Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...
martes, 17 de octubre de 2017
Cesárea
Desde que tengo uso de razón he escuchado a mi madre hablando de contracciones, de dilatación, de pujos. Cada que puede aprovecha para contar como fue la primera contracción, cómo pudo controlar el dolor respirando, lo que sintió cuando yo nací (fue,dice, el momento más feliz de su vida). Describe el color del cielo amaneciendo a través de la ventana del hospital, como un regalo que representaba la victoria de la luz después de la batalla con la oscuridad, metáfora obvia del nacimiento. Tal vez por eso siempre he añorado conocer la maternidad. Creía que al hacerlo podría encontrar un secreto nuevo que había estado durmiendo en mi. Algo así como descubrir un orgasmo. Me refiero a las posibilidades del cuerpo, de la feminidad, que abren puertas de la mente y del alma. Por eso yo quería un parto natural. Dicen que los hijos, desde que nacemos, hacemos todo para complacer a las madres, hasta tener hijos. Tenemos hijos para ganarnos el amor de nuestros padres, hijos que a su vez tendrán más hijos para ganarse nuestro amor. Quería que mi madre esté orgullosa de mi. Pero sobre todo, yo misma quería estar orgullosa de mi. Quería ser fuerte. Sentir esa posibilidad de ser mujer hasta el extremo, haberla vivido en carne propia. Había escuchado a tantas mujeres decir que no sabían lo valientes que eran hasta que dieron a luz naturalmente. Algunas, incluso, afirman que no sabían lo que era “ser mujeres” hasta que parieron naturalmente. Yo
también quería vivir eso. Recuerdo que antes de estar embarazada las acusaciones sobre la cesárea me
molestaban. Me molestaban porque había una asociación entre el dolor y la feminidad que a mi modo de ver, era innecesario. Me molestaba porque el sistema patriarcal se había encargado de reproducir la máxima “parirás con dolor” en las mujeres de hoy en día haciéndolas creer que eran “más mujeres” mientras más dolor fueran capaces de sentir. La mujer que tiene su bebé por cesárea pero que intentó un parto natural es vista con cierta piedad, como una sub-mujer, pero que al menos intentó serlo. Pero la mujer que decide tener su bebé por cesárea porque no quiere sufrir no es solo mala madre, es pésima madre. Y un bodrio de ser humano. Estas ideas me indignaban. ¿Por qué para ser respetadas debíamos pasar por tanto dolor?, ¿Pasar del dolor significaba ser "menos mujer"?. Por todas estas ideas había pensado que si alguna vez estaba embarazada daría a luz por cesárea, por pura bronca. Pero no fue así. Al vivir el embarazo supe que el parto, más allá de las explicaciones racionales, sería una especie de puente entre el embarazo y la maternidad. Presentía que en ese puente se crearía un vínculo imprescindible ente la madre y el bebé. Tenía pesadillas en las que yo estaba ausente de mi propio parto, simplemente me entregaban al bebé y no sabía a qué rato había sucedido.
Eso, exactamente eso, fue lo que sentí en la cesárea. ¿Por qué tuve una cesárea?, tal vez no dilataba, tal vez ya no había tiempo, tal vez simplemente no pude. Las razones ya no importan. Sentí que entré en el terreno de la maternidad perdiendo de entrada. Con miradas compasivas y un dejo de “no pudo”. Aunque había pasado por el dolor necesario que al parecer es requisito para ser madre, había fracasado. Me habían partido la piel en miles de capas, me habían anestesiado dejándome una cicatriz que me llevaré a la tumba, pero yo no era valiente, yo no era “mujer”, yo, aunque tenía un bebé que había formado adentro mío, no era madre, o por lo menos, no merecía serlo. Era una perdedora. Una perdedora con una cicatriz que no me dejaba ni toser, con un cuerpo deforme y torpe que ahora debía atender a otro ser humano. Me dolía pensar que no me sentía igual que mi madre después de parir, feliz y realizada. No, yo me sentía partida, dividida, fragmentada, sola. Sin fuerzas, sin entender qué pasaba. Estando en ese estado me trajeron a Lucas. Entonces nos miramos. Él con sus ojos que huelen a estrella, me miraba y lloraba, yo con los ojos anestésicos, vacíos, cansados, le miraba sin entender, pero le miraba, porque su mirada era lo único verdadero que yo tenía, porque su mirada era como un hilo en medio del abismo. Nos mirábamos como dos seres de distintas especies que no se entienden pero se miran. Que tienen miedo, pero se miran. Que no saben quiénes son, pero se miran. Que aún nosaben como amarse, pero se miran.
(Mundo Diners)
lunes, 18 de septiembre de 2017
Conversaciones imaginarias con mi mejor amiga o mover la cabeza al ritmo de las olas imaginarias.
"No
me convencen esas nostalgias reaccionarias: pretender no seguir creciendo. Eso
es la nostalgia.”
-Andrés
Caicedo
“La
juventud es una estafa”
-Roberto
Bolaño
O esa vez que nos fuimos a Montañita,
los cuatro, y nos metimos en una carpa que luego quedó hecho mierda porque
manchamos el colchón con arena y fumamos adentro, y luego salimos a la playa y
cuando regresamos a las 3 de la madrugada decidimos dormir en la carpa de los
vecinos que estaba limpia, y cuando ellos llegaron les tocó dormir en la
nuestra. Y luego nos peleamos todos porque estábamos chiros y la vida no es
fácil cuando uno está chiro, pero nos reconciliamos en Manglaralto. Y atardecía.
