Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...
viernes, 28 de marzo de 2014
Mal trip (El mito del eterno retorno y papas fritas)
Cuando teníamos 15 años, mi mejor amiga regresó de Galápagos transformada. Había pasado los tres meses de vacaciones junto a artistas del tipo Viejo Napo, escuchando música, haciendo experiencias. Cuando regresó ya no era la misma: ahora fumaba marihuana.
Una noche puso One of these days, la canción de Pink Floyd, y armó un porro como una experta. Sus hábiles dedos ponían la yerba en el papel como si lo hubieran hecho ya miles de veces. Ella quería que la admire y le pida que me enseñe, pero eso no sucedió. Desde chiquita fui la cobarde del grupo, mi Mamá me había contado mil veces la anécdota de cuando probó marihuana y le dio lo que llaman blancazo: mareo, paranoia, vómito. Según ella, nunca se había sentido peor en la vida. Desde entonces, yo era esa chica del comercial que le dice NO a las drogas. Seguramente mi amiga pensó que yo era una aburrida (y seguramente tenía razón) pero eso no la detuvo y, mientras escuchaba "One of these days", encendió el porro, y con su capucha puesta se dirigió a la ventana. Lanzaba abundante humo sumida en lo que parecía un inmenso mundo interior. Y estábamos lejos. Hace tres meses jugábamos con muñecas, y ahora ella tripeaba un vuelo que yo jamás podría entender. Tal vez por eso este primer acercamiento a la droga hippie no fue positivo: la hierba fue una de las primeras señales dolorosas de que la niñez había terminado.
Tiempo después decidí probarla, sobre todo porque quería ir a donde estaba mi amiga. Sentía que la había perdido para siempre y pensaba que un "hit" sería la llave mágica que me llevaría hacia ese lugar lejano en el que ella se encontraba ahora. Pensaba que después de fumar entendería, al fin, el misterio de su mirada, la esencia del Rock N’ Roll, la profundidad de la vida. Pero en lugar de viajar a otra dimensión, sentí la boca seca y una sensación de idiotez permanente. Pero seguí insistiendo, hasta que llegó la experiencia del tercer tipo, claro que no de la manera que esperaba. Íbamos a filmar un corto de terror en la casa de un amigo en Tumbaco y preparábamos el “set” para el siguiente día cuando una de las chicas dijo la frase que hasta ahora me eriza la piel: ahora sí vendría bien un pipacín, ¿cachas? Aunque ya sabía cuál sería mi reacción, pensé, ¿por qué no?, al fin y al cabo ella tenía razón. El cielo, el bosque, las estrellas, era un cuadro digno de un pipacín.
Esa noche experimenté lo que un paciente del psiquiátrico San Lázaro vive a diario. Ahora sé, en carne propia, lo que es la locura. De un segundo a otro existir era extrañísimo, como si la coraza que me protege a diario haciéndome olvidar que no sé quién soy y que estoy en un planeta abandonado en el medio del Universo, de repente se hubiera roto. Era consciente de mi insignificancia y me daba vértigo. Recuerdo sentir una energía circular. Sabía que todo esto ya había pasado. Y seguiría pasando. Infinitamente. El eterno retorno ya no era un mito y yo lloraba en una habitación ajena. Encima más, tenía hambre y no podía dejar de comer –mientras lloraba– papas fritas. Al masticar escuchaba claramente mis dientes triturando el alimento y esa serie de sonidos producía una escala aterradora que bajaba in crescendo: ¡Ta-ta- ta- ta- ta! Eso me desquiciaba. Intentaba parar de comer pero ya me había llevado otra papa a la boca y estaba escuchando la orquesta macabra ¿Por qué, si como una papa o como 10, suena igual? La sinfonía debería cambiar de acuerdo a la cantidad de papas fritas, ¿no?, pero siempre sonaba igual y esa melodía era como un taladro en mi cerebro.
Estaba fuera de mí, regada en el espacio, flotando entre papas fritas. Recé y prometí que si al amanecer volvía en mí, jamás probaría otro pipacín. Hay quienes no podemos fumar marihuana por una simple razón: ya nacimos "tronos".
A la mañana siguiente, el mundo estaba en calma y yo recordaba este episodio como una pesadilla lejana. Y pensar que la gente se pelea por un pipacín.
