Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...
miércoles, 2 de septiembre de 2015
¡Ras, ras, ras, vamos a perder!
Perder el vuelo. Perder la fosforera. Perder el año. Perder el pasaporte. Perder los fondos del Estado. Perder un chico. Y después, perder la sobriedad, perder la compostura, perder la dignidad. Crecí, crecimos, en un país que no se caracteriza precisamente por ganar. Recuerdo haber visto perder a la selección de fútbol desde que tengo memoria. Los presidentes que ganaban las elecciones igual terminaban perdiendo la confianza de la gente. El mapa que me enseñaron en segundo grado mostraba un país dividido por una línea imaginaria que lo reducía a menos de la mitad de lo que había sido. Tampoco tenemos una escritora o escritor que haya sido parte del boom, o sí, pero es un invento de dos escritores extranjeros.
En la escuela, mientras otros niños competían por todo, mis padres me decían, “¿tú qué sacas ganando?, ¿eso te hace más o menos?”. Mi educación, primero medio comunista, luego medio zen, me enseñó a no devolver el golpe, a dejar que los otros ganen, a retirarme de la competencia antes de que empezara. No es algo de lo que me enorgullezca, es lo que es, lo que fue. Mi hermana de diez años juega 40, canasta, veintiuno, damas chinas, ajedrez, es campeona de gimnasia, tiene medallas de oro, de plata; y siempre quiere seguir jugando. Para mí, que no sé ganar, competir no tiene ningún sentido. Cuando era niña, odiaba jugar a las escondidas o hacer carreras: el esfuerzo físico nunca me ha parecido divertido. Y cuando la profesora decía “en vez de la clase, hagamos una dinámica en el patio”, todos saltaban de emoción pero a mí se me helaba la sangre. Prefería quedarme sentada en mi puesto, a salvo, y que la maestra dictara.
Todo empezó cuando la bisabuela se desheredó. Cuentan que ella estaba enamorada de mi bisabuelo, pero él no quería casarse con ella porque le preocupaba que la gente dijera que lo hacía solo por la plata (la bisabuela era millonaria). Así que para que no corriera este rumor, ella se desheredó. Y se casaron. Si no lo hubiera hecho quizá yo sería millonaria, o quizá no estaría aquí. Sucede que los Varea, mi familia materna, son gente que no valora la competencia; quizás porque son descendientes de “la pérdida”. Además de ser incapaces de valorar el dinero, en la familia Varea hay un despiste crónico y un sentido de la lógica digno de estudio. Mi abuelo Miguel Varea iba al trabajo en carro y regresaba a pie. Tardaba días en descubrir que el carro no estaba en el garaje y, cuando lo hacía, culpaba a sus hijos de haberlo “perdido por ahí”, lo hacía como si se tratase de un asunto sin importancia; hasta dicen que una vez regaló una hacienda. En la familia no era raro perder, no una aguja ni un disco, ni un adorno o un zapato. Los familiares no se extrañaban si un día desaparecía el piano, así como, estoy segura, tampoco se hubieran alarmado si, en su defecto, hubiese aparecido un enorme elefante rosa en medio de la sala. Lo hubieran tomado como parte del paisaje “Oh, un elefante, ¿de quién será? Bueno, se verá bien al lado de las cortinas, ocupará el lugar que tenía el piano”. El lema “el que tiene más quiere más” no funcionó con los Varea, quienes no parecían tener el a veces necesario gen de la ambición. Quizá por eso hoy mi casa no es tan grande como la de mis abuelos y estoy segura de que si desapareciera alguno de los pequeños artefactos que componen mi humilde patrimonio, sin duda lo sabría…
Ilustración: Cata Pérez.