Y en la tienda aún habían bielas. O la vez que fuimos a Mindo y nos acabamos esa
de norteño con el Mariano, ¿Así se llamaba ese argentino? Pero al final ninguna
vaciló con él. Y al otro día el auto se dañó y tuvimos que regresar a Quito con
wincha. O la vez que a los 18 nos fuimos dizque a vivir solas y arrendamos un
dizque departamento en Guápulo que no tenía ni muebles, y cada vez que queríamos
tomar una sopa nos golpeaba la puerta algún pana. Y ahí mismo fue que eran
fiestas de Guápulo y cuando regresamos a dormir el dueño de casa nos había
puesto un candado en la puerta porque hace meses que no pagábamos el arriendo y
luego no nos quería devolver la tele ni el vhs ¿te acuerdas?. Pero esa noche
nos tocó subir a la casa de un francés que vivía arriba y pedirle que por favor
nos deje dormir ahí. Y nos dejó pero el muy hijueputa no nos dio ni una cobija
y nos tocó taparnos con el mantel. O la vez que cruzamos el mar de Galápagos en
panga a medianoche y terminamos haciendo fiesta en la casa que nos habían
prestado, era de un ex marinero, Angermeyer, que había dado la
vuelta al mundo en su barco con un saxofonista, y solo comían pasta a la
bolognesa y dicen que a medianoche en altamar cuando no tienes certezas de nada
ver las estrellas es casi como caer de cabeza al universo, pero la cosa es que años después de sus viajes este man se había quedado con el tic de mover la cabeza hacia un lado y
otro, como si todavía estuviera en el mar; y era súper buena gente y nos hizo unos tragos deliciosos y no sé por que pero
empezamos a tocar las maracas. Y nos metimos al mar a media noche y yo
veía el cielo y estaba en un tripsazo, de esos que te dan en la
adolescencia cuando te apartas un segundo de la fiesta y juegas a que te
conectas con la naturaleza o contigo misma, piensas en el futuro, piensas en
que algún día esto va a cambiar, y puta que cambia. Pero esa vez en la playa
nos quedamos sin ni para un pan, y con el único dólar que teníamos nos
compramos un encebollado y nos fuimos a comer en la arena y había un perro que
parecía que se reía, ¿te acuerdas?. De ley se reía, se reía de nosotros. Luego
regresamos a dedo pero antes hicimos unos sánduches de tomate que casi se come
un caballo. O la primera vez que salí a un bar sola y le conocí a una europea
con rastas y me pasé con ella toda la noche, de bar en bar, y nuestra historia pudo ser la de alguna
película independiente indie lésbica, pero no fue así. O cuando pasamos primer
semestre y nos creíamos estrellas de rock, nos creíamos importantes, y
brindábamos por todo lo que estaba por venir o porque en la tienda aún habían
bielas.
Ahora una miel desordena el tiempo. Y es como si estuviera ahí y
a la vez acá, y creo que soy un poco como el marinero que ya no está en el mar,
hace años que está en tierrafirme, pero todavía siente el movimiento de las
olas. Y mueve la
cabeza. Mueve la cabeza al ritmo de sus olas imaginarias.
(Mundo Diners)
miércoles, 13 de septiembre de 2017
Hanna Horvath, la atrevida. (Cuando la revolución es el cuerpo)
Hanna tiene 25 años y es una neoyorkina de clase media. En
su cumpleaños 25 sus padres deciden no apoyarla económicamente para que ella
empiece a autosustentarse. Entonces empieza su búsqueda. Hanna deberá encontrar la
forma de cumplir sus sueños y a la vez ganar dinero. Por un lado ser
escritora, publicar su libro (cualidad compartida con Dunham, quien también estuvo buena parte de
su vida luchando para publicar su primer libro hasta que finalmente lo logró)
encontrar una estabilidad económica. También está la idea contemporánea de encontrar el amor- o
la complitud emocional- en una época sexualmente liberal. Hanna es feminista. Hanna es
una mujer que se atreve a hacer lo que desea y eso resulta chocante para quienes la
rodean, para la sociedad. Dentro de un lenguaje quiteño, Hanna resulta “atrevida”. Y
el significado de ese término, al menos dentro de nuestra idiosincrasia, tiene una
acepción peyorativa que ubica a la mujer en ciertos estándares de los que "no debería
salirse". La pregunta es ¿Atrevida a qué?. Y quizá la respuesta sea: atrevida a
actuar como un hombre. Hanna hace lo que quiere: si tiene hambre, come, si quiere sexo,
lo tiene, si le gusta un chico, va por él, si ya no le gusta, lo deja.
El primer aspecto que llama la atención de Hanna (y de Lena,
aquí es difícil ver el mecanismo de distanciamiento) es su cuerpo. Lena Dunham es
gorda y no tiene problema- es más lo hace con placer- en exponer su
cuerpo. No decidió bajar de peso-como muchas estrellas de cine y de la pantalla chica-
para protagonizar a Hanna. Las mujeres gordas que han aparecido en pantalla no suelen tener personajes protagónicos o si los tienen
están sujetos siempre al rol de “perdedoras”. Suelen ser historias de chicas con problemas a
las que no les va bien con los chicos (estas historias casi siempre suelen estar
asociadas a problemas de pareja hetero) y que a medida que la trama avanza logran
“superarse”, bajar de peso o lograr una imagen aceptada por la sociedad, y conquistar al chico,
o en su defecto, encontrar otro “igual a ellas”. Es decir, si no cambian ellas, no
pueden conquistar al chico que querían sino que deben conformarse con el que les toca, alguien que, al igual que ellas es
subestimado por la sociedad. Por lo general, en la ficción, las mujeres son conquistadas y el
conflicto consiste en aceptar o no al pretendiente o en la espera del hombre indicado
mientras a sus vidas van llegando, uno a uno, varios tipos de hombres que no
les convencen, hasta que llega el indicado. Llega. No lo buscan. No luchan por él. Cosa que sí
sucede en las comedias románticas con hombres protagonistas. Ellos, como por
ejemplo las comedias románticas de Ben Stiller en las que pasa por varias
pruebas difíciles hasta conquistar a su chica. Parecería que una mujer o un personaje
femenino no fuera digno de ejercer su deseo. Los personajes femeninos han estado
siempre obligados a tener roles pasivos, a ser conquistados. Y, menos aún, una
mujer que no cumple con los estándares de belleza y de comportamiento impuestos
con la sociedad. Una mujer que no cumple con eso parecería aún menos digna de
“atreverse” a satisfacer sus deseos. Hanna lo hace. Hanna es gorda y no quiere
bajar de peso. Para ella su gordura no representa un problema. Hanna come y
disfruta comiendo. La revolución feminista de Lena Dunham empieza en su cuerpo.
