Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

lunes, 17 de febrero de 2014

¿Saldría con un hombre 20 años mayor que yo?




Sí. Me excita la idea.

Lamento pertenecer a una generación en la que el ideal de belleza masculina sea Di Caprio (para las aniñadas) Kurt Cobain (para las alternativas) y Justin Bieber (para las adolescentes) Es decir, sea cual sea tu estilo, el hombre perfecto de estos tiempos no es un hombre: es una niña.

Como pertenezco a la segunda categoría (alternativas), el “Macho Alfa” de mi leva es Cobain, el reflejo de una generación a la que todo le valió pero que, al final, tuvo que conseguir empleo como cualquiera; y cuyo sex appeal no se define por la pasión sino por su antónimo: la apatía. Nunca me identifiqué con esto.

Yo me quedo con el modelo clásico: Marlon Brando sigue siendo para mí “El Hombre”. Y como en mi generación este concepto ya ni si quiera existe, sí, prefiero a los mayores. Sentirte en una novela erótica barata tiene su encanto. Además, los sub 30 –por lo general– no dejan de concebir al sexo como un desfogue personal. Sus años de adolescencia y porno hacen que reproduzcan automáticamente los clichés sexuales. Exageran  posiciones, gemidos, palabras. Y creo que el punto es este: no quieren explorar el deseo, sino deshacerse de él. Por eso no dejan de actuar como una máquina hasta expulsar su pasión en una eyaculación, no en un orgasmo.

Sí. Me excita la idea. Me excita mucho. 

(SoHo)


lunes, 10 de febrero de 2014

Fantasías textuales (Un viaje al otro lado)

¿Dónde están los moldes de las ideas?, ¿dónde los cuerpos de las sombras que somos...? Como Horacio, me doy contra la pared todos los días al pensarlo. Porque en esta tierra no está lo que busco, pero están las huellas, y esas huellas me remiten a un lugar alucinante del que solo recibo destellos. Quizá la máxima expresión de esta enfermedad sea la literatura. Los libros son un mapa que señala otro lugar. Y eso hace que me aferre a signos que me remiten a lugares imposibles, a personajes inalcanzables. Pero bueno, no son más que especulaciones idealistas. Quién sabe, tal vez a estas alturas Platón también esté enfermo, grave…

Horacio Oliveira 
O rasgar con las uñas la piel del tiempo...

Horacio Oliveira siempre me da la espalda. Y yo le persigo, quiero ver su rostro que huye, entender a qué responde esa sombra; pero cuando intento acercarme, su silueta se aleja por una calle que brilla por la lluvia. Sé que tiene un saco de lana verde y un paraguas roto. Otras veces lo veo fumando un cigarrillo con la ceniza hasta la mitad, a punto de caérsele, en el piso de un hotel barato. Esta vez en blanco y negro. Como en una película de Godard. Otra, paralizado por la lluvia afuera de un concierto. Está desenfocado. Se aleja como un barco que se esfuma en el horizonte. Se escapa. Se fuga. Cada intento de encuentro es la pieza perdida de un puzzle que intento armar a ciegas. ¿Por qué me atrae tanto si de él solo recibo sombras? Tal vez porque Horacio (o por lo menos el Horacio que yo inventé en noches de insomnio) es la nostalgia. Él es un conjunto de fragmentos, de ventanas que me llevan hacia algo más …
Dice Moreli en el capítulo 71 de Rayuela: “¿Qué es en el fondo esa historia de encontrar un reino milenario, un edén, otro mundo? Todo lo que se escribe en estos tiempos y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia. Complejo de Arcadia, retorno al gran útero, back to Adam, le bon sauvage (y van…). Paraíso perdido, perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre”.
Entonces Horacio no es Horacio. Horacio es un puente. Y los amores más peligrosos son los que son puente (me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado). Un puente hacia las hojas secas de otoño que nuca vi, los Gauloises que no fumé… Un gato flaco que hurga en la basura, una tarde agonizante en el Barrio Latino, una canción de Berthe Trépat. Y además, Horacio no es cualquier puente: es un puente sobre un río metafísico.

