Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

miércoles, 8 de enero de 2014

No seas (tan) quiteña







Un amigo me dijo alguna vez que nuestra Santa Marianita de Jesús representa bien a las quiteñas: dramáticas, sufridoras, mojigatas. No me gusta hablar por terceros, no creo en las generalidades. No somos, soy.


Soy quiteña y dramática.

Cuando tenía cuatro años, según mi también quiteña y dramática madre, mientras las niñas de mi edad superaban sus gripes arropadas hasta el cuello y con un termómetro en la boca, yo salía corriendo por toda la casa gritando desconsoladamente: ¡creo que voy a morir!...
No sé si esa temprana desviación histriónica era precisamente “quiteña”, yo la vería más como el génesis de una potencial diva de telenovela venezolana o mexicana. Entonces no, no soy dramática.Soy actriz.

Soy quiteña y sufridora.

A ver, no, no soy sufridora. Lo que pasa es que desde niña me identifiqué con los olvidados, los rechazados, los marginados. Me sentía responsable por ellos y en ocasiones fingía demencia para ser expulsada del grupo dominante y convertirme en la madre de los fracasados. Esto duró hasta que una vez, en el colegio, protegí a una chica indefensa de eso que ahora llaman bullyng y en mis tiempos se llamaba jugar con el compañerito. Mientras la clase disfrutaba lanzándole bolas de papel con un esfero en la cabeza, yo me levanté y puse orden: “¡Basta!, ¿qué tal si nos respetamos?”, dije. Todos callaron y se sumieron en la reflexión tomando consciencia de sus actos. Fue entonces cuando la bullyada aprovechó para coger la bola de papel y lanzármela en la cara. Entonces no, no soy sufridora. Soy una víctima de las circunstancias.
 
Soy quiteña y… no, no soy mojigata.

Nunca fui esa man que se lanza desbocadamente sobre un hombre y convertida en una fiera salvaje se saca toda la ropa, toda, menos el calzón. Por si acaso, la escena continúa de la siguiente manera. El pobre, que a estas alturas ya imaginó el increíble relato con que sorprenderá a sus panas, se queda seco (y tieso). Acto seguido se llena de valor (y cabreo) e intenta despojar a la quiteña de la prenda con sus propias manos. En ese momento ella lo detiene y con un franciscano gesto de indignación, le dice: “¿Qué tal si nos respetamos?” Lo sé porque lo he vivido en carne propia y con el calzón puesto. Pero no, no soy mojigata. Soy quiteña.
Y soy vengativa.

Interesante su análisis sociológico sobre la quiteñidad, chicos. Lo que no entiendo es por qué el término sólo se aplica a las mujeres. Aparentemente, ser quiteña es más despectivo que ser quiteño, sin embargo esta categoría ha sido inventada por hombres que aunque hubieran querido ser suizos, son quiteños. ¿Quiénes son, pues,  los quiteños? El típico quiteño es el que te invita una biela pero luego te pide para el taxi; el que en la primera cita te propone ir a su casa “a ver pelis”;o  el “alma libre” que critica a la conservadora mujer capitalina y termina en el altar con una: obligado por sus padres, por los padres de ella y por el quiteñito que viene en camino. Y el peor de todos: el intelectual cuyo peor insulto contra una mujer es “quiteña”. Si no quieres acostarte con él porque tiene novia, porque no se baña o porque no te da la gana, suelta las palabras mágicas: “¡No seas tan quiteña!”. Piensa que una chica alternativa quiere ser cosmopolita e inteligente y con esta receta espera que te sientas pueblerina, retrógrada y, por alguna extraña razón, desafiada y caliente. Sin embargo,  cuando yo escucho algo así, sólo me dan ganas de ir por un cigarrillo y nunca volver. Pero bueno,  no los culpo. No son patéticos: son quiteños.

(Diners)

lunes, 6 de enero de 2014

Yo me muero por Lena Dunham





Por Ana Cristina Franco

¿Por qué me gusta Girls?

Porque nunca logré identificarme con una serie de televisión, pero con esta sí. Porque me encanta descubrirme riendo sola en mi cuarto a las 12 de la noche. Porque cada vez que veo Girls, pienso: “Mierda, ¿por qué no lo hice yo?”, porque me reconozco en la torpeza de Hanna, en el descaro de Jessa, en la ingenuidad de Shoshana. Porque me gusta ver escenas de sexo en pantalla chica, y porque esas escenas de sexo son dirigidas por una mujer, y son explícitas, torpes, interrumpidas… Porque Hanna no está enamorada de un chico cool, sino de un freak que toma leche y es carpintero. Porque amo el acento inglés de Jessa, la desnudez de Hanna, el novio de Marnie, la inocencia de Shoshana; porque Hanna es gorda y disfruta quitándose la ropa frente a cámara… Y es increíblemente sexy…  Porque cada plano es, como alguna vez me dijo Juan Fernando Andrade, poesía pop con muchas calorías.
Pero sobre todo, Girls me gusta por esto: Lena Dunham  tiene 26 años, es guionista directora y actriz. Ella trabaja de la única manera que, al menos yo, puedo concebir al arte: la exposición.  Lena no ha escogido hablar de algo divertido o cool, ni siquiera algo interesante. Ha tenido la valentía de retratarse a sí misma. Y digo valentía porque en su obra casi no existe lo que en dramaturgia se llama “mecanismo de distanciamiento”. No hay un mediador entre su problemática personal y su personaje, es decir,  Hanna no se diferencia en mucho de Lena. Ella tampoco buscó una actriz para que la represente ni hizo una analogía de su vida. Girls, aunque esté por completo en el terreno de la ficción, es casi un documental: Lena es su propia obra. Y por eso al verla en pantalla no da la sensación de que haya una puesta en escena, más bien parece que el trabajo de Dunham consiste en construir una ventana hacia su universo más íntimo. La cámara de Girls es un ojo invisible pero a la vez curioso, que revela los momentos más personales de la vida de 4 mujeres cotidianas.  Y por eso, al verlas desnudas, yo también me siento desnuda. En otras palabras, Lena Dunham hace que las líneas entre la vida y la ficción sean cada vez más ambiguas convirtiendo a su vida  en un experimento artístico. Y esto no me gusta: me parece alucinante.

