Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

miércoles, 21 de marzo de 2018

El deseo femenino también es humano. (A propósito de El Seductor, de Sofía Coppola)



   



Seis mujeres sobreviven a la Guerra Civil Norteamericana en una casa. Es el año 1864. Los días transcurren tranquilos, hasta que una mañana una de las chicas encuentra en el bosque a un soldado herido. Todo cambia. Las relaciones se ven afectadas por el deseo. El deseo se ve afectado por la violencia. Este es el argumento de The Beguiled o en español El Seductor (2017) la más reciente película de Sofía Coppola que acaba de ganar el premio a Mejor Dirección en el Festival de Cannes 2017. Se trata de un remake de una película también llamada El seductor dirigida por Don Siegel en 1971 y protagonizada por Clint Eastwood.

La directora de Lost in traslation (2003) vio en este argumento una potencial situación para ensayar, una vez más, sobre aquello que le obsesiona: los temas que giran en torno al misterio del mundo femenino. Lo más interesante del remake de S.Coppola es que cambia el punto de vista hacia las mujeres. Entonces lo que antes era una película de un solado herido que iba a dar a la casa de seis mujeres, se convierte en la historia de seis mujeres cuya estabilidad se ve truncada por la llegada de un hombre. La película transita del erotismo hacia la violencia, tiene momentos melodramáticos contrapuestos a otros que parecen incluso gore. Pero si se la quisiera encasillar dentro de un género este sería el del triller psicológico. Si en Marie Antoniette (2006) S.Coppola ya exploró las posibilidades estéticas de la adaptación de época, en esta podría decirse que da un paso más, no solamente es un ejercicio plástico sino que explora la psique de sus personajes.

Sofía Coppola vuelve a trabajar con sus actrices fetiches: Kristen Dunst, quien ya es una especie de dupleta creativa de la autora y a quien ha sido interesante verla crecer y cambiar de rol en los distintos films de S.Coppola, y Elle Fanning quien parece recorrer el mismo camino. Aunque es la primera vez de Nicole Kidman con S.Coppola parece encajar perfecto en este universo de rubias misteriosas. Estas actrices, al repetirse en su filmografía, pasan a formar parte de su universo simbólico.

Desde su primer filme Sofía Coppola dejó clara su estética personal. Su cine tiene una marca de autor y en todas de sus películas se reconocen sus rasgos distintivos: mujeres rubias (por lo general representadas por las mismas actrices), colores pastel, música indie (The Strokes, o la banda de su mismo esposo, Phoenix, New Order, etc), los encuadres plásticos que parecen pinturas clásicas. Esta película no es la excepción. Hay que destacar el trabajo de Philippe Le Sourd, el director de fotografía quien ha trabajado también con Wong Kar Wai en The Grandmaster (2013). En este caso Sourd logra componer encuadres totalmente coppoleanos:  elegantes, sutiles, sensibles, femeninos. Como se trata de una película de época, la delicadeza se acentúa aún más y por momentos nos da la sensación de estar dentro de un cuadro impresionista. La factura de la película es impecable. Pero más allá de eso, y lo que la convierte en una película de autor quizá sea el hecho de que S.Coppola trabaja con el cliché y lo desconstruye. Es decir, parte de la imagen de una mujer “santa” “pura”  “perfecta”,  quizá la imagen de  “la americana” por excelencia, para ahondar en aspectos conflictivos y oscuros que parecerían contradecir con esta primera apariencia. La rubia que masca chicle en su Opera Prima, la María Antonieta que se baña en una tina de espuma, en este caso es la niña que va a recoger setas venenosas al bosque. La rubia de S.Coppola es una misma figura que se repite en su filmografía y que esconde algo denso. Una vez fue el suicidio, otra el asesinato, ahora es la represión del deseo.

Otra de las temáticas repetitivas de S.Coppola es la de retratar personajes femeninos que viven atrapados en “cárceles de oro”. En Las vírgenes suicidas esta cárcel era la familia tradicional y adinerada, en Los in traslation la cárcel fue el matrimonio, en Marie Antoniette, el palacio de Versalles. En este, su sexto filme, esta cárcel no sólo es simbólica. Las seis mujeres están prácticamente encerradas en una casa. La casa parece un barco fantasma que recuerda un poco a la casa de la película Los Otros de Alejandro Amenábar. La guerra está ahí, rodeando el ambiente. Aunque no se la ve, se la siente. Es un elemento más que aporta a la represión de los personajes, a las tensiones acumuladas, a los no dichos. En esta casa parece funcionar una escuela en la que Nicole Kidman interpreta a la directora, una mujer de 40 años religiosa, Kirsten Dunst es la maestra de las señoritas y Elle Fanning la alumna adolescente que está empezando a descubrir su sexualidad; las tres niñas (Oona Laurence, Angourie Rice y Addison Riecke) aumentan el corpus femenino. La presencia del soldado (Colin Farrell) trastoca la vida de las chicas. Por momentos todas lo desean, y él también desea a cada una de ellas en distintos momentos. Con quien el soldado tiene más empatía es con Edwina (Kirsten Dunst), pero todo cambia cuando ella lo encuentra en la cama con Alicia (Elle Fanning). Herida, Edwina lanza al soldado por las escaleras. John queda muy herido y Miss Martha (Kidman) decide que amputarle la pierna es lo mejor, y lo hace mientras él duerme. Cuando John despierta y se da cuenta que le han quitado su pierna está completamente ardido. Las mujeres han sacado lo peor de él y empieza a convertirse en un monstruo. Ellas, al verse potencialmente impotentes ante él, deciden unirse.  

