Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...
miércoles, 16 de abril de 2014
Momentos patéticos de la vida independiente.
Bastará con decir que escribo esta columna desde un “Café net” que de “café” no tiene nada. Se trata de una especie de tienda de abarrotes con tres PC viejas. Alrededor la gente camina ajetreada sacando copias de sus cédulas o impresiones blanco y negro de sus trabajos de estudiante. Hay una mezcla de olores interesante y nunca falta el niño que grita como un desalmado recordándote por qué no quieres tener hijos. Digamos que este no es precisamente un sitio que atraiga a las musas, pero este pequeño lugar se ha convertido en mi oficina. Desde que fui exiliada de mi hogar, los dueños de este negocio me saludan con beso.
La historia es así: me despierto con ganas de escuchar Nacho Vegas, pero cuando intento hacerlo descubro que el internet está cortado. Me dispongo a hacer una llamada, pero claro, el teléfono también está cortado. Diez minutos después (no exagero) cortan la luz. No entiendo esa mala –pésima– costumbre de ir por la vida cortándole los servicios básicos a la gente. Lo peor es que cuando el conserje te anuncia que van a sacar el cajetín del teléfono como que le brillan los ojos y sonríe con alegría al darte la mala noticia: la humanidad es perversa. Y estoy segura de que esa gente que se dedica a cortar servicios básicos disfruta mucho haciéndolo. ¿Qué estarán sublimando? Pasan todo el día con su maletita de herramientas, desarmando cosas, desprogramando aparatos compulsivamente, algo así como Chaplin en “Tiempos Modernos”. Deben sentir mucho placer cada vez que desarman tuberías y desconectan medidores. Enfermos.
Pero bueno. No es la única desgracia que le sucede a una soltera chira. El problema es que al vivir sola una se olvida que es humana. Yo puedo pasar horas sin darme cuenta de que pertenezco a esta raza traicionera a la que se conoce como “humanidad” y que está hecha para devorar. Porque básicamente los seres humanos están hechos para una cosa: comer. Qué costumbre, esa de comer. Sobre todo, si vives sola. Cada vez estoy más segura de que el alimento existe a partir de dos. Debería haber una pastilla que contenga en un milímetro todas las vitaminas que el cuerpo requiere y ya. Una pastilla que evite el vacío de enfrentarse a un refrigerador con un limón seco, o la fatiga de abrir una lata de atún y cortarse un dedo, o peor aún, el acto degradante de llamar siempre al mismo Chifa y comprobar que el personal del Chifa ya te conoce y te saluda emocionado: “!Señola Flanco! qué gusto”. “Señorita, señor, señorita”. “¿Quiele wantán flito?” Y pedir siempre la misma orden. Y no recibir descuento... Y sentirse desdichada, porque pocas veces una se siente más miserable que después de haber devorado en soledad una tarrina de chaulafán.
Otro evento patético es el de llevar una sillita ridícula por toda la casa para cambiar el único foco que funciona en los distintos ambientes. Tristísimo. Lo peor es que la ausencia de focos no se debe a un problema económico, sino a algún misterio profundo. Debería haber un especialista que estudie la amnesia que impide comprar focos en años. Y aquí va algo más denso: confieso que he secado una camisa con el secador de pelo y que incluso una vez metí un par de medias al microondas.
Después de todo, una se da modos. Vivir sin luz no es tan turro. Una vez superada la crisis de abstinencia cibernética hasta resulta interesante tocar la guitarra (aunque no sé tocar la guitarra) y vacilar la oscuridad. Sin teléfono también se puede. Mejor no hacer llamadas de las que después te vas a arrepentir. Pero vivir sin agua... Una vez intenté bañarme calentando agua en ollas, como María la del Barrio, pero fue tan deprimente que preferí huir a casa de mi madre. A esa calurosa casa en la que siempre hay café caliente. ¡A la casa de la que nunca debí salir!
(Diners)
lunes, 14 de abril de 2014
La vida de Adèle: el mundo es más grande de lo que parece...
Declaraciones de una espectadora hipersensible
Ver La vida de Adèle
fue como ver el mar por primera vez. El vértigo de sentir que tus ojos
se quedan cortos ante la inmensidad. Te da miedo caer, quieres caer, te
da miedo querer caer.
Y caes…
¿Exagero?. Siempre exagero. Y aclaro que escribo este texto desde mi condición
de espectadora hipersensible, no de ‘cineasta’ y, menos aún, de
crítica. Además creo que el espectador en esta película tiene un lugar
privilegiado, un lugar desde el que vale la pena hablar.
I
Vértigo
(Yo quiero besar los labios de Adèle)
Basta
sentarse en una butaca de cine (porque sería un crimen ver esta
película en DVD), abrir los ojos y sostenerse fuertemente del asiento,
para conocer los síntomas del síndrome de Stendhal.