Por otro lado, Girls ha logrado algo matemáticamente imposible, pero cierto: una serie de televisión de autor. Ha conseguido que en la televisión, plataforma dirigida  a  las masas, existan mujeres reales. Y esta es un arma feminista transgresora. Mucho más poderosa que las activistas de género con pancartas en las calles. Más que Sasha Grey y su porno “intelectual”.
Y bueno, más allá de eso, creo que hay un vínculo íntimo con los personajes que hace que me identifique con la serie. En uno de los capítulos de Girls, Shoshana, tal vez el personaje más cómico, dice, parodiando a Sex and the city: “Soy definitivamente Carrie, pero tengo algo de Samantha”. Tomaré como ejemplo esta cita irónica para esta vez ser yo quién mida cuánto de estos personajes hay en mí.
Empecemos por Jessa, la versión independiente de la mujer fatal. Ella representa eso que por lo general no soy, y envidio. ¿Quién no ha querido ser una rubia peligrosa?, pero más que eso, la mujer libre, que no tiene que rendirle cuentas a nadie… Su acento inglés con un aire de “no me importa” me recuerda que todavía soy complicada, acomplejada, cursi… Que todavía pido perdón, permiso, y voy con la cabeza gacha por la vida… Jessa es la libertad que mi espíritu andino aún no tiene.
Marnie es lo que yo jamás podría. Además de ser más conservadora que una morlaca, tiene un componente que me confronta con mi lado más oscuro: es ordenada. Marnie tiene los pies en la tierra. Seguro tiene reloj y aplasta el tubo del dentífrico desde atrás. Y aunque me gusta ser como soy, los domingos por las noches quisiera (¿y quién no quisiera?) tener un novio estable (y así de sexy y guapo como el de Marnie), medias pares, saber cocinar, escandalizarme con inmoralidades, tener una cartera ordenada (¡o por lo menos tener una cartera!) tender la cama todos los días, tener uñas largas. Pero ya sabemos la historia: me parezco más a Hanna. Porque ella, como yo, quiere escribir. Porque escribe que escribe, y rueda que escribe. Porque, sin ser modelo, se ha desnudado frente a la cámara miles de veces. Y no solo quitándose la ropa, lo ha hecho mostrándose en su lado más frágil, más imperfecto: ha mostrado una espinilla en la nalga, un trastorno psicológico, su adicción compulsiva a la comida. Ha tenido las agallas de meterse con un freak, ¡y él de rechazarla! Me identifico con su desorden, su sed de experiencias y sus ansias de embellecer la vida cotidiana; con su incomodidad física, pero a la vez ese placer por su cuerpo. 

Otro personaje que me parece encantador es Adam. Él es un retrato irónico del sub-30 de hoy. Alguien que no se decide, que vive solo pero sus padres aún le pasan dinero, que anda en bóxer por la vida, medio trono y medio chuchaqui. Lo que resulta cómico y genial, es que Hanna lo pretenda tanto. ¿Por qué una chica inteligente, que está por publicar un libro, quiere salir con un loser, alcohólico anónimo, con costumbres sexuales raras, que puede ir al baño mientras toma leche? La rareza de Adam se evidencia más cuando, en la temporada 2, termina con Hanna y empieza a salir con una chica llamada Natalia, un personaje que para cualquier guionista significaría un reto, pues no se trata de una personalidad extrema, sino de una chica simple, o simplona. Ella no es tonta, pero tampoco inteligente; no es fea, pero tampoco guapa; no es increíble, pero tampoco “cualquier cosa”. Está en el límite. Al principio, ella y Adam empatan, sin embargo cuando él la lleva a su casa, empiezan a hacerse notorias las diferencias. Con una semana máximo de noviazgo, él le dice: “¡Gatea hasta mi habitación!”. Ella, desconcertada, acepta, y se ve yendo a gatas, en un suelo lleno de pedazos de uñas y mugre (como ella lo describe) al cuarto de Adam. Allí él tiene sexo con ella de manera grotesca y torpe (como él acostumbra). Mientras la penetra, ella finge disfrutar mientras está totalmente desconcertada. Cuando al fin eyacula liberándose de su deseo como si fuera algo ajeno a él que aún no es capaz de entender, y termina en sus senos, ella no entiende qué pasa: se acaba de enfrentar a la parte más animal, más pura, de Adam. Aunque a primera vista parecería un maníaco sexual o algo así, no es eso lo que resulta. Lo interesante es que Adam no causa repulsión: causa ternura. Porque en esa torpeza sexual hay algo que vas más allá: el hecho de que él nunca encajó. Siempre estuvo al margen. Es un fenómeno. “Soy Adam y soy un bicho raro”, dice él… Y no puede ser más sincero.  Esa rareza que es la suma del desconcierto, de la soledad de toda una generación. Por eso el amor de Hanna y Adam, además de patético, resulta encantador. Ellos representan la belleza de los out-siders… Verlos con pijamas enteras en un two shot resulta conmovedor.

¿Hay algo más romántico que el idilio de 2 losers?