Es interesante pensar que incluso en una historia en la que el argumento está demostrando una clara situación en la que predomina el poder femenino, haya sido tratada (en la primera película) desde el punto de vista del personaje masculino. Es el soldado quien mira, quien llega, quien se convierte en la víctima de las mujeres.
En el cine se ha visto varios casos en los que es la mujer bella, siempre bella,  la que llega a perturbar el mundo masculino. Es el caso de Atracción fatal (1987), Damage(1992), Match Point (2005), los ejemplos son infinitos ya que parten del personaje femenino etéreo más explotado en el cine: la mujer fatal. La genialidad de Sofía Coppola y la sutileza del feminismo en esta obra es dar la vuelta a este fenómeno mitificando esta vez al personaje masculino. El deseo es humano y por eso ha estado vetado para los personajes femeninos. Son los hombres quienes desean, cuyo mundo se destruye por la presencia perturbadora de una mujer. Son ellos presas de un deseo “incontrolable” y justificado. La mujer no desea, es un personaje pasivo y etéreo que provoca la locura en el universo masculino. Una locura justificada. ¿O no entendemos al personaje a Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers) al final de Match Point?, ¿Y a Dan Gallagher (Michael Douglas) que resulta la víctima de Atracción fatal y no le queda otro camino que matar?.  Sofía Coppola permite desear a sus personajes femeninos, y entonces, los humaniza. Estos personajes que tienen toda la apariencia de ser “pasivos y etéreos” dan un giro y llevan la acción. Y el asesinato es simbólico. “Cada hombre mata lo que ama” dijo Oscar Wilde. Este asesinato es el asesinato del deseo y el que paradójicamente reivindica el deseo femenino. En The Beguiled el hombre se convierte en el objeto del deseo, y las mujeres en seres deseantes. Lo que ha sucedido a varios personajes masculinos tanto en el cine como en la literatura, esta vez les pasa a las rubias de S.Coppola: son presa de un deseo incontrolable que se convierte en una bola de nieve y que conduce inexorablemente al asesinato. Quien no puede hacerse cargo de su deseo no puede hacer más que matar. Al matarlo, el hombre se vuelve etéreo y las mujeres reales. Esta metáfora invierte los roles comúnmente tratados en el terreno de la ficción y convierte a El Seductor en una obra maestra que concibe a los personajes femeninos, quizá por primera vez, como seres deseantes.  

(Mundo Diners)






jueves, 11 de enero de 2018

Setenta años, un minuto.




 Se conocieron en el correo, enviando una carta, ¿puede empezar mejor una historia de amor?. Ella enviaba una carta a alguien que ya no recuerda, él, a una novia que dejó de ser su novia el rato en que la vio a ella. Ella era delgada, esbelta, tímida. Él alto, con lentes gruesos. Él se acercó y le preguntó si podía acompañarle a su casa y ella dijo que sí. Al otro día había un paseo de la oficina, ninguno iba a ir, pero si tú vas yo voy. Y fueron. Y bailaron. Ella no bialó con nadie más, dice él orgulloso. Luego lluvió. Y salieron al patio y se metieron en una camioneta vieja y ahí le preguntó si quería ser su novia. Y dijo sí. Pasaron 4 años y la mamá de ella llamaba todos los días a preguntar, ¿cuándo se casan?. Un día, cansado de las llamadas, él dijo la próxima semana, la próxima semana nos casamos. La madre dijo que le parecía bien y que llevaría una torta. Y así fue. La madre trajo la torta y se casaron en la iglesia del Belén. Luego vino la primera hija y luego el segundo, y el tercero… fueron seis, fue una vida, seis vidas, ocho vidas, setenta años; viajes, manzanas al horno, pasteles de naranja.  
Setenta años o un minuto.

Cuando era niño comía chapo mientras escuchaba en la radio que Carlos Gardel había tenido un accidente de avión. Cuando era niña vivía en Esmeraldas y no había luz y todas las noches debían encender un farol. Cuando ambos eran adolescentes dijeron en la radio que los extraterrestres habían llegado a Quito. Y él tuvo que hacer de Cura para bendecir a su familia porque el fin del mundo había llegado. Y ella vio como la gente corría por las calles llevando sus planchas. Eso lo recuerdan desde sus sillones. Porque ahora el tiempo ha pasado.