Después
de sobredosis de reflexión, intelectualidad, imágenes conceptuales que
son un placer para el cerebro, pero no para el cuerpo ni el corazón…
Adèle llega como un ángel silencioso que destruye los discursos
racionales con su belleza.
No me importa de qué tratela
película mientras mire a Adèle Exarchopoulos: sus labios, sus ojos, su
piel… Adèle comiendo, Adèle durmiendo, Adèle llorando… Tengo la
sensación de ser una espía inmoral que se convierte en testigo de cada
comisura de su rostro
y de su alma. No debería estar viéndola, es una violación a su
intimidad, siento que mis ojos revelan su alma o algo parecido….
Cada
detalle es bello: los ojos azulísimos de Emma, la luz entre las manos
de Adèle, las lágrimas saliendo de los ojos del guapísimo novio de
Adèle, los rayos azules del cabello de Emma sobre el cuerpo de Adèle. Y
la luz, que se convierte en un elemento mágico que desnuda la realidad y
la muestra como si nunca antes la hubiéramos visto de verdad. La
realidad es bella porque es descubierta por la luz, o, en otras
palabras, la luz descubre lo que hay atrás de la piel, revela el
espíritu. Esa es la sensación más clara que provoca la película:
despertar, ver la luz afuera de la caverna, salir de una ceguera en la
que habías permanecido tanto tiempo. Y no te dabas cuenta…
Ese
mismo despertar es el despertar de Adèle. Y quizás por esto la película
conmueve tanto: porque te permite ser testigo de la transformación de
un ser humano real. Adèle se enamora por primera vez… y se decepciona
por primera vez. Ningún ser humano es el mismo después del encanto del
primer amor, y claro, de la decepción que le sigue… Al retrato de Dorian
Gray le sale la primera arruga después de que Dorian tiene su primera
decepción de amor. Eso es crecer: pasar de la pureza a la adultez,
después de un desencanto amoroso. Sin embargo, hay cierta belleza dentro
de esta crueldad. La mirada salvaje de Emma (Léa Seydoux) que seduce
como un animal depredador, también revela una armonía que no es
inocente. Y es extraño que sea ella quien acabe conquistando al
espectador, por momentos, más que la propia Adèle. Sus ojos, al
contrario de los de Exarchopoulos, revelan una belleza casi diabólica.
Perder la inocencia vale la pena. Las marcas que deja la vida duelen,
pero son la prueba de que es real. Una reivindicación del dolor, o mejor
dicho, de la experiencia humana.
Por
eso Adèle siempre está a punto de llorar. Está en ese estado catártico
del que cambia de piel, del que está descubriendo el mundo o
descubriéndose a sí misma (si es que hubiera alguna diferencia). Adèle
está viva. Yo estoy viva. Yo, como ella, siempre tuve lágrimas en los
ojos. Descubría extasiada que soy más profunda de lo que había pensado,
que soy infinita, que puedo sentir tantas cosas a la vez: quiero reír
mientras reflexiono... me entristezco, pero me encanta, estoy excitada y
quiero llorar. Tiemblo. Me entrego al abismo. Estoy cayendo.
II
Capturar, no representar…
¡Somos muy cursis!
Quizás
Hollywood marcó una forma de hacer cine. Y de ver cine. Los gringos son
los maestros del lenguaje audiovisual que se basa en ‘representar la
realidad’. Efectos, disolvencias, encuadres compuestos, fotografía
cuidada, lluvia artificial, música extradiegética, actuaciones
histriónicas. Representar la vida desde la hipérbole, que es una forma
válida de expresar la subjetividad, sino, ¿cómo transmitirle al otro mi
sensación particular del mundo?. El espectador canguilero está
acostumbrado a un universo audiovisual que responde a su propia lógica, a
una lógica que en un punto tuvo más sentido, más verosimilitud o más
credibilidad que la vida misma. Los paradigmas de la vida los dictaba
Hollywood. A tal punto que ya no eran las Divas del cine las que
representaban a la mujer cotidiana, sino que eran las mujeres cotidianas
las que actuaban como Divas del cine. ¿El cine representa a la vida o
la vida representa al cine? Círculo vicioso. Las leyes de la ficción,
creadas por el hombre, empezaron a incidir en la vida de los mortales. Y
no al revés. Pero esa es otra historia. El punto de esta, es que ese
lenguaje creado, amanerado, ‘hechito’, es el que se ha impuesto a escala
mundial y el que hemos intentado reproducir, a veces desde un lado
inconsciente, ya que lo tenemos arraigado en la memoria colectiva (nos
han bombardeado con ese tipo de imágenes desde que tenemos uso de
razón). Pero como diría Woody Allen: “Por suerte existe Francia…”.