“Creo que puedo ser la voz de mi generación, o por lo menos, una voz de una generación”, dice Hanna. Yo, por mi parte, siempre pensé que esta generación no era una generación. Que no merecía ser nombrada. Que llegamos tarde al festejo, al baldeo. Que todo ya fue hecho y deshecho. Los hippies ya protestaron. Los punks ya rompieron botellas. Los grunges ya disfrutaron siendo nada. ¿Y nosotros, los nacidos entre 1985 y 1990? Somos la generación del Youtube, del Facebook, de… Describirla me resulta imposible. Pero sé que somos huérfanos. Y en todos los sentidos. ¿Cómo no, si nuestros abuelos y padres ya lo rompieron todo? Ya no hay matrimonio ni alianzas ni partidos. Tener sexo representa simbólicamente menos que darse la mano. Esa orfandad se evidencia en Girls.  Y no solo la orfandad de los padres y las familias inestables, sino también de los hombres, de las amigas (Jessa las abandona algunas veces, Hanna y Marnie dejan de vivir juntas) todo pasa, se va, pero vienen nuevas cosas que otra vez se irán, y en esa fuga, en ese devenir, hay una belleza que retrata de alguna manera que aún no alcanzo a comprender, la belleza y el vacío (o la belleza del vacío) de esta generación. Sí, porque no se trata de un abandono del que somos víctimas, sino todo lo contrario: solo en ese abandono es posible la libertad.  Ahora entiendo mejor a Hanna y a su voz. En esta generación no se puede hablar de ‘la voz’, sino de ‘una voz’; tampoco se puede hablar de ‘la generación’ sino de ‘una generación’. Todo es impersonal. Si algo la define es que no tiene definición. Y el caos de Hanna, su inestabilidad amorosa, su iPhone sonando al fondo de su cartera, su trastorno obsesivo compulsivo, sus papas fritas, sus vestidos coloridos, su querer escribir, su amigo gay (que alguna vez fue su novio) y sus trabajos chimbos son, de alguna manera, fragmentos deliciosos de esta generación, a la que no puedo concebir si no es así, por fragmentos…


(Cartón Piedra)

viernes, 29 de noviembre de 2013

Japiverdei tu mi






Nunca me gustó cumplir años. El ritual del “queique”, el anillo barato en la vela que no escucha los deseos, el tétrico coro de amigos y familiares que reza “Japiverdei tuyu”. Nada de eso me pone japi.

Días antes de cumplir los 27 me fui a Cuenca para huir de un trabajo aburrido, de un novio aburrido y de una ciudad aburrida. O sea, para huir de mí misma. Aproveché la invitación a un festival de cine para refugiarme en un paréntesis con todo pagado: hotel aniñado, agua caliente, desayuno servido. Cuando el festival terminara, me quedaría un día más con un amigo a olvidar un poco el estrés de la vida ordinaria y celebrar mi onomástico.

Me disponía a asistir al primer encuentro sobre “conflictos del cine ecuatoriano”, o algo parecido, cuando sonó mi celular. Era mi jefa. “Nena, necesitamos que nos entregues tres guiones para mañana” Respiré y decidí responderle con la clásica frase de Baterville: preferiría no hacerlo. “En ese caso, no podremos seguir trabajando contigo. Espero que te vaya bien, tú eres una pelada súper pilas, súper chévere, y estoy segura que no tendrás problema en conseguir algo”. Cerré el teléfono y encendí un cigarrillo: Yo me había ido para dejar un rato el trabajo, ¡no para que el trabajo me deje a mí!

A las orillas del Tomebamba concluí que debía cambiar mi vida por completo. Empezaría por terminar con aquel chico. “No estoy preparada para tener una relación”, “No nos mintamos más”, o el clásico y cliché pero infalible: “No eres tú, soy yo”. Marqué el número decidida, el teléfono sonó una y otra vez pero nadie contestó. ¿Estaba con otra?, ¿me había leído la mente?, ¿estaba difunto? Después de tres días de absoluto silencio, el cobarde al fin habló, por supuesto, desde la ventana de chat que emitía la sucia pantalla de un cyber gamín “No estoy preparado para tener una relasion” escribió el analfabeto. Su falta de ortografía me dolió más que sus palabras, pero igual. ¡Esa era mi escusa! ¡Y la más barata! Yo me había ido para dejarle a él, ¡no para que él me deje a mí!

El festival terminó el día de mi cumpleaños. El amigo con el que me quedaría me dijo que debía volver urgentemente a Quito y como yo ya no tenía ganas de quedarme más tiempo en la ciudad de los cuatro ríos, cogí mis maletas y me dispuse a volver con él. Debía aceptarlo: mis “vacaciones” no habían funcionado y lo mejor que podía hacer era regresar con todos. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto me dijeron que era imposible cambiar mi pasaje: debía esperar un día más en Cuenca, sola. Había perdido el trabajo, el novio y el vuelo (en sentido literal y figurado).

¿Debía suicidarme? Quizá el destino confabulaba para que fuera yo misma quien me diera muerte como rockstar, a los 27 años. Pero así como iban las cosas, si me disparaba seguro reencarnaría en forma de ácaro. Como no tenía ganas de hurgar madera y comer ropa sucia, caminé por la ciudad buscando un bar donde sentarme y decirle al mesero, con la voz ronca y decidida de un vaquero, “Un whysky doble, por favor”. Celebraría mi cumpleaños y mi derrota en soledad, pero con dignidad, con el sabor que sólo el whysky sabe darle al fracaso.

Cuando llegué al bar me dijeron que sólo tenían mojito. ¡Mojito! Con el respeto que Hemingway se merece, ese es un cocktel gay que no está hecho para tomarse en soledad. “Japiverdei tu mi”, pensé durante el primer sorbo. Y mientras sentía resbalar el trago por mi garganta, cerré los ojos, respiré con fuerza y pedí un deseo. En alguna parte, Dios se reía a carcajadas…

(Diners)


lunes, 21 de octubre de 2013

Resonancia, o descubrir formas a partir del silencio...