(Diners)
jueves, 6 de marzo de 2014
El amor apesta (pero no lo bastante)
Chavela Vargas dijo que el amor es un invento de una noche de borrachera. Sería lindo pensar así, pero no, eso en las buenas épocas, hoy el amor ni siquiera es un delirio de alcohol: el amor es un fenómeno mediático. Los niños son bombardeados con imágenes de parejas felices que siempre acaban en matrimonio y, cuando crecen, buscan a su “media naranja” (porque nos hacen creer que todos somos media naranja y no naranja entera) y se casan, y tienen hijos que también serán presa de San Valentín. Hollywood y musicales de Disney: maldito círculo vicioso. Sabemos que el matrimonio es el núcleo del capitalismo. La sociedad de consumo se sostiene en base a “La Familia”. La razón es simple: de a dos, la vida comercial es más lucrativa. No hay promociones de viaje para uno; la comida se pudre en la refrigeradora cuando guardamos extrañas raciones para uno. La vida adulta, es decir, la vida de consumo, es una especie de fiesta de graduación (de esas que salen en las películas gringas, en las que toman “ponche”) a la que solo puedes ir si tienes pareja. Parecería que el objetivo de la vida, después de comer, es casarse. Todos se casan: los aniñados, los viejos, los jóvenes, los hippies, los punks, los metaleros, ¡los gays!, ¡los gays se casan! La homosexualidad es una acción/opción naturalmente subversiva y hermosa, precisamente natural porque desafía a la familia y al capitalismo. El matrimonio justifica la cópula y la cópula justifica la reproducción. La homosexualidad es lo contrario: proclama el placer por placer y la relación ser humano/ser humano sin un fin utilitario. Amor puro. Por eso la sociedad está en contra, porque no concibe que dos seres humanos se amen sin un fin comercial. Por eso, aunque corra el riesgo de ser golpeada por el movimiento GLBT, creo que es un error luchar por el matrimonio y entrar al sistema. Digo nomás. Me dirán que no es tan fácil, que se trata de igualdad de derechos, pero yo creo que pueden igualarse de otra manera: no deberían aprobar el matrimonio gay, sino prohibir el hetero. Como dirían el Doctor Albuja o la Doctora Polo, hoy en día nadie da un centavo por la palabra amor. Es decir, todos se casan, pero el amor de verdad, el que mató al joven Werther, el que inventó Chavela en noches de alcohol, el que hizo vender el alma al diablo a Fausto y desgarró a Dorian Gray, es un mito, un “defecto romántico”. En la era del desecho, creer en algo así sería cursi, emo, demodé. Sin embargo, todos tienen novio y novia, y agarran a su pareja como si fuera una comadre, del brazo, trenzándolo como si se fuera a escapar. Además, les encanta salir en parejas, compitiendo en silencio por saber qué pareja es la más exitosa; cuál es el Macho Alfa, cuál la “mujer ideal”, quién recoge
mejor los platos, calienta primero el agua o levanta con más agilidad la mesa. Lo sé porque lo he vivido. Porque tampoco soy tan dura. Yo también he salido de la mano sin querer dar la mano, y hasta me han llevado (y he llevado) a reuniones familiares en calidad de florero para ver si combino con las cortinas de mi futura suegra. Y no he combinado. Y ahora lo agradezco. Porque no quisiera poner en Facebook “Gordo, te amo, eres lo mejor que me pasó en la vida” y adjuntar una foto del señor (que, en efecto, engordó un montón apenas se bajó del altar) al lado de un contundente plato de comida que yo misma he aprendido a preparar en YouTube. No gracias. Todavía no cumplo 30 años y no quiero para mí tanta hipocresía. Decía Zizek que el ateo de hoy reza en secreto. Y es verdad. Aunque creo firmemente que el matrimonio es nocivo para la salud de todos los involucrados, confieso que he fantaseado con un vestido blanco, con una luna de miel en crucero por las Bahamas y con un hogar casi perfecto. A veces hasta me han dado ganas de hacerle firmar a algún chico para que asegure que no me dejará. Pensándolo bien, eso de querer casarse más que patético es triste. El intento de
sellar un pacto de amor para siempre es inocente. Como decían los Ilegales (citados ya dos veces en este texto) “Para siempre es demasiado tiempo”. Y en el fondo todos sabemos que, así como la muerte llega para quedarse, el amor cualquier día se va para no volver. Sin previo aviso. Sin razón. Sin lógica. Y eso es lo que no queremos aceptar. Eso es lo que nos aterra.
(Diners)
lunes, 17 de febrero de 2014
¿Saldría con un hombre 20 años mayor que yo?
Lamento pertenecer a una generación en la
que el ideal de belleza masculina sea Di Caprio (para las aniñadas) Kurt Cobain
(para las alternativas) y Justin Bieber (para las adolescentes) Es decir, sea
cual sea tu estilo, el hombre perfecto de estos tiempos no es un hombre: es una
niña.
Como pertenezco a la segunda categoría
(alternativas), el “Macho Alfa” de mi leva es Cobain, el reflejo de una
generación a la que todo le valió pero que, al final, tuvo que conseguir empleo
como cualquiera; y cuyo sex appeal no se define por la pasión sino por su
antónimo: la apatía. Nunca me identifiqué con esto.
Yo me quedo con el modelo clásico: Marlon
Brando sigue siendo para mí “El Hombre”. Y como en mi generación este concepto
ya ni si quiera existe, sí, prefiero a los mayores. Sentirte en una novela
erótica barata tiene su encanto. Además, los sub 30 –por lo general– no dejan
de concebir al sexo como un desfogue personal. Sus años de adolescencia y porno
hacen que reproduzcan automáticamente los clichés sexuales. Exageran posiciones, gemidos, palabras. Y creo que el
punto es este: no quieren explorar el deseo, sino deshacerse de él. Por eso no
dejan de actuar como una máquina hasta expulsar su pasión en una eyaculación,
no en un orgasmo.