Y su cuerpo es el cuerpo de Hanna. Hanna es gorda y usa ropa sexy. Se pone
puperas, bikini, sale desnuda, y hasta le muestra su vagina a otro personaje.
En una sociedad en la que estamos acostumbrados a ver mujeres flacas como
bellas, y a mujeres gordas escondiendo su cuerpo y haciendo todo tipo de dietas
para alcanzar el modelo estándar, ver a una gorda mostrando el ombligo es algo
innovador. Esa sola acción dice mucho. Dice que ella está conforme con su
cuerpo, que no piensa hacer una dieta para “merecer” usar la pupera. No. La usará
así como está porque así como está es sexy. Hanna se atreve a decir que una
mujer gorda es sexy. Hanna va por el chico que quiere. Es ella quien busca a
Adam (Adam Driver) en la primera temporada, y a pesar de que a él parece no
importarle demasiado, ella lo insiste. Hanna se atreve a buscarlo. Se atreve a
ir a su casa. A tener sexo con él. Y después se atreve a proponerle un
noviazgo.
Llega un momento en la serie en el que Hanna deja a Adam. Ya
no está enamorada de él, quiere probar otras relaciones, vivir otras cosas. Hanna
no actúa como quien agradece por ser correspondida en el amor. Como quien cuida
la relación con un hombre como si fuera lo más preciado. No. Cuando ya se cansa
(porque sí, Hanna se atreve a cansarse) Hanna lo deja. Hanna “se atreve” a
dejarlo. Ella hace lo que quiere. El personaje ha sido tachado de egoísta, dentro de la
ficción sus amigas varias veces le llaman así. Pero podría decirse que su
egoísmo es una forma de resistencia ante el sistema patriarcal capitalista. Un sistema que no ha
permitido que las mujeres piensen en si mismas ni un segundo. Pero Hanna lo hace. Piensa por
si misma. Decide. Hace y deshace. Ella es la revolución misma.
(Babieca)
sábado, 2 de septiembre de 2017
Fleabag, la feminista que quedó pésimo frente a las feministas.
Golpean la puerta. Una mujer de cabello negro y peinado sesentero que aparenta tener ¿30? ¿25? ¿36? la abre. Es un hombre. Se besan. Fundido a negro. La mujer y el hombre tienen sexo. Entonces sucede algo espectacular. Fleabag (así se llama la mujer de cabello negro y corte sesentero) mira a cámara mientras su amante la penetra. Mientras él se mueve excitado, Fleabag nos mira a los ojos (porque mirar a cámara es mirar a los ojos) y explica, con encantador acento inglés, que se siente incómoda porque el tipo se está acercando a su trasero, pero que no va a detenerlo por dos razones: uno, está borracha, y dos, él ha hecho el esfuerzo de llegar hasta su casa. Si una escena de sexo puede resultar por si misma intimidante, interrumpir la ficción y dirigirse directamente hacia el espectador hace que lo sea más aún. Por otro lado, estos primeros diálogos de la nueva serie Fleabag ya denotan el tipo de humor políticamente incorrecto que maneja Phoebe Waller-Bridge, su creadora.
Quizá Phoebe Mary Waller-Bridge sea el equivalente artístico de la ya famosa Lena Dunham, escritora y protagonista de la serie Girls (2012), en Londres. Ambas nacieron en 1985 y, al igual que Dunham, Waller-Bridge es una actriz, escritora y directora.
Después de graduarse en la secundaria, Waller-Bridge entró a la Royal Academy of Dramatic Arts y en 2009 hizo su debut en la obra de teatro Roaring Trade at Soho Theatre. Más tarde apareció en la segunda temporada de la exitosa serie de drama Broadchurch.
Años después, Waller-Bridge se convirtió en directora co-artística y fundadora, con Vicky Jones, de DryWrite Theatre Company. Con esta compañía de teatro en el teatro de renombre Soho Theatre, y a partir de ahí se mantuvo en cartelera y se fue de gira por Gran Bretaña durante dos años. Phoebe Waller-Bridge tenía 28 años cuando su carrera se disparó. No llevó Fleabag al cine, sino a la televisión. Quizá el formato al que mejor se adaptan estas historias contemporáneas cómicas sea la televisión o la serie web, ya no tanto el cine. Tal vez la razón sea que este formato es más popular. La serie Fleabag consta de seis capítulos emitidos en BBC3.
Fleabag, el nombre que Waller-Bridge ha elegido irónicamente para llamar a su personaje,
es un término que en el inglés británico se usa para referirse a gente “que no sirve para nada”. Fleabag es un ser humano en conflicto que está solo y busca su lugar. Su familia es disfunsional (padres divorciados, hermana anoréxica y extremadamente neurótica) y su mejor amiga murió en un accidente. Fleabag busca el amor (romántico, amistoso o un simple contacto humano) en tiempos de liberalidad, en tiempos en los que casi nadie sabe amar. La serie se caracteriza por manejar un humor muy particular, escatológico y crudo. Un humor que recuerda un poco al estilo del comediante estadounidense Louis CK (1967).
Fleabag habla con el público varios momentos, rompe la diégesis creando un metalenguaje. Pero sobre todo imponiendo su mirada de manera categórica. En esa ruptura de la ficción, de la cuarta pared, podría estar concentrada toda la esencia de la serie: Phoebe Waller-
Bridge nos dice que, de cierta manera, es Fleabag. Rompe la barrera entre actriz y personaje, y luego, entre personaje y espectador. Si es verdad que el discurso cinematográfico debería parecerse a la lógica del voyeur que espía por las rendijas de las
puertas escenas prohibidas, aquí ese principio se cumple a la perfección. Waller-Bridge nos invita a espiar su mundo íntimo. Impone su mirada.
En la segunda escena del primer episodio, Fleabag conoce a un tipo muy raro en un bus.