“Resonancia, un documental para escuchar”, dice el slogan de la película de Mateo Herrera; sin embargo, creo que también es una película para tocar, o mejor dicho, una película que te toca. Durante siete meses Mateo Herrara (director de la película), Simón Brauer (director de fotografía) y Sarahí Echeverría (productora) visitaron el taller del luthier Raúl Lara para registrar el proceso de la construcción de una guitarra Selmer Maccaferri, cuyo modelo original nació en los años 30 hecho explícitamente para Django Reinhardt. A Mateo, que además de cineasta es músico y admirador de Reinhardt, la idea de documentar este proceso le resultó altamente seductora, pues para él- y eso lo veremos en claramente en cada plano de Resonancia- la labor del luthier más que artesanal es alquímica.

En La obra de arte y su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin retrata la crisis que atraviesa el arte contemporáneo al ser reproducido técnicamente. Benjamin declara que la obra pierde su aura al ser despojada del “aquí y ahora” que le proporciona la relación directa con el creador para ser sometida al sistema de reproducción mediante el aparataje técnico. En la labor de Raúl Lara, el luthier que construye la guitarra, vemos claramente la relación del sujeto con su trabajo, es decir, la magia que surge con la relación del sujeto y su obra en el momento de la creación. Pero, ¿qué es el aura?, Benjamin lo definió como “aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”. Esa impronta, esa nostalgia del tiempo que se fuga y que solo es posible en el contacto entre el artista y su hallazgo. Es aquí cuando el trabajo de un artesano se asemeja más al de un alquimista: el objeto que construye no es ajeno sino que invita a pensar en el escultor que no trabaja a partir de la forma sino a partir del vacío: al tallar el mármol no construye sino que descubre, no aumenta: quita la materia que envuelve a una forma silente y oculta bajo el mármol, así, el luthier no crea un cuerpo que emite sonido, más bien descubre el cuerpo que el alma/sonido necesita para expresarse en la dimensión terrena.

Entonces la labor del artista no sería construir una esencia, sino crear un representante que contenga a la esencia; así, la técnica, el cuerpo, la investidura, estarían íntimamente relacionadas con su espíritu. El espíritu solo puede manifestarse mediante un cuerpo particular que lo contenga. Para que exista sonido debe existir un medio. En Resonancia, Raúl construye una guitarra, es decir, el medio en el que el sonido es posible, esto a su vez es una metáfora del proceso creativo. El aura de la que habla Benjamin solo es posible mediante la relación única directa y mágica de la mano del artista y su obra. El aura surge en ese momento de inspiración en el que el sonido es posible a partir del silencio. Así como Raúl descubre la guitarra, Mateo descubre la película, pues Resonancia es otro puente, otro medio para la expresión de la líbido, lo intangible, la energía creadora pura que se manifiesta mediante la combinación estética de planos y sonidos que nos permiten crear una mirada para descubrir un universo sensorial que nos toca.
En esta película los diferentes lenguajes funcionan, se entrelazan, se complementan. Las herramientas técnicas son expresivas desde todos los puntos de vista. En cada una de ellas hay una propuesta arriesgada, personal, única. Julio Cortázar dijo que si uno no encuentra las palabras precisas para decir algo simplemente no lo dice o lo dice mal .Digamos que en esta película, las herramientas técnicas operan de manera justa, adecuada. La propuesta fotográfica de Simón Brauer es un canal que refleja el espíritu de la película: cada encuadre es una metáfora del todo y a la vez funciona solo. Hay una belleza en la composición y en la luz, hay algo que conmueve, quizá sea el aura. El mapa sonoro y la sonorización hecha por Juan José Luzuriaga, exagera los sonidos naturales convirtiéndolos en música, creando un lenguaje que es a su vez otra metáfora del misterio de la creación y tocando los sentidos desde el inconsciente. El sonido de la sierra cortando la madera adquiere un significado distinto, se vuelve musical. Todos los sonidos cotidianos adquieren una dimensión armónica. La música está en los sonidos naturales. La edición de Amaia Merino también responde a un proceso estético cuya lógica no es narrativa sino sensorial.

Hablemos del silencio. El silencio de Raúl durante todo el proceso que habla de su conexión con los elementos que construyen la guitarra, toca la madera, corta, siente. Su silencio se debe a la escucha: está conectado con el espíritu que despacio le susurra las partituras para la construcción de su cuerpo. Mateo también cree en el silencio, y esto se percibe desde la elección del equipo mínimo con el que rodó. Este ambiente de intimidad se siente en la película así como en el silencio de Raúl, quien parece estar conectado con algo más allá mientras da forma a la guitarra. Resonancia es un documental que habla a partir del silencio, pues solo en ese espacio, en esa inmovilidad, el sonido puede tomar cuerpo poco a poco.