(Diners)
miércoles, 15 de julio de 2015
Si me pongo short, sí es para calentarte... (y no por eso puedes tocarme)
Soy feminista. Creo que no serlo sería un crimen. Que todo ciudadano inteligente debería serlo. Que es inocente pensar que el feminismo es asunto solo de mujeres, o que el machismo solo afecta a las mujeres y solo lo ejercen los hombres. Estamos hablando de un problema social, que nos compete a mujeres y hombres. A todos. Creo que no ver la injusticia de género que ha habido y todavía hay, sería tapar el sol con un dedo. Y creo, también, que hay muchos clichés e ideas equivocadas que giran en torno a estos temas. En pleno siglo XXI las mujeres vivimos atrapadas en una sociedad que sexualiza nuestro cuerpo y a la vez nos castiga por ser sexys. Las opciones de escape nos ponen contra la espada y la pared. Por un lado, tenemos un feminismo extremista y chapado a la antigua, y por otro, una postura que no es ninguna postura y en la que las mismas mujeres niegan el problema de género y se lavan las manos.
Empecemos por la primera tendencia. Hace tiempo que hay una “campaña feminista” en las redes sociales en la que circulan fotos de mujeres que escriben con marcador sobre su cuerpo cosas tales como: “Me pongo short porque tengo calor… No para calentarte”, “Yo me visto para mi, no para ti”. Esta mirada además de mojigata, es machista. Niega nuestro derecho a flirtear y afirma el derecho del hombre a irrespetar a una mujer que se vista de manera provocativa. No nos justifiquemos diciendo que es por el clima que nos vestimos sexys, si es para provocar también es válido, de hecho, siempre es para provocar, obviamente no a todos, pero lastimosamente aún no existe un aparato que haga que solo los que te gusten te vean en mini falda y los que no, en pantalón. Lo siento, pero ese feminismo no me representa.
En las mismas redes sociales circuló otra propaganda feminista que decía “No es no aún con el calzón abajo”. Esta campaña, en cambio, me parece plausible. Reivindica el derecho a decidir sobre nuestro deseo. Sucede que hay mujeres que les sonríen a los hombres, les miran o hablan con ellos, y para ellos, estas son señales suficientes que deberían asegurar su coito. Y sí, también puede suceder que una mujer y un hombre se estén besando, tocando (los dos) y en el momento dado ella o él no quiera llegar al coito (por la razón que sea). ¡Tiene todo el derecho de hacerlo!. ¿De cuándo acá es obligación tener sexo?, pero dejarle "a medias" a un hombre es un pecado mortal. ¿Si no queremos tener sexo no podemos coquetear?. Muchos hombres piensan que si coqueteas con ellos tienen absoluto derecho a acostarse contigo porque “les estás dando señales”. Y si no quieres hacerlo, te llaman “quiteña”. Ni coquetear ni vestir sexy dan el derecho a irrespetar. Pero el deseo masculino parece ser una fuerza incontrolable y absolutamente respetable, de la cuál ellos mismos no son responsables, y por eso no se debe “provocarlos” porque es justificable que no se controlen. ¿De cuándo acá tengo el derecho de besar a todos los hombres sexys?, ¿Debo prohibirles ser sexys solo porque me muero de ganas de besarlos y no siempre puedo hacerlo? , bajo esta lógica “si va a comprar para bajarle” si no lo puedo tener, ¿debo prohibirlo? .He visto andar sueltos a hombres tan bellos que deberían estar prohibidos. Sí, como idea poética es genial, pero no puedo castigar la sensualidad solo porque no puedo acceder a ella. Imaginen cuántos ya estaríamos presos.