Cuando él le pregunta si tiene novio, vemos, por medio de un flash back, como ha terminado su relación pasada: mientras su novio duerme, Fleabag está despierta (no es muy común ver esto, por lo general en el cine siempre vemos a la mujer dormir o en estado pasivo mientras el hombre está despierto e inquieto, en estado activo) y tiene su laptop Mac sobre sus piernas. Mientras su novio duerme, Fleabag se masturba viendo, nada más y nada menos, que un video de Barack Obama. Esto resulta siniestramente cómico. Primero, porque en la televisión casi no existen escenas de masturbación femenina. Y las pocas que hay, son eróticas, casi siempre destinadas al placer masculino. Esta vez no sucede así. En una suerte de inversión de roles tradicionales de género, Fleabag es quien lleva la acción, y una acción muy irreverente y en cierta medida egoísta (en lugar de hacer el amor con su pareja prefiere masturbarse). En segundo lugar, no se masturba viendo pornografía sino un video del presidente de Estados Unidos.
En otra escena, Fleabag asiste, con su hermana, a una conferencia sobre feminismo. Cuando una de las panelistas -una mujer de unos 60 años- pregunta a las mujeres que la escuchan que quién estaría dispuesta a cambiar 5 años de vida por “el cuerpo perfecto”, solamente Fleabag y su hermana levantan la mano, y claro, quedan pésimo frente a las feministas. Aunque suene extraño, esta mirada irónica sobre el feminismo no busca desprestigiarlo, sino renovarlo. Aunque luego Fleabag dice “Soy una mujer moralmente en quiebra que ni siquiera puede llamarse a sí misma feminista”. Pero actúa como una feminista, pues es una mujer dueña de su sexualidad y sus decisiones, pero es realista y sabe que, lastimosamente, eso no la hace completamente autónoma. Y ese es su encanto como personaje. Que se declara imperfecta: ¿Cómo se puede ser más imperfecta en estos tiempos que siendo una mala feminista?. Y es que ser una feminista coherente no es tan fácil. Y Fleabag lo reconoce, reconoce que todavía quisiera tener un cuerpo "perfecto", que no puede estar tan conforme con ella misma, que no es capaz de decirle a su amante que pare cuando éste se acerca a su trasero . Es sincera. Y la serie, más que ser un panfleto feminista, es un retrato fiel de la vida de una mujer moderna con todas las complicaciones del caso. Tal vez en lo que patojea el personaje, al menos desde mi punto de vista, es que varias veces se muestra a Fleabag como el cliché de un hombre descomplicado y resuelto. Una mujer que no llora cuando termina una relación, que se masturba mientras su novio duerme, que se enoja con un hombre porque éste no quiere acostarse con ella a la primera cita. Esto puede ser encantador, pero no sé qué tan realista. Al menos en nuestro entorno todavía curuchupa, quizá siga siendo una utopía.
Waller-Bridge pertenece a una ola aunque sea pequeña de mujeres contemporáneas que se auto-representan a través del humor. Mujeres que más que una trama han logrado crear un personaje que se caracteriza por sus búsquedas amorosas, sexuales, por hacerse un lugar en el mundo. Representan a la “mujer contemporánea en crisis”. Lo ha hecho la estadounidense Lenan Dunham, la argentina Malena Pichot desde el sketch y el stand-up, la también estadounidense Greta Gerwig desde el guión y la actuación en las películas de su esposo Noah Baumbach, entre otras.
Estas mujeres tienen en común su edad, el humor femenino y el hecho de que han elegido hablar de y desde si mismas. Ellas encarnan sus personajes con grandes dosis autobiográficas. En un mundo patriarcal, el hecho de decidir hablar de una misma implica una revolución. Y de hecho, ese toque de auto-representación es el que ha caracterizado la creación femenina.
A pesar de contadas excepciones, el lenguaje habitual del cine y la televisión aún se basa en el discurso criticado por la teórica Laura Mulvey, “la mujer como imagen, el hombre como poseedor de la mirada”. La imagen de la mujer en la pantalla ha sido mitificada para evitar la construcción de personajes femeninos reales, pues estos serían un peligro de castración para el inconsciente masculino. Los personajes reales solo son posibles con una dosis de imperfección.
Hablar de y desde sí misma ha llevado a Phoebe Waller-Bridge inevitablemente a los terrenos de la comedia. ¿Por qué? Pues verse en el espejo puede ser crudo y doloroso, y quizá la única forma de hacerlo sea desde el humor. Verse, asumirse e interpretarse con sinceridad da como resultado la creación de un personaje tan imperfecto como cómico. Precisamente, la mirada de Waller-Bridge es la que consigue que el espectador tampoco sienta pena ante las situaciones trágicas de su vida. Al contrario, el espectador, quien sigue los hilos de la trama desde los ojos de Waller-Bridge, en lugar de llorar, ríe, pero con esa risa que también es llanto. Esta sensación se transmite, por ejemplo, cuando después de una noche de fracasos en sus relaciones (su hermana no quiso tomar algo con ella, el hombre con el que salió no quiso acostarse con ella en la primera cita- otra forma de subversión de roles tradicionales de género- ayudó a una mujer borracha a regresar a su casa) Fleabag va donde su padre. El vacío que Fleabag siente es debido a una ausencia paterna: tras todos sus fracasos emotivos acude al principal: El Padre. Pero él no puede hacer otra cosa que pedirle un taxi y devolverla a su casa. Camino a casa, en el auto, Fleabag abre su camisa. Entonces nos mira a los ojos una vez más y esboza una sonrisa cómplice. Esa sonrisa que dice que a pesar de que todo le ha salido mal, vale la pena existir, porque es libre, porque tiene experiencias, porque todavía tiene tiempo para perder el tiempo. La vida puede ser una mierda, pero vale la pena vivir.