A medida que la trama avanza los espectadores entramos en un proceso hipnótico. La experiencia audiovisual se vuelve sensorial: nos toca. La realidad ya no es la misma: poco a poco Raúl deja el mundo ordinario para sumirse en un universo extrañado: el mundo visto desde un ojo particular. La misma relación alquímica entre las manos de Raúl y la guitarra se da entre el espectador y la película. El espectador se ve inmerso en ese espíritu creador, y así, una vez más se sitúa en el espacio de la invisibilidad. Como Raúl y como el escultor que trabajan a partir del silencio, la película ubica al espectador en un espacio invisible en el que su mirada es transformada, las imágenes y los sonidos cumplen su función hipnótica y nos permiten percibir la magia latente en la realidad, encontrar musicalidad en los sonidos ordinarios y belleza en las imágenes cotidianas: un pedazo de madera deja de ser un pedazo de madera y se convierte en un objeto inútil y hermoso, único, extraterrestre. La película es una ventana para escuchar y ver el mundo desde una perspectiva abismal. La experiencia cinematográfica es tan sutil que no solo determina un lenguaje, sino que sugiere una mirada. Yo diría que se trata de una película extraterrestre. O quizás es el espectador el que se convierte en extraterrestre ya que se transforma y puede percibir el hecho aparentemente simple de la construcción de una guitarra como una experiencia alquímica, divina, inspiradora. Después de trabajar siete meses el misterio del sonido al fin toma forma. La guitarra suena, y Raúl, que había permanecido serio durante todo el filme, sonríe. Entonces Mateo toca una canción de Django, y yo cada vez me convenzo más de que la acción creativa no consiste en poner sino en quitar: retirar materia para encontrar formas latentes en el aire, seres dormidos que preexisten. Descubrir el cuerpo que contiene el aura.


(Cartón Piedra)

lunes, 14 de octubre de 2013

Falsas Promesas

"La juventud es una estafa"
-Roberto Bolaño



Volver a la arena caliente que trazó mapas en el aire.  A la brisa que trajo la nostalgia de amores futuros. Al techo en el que fumamos por pimera vez mientras nos bañamos en lluvia caliente: había sido recobrada la eternidad. Ahora agoniza en un cajón húmedo, al lado de  libros que también mintieron tierras fantásticas, espejos que deliraron  viajes,  mañanas que susurraron príncipes.
Hoy  los Dioses  me miran congelados dese páginas lejanas con olor  a naftalina, esos dioses que inventamos en  borracheras absurdas, los únicos a los que pudimos rezar,  los mismos en los que creyeron los abuelos que algún día también fueron inmoratles. La sangre derramada refleja  las caricias que alucinaba el verano en Manglaralto, los besos muertos salidos de un casette de los Rolling Stones, los compaces que escuchaba mientras te extrañaba  y todavía no te conocía.... 
Los ríos negros en los labios con peces, el mar de Santa Cruz que destellaba espuma prometiendo encuentros ¡Y las estrellas! fantasmas brillantes que ya no son, que fugaces sonrieron ofreciéndome el abismo... Cómo si se pudiera  confiar en una estrella,  en algo que cuando miras ya no existe,  en una ilusión tan descarada.... El desierto de lo real es árido y el minutero me clava una daga en los dientes, me desliso en jardines blancos con rosas muertas en vasos de vidrio, en muñecas con el pelo seco y restos de esmalte en la cara, rompecabezas insoportables,  cortinas asesinas en las que fingía mi muerte a los siete años. Enotnces regreso y descubro que la tormenta de arena no ha acabado. Y ese espacio que alguna vez fue luz ahora es vacío: ha pasado de ser átomo a ser nada... Y yo busco su sombra  intentando inventar la niebla con los dedos pero ya no hay eco: cuando muere la la huella también mueren los ojos. ¿Por qué el sol lo deformó todo con su luz malévola? La pureza de esa niña que resucita en las resacas destruye el mundo. Y el ángel, es tan bello que duele, hiere con sus alas blancas los tejidos del tiempo.   Entonces me voy dos veces, me escapo gritando a los sordos en puertos lejanos mientras me veo partir en barcos fantasmas.

lunes, 26 de agosto de 2013

Error de casting






En mi historial de hazañas amorosas he tenido la oportunidad fantástica de conocer a seres únicos. Damas y caballeros, con ustedes, tres personajes entrañables:





Al primero se lo conoce bajo el eufemismo de "metro sexual". Dicen que todo lo que pidas se te dará, y tengan cuidado porque es verdad. Dios no entiende metáforas.  Todo lo toma  al pie de la letra.  Lo sé por experiencia. Una tarde que esperaba un taxi en medio de un atasco, pensé, vacilando conmigo misma: “¡Dios, si realmente existes, compruébalo enviándome un chico en moto”. Cinco minutos después, lo juro, llegó un chico en moto: deux es machina. El individuo paró en medio del tráfico y me invitó a subir, como en las películas cursis (  me encanta cuando mi vida se parece a una película cursi).


Dios había escuchado mi plegaria: Hombre era, moto tenía, eso sí, de su condición sexual no hablemos...
A medida que nuestra relación “progresaba” el señor demostró ciertas anomalías. Miraba con devoción una revista de modas cuando exclamó: “¡Qué guapo está el novio de la Estéfani Espín!”. Al escucharlo me quedé seca y, acto seguido, me culpé: ¡No seas prejuiciosa! ¿Qué los hombres no tienen libertad?, por favor, hay que ser open mind. Sin embargo, más tarde me confesó que tenía una planta de flores llamada "Michi". Se arreglaba más que yo, jamás se perdía Glee y se le iban los ojos cuando pasaba un muchacho bien puesto. Decidí no tapar el sol con un dedo y aceptar  que el sujeto se inclinaba más al duo "Adán y Esteban".
Que quede claro que no tengo ningún problema con los gays. El problema es el contrario: parece que me gustan demasiado.
¿Será que el pastor Zavala puede ayudarme? Ahora que lo pienso debe tener mucho tiempo libre.
La próxima vez que le pida un hombre a Dios, haré una aclaración: Dios, si de verdad existes, compruébalo enviándome un hombre HETEROSEXUAL en moto (la moto era bacán)




Cuando superé el trauma del invertido, tuve el gusto de conocer al Antropólogo. Este espécimen se caracteriza por su pinta de rockero que se quedó en los noventa: saco de Bill Cosby, jean desgastado, pelo largo recogido en una cola de caballo con un chunchi… Suele ser antropólogo que ha egresado y está “haciendo la tesis” ya 15 años. Pero hay que reconocer que es buen interlocutor. Bueno, por lo menos este no me hablaba de farándula ni malas combinaciones de ropa.  Podíamos pasar horas citando a Sartre y bebiendo vino. Vino que yo pagaba, claro. Porque cuando llegaba la cuenta, dicho individuo iba al baño o contaba monedas de un centavo que sacaba de una chauchera que daba vergüenza propia y ajena. Yo no quiero “igualdad”. Yo sí quiero que me presten el abrigo y que paguen la cuenta. Las feministas les malcriaron a los hombres. Valerse por sí misma debe servir, sobre todo, para conseguir que a una le inviten un grueso y jugoso filete.