Sí. Me excita la idea. Me excita mucho.
(SoHo)
lunes, 10 de febrero de 2014
Fantasías textuales (Un viaje al otro lado)
¿Dónde están los moldes de las ideas?, ¿dónde los cuerpos de las sombras que somos...? Como Horacio, me doy contra la pared todos los días al pensarlo. Porque en esta tierra no está lo que busco, pero están las huellas, y esas huellas me remiten a un lugar alucinante del que solo recibo destellos. Quizá la máxima expresión de esta enfermedad sea la literatura. Los libros son un mapa que señala otro lugar. Y eso hace que me aferre a signos que me remiten a lugares imposibles, a personajes inalcanzables. Pero bueno, no son más que especulaciones idealistas. Quién sabe, tal vez a estas alturas Platón también esté enfermo, grave…
Horacio Oliveira
O rasgar con las uñas la piel del tiempo...
Horacio Oliveira siempre me da la espalda. Y yo le persigo, quiero ver su rostro que huye, entender a qué responde esa sombra; pero cuando intento acercarme, su silueta se aleja por una calle que brilla por la lluvia. Sé que tiene un saco de lana verde y un paraguas roto. Otras veces lo veo fumando un cigarrillo con la ceniza hasta la mitad, a punto de caérsele, en el piso de un hotel barato. Esta vez en blanco y negro. Como en una película de Godard. Otra, paralizado por la lluvia afuera de un concierto. Está desenfocado. Se aleja como un barco que se esfuma en el horizonte. Se escapa. Se fuga. Cada intento de encuentro es la pieza perdida de un puzzle que intento armar a ciegas. ¿Por qué me atrae tanto si de él solo recibo sombras? Tal vez porque Horacio (o por lo menos el Horacio que yo inventé en noches de insomnio) es la nostalgia. Él es un conjunto de fragmentos, de ventanas que me llevan hacia algo más …
Dice Moreli en el capítulo 71 de Rayuela: “¿Qué es en el fondo esa historia de encontrar un reino milenario, un edén, otro mundo? Todo lo que se escribe en estos tiempos y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia. Complejo de Arcadia, retorno al gran útero, back to Adam, le bon sauvage (y van…). Paraíso perdido, perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre”.
Entonces Horacio no es Horacio. Horacio es un puente. Y los amores más peligrosos son los que son puente (me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado). Un puente hacia las hojas secas de otoño que nuca vi, los Gauloises que no fumé… Un gato flaco que hurga en la basura, una tarde agonizante en el Barrio Latino, una canción de Berthe Trépat. Y además, Horacio no es cualquier puente: es un puente sobre un río metafísico.
Una de las primeras teorías de interpretación del mundo, dice que en el centro del Universo hay una Gran Llama. Sobre ella está el cielo, que es una especie de manto con pequeños agujeros a través de los cuales se pueden ver fragmentos de esa Gran Hoguera. Entonces las estrellas no son materia sino que el espacio es piel, y a través de esos huecos podemos acercarnos, por partes, hacia algunos pedazos de esa inmensidad. Aunque científicamente la teoría está descartada, es una gran metáfora para entender, quizá no el Universo físico, pero sí los Universos particulares… Y la literatura de Cortázar está en los Universos particulares, en la mirada de la hormiga, en el punto de vista del bichito que descubre el big bang en el tejido de un mantel. Y las palabras en su caso no son una herramienta sino una fórmula alquímica. Las palabras, esas perras negras, son un intento de hueco en la piel espacio/tiempo. Oliveira, como Jhony, también es un perseguidor, ¿qué hace Horacio sino rasgar la piel del Tiempo con las uñas?, ¿qué busca sino descubrir fragmentos de luz que preexiste bajo ese lomo oscuro que es espacio y tiempo? Él intenta ir más allá, traspasar ese límite. El lenguaje es como una pared (Horacio siempre se da contra la pared, dice Cortázar) que él intenta romper para llegar a... superar el “cosismo” e ir al verdadero mundo, que es, tal vez, el mundo de la ficción. Por eso, para cavar más profundo, La Maga inventa el gíglico, y es, en esa lengua, en la que es posible el encuentro con Horacio. Porque La Maga nada los ríos metafísicos que Horacio solo puede mirar como un testigo. Pero ahora el testigo soy yo. Un testigo que intenta atrapar los pedazos de Horacio que están regados en un Montmartre que solo existe en las páginas viejas de la edición de Rayuela que leí a los 15 años. Supongamos que llego a esa calle mojada donde él se escapa. Y llueve (“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. J.L.B), digamos que esta vez sí logro alcanzarle, y aunque no le veo la cara (eso no lo logro ni siquiera en la ficción), camino a su lado, como un testigo. Entonces recorremos la ciudad trazando mapas con nuestros pasos. Descubriendo una ciudad real y mágica que está en alguna parte atrás de los turistas y las vallas publicitarias. Que se esconde preexiste como una medusa fosforescente en el fondo del mar. Caminamos hablando de películas que no entendimos mientras compartimos una botella de vino. Entonces llegamos a ese cuarto de hotel donde Horacio le será infiel a La Maga (que ya pasó de moda) y nos deslizamos en la alfombra y tomamos vodka (aunque odio el vodka, pero eso es lo que se toma en las reuniones del Club de la Serpiente) y no amanece sino en 3 o 4 días. Entonces se venzan las marioplumas y todo se resolve en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que nos ordopenenen hasta el límite de las gunfias.