El tiempo que se lleva todo, el tiempo que no existe.

Ella, en el correo, a punto de que él le hable por primera vez, no mira todavía los sillones rojos ubicados al lado de la ventana. Esos sillones que son sus naves por las que viajan a todas partes. Parece que la vida en un punto fuera eso: sentarse en un sillón y mirar la vida como un casette que se puede retroceder o adelantar o poner pausa en las mejores partes. Como que la vida fuera eso: recordar la vida.

Él, en el correo a punto de hablarle por primera vez, no sabe todavía lo demás: el cuerpo envejeciendo, las noches de flema y pesadillas, las enfermedades, el acompñarse al baño, los ronquidos, el olor a vig vaporup. Ellos, a los veinte años, todavía no conocen el cuerpo del otro a fondo, el aliento, ese cuerpo que ya es tan cercano. Ellos, que se han enamorado en el correo, todavía no conocen el amor.

El tiempo, el tiempo que se lleva todo, el tiempo que no existe, se deshace y otra vez son niños, ese niño que escucha la noticia de Gardel mientras come chapo, esa niña que ve encenderse un farol en esemeraldas, las cartas que llegaban de Chile, los hijos, los viajes, los tangos, los chistes, sus carcajadas, su risa tímida, todo se desvanece, un segundo, 70 años, un minuto. Pero los de los sillones rojos, ellos sí conocen el amor.

¿Qué somos?

Una foto la muestra con una sonrrisa enorme, embarazada; al lado está él, diciéndole algo al oído. Ellos fueron jóvenes. Ellos fueron felices. Ellos bailaron. Ellos hicieron el amor. Ellos tuvieron sueños. Ellos viajaron. Ellos se maravillaron ante el mar. Ellos sintieron el vino en la sangre. Ellos son de carne y hueso. Ellos se llevarán historias que no conocemos.  

El sillón de la izquierda está vacío. El derecho, en el que está él, se ha convertido en una sala de espera. En diez años o un segundo el sillón rojo volará y se convertirá en una sala de correo donde dos jóvenes se mirarán otra vez. Por primera vez. Siempre.      

(Mundo Diners)
 

lunes, 11 de diciembre de 2017

La tortuga debajo de las tortugas




Una vieja creencia oriental sobre el origen del mundo dice que el planeta flotaba en el espacio sostenido por una tortuga, y esta tortuga, por otra, y esa, por otra, y así susecivamente. Esta metáfora funciona a la perfección si en lugar de tortugas hubiera madres. Madres que de forma casi invisible, en silencio, abren sus cuerpos para que un nuevo ser pase del agua a la vida a través de sus vaginas, madres que forman seres vivos en sus vientres y los alimentan con sus cuerpos. Las madres sostienen al mundo. Pero, ¿quién sostiene a las madres?.

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Cuando nació Lucas mi mundo se rompió. Se acabó para volver a empezar. Pero ese “volver a empezar” no fue como yo había pensado, algo instantáneo. No. Mi mundo se rompió y quedaron escombros, huecos, pedazos. Poco a poco vendría la luz, la luz de Lucas, pero como sucede con las cosas grandes, cuando la luz es tanta al principio hay encandilamiento, y no se puede ver. Es irónico, pero al “dar a a luz” lo primero que hay- al menos en mi experiencia- es oscuridad. Ahí estaba yo, perdida en el caos con mi mundo y mi cuerpo rotos, intentando despedir a la mujer que que había sido e intentando conocer a esta nueva mujer-madre. Sabiendo que por primera vez habría un nuevo ser que estaría conmigo todo el tiempo, pero irónicamente, sintiéndome sola. Más sola que nunca. Culpándome por no sentirme feliz. Sintiendo una ternura y un amor que no sabía que existían, pero también miedo, tanto que no sabía si volvería a sentirme en paz… Luego sucedió algo maravilloso: muchas mujeres (algunas hasta prácticamente desconocidas) se acercaron a mi. Me escribían por whatsap preguntándome como estaba Lucas, como nos iba con la lactancia, si había logado sacarle los gases, etc. Una de estas mujeres era la Samy (Samantha Cevallos) con quien había recibido clases de preparación al parto. Ella me invitó al Regazo, un grupo de apoyo para mujeres con bebés. Recuerdo claramente el día que al fin me decidí a ir, el solo hecho de ponerle al bebé en el fular y salir a la calle me hizo sentir poderosa. Y lo que sentí al llegar fue incomparable: la red que antes era virtual se había convertido en un lugar físico, un lugar en el que yo no era la única con el mundo roto. La luz iba llegando. Los jueves (ese es el día en el que tienen lugar las sesiones) se convirtieron en días sagrados. 