Por último asomó el optimista. El joven me invitó un trago y empezó presentándose de manera alentadora: “Ya sé que no soy un hombre atractivo... Tampoco soy una lumbrera...” No sabía venderse. O no tenía la mínima intención de hacerlo. Tenía ganas de decirle “¡miénteme, por favor, al menos al menos miénteme!” Pero qué me iba a mentir. Si algo bueno tenía es que era sincero. Y eso era malo. “Soy un mediocre”, decía mientras me ensañaba las fotos de un negocio de cepillos de dientes que tenía y que, por supuesto, había quebrado. Estaba “depre” ya veinte años. Y pensaba que estaba gordo. Pasados dos tragos, el hombre adquirió la habilidad para envolverme en su oscuro universo. Empezó a hablar por dos: ·"Qué mal estamos, alguien debería martnos..." Dijo....  Luego de cogerme de Suso y descargar todos sus traumas al fin dijo: "¿Sabes? Es raro... Me siento liberado, me siento súper ligero" Claro que se sentía así. La que sentía mal era yo. Me había bajado la presión y quería salir corriendo a pedirle al guardia que me dé disparando....

(Diners)




sábado, 29 de junio de 2013

Vivo, luego escribo… Los límites entre la vida y la obra de Anaïs Nin y Henry Miller



Si tuviera la oportunidad de ser Dios, la rechazaría. La oportunidad más maravillosa que ofrece la vida es la de ser humano. Abarca todo el Universo.
Henry Miller

Como un cuadro de Jackson Pollock

Si algo unió a Anaïs Nin y Henry Miller fue la sed de experiencia. Dos escritores cuyas vidas fueron un lienzo sobre el que investigaban de todas las formas posibles, sin miedo a destruir y sin ínfulas de perfección. Un lienzo que se pintaba no a lo Rembrandt, sino a lo Jackson Pollock: con furia, violencia, libertad, audacia. Instinto y piel salvaje.

“Nuestra era tiene necesidad de violencia”, había escrito Miller, y él era esa violencia. Sus libros destilan electricidad, fuerza, explosión, energía en estado puro. Si bien Miller liberó al lenguaje de adornos y eufemismos, su obra, más que describir los estados decadentes y grotescos del ser, retrata la belleza de la experiencia terrenal; es un festejo a la vida, una suerte de big bang que lo revolvió todo para empezar de cero, desde el caos y la furia.

En los Diarios de Nin, que es lo más representativo de su obra, hay un realismo crudo cargado de libertad. Anaïs Nin experimentó, amó hasta lo inhumano, vivió el deseo de todas las formas, explotó su cuerpo y su mente hasta lo imposible. Sus diarios, al igual que la obra de Miller, son una bitácora de la más profunda experiencia humana.

París 1932

Mientras Anaïs Nin intentaba volver más intenso su matrimonio con Hugo Guiler, Henry Miller huía de la intensidad del suyo con June Mansfield. Mientras ella disfrutaba de la comodidad de su casa en Louveciennes, él escapaba de la miseria en Brooklyn y llegaba a París, sin un centavo. El refinamiento de Anaïs y la brutalidad de Miller se encontraron por casualidad una tarde de 1932 y, a pesar de ser aparentemente opuestos, el hambre los unió para siempre.

Henry Miller no respetaba modales, disfrutaba de la vida con placer auténtico, exprimía los sabores y los sentidos con alegría animal.

“Es un intoxicado por la vida, como yo”, escribió Anaïs en su diario el día que lo conoció. Si bien ella era más refinada en su educación y sus modales, vestía con elegancia y parecía una dama delicada, en su interior había una sed por devorar el mundo que la llevó a explorar los estados más extremos de su humanidad.

La tarde en que Henry Miller fue invitado a Louveciennes por el marido de Anaïs Nin, nació una amistad fuerte que dio como resultado un material literario importantísimo. La obra de ambos escritores se retroalimentaría a partir de ese encuentro: los Diarios de Nin no llegarían a reflexiones tan profundas sin la presencia de Miller, y Miller tampoco hubiera escrito los mismos libros sin las experiencias que vivió junto a Anaïs, y claro, sin la ayuda que ella le dio para escribir. Anaïs fue una especie de mecenas para él, ayudándole en la publicación de Trópico de Cáncer, también fue un soporte emocional y psicológico. Hizo todo lo que pudo para que él pueda escribir; quizás era su manera de agradecerle, pues Henry era su inspiración.

Si algo los unió y los convirtió en amantes fue la literatura. Los dos amaban lo mismo. Se deseaban porque deseaban escribir. Ambos eran escritores en primera persona, cuya vida se veía afectada por su obra, y viceversa. Para ellos, ser escritor era la experiencia de convertirse en uno. Miller dijo alguna vez que el día en que consiga un estilo puro, el día en el que considere que ha llegado a la perfección, ya no escribiría más; pues para él, escribir significaba buscar, y la belleza de su estilo radica en la imperfección.

Por su parte, Anaïs sentía que si no escribía lo que sucedía, de cierta manera, no había pasado. Escribir era dar verosimilitud a sus experiencias. Por eso no se conformó con la realidad y la transformó hasta el infinito, agotando cada una de las posibilidades de su ser.