Kafka Tamura: un príncipe de sangre roja y real.
Para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes...
La carretera es infinita. En el cielo azulísimo las nubes forman dulces figuras apocalípticas, en HD. Mi iPod transmite ‘Little Red Corvette’, de Prince. A mi lado, él hace auto-stop mientras abre una Coca-Cola en lata. Un camión para y nos acomodamos en la parte de atrás. Compartimos audífonos, me dice que el cielo está cambiando. Quizá lluevan peces. Quién sabe.
Después, el Edipo de 15 años que es guapo y es japonés, me cuenta que huye de su padre, de Tokio, de sí mismo. Quiere liberarse de sus genes o, como diría Cortázar, arrancar la flor amarilla. Pero el Joven llamado Cuervo dice que el que escapa de su destino, lo encuentra. Tamura tiene hambre. Hambre física y metafísica. Y como Okada, Tengo y Watanabe, cocina muy bien. Sé que cuando lleguemos a Takamatsu preparará tortillas de color verde en salsa bechamel, rellenas con verduras. Kafka devora libros y tortillas y ciudades. Y a diferencia de Oliveira-el intelectual de escritorio- él es fuerte. Hace ejercicio. Es terrenal. De sangre roja y valiente. Claro, es el cuerpo ejercitado y robusto que está preparado para pisar el otro lado. Porque para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes; porque allá, al otro lado del bosque, hay balas imaginarias, pero la sangre siempre es real.
Cuando bajamos del camión nos perdemos en una ciudad pequeña. Primero en las calles y luego en la biblioteca, ese laberinto infinito en el que Oshima abre puertas que a su vez tienen varias puertas que después nadie podrá cerrar.
Nos acomodamos en la cama y él me abraza. Quizás nos saquemos la ropa y tomemos un baño de luna, como Midori. Pero no lo hacemos. Preferimos quedamos quietos sintiendo nuestros cuerpos vibrar. Entonces él me dice que le disculpe si tiene una erección, que no es nada personal. Cerramos los ojos. El viaje empieza. Compartir la cama con alguien es peligrosísimo. Cuando dos individuos cierran los ojos y abandonan sus cuerpos juntos, pueden pasar muchas cosas. Camino por los pasillos laberínticos de la biblioteca y presiento que estoy en el corazón de Tamura. Lo sé porque a lo lejos, con chompa de cuero, veo al Joven llamado Cuervo venir. El viento es terrible y derrumba los libros. Todo cae. El viento viene acompañado de arena y de repente ya no hay estantes ni recovecos con letras. Estamos en un desierto y la arena otra vez se nos mete en las orejas y en los ojos. Entonces escuchamos la canción, la cantamos despacio mientras nos dejamos llevar por su ritmo, que es como un arma contra el viento… “A la sombra de la puerta se yerguen las palabras que han perdido sus letras/ Al otro lado de la ventana hay soldados con el corazón endurecido/ Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada”. Entonces así, bailando, atravesamos la tormenta de arena.
Yo tampoco sé adónde van los patos en invierno...
Son las 2 de la mañana. Me he fumado tres cigarrillos y aún no puedo dormir. Lo mejor que podría hacer es teletransportarme a Nueva York. Cierro los ojos y canto una canción de Lennon, en voz baja. Cuando los abro, me doy cuenta de que ha estado nevando. La calle está mojada y resplandece por el agua. Camino sin rumbo sintiéndome igual de extranjera que en mi cuarto, entonces me encuentro con él, ese pequeño psycho. Ese ángel oscuro, a quién atribuyen la muerte de Lennon. Holden Caulfield se acerca a mí y me pregunta si quiero tomar un café. Al contrario de la gente “normal”, yo acepto. La razón es simple: yo tampoco tengo nada que hacer, y ni puedo dormir y ni quiero regresar a mi casa. Como él, estoy perdida. Le digo que mejor tomemos un trago, que no me importa que sea menor de edad. Mientras caminamos en busca de un bar abierto, entiendo que lo que nos une es paradójicamente la orfandad. Sé que ambos somos- y seremos- extranjeros, sin importar donde estemos. Por eso buscamos un “paréntesis de realidad”, algo que nos amortigüe y nos haga olvidar, aunque sea por una hora, que el mundo está lleno de gente a la que no le interesa adónde van los patos en invierno.