Mientras los gringos se desgañitaban intentando construir un lenguaje
que responda a una lógica propia (y lo lograron con maestría, por
supuesto) en reproducir la realidad, los europeos la capturaban… La
Nouvelle Vague nace como captura de la realidad y no intento de
representarla. Liberó al lenguaje cinematográfico de recursos
amanerados, proponiendo una nueva forma de ficción que incluía al
documental como parte del discurso… Develó los límites del formato y el
lenguaje cinematográfico capturando, paradójicamente, más momentos de
verdad. La película de Abdellatif Kechiche es la explosión de todo
esto, el resultado de años de búsqueda cinematográfica europea. Kechiche
logró crear un nuevo lenguaje, que siendo ficción pura, no representa,
sino que atrapa, captura fragmentos de verdad.
III
El mundo es más grande
de lo que parece...
“La primera gran historia de amor del siglo XXI”, dice una nota de prensa. Y creo que tiene razón . Los primeros cineastas no pensaban que era posible hacer primeros planos y, menos aún, mezclarlos con otros valores de plano. Simplemente no se les ocurría, así como los indígenas no veían a los barcos de los españoles cuando estos ya habían cruzado el horizonte. No los veían porque esos objetos extraños y flotantes todavía no habían entrado en su universo de signos. Pero luego a Grifith y a Ensestein se les ocurrió montar los planos, y el espectador descubrió que su capacidad de lectura era más amplia… Y empezó otra etapa. Así es la vida, cuando piensas que te las sabes todas, de repente llega alguien y hace alguna locura. Entonces descubrimos que sí es posible, que somos más de lo que pensábamos, que somos infinitos. Ya fue. Hoy es el primer día del resto de la vida del cine.
Después de 3 horas de película, llegué a mi casa hipnotizada, flotando, como cuando bajas de un barco, pero aún sientes el movimiento de las olas. No podía dormir. Sentía que debía escribir, hacer algo, registrar de alguna manera lo que me había acabado de pasar. Como una forma de recordarme a mí misma que había sucedido, como para luchar contra mi propio olvido, todavía ebria de belleza, intenando atrapar las sensaciones que aún no tienen palabras, escribí: “Acabo de ver La vida de Adèle. Tuve que sostenerme del asiento para no explotar de belleza. Vértigo. El mundo es más grande de lo que parece, la sexualidad es más grande de lo que parece, el cine es más grande de lo que parece… Yo, espectadora, puedo llegar a sentir más cosas de las que pensaba. Tiemblo. Quiero hacer cine. Quiero vivir…”
(Cartón Piedra)
viernes, 28 de marzo de 2014
Mal trip (El mito del eterno retorno y papas fritas)
Cuando teníamos 15 años, mi mejor amiga regresó de Galápagos transformada. Había pasado los tres meses de vacaciones junto a artistas del tipo Viejo Napo, escuchando música, haciendo experiencias. Cuando regresó ya no era la misma: ahora fumaba marihuana.
Una noche puso One of these days, la canción de Pink Floyd, y armó un porro como una experta. Sus hábiles dedos ponían la yerba en el papel como si lo hubieran hecho ya miles de veces. Ella quería que la admire y le pida que me enseñe, pero eso no sucedió. Desde chiquita fui la cobarde del grupo, mi Mamá me había contado mil veces la anécdota de cuando probó marihuana y le dio lo que llaman blancazo: mareo, paranoia, vómito. Según ella, nunca se había sentido peor en la vida. Desde entonces, yo era esa chica del comercial que le dice NO a las drogas. Seguramente mi amiga pensó que yo era una aburrida (y seguramente tenía razón) pero eso no la detuvo y, mientras escuchaba "One of these days", encendió el porro, y con su capucha puesta se dirigió a la ventana. Lanzaba abundante humo sumida en lo que parecía un inmenso mundo interior. Y estábamos lejos. Hace tres meses jugábamos con muñecas, y ahora ella tripeaba un vuelo que yo jamás podría entender. Tal vez por eso este primer acercamiento a la droga hippie no fue positivo: la hierba fue una de las primeras señales dolorosas de que la niñez había terminado.
Tiempo después decidí probarla, sobre todo porque quería ir a donde estaba mi amiga. Sentía que la había perdido para siempre y pensaba que un "hit" sería la llave mágica que me llevaría hacia ese lugar lejano en el que ella se encontraba ahora. Pensaba que después de fumar entendería, al fin, el misterio de su mirada, la esencia del Rock N’ Roll, la profundidad de la vida. Pero en lugar de viajar a otra dimensión, sentí la boca seca y una sensación de idiotez permanente. Pero seguí insistiendo, hasta que llegó la experiencia del tercer tipo, claro que no de la manera que esperaba. Íbamos a filmar un corto de terror en la casa de un amigo en Tumbaco y preparábamos el “set” para el siguiente día cuando una de las chicas dijo la frase que hasta ahora me eriza la piel: ahora sí vendría bien un pipacín, ¿cachas? Aunque ya sabía cuál sería mi reacción, pensé, ¿por qué no?, al fin y al cabo ella tenía razón. El cielo, el bosque, las estrellas, era un cuadro digno de un pipacín.