Una de las primeras teorías de interpretación del mundo, dice que en el centro del Universo hay una Gran Llama. Sobre ella está el cielo, que es una especie de manto con pequeños agujeros a través de los cuales se pueden ver fragmentos de esa Gran Hoguera. Entonces las estrellas no son materia sino que el espacio es piel, y a través de esos huecos podemos acercarnos, por partes, hacia algunos pedazos de esa inmensidad. Aunque científicamente la teoría está descartada, es una gran metáfora para entender, quizá no el Universo físico, pero sí los Universos particulares… Y la literatura de Cortázar está en los Universos particulares, en la mirada de la hormiga, en el punto de vista del bichito que descubre el big bang en el tejido de un mantel. Y las palabras en su caso no son una herramienta sino una fórmula alquímica. Las palabras, esas perras negras, son un intento de hueco en la piel espacio/tiempo. Oliveira, como Jhony, también es un perseguidor, ¿qué hace Horacio sino rasgar la piel del Tiempo con las uñas?, ¿qué busca sino descubrir fragmentos de luz que preexiste bajo ese lomo oscuro que es espacio y tiempo? Él intenta ir más allá, traspasar ese límite. El lenguaje es como una pared (Horacio siempre se da contra la pared, dice Cortázar) que él intenta romper para llegar a... superar el “cosismo” e ir al verdadero mundo, que es, tal vez, el mundo de la ficción. Por eso, para cavar más profundo, La Maga inventa el gíglico, y es, en esa lengua, en la que es posible el encuentro con Horacio. Porque La Maga nada los ríos metafísicos que Horacio solo puede mirar como un testigo. Pero ahora el testigo soy yo. Un testigo que intenta atrapar los pedazos de Horacio que están regados en un Montmartre que solo existe en las páginas viejas de la edición de Rayuela que leí a los 15 años. Supongamos que llego a esa calle mojada donde él se escapa. Y llueve (“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. J.L.B), digamos que esta vez sí logro alcanzarle, y aunque no le veo la cara (eso no lo logro ni siquiera en la ficción), camino a su lado, como un testigo. Entonces recorremos la ciudad trazando mapas con nuestros pasos. Descubriendo una ciudad real y mágica que está en alguna parte atrás de los turistas y las vallas publicitarias. Que se esconde preexiste como una medusa fosforescente en el fondo del mar. Caminamos hablando de películas que no entendimos mientras compartimos una botella de vino. Entonces llegamos a ese cuarto de hotel donde Horacio le será infiel a La Maga (que ya pasó de moda) y nos deslizamos en la alfombra y tomamos vodka (aunque odio el vodka, pero eso es lo que se toma en las reuniones del Club de la Serpiente) y no amanece sino en 3 o 4 días. Entonces se venzan las marioplumas y todo se resolve en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que nos ordopenenen hasta el límite de las gunfias.

Kafka Tamura: un príncipe de sangre roja y real.
Para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes...

La carretera es infinita. En el cielo azulísimo las nubes forman dulces figuras apocalípticas, en HD. Mi iPod transmite ‘Little Red Corvette’, de Prince. A mi lado, él hace auto-stop mientras abre una Coca-Cola en lata. Un camión  para y nos acomodamos en la parte de atrás. Compartimos audífonos, me dice que el cielo está cambiando. Quizá lluevan peces. Quién sabe.
Después, el Edipo de 15 años que es guapo y es japonés, me cuenta que huye de su padre, de Tokio, de sí mismo. Quiere liberarse de sus genes o, como diría Cortázar, arrancar la flor amarilla. Pero el Joven llamado Cuervo dice que el que escapa de su destino, lo encuentra. Tamura tiene hambre. Hambre física y metafísica. Y como Okada, Tengo y Watanabe, cocina muy bien. Sé que cuando lleguemos a Takamatsu preparará tortillas de color verde en salsa bechamel, rellenas con verduras. Kafka devora libros y tortillas y ciudades. Y a diferencia de Oliveira-el intelectual de escritorio- él es fuerte. Hace ejercicio. Es terrenal. De sangre roja y valiente. Claro, es el cuerpo ejercitado y robusto que está preparado para pisar el otro lado. Porque para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes; porque allá, al otro lado del bosque, hay balas imaginarias, pero la sangre siempre es real.
 Cuando bajamos del camión nos perdemos en una ciudad pequeña. Primero en las calles y luego en la biblioteca, ese laberinto infinito en el que Oshima abre puertas que a su vez tienen varias puertas que después nadie podrá cerrar.
Nos acomodamos en la cama y él me abraza. Quizás nos saquemos la ropa y tomemos un baño de luna, como Midori. Pero no lo hacemos. Preferimos quedamos quietos sintiendo nuestros cuerpos vibrar. Entonces él me dice que le disculpe si tiene una erección, que no es nada personal. Cerramos los ojos. El viaje empieza. Compartir la cama con alguien es peligrosísimo. Cuando dos individuos cierran los ojos y abandonan sus cuerpos juntos, pueden pasar muchas cosas. Camino por los pasillos laberínticos de la biblioteca y presiento que estoy en el corazón de Tamura. Lo sé porque a lo lejos, con chompa de cuero, veo al Joven llamado Cuervo venir. El viento es terrible y derrumba los libros. Todo cae. El viento viene acompañado de arena y de repente ya no hay estantes ni recovecos con letras. Estamos en un desierto y la arena otra vez se nos mete en las orejas y en los ojos. Entonces escuchamos la canción, la cantamos despacio mientras nos dejamos llevar por su ritmo, que es como un arma contra el viento…  “A la sombra de la puerta se yerguen las palabras que han perdido sus letras/ Al otro lado de la ventana  hay soldados con el corazón endurecido/ Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada”.  Entonces así, bailando, atravesamos la tormenta de arena.

Yo tampoco sé adónde van los patos en invierno...