Encontramos un bar oscuro, aunque él dice que lo deprime muchísimo, acabamos entrando y pedimos dos whiskys. Holden me dice que está harto y que nos larguemos, porque él, como Horacio, sufre de “cosismo” extremo. Yo, en lugar de Sally, le digo que sí. Entonces él me cuenta que tiene un amigo que nos puede prestar un auto en Grenwich Village y que en la mañana podríamos ir a Massachusetts. Pero después dice que sería mejor ir hacia el Oeste, haciendo auto-stop. Llegaremos a un lugar en el que siempre haga calor y nadie nos conozca. Él conseguirá ese trabajo en la gasolinera, y los dos fingiremos ser sordomudos para no hablar con nadie más. Me propondrá matrimonio. Y yo aceptaré. Y viviremos en una cabaña en la que no entrará nadie más que nosotros y nuestros hijos (y nuestros libros). Y viviremos allí por el resto de nuestra vida.
Salimos del bar con todas estas ideas, pero yo sé que él no lo hará, que extrañaría demasiado a Phoebe. Decidimos caminar sin rumbo por la calle, ya no hay rastros de nieve. Quizá sea mejor así. Quizás nuestro amor freak fracasaría en dos días. Y tal vez acabaríamos matándonos en algún lugar lejano, en Tijuana, por ejemplo. Sí. Lo mejor sería que alguno de los dos diga: “preferiría no hacerlo”. Porque tal vez lo que siento por él no es amor, pero se parece tanto, tanto que quizás sea lo contrario. Ahora lo entiendo mejor: lo que nos une es el hecho de compartir un estado. Un estado de náusea, de hastío… la complicidad del que se cansa de ser humano. Y compartir un estado responde al amor en su estado más puro: la amistad.
Mientras busco en mi cartera un cigarrillo él me dice: “Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...” Le digo que yo también los odio. Odio el tráfico y los carteles de comida rápida que se mojan con la lluvia, los restos de esmalte en uñas comidas por la angustia y las refrigeradoras vacías en domingos, y los focos que se queman. Odio ver restos de chaulafán a las seis de la tarde y colillas que se ahogan en restos de café frío…
Ya no hace tanto frío y al fin encuentro el cigarrillo. Holden lo enciende y lo compartimos mientras caminamos en silencio por un buen rato. Llegamos a Central Park. En la laguna algunos patos todavía nadan, pero ni él ni yo sabemos adónde irán en invierno.
(Cartón Piedra)
miércoles, 8 de enero de 2014
No seas (tan) quiteña
Un amigo me dijo alguna vez que nuestra Santa Marianita de Jesús representa bien a las quiteñas: dramáticas, sufridoras, mojigatas. No me gusta hablar por terceros, no creo en las generalidades. No somos, soy.
Soy quiteña y dramática.
Cuando tenía cuatro años, según mi también quiteña y dramática madre, mientras las niñas de mi edad superaban sus gripes arropadas hasta el cuello y con un termómetro en la boca, yo salía corriendo por toda la casa gritando desconsoladamente: ¡creo que voy a morir!...
No sé si esa temprana desviación histriónica era precisamente “quiteña”, yo la vería más como el génesis de una potencial diva de telenovela venezolana o mexicana. Entonces no, no soy dramática.Soy actriz.
Soy quiteña y sufridora.
A ver, no, no soy sufridora. Lo que pasa es que desde niña me identifiqué con los olvidados, los rechazados, los marginados. Me sentía responsable por ellos y en ocasiones fingía demencia para ser expulsada del grupo dominante y convertirme en la madre de los fracasados. Esto duró hasta que una vez, en el colegio, protegí a una chica indefensa de eso que ahora llaman bullyng y en mis tiempos se llamaba jugar con el compañerito. Mientras la clase disfrutaba lanzándole bolas de papel con un esfero en la cabeza, yo me levanté y puse orden: “¡Basta!, ¿qué tal si nos respetamos?”, dije. Todos callaron y se sumieron en la reflexión tomando consciencia de sus actos. Fue entonces cuando la bullyada aprovechó para coger la bola de papel y lanzármela en la cara. Entonces no, no soy sufridora. Soy una víctima de las circunstancias.
Soy quiteña y… no, no soy mojigata.
Nunca fui esa man que se lanza desbocadamente sobre un hombre y convertida en una fiera salvaje se saca toda la ropa, toda, menos el calzón. Por si acaso, la escena continúa de la siguiente manera. El pobre, que a estas alturas ya imaginó el increíble relato con que sorprenderá a sus panas, se queda seco (y tieso). Acto seguido se llena de valor (y cabreo) e intenta despojar a la quiteña de la prenda con sus propias manos. En ese momento ella lo detiene y con un franciscano gesto de indignación, le dice: “¿Qué tal si nos respetamos?” Lo sé porque lo he vivido en carne propia y con el calzón puesto. Pero no, no soy mojigata. Soy quiteña.
Y soy vengativa.