(Publicado originalmente en Mundo Diners)
lunes, 28 de agosto de 2017
i-pod
(Un
texto prescindible)
Primer intento:
(El puerperio y la nostalgia)
Tener un bebé hace que el tiempo se rompa. O por lo menos, que el tiempo corra de una manera distinta. O no corra. Más bien se deslice, como agua pesada cayendo. Con mi bebé en brazos o durmiendo a mi lado siento que mi vida está detenida. Como si alguien (tal vez Dios) hubiera puesto pausa. Y desde allí, desde ese momento, sería capaz de ver toda mi vida por partes. Hacia atrás, o también hacia delante. Quién sabe. Sintiendo mi respiración y la de mi bebé, pienso. El único terreno infinito es el de la imaginación. Mientras un niño duerme el único lugar seguro es el del pensamiento. Las posibilidades prácticas no son realizables (es difícil hasta ir al baño) pero las imaginarias son infinitas. Viajar por la mente. Recurrir a la mala costumbre de recordar. Nostalgia. Saudade. Recuperar (desesperadamente, infructuosamente) el tiempo perdido, o más que perdido: el tiempo vivido y amado. Mirar la propia vida desde una habitación en la que no existe el tiempo. Mirar la propia vida en una habitación en la que solo existen un bebé y su madre y una enorme pantalla en la que se proyecta la vida por partes. Porque veía mi vida en pequeñas pero lúcidas piezas, como si un viento feroz o un huracán hubiera desordenado los determinados momentos y ahora estarían desperdigados por la habitación: el primer día de la escuela, la primera vez que vi el mar, las formas que dibujaron las nubes alguna tarde de octubre. Sentía la necesidad de registrarlo. En la inmovilidad absoluta de días de puerperio la única posibilidad de escribir era en mi I-pod. Mientras escribir en una computadora otorga algo que no se obtiene escribiendo en un papel, escribir en un celular hace que la escritura se vuelva más bien pesca. Pescar ideas, imágenes, atrapar palabras que floran en el aire. Y así registrar todos los universos que se despliegan en el sueño de un niño y la vigilia de su madre. La nostalgia- escribí en ese aparato que ahora ya no existe- es como una especie de miel amarga. Y podía ver esa miel. Era espesa, pegajosa, hacía que las pequeñas pero lúcidas piezas de mi vida se peguen entre sí, desordenándose, agrandándose, achicándose, cambiando su perspectiva. De un momento a otro podía sentir, en la piel, lo mismo que sentí un día a los 13 años. Cerraba los ojos y podía ver la textura de las paredes de mi escuela, el color de los pupitres, todo tan vívido que me parecía estar ahí. Un verdadero viaje en el tiempo que era posible gracias a la miel amarga que podría compararse a lo que Cortázar llamo “Las babas del diablo”.
Segundo intento:
(Las notas que escribo-o escribía-en mi i-pod)
Los aparatos electrónicos que me rodean tarde o temprano sufren extrañas afecciones. Mi laptop colapsa de temporada en temporada, las duchas eléctricas se queman, mi celular es un pedazo de plástico impresentable que se ha caído unas cuantas veces contra la pared, mi plancha del pelo suele hacer pequeños corto circuitos amenazando con incendiarme el cabello. Pero las cosas más extrañas le han pasado a mi pequeño i-pod. Por ejemplo, una vez tuvo un virus que consistía en que se desprogramaba y se ubicaba deliberadamente en noviembre de 1968 a las 3 de la tarde. Las fotos que tomaba se iban a una carpeta escondida y no había forma de sacarlas del aparato. Como en esa fecha no había internet, no me podía conectar y programarlo a la fecha actual, tampoco enviar archivos por esta vía. Esta especie de paradoja del abuelo solo se curaba si cargaba al aparato con un cable original. Malditos creadores de Mac. Compré ese aparato hace tres años porque quería registrar. No quería una cámara de fotos pesada y profesional. Quería un dispositivo pequeño y ligero que me permita extraer (robar) momentos de la realidad y guardarlos, sí, ese acto desafiante y casi ridículo, esa pequeña lucha con la muerte que está tan presente en la fotografía, pero no solo en ella sino en todas las posibilidades o intentos de registro. Sabemos que no es lo mismo una fotografía en blanco y negro salida de una cámara profesional que una hecha con el celular. No es el mismo el resultado ni tampoco lo que se vive antes y durante el registro. Yo no buscaba un registro elaborado sino más bien el hallazgo, tener pruebas de lo que se va encontrando una en la vida: un chifa (amo los chifas), un perro callejero (hice una serie de perros callejeros), hoteles (amo los hoteles), árboles (tengo colección de árboles), cielos (tengo también una pequeña colección de cielos de distintas ciudades), etc. No me importaba que la foto estuviera bien compuesta o fuera bella. Lo que importaba era que fuera en el preciso momento, que fuera un pedazo de vida casi tal cual la vida, algo así. Con este aparato también hice algunos videítos. Y lo compré porque permitía editarlos. Editar un video mientras estás en la fila del banco es una posibilidad maravillosa que ofrecía este pedazo de plástico. En el video pasaba lo mismo que con las fotos: nunca tenían la intención de ser profesionales pero adquirían otro tipo de valor. Otro valor que no sé si es un valor o es precisamente lo contrario. Porque era rescatar lo inútil. Por ejemplo: hice videos de lluvia (solo lluvia sobre el parabrisas que es una de las cosas más lindas que se puede apreciar en este planeta) o de neblina en Quito o de luces de la ciudad por la noche. Hice también uno de mi hermana pequeña saltando en una cama elástica con música clásica de fondo. También edité algo pequeño sobre mi hijo y su padre, pequeños momentos íntimos de nuestra familia. Otra función (que supuestamente es la principal de un i-pod) era la de la música. Lo bonito era hacer listas de música para diferentes situaciones. Playlist para el gimnasio, para la ducha, para el parto. Pero lo que más me gustaba de este aparatejo irónicamente era algo que no tiene que ver con la tecnología, algo que cualquier aparato que se respete tiene: las notas. Escribir en el i-pod era distinto. Tenía algo de inmediatez. Y el resultado era unas mini-crónicas de todo. Con fecha y hora exacta. Lo mismo que con las fotos y el video, el valor estaba en los lugares y en la forma en la que se escribía: en los buses, en la fila del banco, en la calle, en las estaciones de trenes, en los aviones, en los aeropuertos (no hay nada más hermoso que escribir en un aeropuerto). Los temas eran varios: desde un guión casi completo para una película (no miento, es impresionante lo que se puede hacer con una mano en tiempos de puerperio), pasando por la dirección de algún extraño hasta unos pseudo-poemas; sobre el vuelo de unos pájaros en una playa un primero de enero, sobre el pequeño placer de beber coca-cola en una estación de tren en Touoluse, o un pequeño recordatorio que simplemente ponía: “no olvidar el misterio”; sobre teorías filosóficas que inventaba en la ducha o en la sobremesa familiar. Cada vez que releía estas notas me acordaba del día en el que las escribí, de por qué lo escribí, en fin, había siempre otra historia. Y una de las cosas bonitas de escribir es eso: que haya siempre otra historia. Así, iba coleccionando momentos. Mi i-pod era eso: puras ideas inútiles. Ideas que jamás iba a desarrollar. Ideas patojas como toda buena idea. Ideas imperfectas. Pero la belleza de la fugacidad de una idea es la misma de la estrella naciendo o muriendo. Las notas de mi i-pod era la posibilidad de enviarme notas a mi misma- a lo Memento- que me hicieran recordar años más tarde lo que era realmente importante: el color blanquísimo del cabello de una anciana, un atardecer en Manglaralto, una teoría filosófica inventada en un taxi estancado en el tráfico.