Son las 2 de la mañana. Me he fumado tres cigarrillos y aún no puedo dormir. Lo mejor que podría hacer es teletransportarme a Nueva York. Cierro los ojos y canto una canción de Lennon, en voz baja. Cuando los abro, me doy cuenta de que ha estado nevando. La calle está mojada y resplandece por el agua. Camino sin rumbo sintiéndome igual de extranjera que en mi cuarto, entonces me encuentro con él, ese pequeño psycho. Ese ángel oscuro, a quién atribuyen la muerte de Lennon. Holden Caulfield se acerca a mí y me pregunta si quiero tomar un café. Al contrario de la gente “normal”, yo acepto. La razón es simple: yo tampoco tengo nada que hacer, y ni puedo dormir y ni quiero regresar a mi casa. Como él, estoy perdida. Le digo que mejor tomemos un trago, que no me importa que sea menor de edad. Mientras caminamos en busca de un bar abierto, entiendo que lo que nos une es paradójicamente la orfandad. Sé que ambos somos- y seremos- extranjeros, sin importar donde estemos. Por eso buscamos un “paréntesis de realidad”, algo que nos amortigüe y nos haga olvidar, aunque sea por una hora, que el mundo está lleno de gente a la que no le interesa adónde van los patos en invierno.
Encontramos un bar oscuro, aunque él dice que lo deprime muchísimo, acabamos entrando y pedimos dos whiskys. Holden me dice que está harto y que nos larguemos, porque él, como Horacio, sufre de “cosismo” extremo. Yo, en lugar de Sally, le digo que sí. Entonces él me cuenta que tiene un amigo que nos puede prestar un auto en Grenwich Village y que en la mañana podríamos ir a Massachusetts. Pero después dice que sería mejor ir hacia el Oeste, haciendo auto-stop. Llegaremos a un lugar en el que siempre haga calor y nadie nos conozca. Él conseguirá ese trabajo en la gasolinera, y los dos fingiremos ser sordomudos para no hablar con nadie más. Me propondrá matrimonio. Y yo aceptaré. Y viviremos en una cabaña en la que no entrará nadie más que nosotros y nuestros hijos (y nuestros libros). Y viviremos allí por el resto de nuestra vida.
Salimos del bar con todas estas ideas, pero yo sé que él no lo hará, que extrañaría demasiado a Phoebe. Decidimos caminar sin rumbo por la calle, ya no hay rastros de nieve. Quizá sea mejor así. Quizás nuestro amor freak fracasaría en dos días. Y tal vez acabaríamos matándonos en algún lugar lejano, en Tijuana, por ejemplo. Sí. Lo mejor sería que alguno de los dos diga: “preferiría no hacerlo”. Porque tal vez lo que siento por él no es amor, pero se parece tanto, tanto que quizás sea lo contrario. Ahora lo entiendo mejor: lo que nos une es el hecho de compartir un estado. Un estado de náusea, de hastío… la complicidad del que se cansa de ser humano. Y compartir un estado responde al amor en su estado más puro: la amistad.
Mientras busco en mi cartera un cigarrillo él me dice: “Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...” Le digo que yo también los odio. Odio el tráfico y los carteles de comida rápida que se mojan con la lluvia, los restos de esmalte en uñas comidas por la angustia y las refrigeradoras vacías en domingos, y los focos que se queman. Odio ver restos de chaulafán a las seis de la tarde y colillas que se ahogan en restos de café frío…
Ya no hace tanto frío y al fin encuentro el cigarrillo. Holden lo enciende y lo compartimos mientras caminamos en silencio por un buen rato.  Llegamos a Central Park. En la laguna algunos patos todavía nadan, pero ni él ni yo sabemos adónde irán en invierno.
 (Cartón Piedra)

miércoles, 8 de enero de 2014

No seas (tan) quiteña







Un amigo me dijo alguna vez que nuestra Santa Marianita de Jesús representa bien a las quiteñas: dramáticas, sufridoras, mojigatas. No me gusta hablar por terceros, no creo en las generalidades. No somos, soy.


Soy quiteña y dramática.

Cuando tenía cuatro años, según mi también quiteña y dramática madre, mientras las niñas de mi edad superaban sus gripes arropadas hasta el cuello y con un termómetro en la boca, yo salía corriendo por toda la casa gritando desconsoladamente: ¡creo que voy a morir!...
No sé si esa temprana desviación histriónica era precisamente “quiteña”, yo la vería más como el génesis de una potencial diva de telenovela venezolana o mexicana. Entonces no, no soy dramática.Soy actriz.

Soy quiteña y sufridora.

A ver, no, no soy sufridora. Lo que pasa es que desde niña me identifiqué con los olvidados, los rechazados, los marginados. Me sentía responsable por ellos y en ocasiones fingía demencia para ser expulsada del grupo dominante y convertirme en la madre de los fracasados. Esto duró hasta que una vez, en el colegio, protegí a una chica indefensa de eso que ahora llaman bullyng y en mis tiempos se llamaba jugar con el compañerito. Mientras la clase disfrutaba lanzándole bolas de papel con un esfero en la cabeza, yo me levanté y puse orden: “¡Basta!, ¿qué tal si nos respetamos?”, dije. Todos callaron y se sumieron en la reflexión tomando consciencia de sus actos. Fue entonces cuando la bullyada aprovechó para coger la bola de papel y lanzármela en la cara. Entonces no, no soy sufridora. Soy una víctima de las circunstancias.
 