Esa noche experimenté lo que un paciente del psiquiátrico San Lázaro vive a diario. Ahora sé, en carne propia, lo que es la locura. De un segundo a otro existir era extrañísimo, como si la coraza que me protege a diario haciéndome olvidar que no sé quién soy y que estoy en un planeta abandonado en el medio del Universo, de repente se hubiera roto. Era consciente de mi insignificancia y me daba vértigo. Recuerdo sentir una energía circular. Sabía que todo esto ya había pasado. Y seguiría pasando. Infinitamente. El eterno retorno ya no era un mito y yo lloraba en una habitación ajena. Encima más, tenía hambre y no podía dejar de comer –mientras lloraba– papas fritas. Al masticar escuchaba claramente mis dientes triturando el alimento y esa serie de sonidos producía una escala aterradora que bajaba in crescendo: ¡Ta-ta- ta- ta- ta! Eso me desquiciaba. Intentaba parar de comer pero ya me había llevado otra papa a la boca y estaba escuchando la orquesta macabra ¿Por qué, si como una papa o como 10, suena igual? La sinfonía debería cambiar de acuerdo a la cantidad de papas fritas, ¿no?, pero siempre sonaba igual y esa melodía era como un taladro en mi cerebro.
Estaba fuera de mí, regada en el espacio, flotando entre papas fritas. Recé y prometí que si al amanecer volvía en mí, jamás probaría otro pipacín. Hay quienes no podemos fumar marihuana por una simple razón: ya nacimos "tronos".
A la mañana siguiente, el mundo estaba en calma y yo recordaba este episodio como una pesadilla lejana. Y pensar que la gente se pelea por un pipacín.
(Diners)
jueves, 6 de marzo de 2014
El amor apesta (pero no lo bastante)
Chavela Vargas dijo que el amor es un invento de una noche de borrachera. Sería lindo pensar así, pero no, eso en las buenas épocas, hoy el amor ni siquiera es un delirio de alcohol: el amor es un fenómeno mediático. Los niños son bombardeados con imágenes de parejas felices que siempre acaban en matrimonio y, cuando crecen, buscan a su “media naranja” (porque nos hacen creer que todos somos media naranja y no naranja entera) y se casan, y tienen hijos que también serán presa de San Valentín. Hollywood y musicales de Disney: maldito círculo vicioso. Sabemos que el matrimonio es el núcleo del capitalismo. La sociedad de consumo se sostiene en base a “La Familia”. La razón es simple: de a dos, la vida comercial es más lucrativa. No hay promociones de viaje para uno; la comida se pudre en la refrigeradora cuando guardamos extrañas raciones para uno. La vida adulta, es decir, la vida de consumo, es una especie de fiesta de graduación (de esas que salen en las películas gringas, en las que toman “ponche”) a la que solo puedes ir si tienes pareja. Parecería que el objetivo de la vida, después de comer, es casarse. Todos se casan: los aniñados, los viejos, los jóvenes, los hippies, los punks, los metaleros, ¡los gays!, ¡los gays se casan! La homosexualidad es una acción/opción naturalmente subversiva y hermosa, precisamente natural porque desafía a la familia y al capitalismo. El matrimonio justifica la cópula y la cópula justifica la reproducción. La homosexualidad es lo contrario: proclama el placer por placer y la relación ser humano/ser humano sin un fin utilitario. Amor puro. Por eso la sociedad está en contra, porque no concibe que dos seres humanos se amen sin un fin comercial. Por eso, aunque corra el riesgo de ser golpeada por el movimiento GLBT, creo que es un error luchar por el matrimonio y entrar al sistema. Digo nomás. Me dirán que no es tan fácil, que se trata de igualdad de derechos, pero yo creo que pueden igualarse de otra manera: no deberían aprobar el matrimonio gay, sino prohibir el hetero. Como dirían el Doctor Albuja o la Doctora Polo, hoy en día nadie da un centavo por la palabra amor. Es decir, todos se casan, pero el amor de verdad, el que mató al joven Werther, el que inventó Chavela en noches de alcohol, el que hizo vender el alma al diablo a Fausto y desgarró a Dorian Gray, es un mito, un “defecto romántico”. En la era del desecho, creer en algo así sería cursi, emo, demodé. Sin embargo, todos tienen novio y novia, y agarran a su pareja como si fuera una comadre, del brazo, trenzándolo como si se fuera a escapar. Además, les encanta salir en parejas, compitiendo en silencio por saber qué pareja es la más exitosa; cuál es el Macho Alfa, cuál la “mujer ideal”, quién recoge