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Hoy en día hay mucha información y apoyo para el embarazo y el parto, pero nadie prepara a las mujeres en una de las etapas más difíciles de la maternidad: el post-parto. El “Regazo, casa de madres” es la primera iniciativa no sólo en Ecuador sino en Latinoamérica que propone justamente eso: sostener, a través de sesiones grupales, a las madres en el puerperio. Una vez por semana las mamás ponen a sus bebés en sus canguros y los llevan al Regazo. Allí los recibe Samantha Cevallos, quien dirige las sesiones. Mientras transcurre la mañana se conversa de los guaguas, se habla de cólicos de gases, de pañales, de esposos (cuando los hay), de madres (cuando las hay), Samantha lee fragmentos de libros de maternidad, pregunta a las mamás como se sienten; y el Regazo también es comer mandarinas, tomar tecitos, a veces intercambiar pañales pequeños por otros un poco más grandes; a veces llorar, descargarse, decir ya no puedo, no sirvo para esto, quiero huir; y después reírse de una misma porque las otras tampoco pueden … escuchar, aconsejar, dar de lactar…. 

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Samantha Cevallos es alta, de piel trigueña, flaca, ojos claros, usa ropa cómoda, tiene voz muy dulce y sabe cargar a los bebés de forma especial. Tiene 49 años, es doula, enfermera, asistente de lactancia y psicóloga. Lleva trabajando en temas vinculados a la maternidad desde hace 20 años. Su esposo Francisco López es ginecólogo, así que ella ha acompañado varios de sus partos desde hace más de 20 años. Ambos tienen 3 hijos. Dentro de su experiencia como enfermera de su marido en la clínica Puerta a la vida, ella veía como las mujeres quedaban intranquilas después del parto “las mamás daban a luz y a los dos días se iban con una soledad impresionante y con un guagua en brazos sin saber qué hacer, y sin que nadie las sostenga”. Y cuando regresaban a la revisión de los ocho días estaban ansiosas, entonces se quedaban conversando con ella, necesitaban hablar. Samantha decidió usar el espacio de los cursos de preparación al parto para acompañar a las madres con sus recién nacidos. Es así como hace 9 años fue naciendo una comunidad de madres. “Realmente el Regazo nace por una necesidad de las madres, no mía”. Para ella fue un reto, empezó  a estudiar sola; aunque ya se había graduado de psicóloga, se volvió autodidacta en temas de maternidad, y se especializó en el tema del post-parto. También se contactó con grupos parecidos y descubrió que hace 9 años había muy pocos espacios (en el mundo entero) de acompañamiento a mamás post-parto. 

Una de las lecturas más utilizadas en el Regazo es “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”, de la argentina Laura Gutman, según ella, el embarazo es una etapa de ingenuidad. Samantha también lo cree así, ella, que ha preparado al parto a miles de mujeres, dice que la ingenuidad de las embarazadas es absoluta, por más que les ha advertido de todas las formas posibles lo duro que es un parto, ellas no lo alcanzan a ver. Tal vez la razón sea simplemente que nada en el mundo puede prepararnos realmente para una experiencia tan transformadora como la de traer un niño a nuestro mundo. Por eso el puerperio cae como un baldazo de agua fría. La mujer de un momento a otro y de manera violenta, debe hacerse cargo de un ser humano cuando no sabe bien ni quien es ella misma. Uno de los temas de conversación más frecuentes del Regazo, es el de las muchas cosas de la maternidad que la sociedad no te dice. Nadie te dice que el primer período de la maternidad no es necesariamente bonito. Nadie te dice que lo que llaman “depresión post-parto” es algo que nos sucede a la mayoría de mujeres con mayor o menor fuerza. Nadie nos dice que tenemos la sensación de que no podemos hacernos cargo del bebé, y más que eso, de que quizá no queremos hacerlo, porque nos damos cuenta de que eso implica renunciar a muchas otras cosas, de hecho a casi todo. La sensación es la de haber perdido la libertad para siempre. Y la identidad. Y  la calma. A todo esto hay que sumarle el desorden hormonal. Es una locura. Por eso una parturienta no debería estar sola. Samantha nos recuerda en el Regazo que nuestras abuelas solían vivir el puerperio acostadas en la cama, atendidas por otras mujeres, tomando sopita de pollo. Pero ahora las cosas han cambiado. La sociedad occidental moderna es más independiente, el puerperio se suele vivir solamente con el esposo, si lo hay, pero se ha perdido esta vieja costumbre ancestral de criar en manada. Y eso es precisamente lo que necesita una mujer puérpera: un sostén, y no de una persona, porque, como dicta Gutman: “una mamá y un papá son demasiado pocos para criar un niño; puede sonar extravagante este pensamiento pero yo creo que estamos diseñados para vivir en comunidad, como la mayoría de los mamíferos”. Eso es el Reagzo: una tribu. Una comunidad de mamíferas que vive el tiempo de otra manera, que, en lugar de encargar a sus crías en guarderías o quedarse solas en la casa, decide unirse con otras mamás a dar de lactar y a compartir sus frustraciones y deseos. Vanessa Espín, mamá de Isabella de 4 meses, dice: “Yo lo que sentí es que solamente aquí me podían entender. Nadie más me podía entender. Ni mi mamá, ni mi esposo, solo en el Regazo me podían entender.” Para Paulina Simon, mamá de Elías de 7 años y Nael de 3, la experiencia en el Regazo fue transformadora: “Se volvió necesarísimo salir al menos esas 3 horas a la semana a ver a estas mujeres y conversar con ellas. De ahí salieron mis primeras mejores amigas de la vida con las que hasta ahora seguimos ya por 6 años acompañándonos y siendo cómplices en cada aspecto de la maternidad. Hasta hoy, casi 4 años después tenemos un chat de whatsapp muy activo en el que nos consultamos desde la temperatura, los remedios, las recetas para las loncheras y hablamos largamente de todo. Y todo eso nació del Regazo”.
El Regazo también se convierte en un espacio de estudio y reflexión sobre la maternidad. Muchas de las mujeres que ahora trabajan o están involucradas en temas de maternidad dieron a luz en Puerta a la Vida y asistieron al Regazo. Hubo madres que Samantha acompañó y que después se hicieron doulas o asistentes de lactancia, es el caso de Dani Jarrín y María José Silva. 