Un buen día (realmente un mal día) encendí mi I-pod y me di cuenta de que otra especie de virus le había atacado. El primer golpe bajo fue darme cuenta de que mis “notas” se habían borrado. Tres años de pequeñas crónicas inservibles ahora habían desaparecido. En una de las notas había escrito algo sobre el paradójico valor de lo inútil, algo que ahora ya olvidé, claro que olvidé porque por algo escribí. Porque se escribe para no olvidar y ahora eso ya se ha borrado. Se han borrado precisamente esas palabras, las palabras que se atrapan (porque hay palabras que se nacen, que se dan a luz, pero hay otras que se atrapan y esas, precisamente esas, eran las que se perdieron en el olvido, tal vez regresaron a ese lugar del que alguna vez fueron rescatadas). Pensaba que apenarme por la pérdida de esos pequeños textos patojos era lo mismo que si alguien llorara por haber perdido un costal de chatarra, de objetos encontrados. La verdad es que esos escritos no le servían a nadie, excepto a mi. Tal vez a mi tampoco. Aunque lo más posible es que jamás realizaría ninguna de las ideas que escribía, me gustaba que existan, en silencio. Saber que existían me hacía feliz igual que me hace feliz pensar que Júpiter es una estrella que fracasó.
Señor Dios, si usted existe- y si no existe igual- quisiera decirle que me parece una falta de respeto que tantas cartas se queden flotando en el espacio, igual que el voyager ¿Es justo que se deshagan en el polvo, devoradas por las polillas? ¿O que se queden navegando en el ciberespacio, para siempre, sin ser leídas porque nadie tiene nuestra clave de Facebook?, ¿es justo que tanto amor acabe en un instante y que todos nuestros hermanos se vayan, o nos vayamos nosotros, para siempre? Que existan ciudades libros personas canciones pieles palabras, que jamás conoceremos, que se quedarán aquí, y no sabrán nunca que ya no estamos? que las tardes soleadas, la luz que se grabó en mis retinas en forma de tarde de verano, el mar (que parecía tan eterno, tan sagrado, tan inmutable ) mis huesos, mis dedos, mi piel, las bacterias que me habitan, mis manos (que sintieron las manos de mi abuela en noches frías) cada uno de mis cabellos rojos que alguna vez fueron rubios y luego fueron rosa y otra vez rubios y luego castaños, mis pies, mis ojos (que alguna vez vieron la luna por un telescopio y vieron, mi nariz, mi cerebro (que tenía la mala costumbre de creerse inmortal) mis fluidos, mis piernas, mi sangre, mi saliva, mis rodillas, mis células y sus respectivos universos particulares y alucinantes, mis pestañas, mi hígado, mi nariz, mis uñas, mis cicatrices, mi voz, todas estas cosas, se queden un día sin mi? ¿Es justo que no nos volvamos a ver nunca más? ¿Existe un lugar invisible al que van todas las palabras perdidas?. Una tarde de nubes rosadas que a alguien le pareció la más hermosa del mundo de repente es nada. Ahora mismo en el mundo miles de personas escriben una lista de promesas que luego olvidarán. Pienso en un no-lugar, una especie de papelera recicladora del mundo, un lugar al que van las medias impares, los poemas olvidados en el aire- esos que no pudimos pescar-, los recuerdos de los abuelos. Hay gente que colecciona insectos, otros coleccionan estampitas, otros, chicas con cicatrices. Yo también era una coleccionista: una coleccionista de ideas inútiles.
Señor Dios, si usted existe- y si no existe igual- quisiera decirle que me parece una falta de respeto que tantas cartas se queden flotando en el espacio, igual que el voyager ¿Es justo que se deshagan en el polvo, devoradas por las polillas? ¿O que se queden navegando en el ciberespacio, para siempre, sin ser leídas porque nadie tiene nuestra clave de Facebook?, ¿es justo que tanto amor acabe en un instante y que todos nuestros hermanos se vayan, o nos vayamos nosotros, para siempre? Que existan ciudades libros personas canciones pieles palabras, que jamás conoceremos, que se quedarán aquí, y no sabrán nunca que ya no estamos? que las tardes soleadas, la luz que se grabó en mis retinas en forma de tarde de verano, el mar (que parecía tan eterno, tan sagrado, tan inmutable ) mis huesos, mis dedos, mi piel, las bacterias que me habitan, mis manos (que sintieron las manos de mi abuela en noches frías) cada uno de mis cabellos rojos que alguna vez fueron rubios y luego fueron rosa y otra vez rubios y luego castaños, mis pies, mis ojos (que alguna vez vieron la luna por un telescopio y vieron, mi nariz, mi cerebro (que tenía la mala costumbre de creerse inmortal) mis fluidos, mis piernas, mi sangre, mi saliva, mis rodillas, mis células y sus respectivos universos particulares y alucinantes, mis pestañas, mi hígado, mi nariz, mis uñas, mis cicatrices, mi voz, todas estas cosas, se queden un día sin mi? ¿Es justo que no nos volvamos a ver nunca más? ¿Existe un lugar invisible al que van todas las palabras perdidas?. Una tarde de nubes rosadas que a alguien le pareció la más hermosa del mundo de repente es nada. Ahora mismo en el mundo miles de personas escriben una lista de promesas que luego olvidarán. Pienso en un no-lugar, una especie de papelera recicladora del mundo, un lugar al que van las medias impares, los poemas olvidados en el aire- esos que no pudimos pescar-, los recuerdos de los abuelos. Hay gente que colecciona insectos, otros coleccionan estampitas, otros, chicas con cicatrices. Yo también era una coleccionista: una coleccionista de ideas inútiles.