Soy quiteña y… no, no soy mojigata.

Nunca fui esa man que se lanza desbocadamente sobre un hombre y convertida en una fiera salvaje se saca toda la ropa, toda, menos el calzón. Por si acaso, la escena continúa de la siguiente manera. El pobre, que a estas alturas ya imaginó el increíble relato con que sorprenderá a sus panas, se queda seco (y tieso). Acto seguido se llena de valor (y cabreo) e intenta despojar a la quiteña de la prenda con sus propias manos. En ese momento ella lo detiene y con un franciscano gesto de indignación, le dice: “¿Qué tal si nos respetamos?” Lo sé porque lo he vivido en carne propia y con el calzón puesto. Pero no, no soy mojigata. Soy quiteña.
Y soy vengativa.

Interesante su análisis sociológico sobre la quiteñidad, chicos. Lo que no entiendo es por qué el término sólo se aplica a las mujeres. Aparentemente, ser quiteña es más despectivo que ser quiteño, sin embargo esta categoría ha sido inventada por hombres que aunque hubieran querido ser suizos, son quiteños. ¿Quiénes son, pues,  los quiteños? El típico quiteño es el que te invita una biela pero luego te pide para el taxi; el que en la primera cita te propone ir a su casa “a ver pelis”;o  el “alma libre” que critica a la conservadora mujer capitalina y termina en el altar con una: obligado por sus padres, por los padres de ella y por el quiteñito que viene en camino. Y el peor de todos: el intelectual cuyo peor insulto contra una mujer es “quiteña”. Si no quieres acostarte con él porque tiene novia, porque no se baña o porque no te da la gana, suelta las palabras mágicas: “¡No seas tan quiteña!”. Piensa que una chica alternativa quiere ser cosmopolita e inteligente y con esta receta espera que te sientas pueblerina, retrógrada y, por alguna extraña razón, desafiada y caliente. Sin embargo,  cuando yo escucho algo así, sólo me dan ganas de ir por un cigarrillo y nunca volver. Pero bueno,  no los culpo. No son patéticos: son quiteños.

(Diners)

lunes, 6 de enero de 2014

Yo me muero por Lena Dunham





Por Ana Cristina Franco

¿Por qué me gusta Girls?

Porque nunca logré identificarme con una serie de televisión, pero con esta sí. Porque me encanta descubrirme riendo sola en mi cuarto a las 12 de la noche. Porque cada vez que veo Girls, pienso: “Mierda, ¿por qué no lo hice yo?”, porque me reconozco en la torpeza de Hanna, en el descaro de Jessa, en la ingenuidad de Shoshana. Porque me gusta ver escenas de sexo en pantalla chica, y porque esas escenas de sexo son dirigidas por una mujer, y son explícitas, torpes, interrumpidas… Porque Hanna no está enamorada de un chico cool, sino de un freak que toma leche y es carpintero. Porque amo el acento inglés de Jessa, la desnudez de Hanna, el novio de Marnie, la inocencia de Shoshana; porque Hanna es gorda y disfruta quitándose la ropa frente a cámara… Y es increíblemente sexy…  Porque cada plano es, como alguna vez me dijo Juan Fernando Andrade, poesía pop con muchas calorías.
Pero sobre todo, Girls me gusta por esto: Lena Dunham  tiene 26 años, es guionista directora y actriz. Ella trabaja de la única manera que, al menos yo, puedo concebir al arte: la exposición.  Lena no ha escogido hablar de algo divertido o cool, ni siquiera algo interesante. Ha tenido la valentía de retratarse a sí misma. Y digo valentía porque en su obra casi no existe lo que en dramaturgia se llama “mecanismo de distanciamiento”. No hay un mediador entre su problemática personal y su personaje, es decir,  Hanna no se diferencia en mucho de Lena. Ella tampoco buscó una actriz para que la represente ni hizo una analogía de su vida. Girls, aunque esté por completo en el terreno de la ficción, es casi un documental: Lena es su propia obra. Y por eso al verla en pantalla no da la sensación de que haya una puesta en escena, más bien parece que el trabajo de Dunham consiste en construir una ventana hacia su universo más íntimo. La cámara de Girls es un ojo invisible pero a la vez curioso, que revela los momentos más personales de la vida de 4 mujeres cotidianas.  Y por eso, al verlas desnudas, yo también me siento desnuda. En otras palabras, Lena Dunham hace que las líneas entre la vida y la ficción sean cada vez más ambiguas convirtiendo a su vida  en un experimento artístico. Y esto no me gusta: me parece alucinante.

