Ver
una película se parece mucho al acto de soñar. Porque significa entrar a
otro mundo que más bien es volatil. A un mundo etéreo. Se apagan las
luces y empieza el viaje. Las imágenes proyectadas en la pantalla se
confunden con nuestras sensaciones, pensamientos, fantasías, recuerdos.
Estamos en el terreno de lo intangible, en el mundo de las ideas. El yo
se confunde con la pantalla. Cuando se encienden las luces volvemos a la
realidad. El barco ha llegado a tierra firme. Si la película es buena
salimos de la sala todavía mareados, aún sintiendo el movimiento de esas
olas en el cuerpo. Pero cuando el tiempo pasa, esas imágenes
inevitablemente se funden en nuestra subjetividad, regresan, de a poco, a
la oscuridad de ese mundo imaginario del que vinieron.
Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...
miércoles, 22 de mayo de 2019
David Coral: detective de lo inútil
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| París, 2003. De la serie El Caramelismo |
Uno:
El Caramelismo
Año 2000. La Alianza Francesa organizaba
“el año internacional de la fotografía”. La muestra era imperdible: Sebastián
Salgado, uno de los fotógrafos más importantes de nuestro tiempo. Allí se
encontraron la crema y nata de la intelectualidad quiteña. Todos bebían vino y
aclamaban al Dios de la fotografía latinoamericana. Todos, menos uno. Un jóven excéntrico con pinta anacrónica que llevaba
su cámara reflex al hombro. Nadie lo entendía, excepto uno: David Coral. “Me
cayó bien porque se puso a hablar muy mal de Salgado, y la gente le empezó a
putear, ¿quién eres tú?, ¿qué te crees?” recuerda, divertido. Hace frío en
Quito y, mientras tomamos una cerveza en un bar de La Floresta, Coral habla de su
amigo Gustavo Moya, definitivamente una influencia importante en su búsqueda
artística.
David se graduó en el Colegio San Gabriel,
donde formaba parte del Club de Andinismo, y fue esa afición la que lo llevó a
inscribirse en los talleres fotográficos de la Alianza Francesa (CIAF). Tiempo
después descubrió, en una colección de libros de la editorial francesa Touch, a
los clásicos de los años ’30 como Cartier Bresson, Brassai y Kertesz, y
entonces se entregó de lleno a su nueva pasión.
Cuando conoció a Gustavo Moya, sus
intereses empataron. Compartían el mismo hastío a la forma de mirar de los
fotógrafos latinoamericanos, más bien de denuncia. Sentían que era hora de aprender
a verse de otra manera, después de todo, en la ciudad debía haber algo más que
miseria. Como antítesis al realismo social, un poco en broma y bastante en
serio, y desde su lugar de veinteañeros inocentes y rebeldes, Coral y Moya se
propusieron (¿por qué no?) crear un movimiento artístico. Si los franceses
tenían el dadaísmo, aquí debería haber un equivalente, pensaron, y una noche,
después de ver una exposición de Ansel Adams, crearon, en el Pobre Diablo, un
movimiento propio al que llamaron El Caramelismo. Si la foto-denuncia hacía que
el espectador sienta pena, o miedo, o ira, el caramelismo debía ser como una
pequeña y delicada golosina de fresa derritiéndose en la boca. Allí donde todos
hablaban de miseria, la revolución sería la belleza.
Aunque hoy recuerdan esa época con
ternura y autocrítica, sí que se la tomaron en serio. Para ellos la fotografía
implicaba mística y rituales. David tenía un atuendo especial para las misiones
(chaqueta verde militar, botas de cuero, jean) Y el ritual consistía en salir –casi
siempre por las noches– con la cámara al hombro, un termo de café y una radio
en la que escuchaban cassettes de los Rolling Stones o Bob Dylan. Este sería el
inicio de un vagabundeo romántico que se convertiría en ingrediente
indispensable en la obra de Coral. Caminar, escuchar música, conversar, visitar
lugares diferentes o visitar los mismos lugares pero para verlos por primera
vez. Había ocasiones en las que ni siquiera tomaban fotos, la cámara era un
pretexto para deambular, para habitar la ciudad de otra manera.
El proceso de revelado también envolvía descubrimientos.