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¿Por qué es tan difícil asumir la maternidad?. Las respuestas pueden ser infinitas, pero una de ellas es que criar a un recién nacido exige todo nuestro tiempo, y eso, por supuesto, incluye la anulación de nosotras mismas. Es una lección de ego y un cambio de mirada. Un bebé obliga a cambiar la manera de concebir el tiempo. Estamos acostumbradas al movimiento constante y al ruido. Un recién nacido exige lo contrario: silencio y detenimiento. La sociedad, además de rechazar la pasividad, rechaza el mundo femenino. Siempre lo ha hecho y ese es el origen de la lucha feminista, pero uno de los efectos secundarios de la enmancipación de la mujer es el del rechazo hacia la maternidad. Por estas razones Samantha difiere con muchos de los puntos de algunas feministas. La igualdad de género queda solo en discurso cuando se trata de criar a un bebé, hay cualidades fisilógicas que solo puede hacer una madre que empiezan por la lactancia. “A la hora de maternar no existe igualdad de género”, dice Vanessa Espín. Pero no han sido las feministas las culpables del rechazo a la maternidad, sino la misma sociedad patriarcal que se ha encargado de dividir a las mujeres y hacerlas escoger entre vida profesional y el trabajo no doméstico haciendo que el precio que paguemos por nuestra libertad, sea el del rechazo a la maternidad. 
Samantha recuerda cuando a una mamá que iba al Regazo le dijeron en un restaurante en Quito que se fuera al baño para dar de lactar a su bebé. Días después, unas quince madres regresaron al restaurante, sacaron la teta y amamantaron en grupo. Cuentan que el dueño del restaurante quedó intimidado y fue incapaz de decir nada. En las sesiones del Regazo, Samantha suele decir que en esta sociedad ser mujer y lo que eso conlleva es muy mal visto. Pero lo complejo del rechazo a la mujer al que ella se refiere es que no es explícito, sino sutil, ambigüo, por un lado, para la sociedad conservadora los hijos son un requisito y la maternidad es vista como algo sublime y respetado. Pero esa misma “aceptación” asocia a la madre con la ama de casa rebajándola a un nivel inferior con respecto a los seres humanos que trabajan, sobre todo los hombres. Así, la maternidad es respetada de la misma forma que es respetada una mujer: con rosas lastimeras y canciones cursis. Vivimos en una sociedad que ha dejado de ver el milagro de lo cotidiano, la magia, lo absurdamente increíble que es que se forme un ser adentro de otro, que una mujer pueda llevar dentro de sí otros ojos, otro cerebro, otras manos, que un ser humano pueda salir de un vientre y alimentarse de otro cuerpo. Olvidamos que somos animales. Y que lo animal es sagrado. Esta sociedad hace que no veamos la importancia de la maternidad, y que por ende, no podamos asumirla.

Hay una diferencia entre las mamás que entran al Regazo y las que salen, dice Samantha. Las que entran llegan con miedos, y las que salen se vuelven seguras. Lo que hace el Regazo es que podamos asumir la maternidad. A Daniela Proaño, mamá de Zoe de un año, el Regazo le sirvió sobre todo para aprender a amar la maternidad. “Antes no me gustaba, era más una carga, solo una responsabilidad, un padecimiento. Pero aquí le fui agarrando el gusto”.  Todas las mamás que estamos esa mañana en el Regazo coincidimos en eso: después del Regazo nos gusta más ser mamás.