El reflejo en los ojos del otro

Anaïs se negaba a vivir relaciones ordinarias. Cada persona que pasaba por su vida era truncada por su mirada y se convertía automáticamente en un personaje. Ella era una especie de actriz que recorría lugares y se involucraba con personas con un fin egoísta: la ficción. Miller hacía lo mismo, y en cierta medida, fue su mirada la que convirtió a Anaïs en un personaje. Por eso su relación fue adictiva. No se amaban entre sí: amaban su reflejo en los ojos del otro. Se inventaban. Construían con su pluma fantasías y después creían en ellas a tal punto de desconocer al “original”.

June Mansfield es la representación más clara de esta idealización. Miller era devoto de su esposa, de ella escribe: “Recuerdo que la primera vez que la vi, me dijo que en ningún momento había esperado volver a verme, y la próxima vez que la vi dijo que pensaba que yo era un morfinómano, y la siguiente me llamó dios, y después intentó suicidarse y después lo intenté yo y después volvió a intentarlo ella, y nada dio resultado, salvo el de unirnos más, tanto de hecho, que nos compenetramos, intercambiamos personalidades, nombre, identidad, religión, padre, madre, hermano. Hasta su cuerpo experimentó un cambio radical.”

June era la inspiración de Henry Miller, y la convirtió en Mara, Mona, personaje principal de sus libros.

Miller le hablaba constantemente de June a Anaïs, y ella imaginaba con devoción a esta mujer, que era el deseo más fuerte de su amante… Anaïs se enamoró de Mona, no de June, de la imagen idealizada por Miller, así, cuando la vio por primera vez en la vida real, escribió: “Mientras venía hacia mí, avanzando desde la oscuridad de mi jardín hacia la luz de la entrada, vi por primera vez a la mujer más hermosa de la Tierra…”. Sin embargo, Anaïs no amaba a la June per se. Intervenían dos factores: el personaje construido por Henry, y el deseo de Henry: amarla significaba compartir el deseo de su amante. Anaïs escribe a June: “Si te amo será porque hemos compartido en algún momento las mismas fantasías, la misma locura, el mismo escenario…”. June se convirtió en el objeto del deseo compartido. Ella era el símbolo de lo que atravesaba la vida y la obra de los dos: el reflejo, el camaleón, la mujer cambiante, cuya personalidad real estaba oculta. O quizás su personalidad real era la máscara. Y precisamente la máscara era la que atraía infinitamente a Miller y Nin… ¿No quería ser Anaïs varias mujeres y por eso experimentaba tantas relaciones humanas, para verse distinta en cada una? ¿No quería Miller encontrar varias facetas de su personalidad?

June era la metáfora de su búsqueda estética de personalidades múltiples. De ella Miller dice: “Cambiaba como un camaleón. Nadie podía decir qué aspecto tenía realmente porque con cada cual era una persona enteramente diferente. Al cabo de un tiempo ni siquiera ella sabía qué aspecto tenía.” Y Anaïs escribe: “Vive del reflejo de sí misma en los ojos de los demás. No se atreve a ser ella misma. June Mansfield no existe.” June era la representación de lo que los dos escritores amaban: el deseo mismo, el juego de reflejos, el límite entre la realidad y la ficción.

Entre la Historia y la Histeria…
Entre la Ética y la Estética…

Chéjov dijo que la función del escritor no es resolver problemas, sino crearlos. Henry y Anaïs hacían esto no solo en los libros, sino en la vida.

Para Anaïs el psicoanálisis era un espacio en el que una vez más, se veía en los ojos del otro, creando un personaje más de sí misma, para su colección. En uno de sus diarios describe lo que Allendy, su terapeuta, le dice: “Sospecho que a veces se ha forzado usted a vivir determinadas experiencias por razones que nada tienen de naturales.” Él la llamaba “petite fille littéraire”, pues, en lugar de vivir su propia vida, trataba de vivir novelas y biografías…

Su vida se convierte en un experimento en el que el otro es un espejo en el que se reproducen las distintas mujeres. La Anaïs que nace de la mirada de Miller, de la de Allendy, de la de June. Cada una es distinta. Y ella encuentra placer en cada personalidad.

Más que un método de sanación, el psicoanálisis era para Nin parte de su búsqueda como escritora: “En el psicoanálisis hay un elemento muy desconcertante, que constituye un reto para un escritor… Los escritores no viven una vida solamente, sino dos. Primero está la vida, y después, el escribir”.

Un escritor no se pregunta: “¿Esto es bueno o es malo?”, se pregunta: “¿Es bello o no lo es?”. Los principios funcionan bajo esta lógica. La experiencia, más que a un instinto animal o psicológico, responde a una necesidad estética. La vida de un escritor no puede ser común y corriente, y si las circunstancias no la hacen especial, es él quien busca experiencias para transformarla en una historia inolvidable, única. La lucha consiste en convertir el mundo ordinario en un lugar bello. Para que el paso por la Tierra valga la pena. La escritura es la oportunidad de observar la experiencia desde afuera; el placer de observarse a sí misma como otra. Y esto implica desafiar la forma de vida convencional, para convertirse en una experimentadora que extraiga de la vida un material literario.

Por eso la forma de amar de Nin no era la convencional, lo erotizaba todo: conquistó a Miller, a June, a Allendy, su primer psicólogo; a Rank, su segundo psicólogo; y por último, a Joaquín Nin, su propio padre. Vivió el deseo de todas las formas posibles. La vida de Anaïs pasó por varias etapas polémicas, causando el escándalo en muchos por sus experiencias sexuales que superaban los límites de la moral. Sin embargo, estas relaciones iban más allá de la moral o del instinto animal. Ella buscaba estas vivencias porque en cada una de ellas se reconocía y descubría otro aspecto de su ser; su vida era una suerte de experimento en el que encontraba o despertaba estados latentes de su personalidad.