Por otro lado, Girls ha logrado algo matemáticamente imposible, pero cierto: una serie de televisión de autor. Ha conseguido que en la televisión, plataforma dirigida  a  las masas, existan mujeres reales. Y esta es un arma feminista transgresora. Mucho más poderosa que las activistas de género con pancartas en las calles. Más que Sasha Grey y su porno “intelectual”.
Y bueno, más allá de eso, creo que hay un vínculo íntimo con los personajes que hace que me identifique con la serie. En uno de los capítulos de Girls, Shoshana, tal vez el personaje más cómico, dice, parodiando a Sex and the city: “Soy definitivamente Carrie, pero tengo algo de Samantha”. Tomaré como ejemplo esta cita irónica para esta vez ser yo quién mida cuánto de estos personajes hay en mí.
Empecemos por Jessa, la versión independiente de la mujer fatal. Ella representa eso que por lo general no soy, y envidio. ¿Quién no ha querido ser una rubia peligrosa?, pero más que eso, la mujer libre, que no tiene que rendirle cuentas a nadie… Su acento inglés con un aire de “no me importa” me recuerda que todavía soy complicada, acomplejada, cursi… Que todavía pido perdón, permiso, y voy con la cabeza gacha por la vida… Jessa es la libertad que mi espíritu andino aún no tiene.
Marnie es lo que yo jamás podría. Además de ser más conservadora que una morlaca, tiene un componente que me confronta con mi lado más oscuro: es ordenada. Marnie tiene los pies en la tierra. Seguro tiene reloj y aplasta el tubo del dentífrico desde atrás. Y aunque me gusta ser como soy, los domingos por las noches quisiera (¿y quién no quisiera?) tener un novio estable (y así de sexy y guapo como el de Marnie), medias pares, saber cocinar, escandalizarme con inmoralidades, tener una cartera ordenada (¡o por lo menos tener una cartera!) tender la cama todos los días, tener uñas largas. Pero ya sabemos la historia: me parezco más a Hanna. Porque ella, como yo, quiere escribir. Porque escribe que escribe, y rueda que escribe. Porque, sin ser modelo, se ha desnudado frente a la cámara miles de veces. Y no solo quitándose la ropa, lo ha hecho mostrándose en su lado más frágil, más imperfecto: ha mostrado una espinilla en la nalga, un trastorno psicológico, su adicción compulsiva a la comida. Ha tenido las agallas de meterse con un freak, ¡y él de rechazarla! Me identifico con su desorden, su sed de experiencias y sus ansias de embellecer la vida cotidiana; con su incomodidad física, pero a la vez ese placer por su cuerpo. 

Otro personaje que me parece encantador es Adam. Él es un retrato irónico del sub-30 de hoy. Alguien que no se decide, que vive solo pero sus padres aún le pasan dinero, que anda en bóxer por la vida, medio trono y medio chuchaqui. Lo que resulta cómico y genial, es que Hanna lo pretenda tanto. ¿Por qué una chica inteligente, que está por publicar un libro, quiere salir con un loser, alcohólico anónimo, con costumbres sexuales raras, que puede ir al baño mientras toma leche? La rareza de Adam se evidencia más cuando, en la temporada 2, termina con Hanna y empieza a salir con una chica llamada Natalia, un personaje que para cualquier guionista significaría un reto, pues no se trata de una personalidad extrema, sino de una chica simple, o simplona. Ella no es tonta, pero tampoco inteligente; no es fea, pero tampoco guapa; no es increíble, pero tampoco “cualquier cosa”. Está en el límite. Al principio, ella y Adam empatan, sin embargo cuando él la lleva a su casa, empiezan a hacerse notorias las diferencias. Con una semana máximo de noviazgo, él le dice: “¡Gatea hasta mi habitación!”. Ella, desconcertada, acepta, y se ve yendo a gatas, en un suelo lleno de pedazos de uñas y mugre (como ella lo describe) al cuarto de Adam. Allí él tiene sexo con ella de manera grotesca y torpe (como él acostumbra). Mientras la penetra, ella finge disfrutar mientras está totalmente desconcertada. Cuando al fin eyacula liberándose de su deseo como si fuera algo ajeno a él que aún no es capaz de entender, y termina en sus senos, ella no entiende qué pasa: se acaba de enfrentar a la parte más animal, más pura, de Adam. Aunque a primera vista parecería un maníaco sexual o algo así, no es eso lo que resulta. Lo interesante es que Adam no causa repulsión: causa ternura. Porque en esa torpeza sexual hay algo que vas más allá: el hecho de que él nunca encajó. Siempre estuvo al margen. Es un fenómeno. “Soy Adam y soy un bicho raro”, dice él… Y no puede ser más sincero.  Esa rareza que es la suma del desconcierto, de la soledad de toda una generación. Por eso el amor de Hanna y Adam, además de patético, resulta encantador. Ellos representan la belleza de los out-siders… Verlos con pijamas enteras en un two shot resulta conmovedor.

¿Hay algo más romántico que el idilio de 2 losers?