El Regazo existe gracias a Samantha. Ella es la gran tortuga debajo de las tortugas. La que ha podido sostener a las madres que sostienen a sus hijos. Ella tiene ese don. Dentro de los casos que más han marcado la historia de Samantha, hay el de una madre que tras 15 años de matrimonio en el que habían acordado no tener hijos, se quedó embarazada. El matrimonio estaba por terminarse. Llegaron a un acuerdo: ella concluiría el embarazo pero al momento de nacer, sería él quien se haría cargo por completo de la crianza del niño. Aunque fue a las clases de preparación al parto la madre prefirió no vincularse con el bebito por un mecanismo de protección. Al final tuvo un parto hermoso, un parto vertical. Cuando nació el bebé, el papá cortó el cordón umbilical y pusieron al recién nacido sobre el pecho de la madre. “le dije que cierre los ojos y que sienta su corazón, que empiece a oler a su bebé; ella le empezó a oler, cerquita de su nariz, de su cara, el bebito estaba con los ojos bien abiertos sintiendo la sensación de oxcitocina que había ese momentito en el cuerpo de su mamá y de él, como te he dicho la oxcitocina es la hormona del amor. Ese momento la mamá empezó a llorar, le besó, con los labios le tocaba al bebé, le olía, como una mamífera, como hacen los perros. Hace poquito le volví a ver, ya no está emparejada pero ella sigue teniendo a su hijito y los dos son felices”, cuenta Samantha. Ese es el don de ella: el de reecontrar a las madres con sus bebés, el de devolver a la maternidad la magia que la sociedad le ha quitado, el de hacer ver a la mujeres la importancia real de la maternidad, y por ende, hacer que puedan asumirla, o en otras palabras: el de dar a las madres la fuerza sobrehumana y la valentía que se requiere para hacerse cargo de otro ser humano. Por eso El Regazo propone una postura política. En una sociedad que va a mil por hora y nos aleja cada vez más de nuestros bebés, dar de lactar se convierte en un acto político. Asumir la maternidad se convierte en un acto político. Mientras todos van al trabajo, atraviesan el tráfico, producen dinero, un grupo de madres se reune en un lugar fuera del tiempo, fuera del sistema; allí dan de lactar a sus hijos, hablan del puerperio, de lo que sienten desde que su vida ya no es la misma. La maternidad se teje en un espacio imaginario bajo otras normas que no son las del sistema productivo. Por todo eso el Regazo es importante, porque reivindica el acto revolucionario y hermoso que es amamantar a un bebé en estos tiempos y decidir criarlo conscientemente. 

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Lucas ilumina este caos llamado puerperio, y es cada vez más llevadero. Ahora tiene 7 meses. Estamos conscientes de que el camino recién empieza, pero al menos siento que por fin hemos metido marcha. Por supuesto todavía seguimos yendo al Regazo, y no, todavía no estamos totalmente en calma (y sé que lo más probable es que nunca lo estemos del todo) y sí, todavía llora, y todavía lloro yo. Pero de una cosa estoy segura: ahora me gusta más ser mamá, y ahora me siento menos sola, sobre todo los jueves…

(Mundo Diners) 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Micro feminismos o la militancia de lo invisible