mejor los platos, calienta primero el agua o levanta con más agilidad la mesa. Lo sé porque lo he vivido. Porque tampoco soy tan dura. Yo también he salido de la mano sin querer dar la mano, y hasta me han llevado (y he llevado) a reuniones familiares en calidad de florero para ver si combino con las cortinas de mi futura suegra. Y no he combinado. Y ahora lo agradezco. Porque no quisiera poner en Facebook “Gordo, te amo, eres lo mejor que me pasó en la vida” y adjuntar una foto del señor (que, en efecto, engordó un montón apenas se bajó del altar) al lado de un contundente plato de comida que yo misma he aprendido a preparar en YouTube. No gracias. Todavía no cumplo 30 años y no quiero para mí tanta hipocresía. Decía Zizek que el ateo de hoy reza en secreto. Y es verdad. Aunque creo firmemente que el matrimonio es nocivo para la salud de todos los involucrados, confieso que he fantaseado con un vestido blanco, con una luna de miel en crucero por las Bahamas y con un hogar casi perfecto. A veces hasta me han dado ganas de hacerle firmar a algún chico para que asegure que no me dejará. Pensándolo bien, eso de querer casarse más que patético es triste. El intento de
sellar un pacto de amor para siempre es inocente. Como decían los Ilegales (citados ya dos veces en este texto) “Para siempre es demasiado tiempo”. Y en el fondo todos sabemos que, así como la muerte llega para quedarse, el amor cualquier día se va para no volver. Sin previo aviso. Sin razón. Sin lógica. Y eso es lo que no queremos aceptar. Eso es lo que nos aterra.
(Diners)
lunes, 17 de febrero de 2014
¿Saldría con un hombre 20 años mayor que yo?
Lamento pertenecer a una generación en la
que el ideal de belleza masculina sea Di Caprio (para las aniñadas) Kurt Cobain
(para las alternativas) y Justin Bieber (para las adolescentes) Es decir, sea
cual sea tu estilo, el hombre perfecto de estos tiempos no es un hombre: es una
niña.
Como pertenezco a la segunda categoría
(alternativas), el “Macho Alfa” de mi leva es Cobain, el reflejo de una
generación a la que todo le valió pero que, al final, tuvo que conseguir empleo
como cualquiera; y cuyo sex appeal no se define por la pasión sino por su
antónimo: la apatía. Nunca me identifiqué con esto.
Yo me quedo con el modelo clásico: Marlon
Brando sigue siendo para mí “El Hombre”. Y como en mi generación este concepto
ya ni si quiera existe, sí, prefiero a los mayores. Sentirte en una novela
erótica barata tiene su encanto. Además, los sub 30 –por lo general– no dejan
de concebir al sexo como un desfogue personal. Sus años de adolescencia y porno
hacen que reproduzcan automáticamente los clichés sexuales. Exageran posiciones, gemidos, palabras. Y creo que el
punto es este: no quieren explorar el deseo, sino deshacerse de él. Por eso no
dejan de actuar como una máquina hasta expulsar su pasión en una eyaculación,
no en un orgasmo.
Sí. Me excita la idea. Me excita mucho.
(SoHo)
lunes, 10 de febrero de 2014
Fantasías textuales (Un viaje al otro lado)
¿Dónde están los moldes de las ideas?, ¿dónde los cuerpos de las sombras que somos...? Como Horacio, me doy contra la pared todos los días al pensarlo. Porque en esta tierra no está lo que busco, pero están las huellas, y esas huellas me remiten a un lugar alucinante del que solo recibo destellos. Quizá la máxima expresión de esta enfermedad sea la literatura. Los libros son un mapa que señala otro lugar. Y eso hace que me aferre a signos que me remiten a lugares imposibles, a personajes inalcanzables. Pero bueno, no son más que especulaciones idealistas. Quién sabe, tal vez a estas alturas Platón también esté enfermo, grave…
Horacio Oliveira
O rasgar con las uñas la piel del tiempo...
Horacio Oliveira siempre me da la espalda. Y yo le persigo, quiero ver su rostro que huye, entender a qué responde esa sombra; pero cuando intento acercarme, su silueta se aleja por una calle que brilla por la lluvia. Sé que tiene un saco de lana verde y un paraguas roto. Otras veces lo veo fumando un cigarrillo con la ceniza hasta la mitad, a punto de caérsele, en el piso de un hotel barato. Esta vez en blanco y negro. Como en una película de Godard. Otra, paralizado por la lluvia afuera de un concierto. Está desenfocado. Se aleja como un barco que se esfuma en el horizonte. Se escapa. Se fuga. Cada intento de encuentro es la pieza perdida de un puzzle que intento armar a ciegas. ¿Por qué me atrae tanto si de él solo recibo sombras? Tal vez porque Horacio (o por lo menos el Horacio que yo inventé en noches de insomnio) es la nostalgia. Él es un conjunto de fragmentos, de ventanas que me llevan hacia algo más …
Dice Moreli en el capítulo 71 de Rayuela: “¿Qué es en el fondo esa historia de encontrar un reino milenario, un edén, otro mundo? Todo lo que se escribe en estos tiempos y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia. Complejo de Arcadia, retorno al gran útero, back to Adam, le bon sauvage (y van…). Paraíso perdido, perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre”.