David montó un cuarto oscuro en la lavandería de la casa de sus padres. Allí,
con Gustavo, desarrollaban teorías filosóficas sobre el proceso químico, decían
cosas como “qué maravilloso es el revelador, pero mejor es el fijador, que
logra sobreponerse a la luz”. El Caramelismo era todo un mundo, era buscar una
belleza muy francesa en las calles de Quito, escuchar discos de vinilo, era
Dada, era Jaques Brel, eran las veladas, era el surrealismo. Hasta redactaron,
en máquina de escribir, algunos postulados que componían una especie de
manifiesto. El Caramelismo no sólo fue una fiebre juvenil o un capricho de
artistas novatos, éstas búsquedas románticas dieron como resultado dos
exposiciones. La primera fue en el Ochoymedio (2003) y reunió las fotografías
que habían hecho Moya en la Gay Pride de París en el 2001, y Coral, en la misma
manifestación, en el 2003. La segunda exposición fue en el 2004 en la Casa de
la Cultura, en la sala Víctor Mideros, y se llamó, sin más, “El Caramelismo”. Esta
muestra, al contrario de las tendencias anarquistas o contestatarias que solían
buscar los jóvenes de la época, buscaba elegancia y formalidad. “El Gustavo
estaba loco, decía que a la exposición tenía que ir alguien de la Real Academia
de la Lengua Española, algún Historiador, un representante de la Iglesia. Nos
parecía que una exposición en serio tenía que contar con estos personajes”, recuerda
Coral.
Dos:
para mirar, hay que vivir.
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| La Habana, 2009. De la serie La ciudad desnuda |
A veces, para poder ver, es necesario quebrar de un puñetazo el espejo y mirar cómo los
pedazos se riegan por el aire, se pierden a lo lejos, formando un mosaico
imposible de reconstruir. Entonces solo queda un camino: reinventarse.
La exposición en la Casa de la Cultura
fue quizás el cierre de esa primera etapa llamada Caramelismo. David había
terminado la carrera de Literatura y sentía que en Quito los temas para
fotografiar se le acababan, así que decidió ir a Barcelona para hacer un Máster
en fotoperiodismo (2004-2005), un pretexto para irse. De hecho, en este diplomado
no encontró nada que le sirviera realmente, pues se enfocaba en la parte técnica
del oficio. En ese sentido Coral tuvo una desilusión, porque lo último que le
interesaba era profesionalizarse como fotógrafo o “vivir de la fotografía”; no
esperaba trabajar en un medio de comunicación ni hacer fotos de estudio, lo que
quería era otra cosa, eso que sólo podía encontrar viviendo.
Tenía 23 años, estaba solo en Barcelona,
no tenía un centavo, vivía esa realidad del joven latinoamericano que sueña con
triunfar en Europa y se da con la piedra en los dientes. Pero fue ahí, en ese
ambiente hostil, donde hubo un evento, sólo uno, que sería suficiente para
aguzar su mirada. En el 2005 visitó una exposición de Robert Frank en el MACBA
de Barcelona. “¿Qué hacía este tipo
fotografiando seres ordinarios?” Al ver la serie “Los Americanos”, la más
famosa de Frank, Coral se sorprendió con esa mirada que prioriza la vida diaria
a los hechos trascendentales, y entendió que no era la ciudad la que se había
agotado, sino su mirada.
De vuelta en Quito, David empezó a dirigir
y editar La Revista Montaña, sobre andinismo, actividad que le permitía estar
conectado con sus otras búsquedas, la literatura y el andinismo, y también le
otorgaba cierta autonomía económica con la que financiar distintos viajes. Estuvo
en La Habana, Nueva York, Chicago, Bogotá, entre otras ciudades. Nunca se sabrá
si los viajes eran un pretexto para fotografiar, o si era al revés: la acción
de fotografiar como pretexto para viajar, para vivir, en el trabajo de Coral la
línea que separa la vida de la obra es muy delgada. Como resultado de estos viajes
David hizo una exposición en la Alianza Francesa en el 2012, llamada “La ciudad
desnuda”. En estas imágenes hay una mirada que rechaza los lugares turísticos y
se enfoca en esos sitios raros, diferentes, las librerías de segunda mano, las
cafeterías bizarras, los recovecos, aquellos lugares que las ciudades guardan
como secretos.
Después de concluir de alguna manera con
el tema de La Ciudad (quizá el gran tema en su obra) al establecerse por un
tiempo en Quito, Coral volcó su mirada hacia los personajes urbanos. Si antes
su objeto de interés fue el paisaje urbano, luego comenzó una suerte de manía por
los seres humanos, a quienes fotografiaba en misiones solitarias y durante el
día.