Al contrario de varias personas, a mi me encanta que el internet exista para que todos tengan voz, sí, todos, no solo la escritora famosa ni el filósofo o el político o la periodista, también la peluquera y la abuela y tu ñaña. Todos. Todxs, si quieren. Me encanta que opinen de lo que se les cante, hasta de sus platos de comida, y claro, no falta los que dicen que el feisbuk es el apocalipsis y lo dicen, claro, en un post de fiesbuk. Pero bueno, volviendo al tema, decía que el internet ha sido una plataforma que ha servido bastante al feminismo. Sabemos de la página sobre acosos que fue como una caja de pandora a mediados de enero de este año. Fenómenos como ese han hecho visible un dato aterrador: todas las mujeres hemos sido víctimas del machismo. 9 de cada 10 por no decir 10 de 10. Por otro lado, el fenómeno ha despertado miedo, terror, en los hombres. Varios amigos me han dicho que se sienten acorralados, que sienten que pueden ser chantajeados con falsas acusaciones y que nadie les creería. Que hoy en día basta con un post de facebook en su contra para que su vida quede arruinada. Y es verdad. Ellos dicen que tienen miedo, y yo les digo que es así, precisamente así, como nos sentimos las mujeres todo el tiempo. Ellos tienen miedo y sienten que es injusto, porque ahora deben hacer algo sencillo pero a lo que no están acostumbrados: medir sus palabras y sus actos.  
De todas formas, ese no debería ser el objetivo del feminismo: que los hombres tengan miedo. El objetivo del feminismo debería ser conseguir igualdad de género. Y no  vengan con que "somos diversos y por eso no podemos pedir igualdad". Por favor. Por igualdad nos referimos a igualdad de derechos. Algo básico. Somos seres diversos que necesitan tener los mismos derechos. Y esos derechos, por supuesto, deberían basarse principalmente en respetar y promover la diferencia, la diversidad. Hay hombres pero también mujeres que dicen que "el feminismo divide". No se trata de dividir sino de exigir derechos para una minoría, y si eso te hace sentir excluido, es tu problema. Queremos vivir en paz con ambos sexos. Respetarnos. Y para esto es básico entender que el machismo no es un problema de un individuo sino de una sociedad. Un hombre machista es el resultado de una educación represora que seguramente le obligó a ser “bien machito”. La carga que la sociedad les impone a los hombres es muy fuerte. Un hombre no debe llorar, debe ser “caballero”, no puede quebrarse, no debe ser más sensible que una mujer, etc. Entonces debería quedar claro que no se trata de culpar a un individuo en particular. Debería quedar claro que cuando hablamos de feminismo queremos liberar a las mujeres, pero también a los hombres, de los estereotipos que nos ha impuesto la sociedad, que cuando hablamos de feminismo no queremos culpar a contados individuos sino a un fenómeno cultural que nos afecta a mujeres y hombres (más a mujeres, por supuesto). Porque también hay mujeres machistas (y no es su culpa, es una consecuencia), y porque los hombres también lloran. Debería quedar claro que somos una sociedad en rehabilitación. Que nosotros, intelectuales, activistas de facebook, no somos pefectos. 
¿Cómo ejercer el feminismo en la era de lo políticamente correcto?. En una época fuerte- porque al fin las voces se están escuchando- pero que también cae en la superficialidad e hipocresía: en redes sociales todos dicen ser "perfect@s". Pero no lo somos. Somos humanos. Imperfectos. Seres "en proceso de recuperación". Todavía somos machistas, racistas, xenófobos y mucho más. Por eso ha pasado que artistas han sido criticados porque su obra es tachada de machista o racista. Pero su obra es sincera y si se quiere ser sincero no se puede fingir ser muy correctito cuando se ha sido lamentablemente educado de otra manera. El arte es sincero. Por eso no puede (ni debe) ser políticamente correcto. Pero bueno, eso es material justamente del siguiente post. Volviendo al tema, más allá de que todos tengamos un discurso bien claro y posicionado nos damos cuenta de que nos falta largo cuando vemos que se sigue usando la palabra “maricón” en los chupes, cuando en las escuelas no se enseña que la homosexualidad puede ser una opción, cuando las mujeres aún no somos libres de andar con vestido por las calles sin miedo. Debemos saber que para generar cambios no basta con llenar de quis o arrobas nuestras palabras, hace falta hacer algo, sí, pero no me refiero necesariamente a algo grande (que también es válido) sino a cambiar desde las pequeñas costumbres, aquellas que están ya normalizadas. Más allá de una moral de facebook creo que es importante asumirnos como seres imperfectos, pero en vías de corrección. Y luchar, desde facebook, sí, también, pero sobre todo desde nuestra profesión, y desde nuestra vida cotidiana, en pequeñas acciones. Porque el machismo mata. Y no es una metáfora. Hay mujeres muertas. Y están muertas porque de chiquitas nos enseñaron a no ponernos faldas para no "provocar", porque a los hombres les enseñaron que si veían una mujer sexy y la respetaban eran giles o poco hombres, les enseñaron a aguantarse el llanto para no ser mariconcitos, porque les dijeron que un hombre es más hombre si engaña a su mujer y una mujer es más mujer cuando calla. Por eso es BÁSICO ver lo invisible. Empezar por los detalles. El machismo no es más que la olla de presión de un sistema caduco. Y el feminismo-al menos el que a mi me interesa- no busca erradicar solo la violencia para con las mujeres sino también liberar a los hombres de esas ridículas ataduras sociales.

(Mundo Diners)

jueves, 2 de noviembre de 2017

Sabina




A propósito de Dangerous Method, de David Cronenberg. 