Interesante su análisis sociológico sobre la quiteñidad, chicos. Lo que no entiendo es por qué el término sólo se aplica a las mujeres. Aparentemente, ser quiteña es más despectivo que ser quiteño, sin embargo esta categoría ha sido inventada por hombres que aunque hubieran querido ser suizos, son quiteños. ¿Quiénes son, pues, los quiteños? El típico quiteño es el que te invita una biela pero luego te pide para el taxi; el que en la primera cita te propone ir a su casa “a ver pelis”;o el “alma libre” que critica a la conservadora mujer capitalina y termina en el altar con una: obligado por sus padres, por los padres de ella y por el quiteñito que viene en camino. Y el peor de todos: el intelectual cuyo peor insulto contra una mujer es “quiteña”. Si no quieres acostarte con él porque tiene novia, porque no se baña o porque no te da la gana, suelta las palabras mágicas: “¡No seas tan quiteña!”. Piensa que una chica alternativa quiere ser cosmopolita e inteligente y con esta receta espera que te sientas pueblerina, retrógrada y, por alguna extraña razón, desafiada y caliente. Sin embargo, cuando yo escucho algo así, sólo me dan ganas de ir por un cigarrillo y nunca volver. Pero bueno, no los culpo. No son patéticos: son quiteños.
(Diners)
lunes, 6 de enero de 2014
Yo me muero por Lena Dunham
Por Ana Cristina Franco
¿Por qué me gusta Girls?
Porque
nunca logré identificarme con una serie de televisión, pero con esta
sí. Porque me encanta descubrirme riendo sola en mi cuarto a las 12 de
la noche. Porque cada vez que veo Girls,
pienso: “Mierda, ¿por qué no lo hice yo?”, porque me reconozco en la
torpeza de Hanna, en el descaro de Jessa, en la ingenuidad de Shoshana.
Porque me gusta ver escenas de sexo en pantalla chica, y porque esas
escenas de sexo son dirigidas por una mujer, y son explícitas, torpes,
interrumpidas… Porque Hanna no está enamorada de un chico cool, sino de un freak
que toma leche y es carpintero. Porque amo el acento inglés de Jessa,
la desnudez de Hanna, el novio de Marnie, la inocencia de Shoshana;
porque Hanna es gorda y disfruta quitándose la ropa frente a cámara… Y
es increíblemente sexy… Porque cada plano es, como alguna vez me dijo
Juan Fernando Andrade, poesía pop con muchas calorías.
Pero sobre todo, Girls
me gusta por esto: Lena Dunham tiene 26 años, es guionista directora y
actriz. Ella trabaja de la única manera que, al menos yo, puedo
concebir al arte: la exposición. Lena no ha escogido hablar de algo
divertido o cool,
ni siquiera algo interesante. Ha tenido la valentía de retratarse a sí
misma. Y digo valentía porque en su obra casi no existe lo que en
dramaturgia se llama “mecanismo de distanciamiento”. No hay un mediador
entre su problemática personal y su personaje, es decir, Hanna no se
diferencia en mucho de Lena. Ella tampoco buscó una actriz para que la
represente ni hizo una analogía de su vida. Girls,
aunque esté por completo en el terreno de la ficción, es casi un
documental: Lena es su propia obra. Y por eso al verla en pantalla no da
la sensación de que haya una puesta en escena, más bien parece que el
trabajo de Dunham consiste en construir una ventana hacia su universo
más íntimo. La cámara de Girls es
un ojo invisible pero a la vez curioso, que revela los momentos más
personales de la vida de 4 mujeres cotidianas. Y por eso, al verlas
desnudas, yo también me siento desnuda. En otras palabras, Lena Dunham
hace que las líneas entre la vida y la ficción sean cada vez más
ambiguas convirtiendo a su vida en un experimento artístico. Y esto no
me gusta: me parece alucinante.
Por otro lado, Girls
ha logrado algo matemáticamente imposible, pero cierto: una serie de
televisión de autor. Ha conseguido que en la televisión, plataforma
dirigida a las masas, existan mujeres reales. Y esta es un arma
feminista transgresora. Mucho más poderosa que las activistas de género
con pancartas en las calles. Más que Sasha Grey y su porno
“intelectual”.
Y
bueno, más allá de eso, creo que hay un vínculo íntimo con los
personajes que hace que me identifique con la serie. En uno de los
capítulos de Girls, Shoshana, tal vez el personaje más cómico, dice, parodiando a Sex and the city:
“Soy definitivamente Carrie, pero tengo algo de Samantha”. Tomaré como
ejemplo esta cita irónica para esta vez ser yo quién mida cuánto de
estos personajes hay en mí.
Empecemos
por Jessa, la versión independiente de la mujer fatal. Ella representa
eso que por lo general no soy, y envidio. ¿Quién no ha querido ser una
rubia peligrosa?, pero más que eso, la mujer libre, que no tiene que
rendirle cuentas a nadie… Su acento inglés con un aire de “no me
importa” me recuerda que todavía soy complicada, acomplejada, cursi… Que
todavía pido perdón, permiso, y voy con la cabeza gacha por la vida…
Jessa es la libertad que mi espíritu andino aún no tiene.