Sus caminatas eran larguísimas. Estaba obsesionado
con la “quiteñidad” y con “qué es ser quiteño”. Si antes pretendía una composición
perfecta, su nuevo estilo se caracterizaba por priorizar la gestualidad en una
fotografía veloz, esperando ese gesto que rompe la linealidad del tiempo. Fotografió
muchísimo Quito y sobre todo ciertos sectores en los que sentía que la vida
bullía con más intensidad. Su zona favorita era el centro, Santa Prisca, La
Alameda, El Egido y el IESS. Le gustaba meterse a los edificios, subir todas
las gradas, husmear. Allí encontraba burócratas siniestros que estaban siempre
resolviendo cosas, buscando papeles, postergando. Estos personajes le resultaban
maravillosos porque en sí mismos guardaban elegancia y descuido, podía
reconocerlos fácilmente y en ocasiones hasta se bajaba del bus para seguirlos. La
cámara era nuevamente una excusa para permitirse expediciones profundas (de la
Mariana de Jesús al Recreo ida y vuelta) o subir
por las cuestas de Quito descubriendo esa geografía tan particular de la
ciudad. Un fotógrafo es –debe ser– ante todo un voyerista. Alguien que más que
mirar, espía. Urga en la realidad con fines inútiles.
Tres:
Whymper, de la fotografía de calle al ensayo visual.
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| Riobamba, 2017. De la serie La cuerda rota. A 139 años del viaje de Edward Whymper al Ecuador |
Otro viaje provoca el tercer momento fotográfico
de David Coral. Esta vez el destino fue Londres, y la razón, otra maestría.
Pero a diferencia del primer diplomado, esta escuela creativa tenía profesores que
invitaban a experimentar, que cuestionaban los tecnisismos convencionales. En
su última propuesta confluyen todos los elementos que antes habían atravesado su
obra: su pasión por la exploración, su gusto por el montañismo, su obsesión
sobre la memoria y la literatura. Para su proyecto de tesis, David buscó un
tema que implicara a Ecuador e Inglaterra. Inspirado en los exploradores que vinieron
a la mitad del mundo en el siglo XIX, decidió plantear un proyecto fotográfico
cuyo objetivo fuera cuestionar el manejo de la memoria de los ecuatorianos a
través de un personaje, el escalador británico que llegó a nuestro país hace 138
años atraído por el Chimborazo, y que fue el primero en escalar casi todas las
montañas del Ecuador: Edward Whymper.
Qué es lo que ha quedado del viaje de
Whymper a Ecuador y cómo se recuerda en la actualidad, fueron algunas de las
preguntas que se planteó David Coral. Envió varias postales a distintas
personas (desde el guardia del refugio del Chimborazo hasta un andinista en
Londres) en las que ponía una sola pregunta: ¿Cómo recuerdas a Whymper? Las respuestas
fueron sorprendentes. El poeta Juan José Roldinás, por ejemplo, dijo que
Whymper le recordaba a la Avenida Whymper, que, a su vez, le recordaba a una
novia. Aunque un camino para este proyecto hubiera sido llevarlo por el lado de
la de-colonización, Coral prefirió no hacerlo, pues así se le sugirió
precisamente un profesor europeo, saquen sus propias conclusiones.
Para Coral, Edward Whymper es una especie
de héroe trágico que fue injustamente olvidado. Whymper escribió un libro
maravilloso sobre el Ecuador que en nuestro país se publicó 101 años después que
en Inglaterra. Por eso, más que del mismo Whymper, este proyecto fotográfico
habla de nuestra particular manera de preservar la memoria. En Ecuador nadie ha
leído el libro que escribió Whymper, pero, por otro lado, existe un Hotel
llamado Whymper que pertenece a seis hermanos solterones e hipercatólicos, un lugar
completamente siniestro. En algún punto, David Coral tuvo que ir al Archivo
Histórico y descubrió que allí solamente trabajan cinco personas, incluido el
guardia. La fachada del Archivo Histórico está descuidada, sucia, grafiteada, y
adentro, por supuesto, nadie sabe quién es Whymper.
El resultado físico de esta investigación
es un diario en el que Coral al fin pudo unir sus tres aficiones: la
fotografía, el andinismo y la literatura. Este diario está narrado en primera
persona, supone una pequeña ficción que se mezcla con hechos reales y es la
primera vez en la que el autor aparece en su propia obra. Por supuesto, se
trata de un detective (un detective de cafetines de la Alameda) que ha sido
contratado por Simón Espinosa para investigar al escalador británico. La razón
de esta investigación secreta solo se devela al final y supone una distopía en
la que Ecuador ha sido tomado por Alianza País. Los lugares históricos están
cambiando de nombre, el colegio Manuela Cañizares ahora se llama “Colegio
Gabriela Ribadeneira” y la cumbre del Chimborazo (que se llama Whymper) está a
punto de ser rebautizada como “René Ramirez”.
El mayor hallazgo del Diario
es subrrayar la importancia de la mirada, poner por primera vez en evidencia al
personaje que había estado siempre presente. Coral, al igual que Whymper, es,
siempre ha sido, tal vez sin saberlo, un explorador. Ha tomado el oficio de
fotógrafo como si fuera una tarea de exploradores científicos. Su afición desmedida
por Whymper que llamaba la atención a los compañeros de su clase no se debía a una admiración por los logros
que ya conocemos sino a una profunda identificación por la avidez, por el deseo
de descubrir, no necesariamente montañas, sino también lugares urbanos, personajes, o incluso geografías mentales.