“Creo que puedo ser la voz de mi generación, o por lo menos, una voz de una generación”, dice Hanna. Yo, por mi parte, siempre pensé que esta generación no era una generación. Que no merecía ser nombrada. Que llegamos tarde al festejo, al baldeo. Que todo ya fue hecho y deshecho. Los hippies ya protestaron. Los punks ya rompieron botellas. Los grunges ya disfrutaron siendo nada. ¿Y nosotros, los nacidos entre 1985 y 1990? Somos la generación del Youtube, del Facebook, de… Describirla me resulta imposible. Pero sé que somos huérfanos. Y en todos los sentidos. ¿Cómo no, si nuestros abuelos y padres ya lo rompieron todo? Ya no hay matrimonio ni alianzas ni partidos. Tener sexo representa simbólicamente menos que darse la mano. Esa orfandad se evidencia en Girls.  Y no solo la orfandad de los padres y las familias inestables, sino también de los hombres, de las amigas (Jessa las abandona algunas veces, Hanna y Marnie dejan de vivir juntas) todo pasa, se va, pero vienen nuevas cosas que otra vez se irán, y en esa fuga, en ese devenir, hay una belleza que retrata de alguna manera que aún no alcanzo a comprender, la belleza y el vacío (o la belleza del vacío) de esta generación. Sí, porque no se trata de un abandono del que somos víctimas, sino todo lo contrario: solo en ese abandono es posible la libertad.  Ahora entiendo mejor a Hanna y a su voz. En esta generación no se puede hablar de ‘la voz’, sino de ‘una voz’; tampoco se puede hablar de ‘la generación’ sino de ‘una generación’. Todo es impersonal. Si algo la define es que no tiene definición. Y el caos de Hanna, su inestabilidad amorosa, su iPhone sonando al fondo de su cartera, su trastorno obsesivo compulsivo, sus papas fritas, sus vestidos coloridos, su querer escribir, su amigo gay (que alguna vez fue su novio) y sus trabajos chimbos son, de alguna manera, fragmentos deliciosos de esta generación, a la que no puedo concebir si no es así, por fragmentos…


(Cartón Piedra)

viernes, 29 de noviembre de 2013

Japiverdei tu mi






Nunca me gustó cumplir años. El ritual del “queique”, el anillo barato en la vela que no escucha los deseos, el tétrico coro de amigos y familiares que reza “Japiverdei tuyu”. Nada de eso me pone japi.

Días antes de cumplir los 27 me fui a Cuenca para huir de un trabajo aburrido, de un novio aburrido y de una ciudad aburrida. O sea, para huir de mí misma. Aproveché la invitación a un festival de cine para refugiarme en un paréntesis con todo pagado: hotel aniñado, agua caliente, desayuno servido. Cuando el festival terminara, me quedaría un día más con un amigo a olvidar un poco el estrés de la vida ordinaria y celebrar mi onomástico.

Me disponía a asistir al primer encuentro sobre “conflictos del cine ecuatoriano”, o algo parecido, cuando sonó mi celular. Era mi jefa. “Nena, necesitamos que nos entregues tres guiones para mañana” Respiré y decidí responderle con la clásica frase de Baterville: preferiría no hacerlo. “En ese caso, no podremos seguir trabajando contigo. Espero que te vaya bien, tú eres una pelada súper pilas, súper chévere, y estoy segura que no tendrás problema en conseguir algo”. Cerré el teléfono y encendí un cigarrillo: Yo me había ido para dejar un rato el trabajo, ¡no para que el trabajo me deje a mí!

A las orillas del Tomebamba concluí que debía cambiar mi vida por completo. Empezaría por terminar con aquel chico. “No estoy preparada para tener una relación”, “No nos mintamos más”, o el clásico y cliché pero infalible: “No eres tú, soy yo”. Marqué el número decidida, el teléfono sonó una y otra vez pero nadie contestó. ¿Estaba con otra?, ¿me había leído la mente?, ¿estaba difunto? Después de tres días de absoluto silencio, el cobarde al fin habló, por supuesto, desde la ventana de chat que emitía la sucia pantalla de un cyber gamín “No estoy preparado para tener una relasion” escribió el analfabeto. Su falta de ortografía me dolió más que sus palabras, pero igual. ¡Esa era mi escusa! ¡Y la más barata! Yo me había ido para dejarle a él, ¡no para que él me deje a mí!

El festival terminó el día de mi cumpleaños. El amigo con el que me quedaría me dijo que debía volver urgentemente a Quito y como yo ya no tenía ganas de quedarme más tiempo en la ciudad de los cuatro ríos, cogí mis maletas y me dispuse a volver con él. Debía aceptarlo: mis “vacaciones” no habían funcionado y lo mejor que podía hacer era regresar con todos. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto me dijeron que era imposible cambiar mi pasaje: debía esperar un día más en Cuenca, sola. Había perdido el trabajo, el novio y el vuelo (en sentido literal y figurado).