Entonces Horacio no es Horacio. Horacio es un puente. Y los amores más peligrosos son los que son puente (me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado). Un puente hacia las hojas secas de otoño que nuca vi, los Gauloises que no fumé… Un gato flaco que hurga en la basura, una tarde agonizante en el Barrio Latino, una canción de Berthe Trépat. Y además, Horacio no es cualquier puente: es un puente sobre un río metafísico.
Una de las primeras teorías de interpretación del mundo, dice que en el centro del Universo hay una Gran Llama. Sobre ella está el cielo, que es una especie de manto con pequeños agujeros a través de los cuales se pueden ver fragmentos de esa Gran Hoguera. Entonces las estrellas no son materia sino que el espacio es piel, y a través de esos huecos podemos acercarnos, por partes, hacia algunos pedazos de esa inmensidad. Aunque científicamente la teoría está descartada, es una gran metáfora para entender, quizá no el Universo físico, pero sí los Universos particulares… Y la literatura de Cortázar está en los Universos particulares, en la mirada de la hormiga, en el punto de vista del bichito que descubre el big bang en el tejido de un mantel. Y las palabras en su caso no son una herramienta sino una fórmula alquímica. Las palabras, esas perras negras, son un intento de hueco en la piel espacio/tiempo. Oliveira, como Jhony, también es un perseguidor, ¿qué hace Horacio sino rasgar la piel del Tiempo con las uñas?, ¿qué busca sino descubrir fragmentos de luz que preexiste bajo ese lomo oscuro que es espacio y tiempo? Él intenta ir más allá, traspasar ese límite. El lenguaje es como una pared (Horacio siempre se da contra la pared, dice Cortázar) que él intenta romper para llegar a... superar el “cosismo” e ir al verdadero mundo, que es, tal vez, el mundo de la ficción. Por eso, para cavar más profundo, La Maga inventa el gíglico, y es, en esa lengua, en la que es posible el encuentro con Horacio. Porque La Maga nada los ríos metafísicos que Horacio solo puede mirar como un testigo. Pero ahora el testigo soy yo. Un testigo que intenta atrapar los pedazos de Horacio que están regados en un Montmartre que solo existe en las páginas viejas de la edición de Rayuela que leí a los 15 años. Supongamos que llego a esa calle mojada donde él se escapa. Y llueve (“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. J.L.B), digamos que esta vez sí logro alcanzarle, y aunque no le veo la cara (eso no lo logro ni siquiera en la ficción), camino a su lado, como un testigo. Entonces recorremos la ciudad trazando mapas con nuestros pasos. Descubriendo una ciudad real y mágica que está en alguna parte atrás de los turistas y las vallas publicitarias. Que se esconde preexiste como una medusa fosforescente en el fondo del mar. Caminamos hablando de películas que no entendimos mientras compartimos una botella de vino. Entonces llegamos a ese cuarto de hotel donde Horacio le será infiel a La Maga (que ya pasó de moda) y nos deslizamos en la alfombra y tomamos vodka (aunque odio el vodka, pero eso es lo que se toma en las reuniones del Club de la Serpiente) y no amanece sino en 3 o 4 días. Entonces se venzan las marioplumas y todo se resolve en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que nos ordopenenen hasta el límite de las gunfias.
Kafka Tamura: un príncipe de sangre roja y real.
Para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes...
La carretera es infinita. En el cielo azulísimo las nubes forman dulces figuras apocalípticas, en HD. Mi iPod transmite ‘Little Red Corvette’, de Prince. A mi lado, él hace auto-stop mientras abre una Coca-Cola en lata. Un camión para y nos acomodamos en la parte de atrás. Compartimos audífonos, me dice que el cielo está cambiando. Quizá lluevan peces. Quién sabe.
Después, el Edipo de 15 años que es guapo y es japonés, me cuenta que huye de su padre, de Tokio, de sí mismo. Quiere liberarse de sus genes o, como diría Cortázar, arrancar la flor amarilla. Pero el Joven llamado Cuervo dice que el que escapa de su destino, lo encuentra. Tamura tiene hambre. Hambre física y metafísica. Y como Okada, Tengo y Watanabe, cocina muy bien. Sé que cuando lleguemos a Takamatsu preparará tortillas de color verde en salsa bechamel, rellenas con verduras. Kafka devora libros y tortillas y ciudades. Y a diferencia de Oliveira-el intelectual de escritorio- él es fuerte. Hace ejercicio. Es terrenal. De sangre roja y valiente. Claro, es el cuerpo ejercitado y robusto que está preparado para pisar el otro lado. Porque para pasar a otros mundos hay que tener las piernas firmes; porque allá, al otro lado del bosque, hay balas imaginarias, pero la sangre siempre es real.