En ese sentido los exploradores de la naturaleza no se diferencian mucho
de los filósofos o los poetas. El fotógrafo se convierte en un cazador de
imágenes que podría compararse al personaje de aquella película de
Antonioni, Blow Up, o al Charlie Parker construido por Cortázar en El Perseguidor. El personaje puede ser
un saxofonista o un fotógrafo o un navegante cuyo escenario no es el mar sino
las calles, y su cámara, una pequeña máquina del tiempo que le permite tejer
agujeros en el aire.
(Mundo Diners)
martes, 19 de marzo de 2019
Bandersnatch (O una inyección de paranoia posmoderna)
Si
usted es de los que piensa que sus pequeñas decisiones insignificantes, como elegir café o té, pueden definir el
curso del Universo para siempre, mejor absténgase de Bandersnatch, la película
de los creadores de la serie Black Mirror, estrenada en Netflix el 28 de
Diciembre del 2018.
En
1984, Stephan Bulter, un adolescente con
problemas mentales, quiere diseñar un
videojuego inspirado en una novela fantástica, de esas que estaban de moda, en
las que el lector decide el destino de los personajes. El libro que Stephan
está leyendo, al igual que la película que nosotros estamos viendo, tiene
varias posibilidades de trama, las cuales dependen de las decisiones que tome el
lector (o el espectador). Este principio recuerda a la Biblioteca de Babel de
Borges, en la que existen todos los
libros, pues existen todas las combinaciones posibles del alfabeto. Lo que
escalofriantemente quiere decir que allí también está escrito el libro de
nuestras vidas, pues este sería una posibilidad más de combinación alfabética.
Esta idea vertiginosa recuerda a los principios de la Mecánica Cuántica, que
afirman que el espectador tiene la capacidad de transformar la realidad con su
mirada. Es decir que existen tantas realidades como observadores. Este concepto
supone la existencia de mundos paralelos y desafía la existencia de un solo
Dios y de un Destino. Es por eso que sobre estos mismos pilares se sostienen
los principios de la filosofía posmoderna. Al ser la mirada la protagonista de
la escena, todos los caminos son posibles, hay la sensación de una especie de
autonomía, de libre albedrío; sin embargo, esta “libertad” se ve amenazada apenas
nos enfrentamos a estas preguntas: ¿Cómo elegimos los caminos que elegimos?
¿Por qué los elegimos? Y sobre todo, ¿Quién los elige?
¿Realmente somos
nosotros los protagonistas de nuestras vidas?. La tortilla se da la vuelta. El
observador es observado. Después de tener todo el poder sobre nuestro destino,
nos damos cuenta de que hay algo, sólo una cosa, un pequeño detalle, que no nos
pertenece: la conciencia. Esta idea se ve reflejada en la escena en la que
Collin (amigo que ayuda a Stephan a diseñar el juego de video) le invita a
tomar un ácido. La película interactiva da la opción al espectador de aceptar o
no el ácido. Sin embargo, si se decide que no, Collin mete la droga en el té, y
Stephan termina ingiriéndolo de todas maneras. Cuando Stephan le pregunta a su
colega por qué lo hizo, él le responde: “decidí por ti”. Interactivo quiere decir que podemos elegir,
y he aquí la paradoja brillante de Charlie Booke, el hacernos partícipes del
diseño de un destino es precisamente la forma que encuentra el sistema para
esclavizarnos. Un sistema que se basa en una supuesta “libre elección” que no
es más que otra forma de atadura. La
tecnología, la esquizofrenia, las realidades paralelas, en el fondo esas estructuras no son más que
un espejo negro de la cárcel más escalofriante: el sistema.
![]() |
| Esta cita a Phillip K.Dick es lo máximo. |
Si
con los capítulos de Black Mirror ya experimentamos un desasosiego profundo
ante el capitalismo y la tecnología, con
Bandersnatch tenemos toda la sensación de ser un personaje más dentro de
la trama. Esta vez somos parte del juego. Charlie Brooker pone al espectador en
el lugar del protagonista. No sólo lo hace mirar a través de sus ojos, sino que
lo hace elegir por él. Si después de la
invención del montaje, de yuxtaponer planos cerrados, abiertos, y sobre todo,
planos “subjetivos”, se logró establecer la mirada del protagonista, con el
recurso de la película interactiva (o por lo menos de esta película
interactiva) se logra ir un paso más allá en el proceso de identificación
espectador-personaje. Al tomar las decisiones del protagonista, el espectador
se sitúa inmediatamente no solo en su mirada, sino que parece zambullirse en su
mente. Hay que tomar en cuenta que en este caso se trata de una mente
esquizofrénica. Entonces lo que sucede es escalofriante: mientras decidimos por
Stephan, nos vamos dando cuenta de que no decidimos sobre nosotros; así como
nuestra mente parece estar sobre la suya, presentimos que hay algo más que nos
domina a nosotros, o por lo menos dudamos de la autonomía de nuestras
decisiones. Sugestionados por la paranoia en la que nos ha sumido Brooke con
maestría, nos preguntamos si alguien, algo, decide por nosotros. ¿Quién?.