El problema del olvido es la colita, es acordarse un poco. Si fuera fundido a negro. Pero no. Quedan las sombras.
Cuando fui a la galería, descubrí que con las fotos estaba sucediendo lo mismo. Y el impacto de esto fue ver gráficamente la idea abstracta que tenía del olvido: los momentos de mi vida desordenados. Otros desaparecidos. Manchas de nada que se los tragaban de a poco. Ver mi vida como un rompecabezas en el que faltaban pedazos. Como si una plaga de Nada se fuera comiendo de a poco la memoria, la vida. Y la dejara con inexplicables huecos como los que se forman en la cabeza de alguien que pierde el cabello o en la mente de un abuelo con alzheimer. Una plaga o una enorme licuadora dentada, un agujero negro que lo devora todo. La garganta del tiempo, cuyas fauces comprenden una musculatura fuerte como la de un dragón que lo traga todo.
Tercer intento:
(La teoría de que el alma no tiene memoria, teoría que inventamos en el desayuno y que irónicamente, fue olvidada)
Entre las notas que escribía, que ya lo he dicho, ninguna era importante, habían unas cuantas teorías. Estas teorías no eran producto de estudios sino de largas sobremesas. Una mañana (cuya fecha no recuerdo) llegamos (en serio, no fui solo yo) a una descabellada conclusión: que el alma no tiene memoria. Pensar que el alma humana es una chispita de una gran llama y que cuando el cuerpo muere el alma regresa a esa hoguera hecha de la misma materia, es afirmar que toda alma es igual a la otra, es decir, negar que el alma es lo que hace único a un ser humano, y afirmar atrevidísimamente que lo que le da la identidad es el cuerpo, o la combinación de cuerpo-alma. Entonces el alma no tendría memoria. Y si no tiene memoria, tampoco tiene identidad. Los recuerdos, todo lo que uno fue, al morir, se borran, y queda el alma. Pero el alma no es un nombre. El alma no está hecha de recuerdos ni de sentimientos. No tiene personalidad. El alma no distingue a nadie. Es energía vital, poderosa y a la vez humilde. Porque el alma no tiene-o no tendría- ego. Lo que nos constituye no está hecho de palabras. Tampoco tiene rostro.
lunes, 14 de agosto de 2017
Lucas Amaru
Es difícil relatar algo que no recuerdo. Algo que solo viene a mi memoria por partes, de a poco; algo que viví tan intensamente, que olvidé; un momento que llegué a ser tan yo, que me convertí en otra. Cuando pienso en ello, la piel se me eriza. Recuerdo fragmentos que voy armando, como un rompecabezas.
Los días previos fueron eternos. Lucas se retrasaba. Mi casa se convirtió un aquelarre de mujeres preparando pócimas, baños, masajes. Cociné dulce de higos para que su olor me indujera el parto, me hice acupuntura, me senté en hierbas, me bañé en lechuga, tomé pepas de chirimoya, té de frambuesa. Intentábamos tener sexo (sí, intentábamos, porque tal era el estrés que cada vez que nos lo proponíamos solo acabábamos peleando y en lugar de producir oxcitocina la perdía) Nada dio resultado. Él seguía tranquilo, en su planeta solo para uno. Dicen que cuando los bebés están listos, segregan una hormona que hace que la madre entre en labor. No somos nosotras quienes deciden su
nacimiento, peor los doctores, son ellos, solo ellos. Pasaban los días y yo seguía embarazada. Tal vez lo peor- como todo- era la presión social. Mi tía llamaba todos los días a las 6 de la mañana. ¿Qué fue hijita?, ¿Ya?. Una amiga me dio el mejor consejo: saciar antojos reprimidos. Nada de té de hierbas ni baños hippies, lo que hay que hacer es comerte esa hamburguesa que te prohibiste durante los 9 meses o tomar una cerveza bien helada. El único efecto que causó en mi esa técnica fue subir en una semana lo que no había logrado en todo el embarazo con el pretexto de que cada comida era “la
última”. El último shawarma, la última pizza, el último chaulafán…
No quería inducirme el parto ni una cesárea programada por una simple razón: necesitaba al azar. El azar es el que hace que una historia sea historia. O al menos, eso pensaba yo, sí, quizá desde el cliché. Quería que el agua de fuente se rompa en el lugar menos adecuado y me sorprenda, como en las películas. Quería ir a la clínica en un taxi respirando agitadamente. Quería-inocentemente- un parto en el agua con tambores de fondo. Llegaba a la semana 42 y nada. Antes de tomar la pastilla fuimos a comer una pizza.
Entonces, mientras hablaba del azar, se cumplió mi fantasía: se rompió la fuente… y con ella el tiempo y el alma. Se abrió una puerta, una dimensión. Se rompió el tiempo y el alma. No recuerdo mucho más. Truenos. Tierra. Dolor. Gritos. Simplemente afloró mi esencia más profunda, aquello que no tolero de mi misma. Llegué a un estado que más que humano era animal. O humano demasiado humano. Pero mi segunda fantasía no se cumplió: no tuve un parto natural en agua y con tambores de fondo. Tras horas de dolor y poca dilatación, fui llevada al quirófano, sintiendo que perdía la batalla.