Cuando bajamos del camión nos perdemos en una ciudad pequeña. Primero en las calles y luego en la biblioteca, ese laberinto infinito en el que Oshima abre puertas que a su vez tienen varias puertas que después nadie podrá cerrar.
Nos acomodamos en la cama y él me abraza. Quizás nos saquemos la ropa y tomemos un baño de luna, como Midori. Pero no lo hacemos. Preferimos quedamos quietos sintiendo nuestros cuerpos vibrar. Entonces él me dice que le disculpe si tiene una erección, que no es nada personal. Cerramos los ojos. El viaje empieza. Compartir la cama con alguien es peligrosísimo. Cuando dos individuos cierran los ojos y abandonan sus cuerpos juntos, pueden pasar muchas cosas. Camino por los pasillos laberínticos de la biblioteca y presiento que estoy en el corazón de Tamura. Lo sé porque a lo lejos, con chompa de cuero, veo al Joven llamado Cuervo venir. El viento es terrible y derrumba los libros. Todo cae. El viento viene acompañado de arena y de repente ya no hay estantes ni recovecos con letras. Estamos en un desierto y la arena otra vez se nos mete en las orejas y en los ojos. Entonces escuchamos la canción, la cantamos despacio mientras nos dejamos llevar por su ritmo, que es como un arma contra el viento… “A la sombra de la puerta se yerguen las palabras que han perdido sus letras/ Al otro lado de la ventana hay soldados con el corazón endurecido/ Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada”. Entonces así, bailando, atravesamos la tormenta de arena.
Yo tampoco sé adónde van los patos en invierno...
Son las 2 de la mañana. Me he fumado tres cigarrillos y aún no puedo dormir. Lo mejor que podría hacer es teletransportarme a Nueva York. Cierro los ojos y canto una canción de Lennon, en voz baja. Cuando los abro, me doy cuenta de que ha estado nevando. La calle está mojada y resplandece por el agua. Camino sin rumbo sintiéndome igual de extranjera que en mi cuarto, entonces me encuentro con él, ese pequeño psycho. Ese ángel oscuro, a quién atribuyen la muerte de Lennon. Holden Caulfield se acerca a mí y me pregunta si quiero tomar un café. Al contrario de la gente “normal”, yo acepto. La razón es simple: yo tampoco tengo nada que hacer, y ni puedo dormir y ni quiero regresar a mi casa. Como él, estoy perdida. Le digo que mejor tomemos un trago, que no me importa que sea menor de edad. Mientras caminamos en busca de un bar abierto, entiendo que lo que nos une es paradójicamente la orfandad. Sé que ambos somos- y seremos- extranjeros, sin importar donde estemos. Por eso buscamos un “paréntesis de realidad”, algo que nos amortigüe y nos haga olvidar, aunque sea por una hora, que el mundo está lleno de gente a la que no le interesa adónde van los patos en invierno.
Encontramos un bar oscuro, aunque él dice que lo deprime muchísimo, acabamos entrando y pedimos dos whiskys. Holden me dice que está harto y que nos larguemos, porque él, como Horacio, sufre de “cosismo” extremo. Yo, en lugar de Sally, le digo que sí. Entonces él me cuenta que tiene un amigo que nos puede prestar un auto en Grenwich Village y que en la mañana podríamos ir a Massachusetts. Pero después dice que sería mejor ir hacia el Oeste, haciendo auto-stop. Llegaremos a un lugar en el que siempre haga calor y nadie nos conozca. Él conseguirá ese trabajo en la gasolinera, y los dos fingiremos ser sordomudos para no hablar con nadie más. Me propondrá matrimonio. Y yo aceptaré. Y viviremos en una cabaña en la que no entrará nadie más que nosotros y nuestros hijos (y nuestros libros). Y viviremos allí por el resto de nuestra vida.
Salimos del bar con todas estas ideas, pero yo sé que él no lo hará, que extrañaría demasiado a Phoebe. Decidimos caminar sin rumbo por la calle, ya no hay rastros de nieve. Quizá sea mejor así. Quizás nuestro amor freak fracasaría en dos días. Y tal vez acabaríamos matándonos en algún lugar lejano, en Tijuana, por ejemplo. Sí. Lo mejor sería que alguno de los dos diga: “preferiría no hacerlo”. Porque tal vez lo que siento por él no es amor, pero se parece tanto, tanto que quizás sea lo contrario. Ahora lo entiendo mejor: lo que nos une es el hecho de compartir un estado. Un estado de náusea, de hastío… la complicidad del que se cansa de ser humano. Y compartir un estado responde al amor en su estado más puro: la amistad.