(Babieca)
lunes, 18 de marzo de 2019
Elegí la vida
"Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete"
-Woody Allen
Preferí la cabeza a la tierra. De niña, mis cuadernos de matemáticas estaban llenos de dibujos de extraterrestres o astronautas. Cuando empezaban las clases, también empezaba una película en mi mente. Puede que en parte haya sido por la miopía, es cierto, pero prefería el mundo interior al exterior.
Recientemente, en una clase de inglés a
la que asisto, tuve que hacer un ejercicio que consistía en describir
acciones a partir de una imagen. Utilicé perfectamente la gramática
requerida, pero hubo un detalle: no usé el dibujo; es decir, me inventé
otra historia. Creo que esta anécdota podría resumir mi historia
académica. Allí donde los otros miraban el borde, yo veía el vacío; si
todos veían la isla, yo veía el agua. Tal vez sea una mirada extraña o
simplemente dislexia, pero eso que me hace ser quien soy, es lo mismo
que llevaba a los profesores a hacerme bullying, porque todos sabemos
que son ellos quienes más lo ejercen. Hoy en día me reconozco
completamente inútil en varios aspectos de la vida práctica y no me
importa, pero en esa época, en la infancia, sí me molestaba, como
una pequeña espina en el corazón. Tal vez haya sido eso lo que me llevó a
buscar un mundo que fuera más habitable. Tal vez haya sido un mecanismo
de defensa, nunca lo sabré, pero los libros, los cuadernos en blanco,
las pinturas, los sueños, las películas, se convirtieron en el único
lugar seguro para mí.
Podría afirmar que vivía en las nubes. Allá, en ese reino que se parece al del agua, el tiempo pasa más lento, pero no existen los buenos filetes ni las experiencias. Además, ese mundo se empieza a agotar si en el otro (en la realidad) no pasa nada.
Llegué a la Tierra por voluntad propia,
no debido a un “golpe brusco” o a una circunstancia externa. Yo admiraba ese mundo fantástico en el que mis amigos hacían cosas
maravillosas e imposibles como tener relaciones sentimentales, hornear
pasteles de vainilla o fabricar nuevos seres humanos. Para mí esas
tareas terrenales resultaban lejanísimas y por lo mismo eran un reto.
Entonces, en un punto, abandoné las nubes para
infiltrarme, como una agente secreta, en los dominios de la realidad.
Desde entonces voy tambaleando. Es difícil caminar en la Tierra cuando
una solo se ha movido por los caminos acuáticos/espaciales del
interior. Solo en la realidad se pueden conseguir un buen filete y una
buena cerveza, sí, pero solo en la realidad está ese afán de la gente
por llegar más rápido a ninguna parte y por “alcanzar la perfección”. Es
curioso, pero muchas veces esa sed de trascendencia, de éxito, se opone a la vida.
"Mi mano derecha es una golondrina. Mi mano izquierda es un ciprés", dijo Huidobro. Mi mano ciprés, la que se aferra a la tierra, es la que me lleva a pensar que debería leer más, hacer más ejercicio, conseguir un trabajo fijo, publicar un libro, ir más allá, siempre más allá....
Pero la mano golondrina me salva.
La
semana pasada estuve en el hospital debido a una intoxicación severa.
Mientras el suero llegaba a mis venas, el cerebro (o el corazón) evocaba
imágenes para resistir. Lo curioso es que ninguna de estas imágenes
tenía que ver con las preocupaciones que suelo tener a diario. De las
tinieblas de la memoria emergía despacio la mano de mi hijo sujetando la
mía en medio de la oscuridad, el olor del mango en diciembre, una
mañana de agosto en el páramo, la presencia de mi madre en un viaje a la
playa: de repente, sin razón, ella se volteaba y, desde el asiento
delantero del carro en el que viajábamos, me miraba. Mi madre sonreía
como si solo ella y yo supiéramos algo. ¿De qué éramos cómplices? De
nada más que de ser compañeras en esta nave.
(Mundo Diners)
viernes, 1 de febrero de 2019
La escritura mágica de Haruki Murakami
Humean montañas de basura a ambos lados de la carretera. Seres
andrajosos suben y bajan por ellas. Un adolescente, recostado sobre una pila de
cartones y trapos, lee.