Una cosa que siempre se le escapó a Freud, algo que siempre fue como una falla en el psicoanálisis, una fisura, fue lo que en su propio lenguaje se conoce como la “contra-transferencia”. Se llama “transferencia” al síndrome que consiste en que el paciente se enamora del analista; pero no solo los pacientes transfieren sus deseos y miedos a sus doctores, a veces también los analistas se identifican con los problemas de sus pacientes, y se involucran con ellos… demasiado. No son pocas las historias de terapia y aventuras eróticas, sobre todo al comienzo del psicoanálisis. El propio Freud se culpó toda la vida por no haber podido evitar involucrarse sexualmente con algunas de sus pacientes. Pasó también con Anaïs Nin y Allendi y luego Otto Rank, y con Gustave Jung y Sabina Spielrein. De esta última relación surgió la película Dangerous Method (2011) de David Cronenberg. Como toda buena película, habla de varias cosas: de la relación de Jung con Sabina como paciente y luego como amante, de cómo ella se convierte en terapeuta, de la amistad de Jung y Freud que se ve afectada al final de sus vidas, de los hallazgos de ambos terapeutas, pero, sobre todo, visibiliza el genio de Spielrein. Todo el mundo sabe quién es Sigmund Freud. Todo el mundo sabe quién es Gustave Jung. Pero a nadie le suena el nombre de Sabina Spielrein. No se sabe que ella fue una terapeuta de la talla de Jung y Freud, que llegó a psicoanalizar a Jean Piaget. No se sabe que fue ella quien formuló por primera vez la tesis de que hay algo de placer en el dolor, y algo de dolor en el placer. Fue ella quien desarrolló los principios de la famosa teoría de la “pulsión de muerte”, incluso, según Karsten Alnaes, que ha escrito una novela basada en su vida, el “instinto de muerte” de  Freud no es más que una copia de la tesis de Spielrein.   

En la película de Cronenberg, cuyo guión fue escrito por Christopher Hampton, Sabina, que está interpretada por Keira Christina Knightley, llega al consultorio de Jung casi convulsionando. Tiembla. Sus demonios internos no le dejan vivir. Poco a poco en las sesiones terapéuticas se va develando su verdadero conflicto: a Sabina le excita el dolor físico. Recuerda que cuando era niña y su padre le golpeaba, ella se escondía para masturbarse. Como nunca entendió esta relación entre placer y dolor, vivió culpándose por ello, y esta represión la llevó a la casi locura. Pero la terapia con Jung funcionó. Y Sabina no solo que se entendió mejor a sí misma sino que se sintió capacitada para ayudar a los demás. Hizo su tesis basada en la asociación placer-dolor, vida-muerte, teoría que más tarde Freud adoptaría y llamaría “pulsión de muerte”.  Cronenberg muestra a Sabina como una mujer salvaje que hacía todo al extremo, y que claro, era inteligentísima y tenía madera para ser terapeuta también. Para Jung, ella fue un reto profesional, pero la terapia empezó a tambalear cuando él empezó a desearla. Además de un desafío profesional, ella representaba un peligro, era una mujer en estado puro, piel locura y vida. E inteligencia que estallla en sensualidad. Ella le propone ser su amante y Jung tambalea, no quiere cometer ese error profesional. Esta brillante biopic plantea una buena pregunta para el psicoanálisis: ¿Por qué en el psicoanálisis puede ser tan difícil mantener una distancia profesional?. Parecería que  dos personas que se juntan, la una a escuchar y la otra a hablar, de su vida, de sus problemas, de aquello que no puede hablar con nadie más, comparten inevitablemente una cualidad indispensable para los amantes: son libres. Cuando una persona, por un momento se saca la máscara social y se permite ser quien realmente es, y la otra la mira así sin veladuras, no pueden hacer otra cosa que desearse. Y parecería que este el fin inevitable del análisis. Y más o menos eso es lo que creía Otto Gross, quien también aparece representado en el filme. Él dice que una de las fallas del psicoanálisis es la de reprimir. Que la sexualidad no se debería reprimir y que la monogamia es una farsa. Entonces, tras los consejos de amigo, Jung justifica su deseo y se rinde. Con su nueva amante encuentra un espacio íntimo especial, solo cunado están juntos son libres, tanto para hablar de Wagner como para hacer el amor. Van de la razón al sexo, primero son cerebro y después son un poco animales, viven una sexualidad tan intensa que resulta una suerte de desposeción. Pero Jung, que en el aspecto íntimo no quería ser como Freud, se siente como un perro. No quiere traicionar a su esposa con su paciente. Entonces la abandona, cobardemente. Muy cobardemente.  Y ella se hace pedazos….
Más tarde recaen, pero solo a manera de despedida. Jung llora por no poder quedarse con ella para siempre. Sabrina también llora. Saben que su amor, como todos los amores eternos, está destinado a estrellarse. Saben que lo suyo no puede trascender, no porque él esté casado ni porque ella esté “loca”, sino porque si estarían juntos más de una noche ya no serían extraños, y ya no serian libres, y ya no se amarían.
Más tarde vuelven a encontrar. Ha pasado el tiempo: ella está casada y embarazada y él tiene otra amante. Sus vidas ahora parecen estables, pero saben que nunca volverán a ser tan tan jodidamente libres como cuando fueron amantes. Desde la calma, pero contentos de haber vivido una historia hermosa y extraña, se despiden. Y lo que sigue, aunque se sugiere, no se ve. No se ve que Sabina quiso abrir un centro para niños con trastornos psíquicos porque siempre pensó que su rol de terapeuta tenía que ayudar a que la gente a ser libre, y que por eso pensó, equivocadamente, que la URSS le apoyaría. No fue así. Murió asesinada junto a sus dos hijas en la Sinagoga.

(Babieca)