Mientras busco en mi cartera un cigarrillo él me dice: “Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...” Le digo que yo también los odio. Odio el tráfico y los carteles de comida rápida que se mojan con la lluvia, los restos de esmalte en uñas comidas por la angustia y las refrigeradoras vacías en domingos, y los focos que se queman. Odio ver restos de chaulafán a las seis de la tarde y colillas que se ahogan en restos de café frío…
Ya no hace tanto frío y al fin encuentro el cigarrillo. Holden lo enciende y lo compartimos mientras caminamos en silencio por un buen rato. Llegamos a Central Park. En la laguna algunos patos todavía nadan, pero ni él ni yo sabemos adónde irán en invierno.
(Cartón Piedra)
miércoles, 8 de enero de 2014
No seas (tan) quiteña
Un amigo me dijo alguna vez que nuestra Santa Marianita de Jesús representa bien a las quiteñas: dramáticas, sufridoras, mojigatas. No me gusta hablar por terceros, no creo en las generalidades. No somos, soy.
Soy quiteña y dramática.
Cuando tenía cuatro años, según mi también quiteña y dramática madre, mientras las niñas de mi edad superaban sus gripes arropadas hasta el cuello y con un termómetro en la boca, yo salía corriendo por toda la casa gritando desconsoladamente: ¡creo que voy a morir!...
No sé si esa temprana desviación histriónica era precisamente “quiteña”, yo la vería más como el génesis de una potencial diva de telenovela venezolana o mexicana. Entonces no, no soy dramática.Soy actriz.
Soy quiteña y sufridora.
A ver, no, no soy sufridora. Lo que pasa es que desde niña me identifiqué con los olvidados, los rechazados, los marginados. Me sentía responsable por ellos y en ocasiones fingía demencia para ser expulsada del grupo dominante y convertirme en la madre de los fracasados. Esto duró hasta que una vez, en el colegio, protegí a una chica indefensa de eso que ahora llaman bullyng y en mis tiempos se llamaba jugar con el compañerito. Mientras la clase disfrutaba lanzándole bolas de papel con un esfero en la cabeza, yo me levanté y puse orden: “¡Basta!, ¿qué tal si nos respetamos?”, dije. Todos callaron y se sumieron en la reflexión tomando consciencia de sus actos. Fue entonces cuando la bullyada aprovechó para coger la bola de papel y lanzármela en la cara. Entonces no, no soy sufridora. Soy una víctima de las circunstancias.
Soy quiteña y… no, no soy mojigata.
Nunca fui esa man que se lanza desbocadamente sobre un hombre y convertida en una fiera salvaje se saca toda la ropa, toda, menos el calzón. Por si acaso, la escena continúa de la siguiente manera. El pobre, que a estas alturas ya imaginó el increíble relato con que sorprenderá a sus panas, se queda seco (y tieso). Acto seguido se llena de valor (y cabreo) e intenta despojar a la quiteña de la prenda con sus propias manos. En ese momento ella lo detiene y con un franciscano gesto de indignación, le dice: “¿Qué tal si nos respetamos?” Lo sé porque lo he vivido en carne propia y con el calzón puesto. Pero no, no soy mojigata. Soy quiteña.
Y soy vengativa.
Interesante su análisis sociológico sobre la quiteñidad, chicos. Lo que no entiendo es por qué el término sólo se aplica a las mujeres. Aparentemente, ser quiteña es más despectivo que ser quiteño, sin embargo esta categoría ha sido inventada por hombres que aunque hubieran querido ser suizos, son quiteños. ¿Quiénes son, pues, los quiteños? El típico quiteño es el que te invita una biela pero luego te pide para el taxi; el que en la primera cita te propone ir a su casa “a ver pelis”;o el “alma libre” que critica a la conservadora mujer capitalina y termina en el altar con una: obligado por sus padres, por los padres de ella y por el quiteñito que viene en camino. Y el peor de todos: el intelectual cuyo peor insulto contra una mujer es “quiteña”. Si no quieres acostarte con él porque tiene novia, porque no se baña o porque no te da la gana, suelta las palabras mágicas: “¡No seas tan quiteña!”. Piensa que una chica alternativa quiere ser cosmopolita e inteligente y con esta receta espera que te sientas pueblerina, retrógrada y, por alguna extraña razón, desafiada y caliente. Sin embargo, cuando yo escucho algo así, sólo me dan ganas de ir por un cigarrillo y nunca volver. Pero bueno, no los culpo. No son patéticos: son quiteños.
(Diners)
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