordinario, gris, pasar desapercibido. Aquello que Salinger anhelaba, Chapman odiaba; tanto, que prefirió cometer un crimen y pasar en la cárcel el resto de su vida. Prefirió la prisión al anonimato. Que la gente lo reconociera en la calle. Que el mundo supiera su nombre. Para él no había nada más desolador que sentirse uno más: quizá esto sea una metáfora del drama del hombre moderno, si la angustia de tiempos pasados era ser diferente, la de hoy es ser igual.  

El asesino al que la prensa calific como﷽﷽﷽﷽﷽ al que la prensa calificno habos mezclada con lluvia y humotaxista insomne. con ella, protege la puerza y lo sagrado,ó como “adicto”, “agente de la CIA” y “fanático religioso”, buscó una marca (aunque ésta haya sido su perdición) para, desesperadamente, distinguirse del resto. A partir de esa fecha, la única novela de Salinger, que a esas alturas ya era más que un Best Seller, fue prohibida en varios países. Y no fue la única vez que se la asoció a un crimen.

1981. John Hinckley, un tipo de 25 años, intentó asesinar al entonces presidente Ronald Reagan. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, él respondió que para impresionar a Jodie Foster, personaje clave de Taxi Driver.

Aunque el libro que lo inspiró no fue El guardián entre el centeno sino La náusea, de Sartre, el guinosta Paul Schrader dijo, “Travis es una especie de héroe existencial europeo en un contexto americano. Es El extranjero, el hombre de “las memorias del subsuelo.” La angustia existencial para un americano funciona al revés… En lugar de interiorizarlo, lo saca fuera. El problema de Travis es el mismo que el del héroe existencial, es decir, “¿debería existir?”… No entendemos correctamente la naturaleza del problema, por lo que el impulso autodestructivo, en lugar de ser dirigido hacia el interior, como en Japón, Europa o cualquiera de las culturas más antiguas, se emplea hacia afuera... Hay una línea en La Yakuza que dice: Cuando un japonés está en las últimas, él cerrará la ventana y se matará a sí mismo; cuando un americano está en la misma situación, cerrar, EVITABLE.  ESTE TEXTO PROPONE UN PARENTAZGO ENTRE AMBAS. á la ventana para matar a alguien más. Cuando en el final de la película, Travis se dispara a sí mismo de manera lúdica, eso es lo que ha estado intentando hacer realmente”, dice Schrader.   





    
 
Nueva York es una canción de Bernard Hermann. Un invento de Scorsese. Un mal sueño de Salinger. Un cuadro de Michael Chapman. Un delirio de Paul Schrader. Una ciudad que se derrite sobre los vidrios de los autos, mezclada con agua y humo, un poema impresionista que la lluvia dibuja sobre el parabrisas de un taxista insomne.
El taxista somnoliento y malgenio intenta beber café mientras maneja. Alguien lo detiene, la silueta de un muchacho flaco se dibuja entre la niebla. El chico sube al taxi, saca un cigarrillo y lo enciende. Travis lo mira por el retrovisor y le pregunta dónde va. Pero Holden no va a ninguna parte, quiere gastar su dinero en un taxi sin destino. Travis se molesta, no quiere perder su tiempo, y le pide al joven pasajero que elija un destino fijo. Tras pensarlo un poco, Holden sonríe y dice: quiero ir adonde van los patos en invierno.

Travis pisa el acelerador.

(Mundo Diners)