¿Debía suicidarme? Quizá el destino confabulaba para que fuera yo misma quien me diera muerte como rockstar, a los 27 años. Pero así como iban las cosas, si me disparaba seguro reencarnaría en forma de ácaro. Como no tenía ganas de hurgar madera y comer ropa sucia, caminé por la ciudad buscando un bar donde sentarme y decirle al mesero, con la voz ronca y decidida de un vaquero, “Un whysky doble, por favor”. Celebraría mi cumpleaños y mi derrota en soledad, pero con dignidad, con el sabor que sólo el whysky sabe darle al fracaso.

Cuando llegué al bar me dijeron que sólo tenían mojito. ¡Mojito! Con el respeto que Hemingway se merece, ese es un cocktel gay que no está hecho para tomarse en soledad. “Japiverdei tu mi”, pensé durante el primer sorbo. Y mientras sentía resbalar el trago por mi garganta, cerré los ojos, respiré con fuerza y pedí un deseo. En alguna parte, Dios se reía a carcajadas…

(Diners)


lunes, 21 de octubre de 2013

Resonancia, o descubrir formas a partir del silencio...



“Resonancia, un documental para escuchar”, dice el slogan de la película de Mateo Herrera; sin embargo, creo que también es una película para tocar, o mejor dicho, una película que te toca. Durante siete meses Mateo Herrara (director de la película), Simón Brauer (director de fotografía) y Sarahí Echeverría (productora) visitaron el taller del luthier Raúl Lara para registrar el proceso de la construcción de una guitarra Selmer Maccaferri, cuyo modelo original nació en los años 30 hecho explícitamente para Django Reinhardt. A Mateo, que además de cineasta es músico y admirador de Reinhardt, la idea de documentar este proceso le resultó altamente seductora, pues para él- y eso lo veremos en claramente en cada plano de Resonancia- la labor del luthier más que artesanal es alquímica.

En La obra de arte y su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin retrata la crisis que atraviesa el arte contemporáneo al ser reproducido técnicamente. Benjamin declara que la obra pierde su aura al ser despojada del “aquí y ahora” que le proporciona la relación directa con el creador para ser sometida al sistema de reproducción mediante el aparataje técnico. En la labor de Raúl Lara, el luthier que construye la guitarra, vemos claramente la relación del sujeto con su trabajo, es decir, la magia que surge con la relación del sujeto y su obra en el momento de la creación. Pero, ¿qué es el aura?, Benjamin lo definió como “aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”. Esa impronta, esa nostalgia del tiempo que se fuga y que solo es posible en el contacto entre el artista y su hallazgo. Es aquí cuando el trabajo de un artesano se asemeja más al de un alquimista: el objeto que construye no es ajeno sino que invita a pensar en el escultor que no trabaja a partir de la forma sino a partir del vacío: al tallar el mármol no construye sino que descubre, no aumenta: quita la materia que envuelve a una forma silente y oculta bajo el mármol, así, el luthier no crea un cuerpo que emite sonido, más bien descubre el cuerpo que el alma/sonido necesita para expresarse en la dimensión terrena.

Entonces la labor del artista no sería construir una esencia, sino crear un representante que contenga a la esencia; así, la técnica, el cuerpo, la investidura, estarían íntimamente relacionadas con su espíritu. El espíritu solo puede manifestarse mediante un cuerpo particular que lo contenga. Para que exista sonido debe existir un medio. En Resonancia, Raúl construye una guitarra, es decir, el medio en el que el sonido es posible, esto a su vez es una metáfora del proceso creativo. El aura de la que habla Benjamin solo es posible mediante la relación única directa y mágica de la mano del artista y su obra. El aura surge en ese momento de inspiración en el que el sonido es posible a partir del silencio. Así como Raúl descubre la guitarra, Mateo descubre la película, pues Resonancia es otro puente, otro medio para la expresión de la líbido, lo intangible, la energía creadora pura que se manifiesta mediante la combinación estética de planos y sonidos que nos permiten crear una mirada para descubrir un universo sensorial que nos toca.
En esta película los diferentes lenguajes funcionan, se entrelazan, se complementan. Las herramientas técnicas son expresivas desde todos los puntos de vista. En cada una de ellas hay una propuesta arriesgada, personal, única. Julio Cortázar dijo que si uno no encuentra las palabras precisas para decir algo simplemente no lo dice o lo dice mal .Digamos que en esta película, las herramientas técnicas operan de manera justa, adecuada. La propuesta fotográfica de Simón Brauer es un canal que refleja el espíritu de la película: cada encuadre es una metáfora del todo y a la vez funciona solo. Hay una belleza en la composición y en la luz, hay algo que conmueve, quizá sea el aura. El mapa sonoro y la sonorización hecha por Juan José Luzuriaga, exagera los sonidos naturales convirtiéndolos en música, creando un lenguaje que es a su vez otra metáfora del misterio de la creación y tocando los sentidos desde el inconsciente. El sonido de la sierra cortando la madera adquiere un significado distinto, se vuelve musical. Todos los sonidos cotidianos adquieren una dimensión armónica. La música está en los sonidos naturales. La edición de Amaia Merino también responde a un proceso estético cuya lógica no es narrativa sino sensorial.