Ella escribe en su diario: “Creo realmente que si no fuera escritora, si no fuera creadora, experimentadora, hubiera sido una esposa fiel. Valoro mucho la fidelidad. Pero mi temperamento pertenece a la escritora, no a la mujer.”

“Quiero bailar. Quiero drogas. Quiero conocer gente perversa, llegar a la intimidad de ellos. Nunca miro los rostros ingenuos. Quiero morder la vida y que me desgarre”. Allendy le explica a Anaïs que el romántico es derrotado por la vida, la neurosis romántica es querer lo imposible, morir por no poder alcanzarlo.

Miller también lo hacía. Una especie de pacto con la vida, o una forma de vida donde los límites entre la realidad y la ficción son cada vez más ambiguos.

Sin embargo, un escritor no es un infiltrado en la vida, no es un corresponsal de guerra que viene a dar cuenta de la experiencia humana. El escritor es un ser mortal. No es un Dios al que los conflictos pasionales no le tocan.

Anaïs escribió en una carta a Miller: “Me hubiera gustado darte lo imposible, lo gigantesco, lo inhumano. Estás probando mi valor al máximo, como un torturador. ¿Cómo conseguiré salir de esta pesadilla? Solo dispongo de un suministro de fuerza (humanamente, no tengo fuerza), solo tengo la escritura, y eso es lo que estoy haciendo ahora con una desesperación que nunca podrías concebir.”

Y más tarde: “Cuando uno es por dentro lo verdaderamente rico, la vida corriente se convierte en una especie de tortura”.

Quizá quien más sufrió las consecuencias de este experimento artístico-vital fue June. Ella, además de ser una musa, era un mortal, y esa construcción incesante de su yo le hacía sufrir. Según el Diario de Nin, al hablar de Miller, June había dicho: “Amé a Henry y confié en él hasta que me traicionó. No solo me traicionó con otras mujeres, sino que deformó mi personalidad. Creó una mujer cruel que no soy yo. Creó un personaje literario, ficticio, que pudiera torturarlo y a quién él, por su parte, pudiera odiar. Es él quien provoca dramas y crea monstruos. No quiere cosas sencillas. Es un intelectual. Busca la simplicidad y luego se pone a deformarla, a inventar monstruos, sufrimientos, etc. Todo es falso, falso, requetefalso. Siento una gran necesidad de fidelidad, de amor, de comprensión.” June nunca se sintió bien representada. Ni por Henry ni por Anaïs. Y su sufrimiento es el sufrimiento de los dos escritores, quienes, al borrar la línea que separa a la vida de la ficción, se veían afectados por las trampas que ellos mismos se tendían. Sin embargo, June también mentía para embellecer su vida. Inventaba su pasado. Truncaba su personalidad. Embellecer, en el caso de estos escritores investigadores experimentadores, no es necesariamente hacerla bonita, alegre. Para ellos la belleza no tiene que ver con la ligereza y la sutileza, sino con el Drama.

La belleza es el instinto de transformar la vida ordinaria en algo único. Ese instinto de enrarecer la realidad para poder distinguirla del común, y así, poder recordarla. Por eso las mentiras de June, las extravagancias de Nin y las vivencias de un París decadente de Miller, más allá de la experiencia humana singular, dan cuenta de una infinita belleza.

El Gran Vidente

El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, cuenta la historia de un joven muy bello que al ser retratado por un pintor, deja de envejecer; sin embargo, es el cuadro el que absorbe las consecuencias del tiempo. Mientras su cuerpo, al parecer, no se afecta, es el lienzo el que va mutando, recibiendo las secuelas de la experiencia vital. Aunque al principio parecería que el alma de Dorian Gray está salvada, después nos damos cuenta de que en esa no afectación hay algo demoníaco. Las arrugas son la prueba de la vida. Y la condena de Dorian es precisamente no sentir, estar vacío, no ver en su cuerpo un resultado de lo que ha vivido; como si su vida no pesara nada. Su alma está en una obra de arte que absorbe la experiencia humana. El lienzo es el alma, el cuerpo es solo un envase.

Escojo esta metáfora porque describe el conflicto del artista. Dar cuenta de la vida humana tiene un precio: la vida misma. Sin embargo, la palabra sacrificio no cuadra del todo en el caso de Miller y Nin. Para ellos la experiencia no estaba relacionada al dolor, sino al placer. “Sacrificarse por el arte”, en su caso era la posibilidad de ser distintos personajes, de convertir a la ciudad decadente en una ciudad única, y a las personas ordinarias en personajes fantásticos. Y esto era un placer.

Aunque la experiencia pase factura, es en el Arte donde está la verdadera vida: allí están las arrugas, el amor, el odio, el dolor, la sangre, la verdad. Y la vida supuestamente “real” es solo un puente, una especie de primer borrador sobre el cual experimentamos todo en aras del resultado final, que es la ficción. La vida es mentira, la historia es real. Es inevitable pensar en los versos de Rimbaud, de quien Miller era devoto: “El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, — ¡y el supremo Sabio! — ¡Porque alcanza lo desconocido! ” Anaïs y Henry fueron “El Gran criminal” “El Gran maldito” y “El supremo sabio”… Una suerte de Santos cuyas experiencias Terrenales fueron las más Divinas. Sin embargo, su vida ya no se la puede ver sino mediante su obra, donde su lenguaje construyó un Universo, que a pesar de ser fantástico, es más real que la vida misma. Nos quedan sus libros, lo demás, como diría la propia Anaïs, es solo vida humana.

(Cartón Piedra)