Marnie
es lo que yo jamás podría. Además de ser más conservadora que una
morlaca, tiene un componente que me confronta con mi lado más oscuro: es
ordenada. Marnie tiene los pies en la tierra. Seguro tiene reloj y
aplasta el tubo del dentífrico desde atrás. Y aunque me gusta ser como
soy, los domingos por las noches quisiera (¿y quién no quisiera?) tener
un novio estable (y así de sexy y guapo como el de Marnie), medias
pares, saber cocinar, escandalizarme con inmoralidades, tener una
cartera ordenada (¡o por lo menos tener una cartera!) tender la cama
todos los días, tener uñas largas. Pero ya sabemos la historia: me
parezco más a Hanna. Porque ella, como yo, quiere escribir. Porque
escribe que escribe, y rueda que escribe. Porque, sin ser modelo, se ha
desnudado frente a la cámara miles de veces. Y no solo quitándose la
ropa, lo ha hecho mostrándose en su lado más frágil, más imperfecto: ha
mostrado una espinilla en la nalga, un trastorno psicológico, su
adicción compulsiva a la comida. Ha tenido las agallas de meterse con un
freak,
¡y él de rechazarla! Me identifico con su desorden, su sed de
experiencias y sus ansias de embellecer la vida cotidiana; con su
incomodidad física, pero a la vez ese placer por su cuerpo.
Otro
personaje que me parece encantador es Adam. Él es un retrato irónico
del sub-30 de hoy. Alguien que no se decide, que vive solo pero sus
padres aún le pasan dinero, que anda en bóxer por la vida, medio trono y
medio chuchaqui. Lo que resulta cómico y genial, es que Hanna lo
pretenda tanto. ¿Por qué una chica inteligente, que está por publicar un
libro, quiere salir con un loser,
alcohólico anónimo, con costumbres sexuales raras, que puede ir al baño
mientras toma leche? La rareza de Adam se evidencia más cuando, en la
temporada 2, termina con Hanna y empieza a salir con una chica llamada
Natalia, un personaje que para cualquier guionista significaría un reto,
pues no se trata de una personalidad extrema, sino de una chica simple,
o simplona. Ella no es tonta, pero tampoco inteligente; no es fea, pero
tampoco guapa; no es increíble, pero tampoco “cualquier cosa”. Está en
el límite. Al principio, ella y Adam empatan, sin embargo cuando él la
lleva a su casa, empiezan a hacerse notorias las diferencias. Con una
semana máximo de noviazgo, él le dice: “¡Gatea hasta mi habitación!”.
Ella, desconcertada, acepta, y se ve yendo a gatas, en un suelo lleno de
pedazos de uñas y mugre (como ella lo describe) al cuarto de Adam. Allí
él tiene sexo con ella de manera grotesca y torpe (como él acostumbra).
Mientras la penetra, ella finge disfrutar mientras está totalmente
desconcertada. Cuando al fin eyacula liberándose de su deseo como si
fuera algo ajeno a él que aún no es capaz de entender, y termina en sus
senos, ella no entiende qué pasa: se acaba de enfrentar a la parte más
animal, más pura, de Adam. Aunque a primera vista parecería un maníaco
sexual o algo así, no es eso lo que resulta. Lo interesante es que Adam
no causa repulsión: causa ternura. Porque en esa torpeza sexual hay algo
que vas más allá: el hecho de que él nunca encajó. Siempre estuvo al
margen. Es un fenómeno. “Soy Adam y soy un bicho raro”, dice él… Y no
puede ser más sincero. Esa rareza que es la suma del desconcierto, de
la soledad de toda una generación. Por eso el amor de Hanna y Adam,
además de patético, resulta encantador. Ellos representan la belleza de
los out-siders… Verlos con pijamas enteras en un two shot resulta conmovedor.
¿Hay algo más romántico que el idilio de 2 losers?
“Creo
que puedo ser la voz de mi generación, o por lo menos, una voz de una
generación”, dice Hanna. Yo, por mi parte, siempre pensé que esta
generación no era una generación. Que no merecía ser nombrada. Que
llegamos tarde al festejo, al baldeo. Que todo ya fue hecho y deshecho.
Los hippies ya protestaron. Los punks ya rompieron botellas. Los grunges
ya disfrutaron siendo nada. ¿Y nosotros, los nacidos entre 1985 y 1990?
Somos la generación del Youtube, del Facebook, de… Describirla me
resulta imposible. Pero sé que somos huérfanos. Y en todos los sentidos.
¿Cómo no, si nuestros abuelos y padres ya lo rompieron todo? Ya no hay
matrimonio ni alianzas ni partidos. Tener sexo representa simbólicamente
menos que darse la mano. Esa orfandad se evidencia en Girls.