Ha encontrado un libro y lo lee con dificultad, pero hechizado.
Para él ha desaparecido el basural, sus manos heladas y sucias pasan
las hojas del libro.
El adolescente ha terminado de leer su libro. Se encienden estrellas
sobre la basura. Es la primera vez que lee un libro desde el comienzo hasta el
final. Es la primera vez que descubre que alguien que no lo conoce y a quien
nunca vio, sabe exactamente lo que le pasa y lo que piensa. Aprieta el libro.
Llora. O casi. Acaba de comprender que no está solo en el universo.
-José Sbarra
Por allá por el
2012 fui presa de una “fiebre Murakami”. Después de leer Kafka en la orilla
(2002) me obsesioné con el alucinante universo de este escritor japonés que
unos aman tanto como otros odian. Quizá lo odian por la misma razón por la que
yo no podía dejar de leerlo, porque es adictivo, porque vende. Y un escritor
que vende no es digno de ganarse un Nobel, claro. No lo sé. Tampoco me importa.
Lo que importa es que en ese tiempo devoraba sus libros, uno tras otro, y
recuerdo haber pensado que si tuviera la oportunidad de tomar un café con un
escritor, sería con él. No porque fuera mi favorito, sino porque pienso que más
que un escritor, él es una especie de detective metafísico (tal vez uno de los
personajes de sus propios libros) que sabe algo.
Lo que parecería
imposible, sucederá: Haruki Murakami viene a Quito este noviembre. De todas formas, no podré entrevistarlo ni
nada parecido. Seré una espectadora más en el mar de gente que lo verá en el
Teatro Nacional de la Casa de la Cultura, este 8 de noviembre. Pero por otro lado, las preguntas que le
haría tal vez no serían nada que él
pueda contestar. O quizá sí. Si es que, como lo creo, Murakami no es humano,
sino su doble siniestro.
Leer Murakami se
parece a comer un Sniker, mientras
afuera llueven pájaros. Leer Murakami también es como tomar una copa de vino
escuchando Miles Davis, sin saber que desde la ventana trasera, alguien te
observa. Parecería que a medida que se avanza en la lectura, el alma se escapa
a otra parte… Su literatura produce un placer pop, y a la vez, algo
profundamente místico; los personajes que escuchan Radiohead y toman Coca-cola,
interactúan con espectros, crisálidas en el aire, little people, viven en
grandes ciudades en las que además de metro y enormes avenidas, existen pozos
que conducen a otras dimensiones con dos lunas en el cielo. Aunque sea
inevitable dividir estos aspectos en dos categorías que a nuestros ojos
occidentales son opuestos: pop/misticismo, gringo/japonés (no es coincidencial
que Murakami se haya iniciado en la literatura escribiendo en una lengua que no
era la materna, el inglés, para después auto-traducirse al japonés, y que estas
dos lenguas/culturas se entremezclen todo el tiempo en sus relatos), hay que
decir que en el universo murakamiano los fantasmas no se encuentran
necesariamente en casas abandonadas o en épocas pasadas, sino aquí y ahora, en
apartamentos ordinarios, es decir que conviven con personajes completamente
contemporáneos. Algunos dirán que esto se debe a su condición de japonés
occidentalizado, cosa que por un lado es
cierto. Pero hay que considerar que en el actual Japón todavía existen rituales
mágicos, y la espiritualidad sigue viva. Eso que occidente vemos como un tema
dual en oriente está inevitablemente
entreverado.
En la literatura
de Haruki Murakami los personajes principales están (casi) siempre narrados en
primera persona y son masculinos. Quizá esto tenga algo de autobiográfico. Se
podría decir este personaje misántropo, torpe social, introvertido, atraviesa casi todos sus relatos: Watanabe en Tokio Blues,
Tengo en 1Q84 , Torou Okada en La Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, por citar unos ejemplos. El personaje
murakamiano masculino es una suerte de héroe contemporáneo, algo melancólico
pero más bien prosaico, que suele relacionarse con dos tipos de mujeres: las
primeras son terrenales, divertidas, habladoras y ocurridas, se podría decir
que son más reales (Midori, Sakura, May Kasahara, etc ) y las segundas están
siempre vinculadas a situaciones escabrosas relacionadas con la muerte (Señora
Saeki, Creta Kanoo, Naoko, Shiro,etc). El sucidio de Naoko en Tokio Blues, la
desaparición de Kumiko en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o la
violación de Shiro en Los años de perigrinación del chico sin color. Hay que
aclarar que estas mujeres están lejos de esa trillada idealización de los
personajes femeninos que suele haber, muchas veces de maneras muy sutiles, a lo
largo de la historia de la literatura. No se trata de musas . Los
personajes femeninos de Murakami representan aquello que atraviesa
inevitablemente a la feminidad: Eros y Thánatos. El personaje masculino se sabe inferior
ante una naturaleza femenina misteriosa y desbordante, una marea que no puede
controlar, que le supera, quizá la inmanencia. La femenidad resulta espeluznante
porque refleja a la naturaleza humana, y, por ende, nos hace conscientes de la
propia mortalidad.