Hablemos del silencio. El silencio de Raúl durante todo el proceso que habla de su conexión con los elementos que construyen la guitarra, toca la madera, corta, siente. Su silencio se debe a la escucha: está conectado con el espíritu que despacio le susurra las partituras para la construcción de su cuerpo. Mateo también cree en el silencio, y esto se percibe desde la elección del equipo mínimo con el que rodó. Este ambiente de intimidad se siente en la película así como en el silencio de Raúl, quien parece estar conectado con algo más allá mientras da forma a la guitarra. Resonancia es un documental que habla a partir del silencio, pues solo en ese espacio, en esa inmovilidad, el sonido puede tomar cuerpo poco a poco.

A medida que la trama avanza los espectadores entramos en un proceso hipnótico. La experiencia audiovisual se vuelve sensorial: nos toca. La realidad ya no es la misma: poco a poco Raúl deja el mundo ordinario para sumirse en un universo extrañado: el mundo visto desde un ojo particular. La misma relación alquímica entre las manos de Raúl y la guitarra se da entre el espectador y la película. El espectador se ve inmerso en ese espíritu creador, y así, una vez más se sitúa en el espacio de la invisibilidad. Como Raúl y como el escultor que trabajan a partir del silencio, la película ubica al espectador en un espacio invisible en el que su mirada es transformada, las imágenes y los sonidos cumplen su función hipnótica y nos permiten percibir la magia latente en la realidad, encontrar musicalidad en los sonidos ordinarios y belleza en las imágenes cotidianas: un pedazo de madera deja de ser un pedazo de madera y se convierte en un objeto inútil y hermoso, único, extraterrestre. La película es una ventana para escuchar y ver el mundo desde una perspectiva abismal. La experiencia cinematográfica es tan sutil que no solo determina un lenguaje, sino que sugiere una mirada. Yo diría que se trata de una película extraterrestre. O quizás es el espectador el que se convierte en extraterrestre ya que se transforma y puede percibir el hecho aparentemente simple de la construcción de una guitarra como una experiencia alquímica, divina, inspiradora. Después de trabajar siete meses el misterio del sonido al fin toma forma. La guitarra suena, y Raúl, que había permanecido serio durante todo el filme, sonríe. Entonces Mateo toca una canción de Django, y yo cada vez me convenzo más de que la acción creativa no consiste en poner sino en quitar: retirar materia para encontrar formas latentes en el aire, seres dormidos que preexisten. Descubrir el cuerpo que contiene el aura.


(Cartón Piedra)

lunes, 14 de octubre de 2013

Falsas Promesas

"La juventud es una estafa"
-Roberto Bolaño



Volver a la arena caliente que trazó mapas en el aire.  A la brisa que trajo la nostalgia de amores futuros. Al techo en el que fumamos por pimera vez mientras nos bañamos en lluvia caliente: había sido recobrada la eternidad. Ahora agoniza en un cajón húmedo, al lado de  libros que también mintieron tierras fantásticas, espejos que deliraron  viajes,  mañanas que susurraron príncipes.
Hoy  los Dioses  me miran congelados dese páginas lejanas con olor  a naftalina, esos dioses que inventamos en  borracheras absurdas, los únicos a los que pudimos rezar,  los mismos en los que creyeron los abuelos que algún día también fueron inmoratles. La sangre derramada refleja  las caricias que alucinaba el verano en Manglaralto, los besos muertos salidos de un casette de los Rolling Stones, los compaces que escuchaba mientras te extrañaba  y todavía no te conocía.... 
Los ríos negros en los labios con peces, el mar de Santa Cruz que destellaba espuma prometiendo encuentros ¡Y las estrellas! fantasmas brillantes que ya no son, que fugaces sonrieron ofreciéndome el abismo... Cómo si se pudiera  confiar en una estrella,  en algo que cuando miras ya no existe,  en una ilusión tan descarada.... El desierto de lo real es árido y el minutero me clava una daga en los dientes, me desliso en jardines blancos con rosas muertas en vasos de vidrio, en muñecas con el pelo seco y restos de esmalte en la cara, rompecabezas insoportables,  cortinas asesinas en las que fingía mi muerte a los siete años. Enotnces regreso y descubro que la tormenta de arena no ha acabado. Y ese espacio que alguna vez fue luz ahora es vacío: ha pasado de ser átomo a ser nada... Y yo busco su sombra  intentando inventar la niebla con los dedos pero ya no hay eco: cuando muere la la huella también mueren los ojos. ¿Por qué el sol lo deformó todo con su luz malévola? La pureza de esa niña que resucita en las resacas destruye el mundo. Y el ángel, es tan bello que duele, hiere con sus alas blancas los tejidos del tiempo.   Entonces me voy dos veces, me escapo gritando a los sordos en puertos lejanos mientras me veo partir en barcos fantasmas.