Y no solo la orfandad de los padres y las familias inestables, sino
también de los hombres, de las amigas (Jessa las abandona algunas veces,
Hanna y Marnie dejan de vivir juntas) todo pasa, se va, pero vienen
nuevas cosas que otra vez se irán, y en esa fuga, en ese devenir, hay
una belleza que retrata de alguna manera que aún no alcanzo a
comprender, la belleza y el vacío (o la belleza del vacío) de esta
generación. Sí, porque no se trata de un abandono del que somos
víctimas, sino todo lo contrario: solo en ese abandono es posible la
libertad. Ahora entiendo mejor a Hanna y a su voz. En esta generación
no se puede hablar de ‘la voz’, sino de ‘una voz’; tampoco se puede
hablar de ‘la generación’ sino de ‘una generación’. Todo es impersonal.
Si algo la define es que no tiene definición. Y el caos de Hanna, su
inestabilidad amorosa, su iPhone sonando al fondo de su cartera, su
trastorno obsesivo compulsivo, sus papas fritas, sus vestidos coloridos,
su querer escribir, su amigo gay (que alguna vez fue su novio) y sus
trabajos chimbos son, de alguna manera, fragmentos deliciosos de esta
generación, a la que no puedo concebir si no es así, por fragmentos…
(Cartón Piedra)
(Cartón Piedra)
viernes, 29 de noviembre de 2013
Japiverdei tu mi
Nunca me gustó cumplir años. El ritual del “queique”, el anillo barato en la vela que no escucha los deseos, el tétrico coro de amigos y familiares que reza “Japiverdei tuyu”. Nada de eso me pone japi.
Días antes de cumplir los 27 me fui a Cuenca para huir de un trabajo aburrido, de un novio aburrido y de una ciudad aburrida. O sea, para huir de mí misma. Aproveché la invitación a un festival de cine para refugiarme en un paréntesis con todo pagado: hotel aniñado, agua caliente, desayuno servido. Cuando el festival terminara, me quedaría un día más con un amigo a olvidar un poco el estrés de la vida ordinaria y celebrar mi onomástico.
Me disponía a asistir al primer encuentro sobre “conflictos del cine ecuatoriano”, o algo parecido, cuando sonó mi celular. Era mi jefa. “Nena, necesitamos que nos entregues tres guiones para mañana” Respiré y decidí responderle con la clásica frase de Baterville: preferiría no hacerlo. “En ese caso, no podremos seguir trabajando contigo. Espero que te vaya bien, tú eres una pelada súper pilas, súper chévere, y estoy segura que no tendrás problema en conseguir algo”. Cerré el teléfono y encendí un cigarrillo: Yo me había ido para dejar un rato el trabajo, ¡no para que el trabajo me deje a mí!
A las orillas del Tomebamba concluí que debía cambiar mi vida por completo. Empezaría por terminar con aquel chico. “No estoy preparada para tener una relación”, “No nos mintamos más”, o el clásico y cliché pero infalible: “No eres tú, soy yo”. Marqué el número decidida, el teléfono sonó una y otra vez pero nadie contestó. ¿Estaba con otra?, ¿me había leído la mente?, ¿estaba difunto? Después de tres días de absoluto silencio, el cobarde al fin habló, por supuesto, desde la ventana de chat que emitía la sucia pantalla de un cyber gamín “No estoy preparado para tener una relasion” escribió el analfabeto. Su falta de ortografía me dolió más que sus palabras, pero igual. ¡Esa era mi escusa! ¡Y la más barata! Yo me había ido para dejarle a él, ¡no para que él me deje a mí!
El festival terminó el día de mi cumpleaños. El amigo con el que me quedaría me dijo que debía volver urgentemente a Quito y como yo ya no tenía ganas de quedarme más tiempo en la ciudad de los cuatro ríos, cogí mis maletas y me dispuse a volver con él. Debía aceptarlo: mis “vacaciones” no habían funcionado y lo mejor que podía hacer era regresar con todos. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto me dijeron que era imposible cambiar mi pasaje: debía esperar un día más en Cuenca, sola. Había perdido el trabajo, el novio y el vuelo (en sentido literal y figurado).
¿Debía suicidarme? Quizá el destino confabulaba para que fuera yo misma quien me diera muerte como rockstar, a los 27 años. Pero así como iban las cosas, si me disparaba seguro reencarnaría en forma de ácaro. Como no tenía ganas de hurgar madera y comer ropa sucia, caminé por la ciudad buscando un bar donde sentarme y decirle al mesero, con la voz ronca y decidida de un vaquero, “Un whysky doble, por favor”. Celebraría mi cumpleaños y mi derrota en soledad, pero con dignidad, con el sabor que sólo el whysky sabe darle al fracaso.
Cuando llegué al bar me dijeron que sólo tenían mojito. ¡Mojito! Con el respeto que Hemingway se merece, ese es un cocktel gay que no está hecho para tomarse en soledad. “Japiverdei tu mi”, pensé durante el primer sorbo. Y mientras sentía resbalar el trago por mi garganta, cerré los ojos, respiré con fuerza y pedí un deseo. En alguna parte, Dios se reía a carcajadas…
(Diners)
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