El 18 de agosto del 2016 temblábamos con una prueba de embarazo positiva en las manos. Ese día fuimos a las montañas. El Mario se empeñó en que yo subiera una pequeña loma en El Cajas. Después de lloriqueos y quejas e incluso una amenaza de divorcio, llegamos a la cumbre. Al otro lado, se extendía una laguna enorme, una laguna que jamás hubiéramos podido ver sin subir la montaña. El regalo, la recompensa. Dejé de lloriquear, se acabaron las peleas. Nos callamos. Atónitos ante la belleza.
Se hizo un Silencio.
Reconocí el mismo silencio en el quirófano, cuando de una cajita mágica, Lucas Amaru salió hacia el mundo. Esta vez no fue un estallido el que interrumpió el silencio, fue el silencio, imponente, el que detuvo el mundo. Porque Lucas no lloró. Solo miraba, como un animal cósmico que quiere descifrar el Universo. El sonido de mi corazón taquicárdico, la horrible voz del anestesista, las palabras de consuelo del Mario, todo dejó de ser, y quedaron sus ojos, destruyendo el Tiempo.
Nos llevaron al cuarto y lo pusieron sobre mi pecho tembloroso. Así dormité, despacito, como quien tiene un tesoro en sus manos. Amanecía, yo no sabía que con la noche también se iría parte de mi ser, no sabía que cuando el sol saliera, me convertiría para siempre, en otra persona…
(Mundo Diners)
Ilustración: Mario Salvador
jueves, 15 de junio de 2017
El dolor de nacer.
En una sala amplia con música New Age, varias mujeres panzonas intentan abrir sus brazos, sus piernas, saltar, hacer los ejercicios con la mayor naturalidad posible, aunque en el fondo la mayoría- o al menos yo- nos sentimos como un pato. Los hombres también las acompañan. Muevan el periné!, menéen las caderas!, tóquense los senos!, dice la instructora con convicción. Los hombres- pienso- deben sentirse extraños entre tantas mujeres moviendo la vagina. ¿Cuántas semanas?, ¿Varón?, ¿Mujer?, se preguntan las madres entre si. Unas con inocencia, otras- tal vez todas en algún momento- se comparan. Cuál es la mejor panza, quién se ve mejor, cuál ha sido el mejor embarazo, etc. Los otros padres son mayores que nosotros y parecen tener experiencia en esto. Hablan de marcas de pañales, de lactancia, visten al muñeco de plástico con solvencia, saben distinguir entre las contracciones reales y las de braxton hicks. Escucho atenta. Es un mundo nuevo para mi. Pero cuando me toca hablar me siento extraña. Les cuento que hemos venido del ginecólogo y nos han dicho que nuestro bebé, en lugar de estar de cabeza, ha decidido esperar sentado. Bien sentado. ¿Tú tienes muchos miedos? Me pregunta una de ellas con un dejo de piedad. Yo te veo bastante ansiosa. Hay estudios que dicen que cuando el bebé se sienta es porque siente los miedos de la madre. Alguna me dice que a estas alturas ya debería estar posicionado, otra dice que aún tiene tiempo de girar. Me dicen que gatée, que alce las piernas, que me pare de cabeza. Cuentan sus experiencias: sus bebés ya están encajados. ¿Por qué el mío no?.¿Qué hice mal? ¿Y si fuera cesárea qué?, ¿Me quedaría con la sensación de “yo no pude” para siempre? ¿Tengo muchos miedos?. No, no tengo miedo. Mentira: me cago del miedo. ¿Y qué?. Todo es confusión en mi cabeza. Hago un recuento de las últimas semanas: un doctor dice que el parto en el agua es la peor atrocidad, otro dice que es lo mejor que puedes hacer, la doula dice que me bañe en agua caliente pero mi tía Conchita dice que eso puede acelerar el parto, la maternidad es renunciar, renunciar a tus deseos, a ti, dice el ginecólogo. Por lo general cuando termina el curso las parejas salimos juntas. En la calle, cuando todos sacan la llave del carro, nosotros sacamos el paragüas. Pero esa noche nos vamos antes de que la clase termine: no estoy de ánimo para mover el periné.
No tenemos auto, no tenemos trabajo fijo, y nuestro bebé- al contrario que el de ellos- está sentado. Son banalidades, me digo a mi misma, da igual como esté y da igual no tener un maldito carro. Pero tengo un nudo en la garganta. Y lo peor es que no sé bien por qué. Antes de entrar al apartamento exploto. Lloro mientras subo las gradas, siento que me ahogo en mi propio llanto. El corazón me da tumbos.
Al otro día vamos a caminar al Metropolitano. Por la tarde veo un tutorial de YouTube e intento, sin éxito, pararme de cabeza: caigo patas arriba como tortuga que ya no puede levantarse. Opto por ponerme en cuatro en la baldosa fría y gatear por toda la casa, hasta que me ardan las rodillas. Al otro día vamos al eco. El bebé se ha dado la vuelta. Pero eso no es lo mejor. Lo mejor es que vemos cómo, en su planeta solo para uno, el bebé abre despacio su boquita y traga pequeños bocaditos de líquído amniótico. Salimos ligeros, caminamos por la calle como pisando nubes. Decidimos festejar con helado de chocolate.
Días después, entiendo, al fin, lo que me pasó aquella noche. Esa noche lloré porque no encajaba, no el bebé… sino yo. Reconozco la sensación, la he sentido antes, en el colegio, el primer día de clases, en la fiesta de algún desonocido, esas ganas de conocer un nuevo mundo y a la vez el miedo. Esa sensación agridulce de crecer. El dolor y la maravilla de cambiar de piel. Una mujer embarazada es una especie de puente. No es ni lo uno ni lo otro. Ya no soy una niña pero tampoco me siento “toda una mujer”, ya no soy mujer pero tampoco soy madre, todavía. En pocos días mi mundo se acabará. Cuando él nazca, como diría Hesse, deberá romper un mundo, y ese mundo soy yo. Naceré también, la madre que aún no soy y que me cuesta ser, y el padre, y la familia.
No solo es el bebé quien nacerá: naceremos todos, otra vez.
(Mundo Diners)
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