Es, tal vez, en
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, donde esta metáfora no puede ser más
clara. Tras la desaparición de su esposa, Torou Okada encuentra un pozo que se
convierte en el único lugar en el que se siente cómodo. Tras varias visitas,
Okada es absorbido por este túnel viscoso, quizá una vagina, pero una vagina
que deja de ser sinónimo de fecundidad y se convierte en un lugar peligroso,
una cavidad desconocida con recovecos inhóspitos que le conducen a otra
dimensión (quizá una matriz) donde todo es posible. Esta matriz ya no es un nido cálido con el
que suele asociarse al útero, sino más bien un pantano escabroso: el
subconsciente o el Hades. Un espacio en el que el miedo y el deseo están tan
entreverados que podrían definirse en una sola palabra, un paisaje del
subconsciente que a veces puede tener forma de Hotel. Ese lugar es temible porque no es más que el símbolo del interior, ahí todos pueden cumplir sus pulsiones y satisfacer los deseos que en la realidad ordinaria
están reprimidos. Ahí nada está prohibido, porque ahí, todos son sus dobles.
***
Y aquí llegamos
al tema clave en la literatura de Murakami: el doble. En sus relatos hay
siempre un mundo onírico, pero no, Murakami no es surrealista ni forma parte de
ningún tipo de “Realismo mágico”. Su estilo se acerca más a un misticismo en el
que los estados internos se materializan. La metáfora funciona al revés: no se
construye una realidad exacerbada que es el pretexto para expresar la
subjetividad de los personajes, sino que los personajes, movidos por
anhelos subconscientes, manipulan la realidad al punto de transformarla. Y esto hace que sean presa de
una extraña ubicuidad. En Kafka en la Orilla, Kaka Tamura, un chico de 15 años
que huye de su casa, despierta una mañana con las manos manchadas de sangre. Él
no recuerda haber cometido ningún crimen. Pero Nakata (el personaje que
protagoniza la segunda historia paralela) sí ha matado a alguien. En Años de
peregrinación del chico sin color, todos los amigos de la adolescencia se
alejan de Tsukuru por una razón que él desconoce, más tarde se entera de que se
debe a que supuestamente él violó a una de las chicas, Shiro. Tsukuru no
recuerda haberlo hecho, pero, alguna vez tuvo un sueño en el que vivía
siniestros momentos eróticos con su amiga. Es como si el otro yo de los
personajes se desprendiera de sus cuerpos, y volara hacia un lugar en el que
pudiera saciar ese deseo reprimido, hacer lo que verdaderamente/inconscintemente,
desea.
Pero, ¿quién es ese doble? ese otro al que se teme, ese
lado oscuro de la luna, esa mitad que es inevitablemente la propia carne pero
no se puede ver. “La imagen del espejo no era la mía. De
hecho, sí, su aspecto exterior era idéntico al mío. Pero no acababa de ser yo.
Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo.
Pero otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma. Sin embargo, lo único
que comprendí era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido
a un poderoso iceberg que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá
jamás ser aliviado por nadie” dice el personaje principal de su cuento El
Espejo.
En Sputnik mi
amor, uno de los personajes cuenta que en las
antiguas ciudades, las puertas se construían con los huesos de los guerreros
muertos. Después, a estos huesos se los cubría con sangre. Esperando que las
almas de los guerreros adquieran un poder mágico. “Escribir una novela es algo parecido.
Por más huesos que reúnas, por magnífica que sea la puerta que construyas, sólo
con eso no tendrás una novela viva. Una historia, en algún sentido, no es algo
de este mundo. Una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte
este mundo con el otro.” Escribe Murakami, como hablando de sí mismo. Porque
en sus historias hay algo más que literatura, hay magia. Su escritura, más que
escritura es un puente que une dos mundos…
***
Murakami hablará
ante mil personas. Dirá, tal vez, que escucha jazz para inspirarse. Alguien le
preguntará sobre su devoción por los gatos. Quizá cuente esa anécdota en la que
tomó la decisión de convertirse en un escritor en un partido de béisbol. O
sobre la tienda de vinilos en su juventud. Pero nadie, nunca, le preguntará, ¿puede
el deseo ser tan fuerte y tomar forma humana?,
¿Se puede estar en dos lugares a la vez? O, señor Murakami, ¿Es usted
humano?. Murakami dirá que es admirador de Fitzgerald y Carver. Pero no hablará
de la sangre con que están escirtas sus historias, no hablará de las puertas
que sólo él sabe abrir, tampoco hablará del Bosque, ni de cómo en algunas
noches de luna llena, el alma puede volar hacia otro tiempo. No hablará de los
espejos.
Murakami
terminará su conferencia y yo me perederé entre el público. Mis preguntas jamás
llegarán a sus oídos. Nunca sabré si sus personajes son reales o sus mitades sombrías. Porque tal
vez, el que vino a Quito (quién pensó que Murakami iba venir a Quito, eso es
absurdo) no sea él … Murakami estará en
Japón o en algún lugar en el que haya dos lunas en el cielo, mientras otro, muy
parecido a él, viajará a las islas encantadas, a ver, por primera vez, tortugas
gigantes en la arena.
(Mundo Diners)
jueves, 20 de diciembre de 2018
Volver al cuerpo
Algunos piensan que, si se aprueba la Ley
del aborto, las mujeres vamos a ir en manadas a practicarnos legrados,
así, como por deporte. En un sketch de la Loca de mierda, que explica
con ironía esta absurda creencia, las mujeres corren de un lado a otro
en lo que a los ojos del patriarcado parecería un Apocalipsis feminista.
¿Adónde vas? ¡A abortar! ¿Por qué? ¡Porque puedo! ¿Estás embarazada?
No, pero no importa, una fuerza me lleva, quiero abortaaaar! Como si la
Ley del aborto fuera para que nos divirtamos abortando. No es así.
Una amiga decía que abortar debería ser “como sacarse una muela”. Simple, práctico, rápido. Nada de dolor y sobre todo, nada de cargo de conciencia. Un “aquí no ha pasado nada”. Lo que mi amiga no sabe es que eso mismo desea el patriarcado. Me dirán que no, que el patriarcado busca que no exista el aborto, pero hoy en día se aborta como se sacan muelas. Todos los días miles de mujeres se someten a legrados en condiciones precarias. El aborto existe y el Estado lo sabe. Pero no le interesa legalizarlo, y las razones están lejos de protegernos.
Algunos creerán que, mientras más desapegadas del posible feto seamos, más progres nos volvemos; creerán que la libertad máxima de una mujer autónoma es llegar a no sentir nada después de abortar. No lo creo. Tampoco creo que se trate de sentir culpa (nunca), pero sí de tener algún tipo de conciencia sobre la historia que se graba en el cuerpo. El no hacernos partícipes de esta historia es la estrategia del patriarcado, que quiere que las condiciones en las que se aborta (así como las condiciones en que se pare) creen un desvínculo entre la mujer y el cuerpo.
En nuestra cultura los procesos del cuerpo femenino son silenciados: la sangre menstrual es oculta, la lactancia es considerada obscena, los fetos son echados a la basura después de someter a las mujeres a un proceso de inconciencia en el que no ven lo que sucede en su útero. Los cólicos menstruales son callados con pastillas, el parto natural es reemplazado por cesáreas innecesarias o anestesiado con epidural. Todo lo que está vinculado a la salud/control de la reproducción sexual de las mujeres ha sido mediado a través de un tercero que por lo general es hombre (doctor, cirujano, ginecólogo) o por analgésicos que inhiben el dolor borrando ese puente de conexión con el cuerpo.
El dolor, en la cultura occidental, es negativo, pero en otras culturas es la manifestación de la vida. Por eso resulta interesante que el aborto que promueven Las Comadres (grupo feminista que ayuda a abortar) no sea con inyecciones de anestesia sino con una pastilla que provoca que brote la sangre. La sangre nos hace conscientes. Ojo, no digo que haya que abortar de esa manera ni que haya que parir natural. Cada una hace lo que quiere, o puede, con su cuerpo. Pero creo que es oportuno saber que existen prácticas obstétricas violentas que fortalecen el desvínculo con el cuerpo. Por eso pienso que es urgente tomar en cuenta al aborto como un proceso importante en la historia sexual de una mujer. Porque el aborto es censurado, no porque nadie quiera abogar por la vida del feto (aquí a nadie le importa una mierda la vida de nadie), sino porque se nos quiere quitar (o mejor dicho, no se nos quiere devolver) el poder sobre nuestro cuerpo.
Y aquí viene la ironía: en los países en los que el aborto es legal las tasas bajan. ¿Será que al tener el control sobre nuestros cuerpos podemos ser más conscientes de él? Está pasando, estamos recuperando el inmenso poder que nos fue robado, estamos volviendo, de a poco, a adueñarnos de nuestros cuerpos.
(Mundo Diners)
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