Ahora vamos con el otro lado. Cierto grupo de mujeres liberales, alternativas, intelectuales, muchas de ellas artistas, afirman que los temas de género no les interesan y practican su arte ( y/o su oficio) independientemente de este problema. Según su postura, hombres y mujeres somos iguales, por eso, luchar por equidad de género sería una especie de auto-discriminación. No celebran el día de la mujer con excusas tales como “Si hay un día de la mujer, ¿por qué no hay un día del hombre?”. Viven como si la desigualdad de género no existiera. Pero lamentablemente nuestro género pertenece a una minoría. Lavarse las manos (más aún siendo mujer) ante esta realidad que nos afecta, es un crimen. Lo siento, señoritas alternativas, pero su postura “radical”, tampoco me representa. Ahora viene la pregunta: ¿Qué es ser feminista? Y, sobre todo, ¿Cómo ser feminista aquí y ahora?. Por ahora sé que ser feminista no es sinónimo de odiar a los hombres. Sí es aceptar que vivimos en una sociedad que en la que no hay equidad de género. Enfrentarlo. Decirlo. Combatirlo. No es privarse de la mini falda y peor aún, justificar su uso diciendo que es debido al clima o a la pura satisfacción personal. No es vergüenza de sentirse deseada, sino la libertad de desear, y también, por supuesto, la libertad de provocar deseo…
(DINERS)
miércoles, 8 de julio de 2015
El discreto encanto del tercer mundo
Cada mañana se repite la misma historia: abro la llave de la ducha y cae un mísero chorro de agua helada. Entonces sé que ha llegado el momento de aplicar “la maña”. Todos los aparatos proletarios tienen su respectiva "maña". La maña es algo que se debe hacer para que el artefacto funcione. Por lo general no es nada lógico, es más bien místico, una extraña asociación entre el objeto en cuestión y otro objeto cualquiera dentro de una misma casa. Por ejemplo: para que sirva el enchufe de la cocina, se debe encender el foco del baño; para que vuelva el agua, se debe encender la sanduchera. Mi madre incluso afirma que en su hogar, el internet mejora si se apaga la luz de la sala. La pobreza nos vuelve surrealistas, lo digo porque la falta de recursos me ha llevado a ver imágenes que dejarían loco a Dalí. Conozco una amiga que hizo spagetthi al pesto en el calefactor porque se le había acabado el gas y no había otra forma de cocinar, así llegó a la conclusión de que el calefactor era una excelente parrilla. Conozco a otro que ha hecho fideo en la cafetera, a una que usaba la plancha de ropa para planchar su cabello, y, ya lo he dicho, yo misma he usado el microondas para secar mis medias.
Pero, volviendo al tema. La “maña” de mi ducha es esta: para que el agua se caliente, primero debe abrirse (quién sabe por qué) la llave del lavadero de la la cocina. Entonces se prende el calefón y hay que correr hasta el baño y abrir la llave de la ducha. El siguiente paso es regresar (desnuda, por su puesto) a la cocina y cerrar la llave. Ahora sí, volver al baño, meterse en la ducha, descubrir que el agua al fin se ha calentado y disfrutar de ella alrededor de 20 segundos. Porque después se sobrecalienta tanto que te toca salir saltando a riesgo de ser hervida. Abrir la llave del agua fría no es una posibilidad, pues se enfría por completo hasta quedar helada. Mi ducha no entiende de puntos medios. Es caprichosa, extremista, bi-polar. Te quema o te congela. Te ama o te odia. No parece quiteña, pues no entiende de tibiezas. La única salida es la clásica técnica “cerrar y volver a abrir”, claro que no al instante, sino después de un tiempo, que puede ser variable. En dicho tiempo quedan dos opciones: tomarlo con calma y aprovechar para hacer una rutina de ejercicios mientras aplicas tratamiento para el cabello; o volverte histérica y correr desnuda y enjabonada por la casa, abrir la llave del lavadero para luego correr a la ducha en tiempo récord y enjuagarte en cámara rápida. He llegado a entrar y salir de la ducha hasta siete veces en una misma sesión. El que funcione no depende de un electricista, sino de la onda que una le ponga.
Para que los aparatos de los proletarios funcionen, más que de calidad, se requiere de altas dosis de fe. Por lo menos, mi ducha hace milagros. Vuelve creyente al ateo. Podrá estar dañada, pero desarrolla en el individuo una cierta espiritualidad. Miras la llave, cierras los ojos y, con mucha convicción, piensas: esta vez sí va a funcionar. Entonces, con ímpetu, abres la llave. Tocas el agua con buena energía, intentando hacer que tus electrones positivos la calienten. Te vuelves mística, crees en la ley de la atracción, entrecierras los ojos como quien hace magia y miras el agua, intentando no convertirla en vino pero sí subir su temperatura. Debo confesar que en ocasiones esta espiritualidad ha devenido en un cierto rito obsesivo- compulsivo que podría ser considerado pagano. El rito consiste en aprovechar para hacer preguntas con trampa a la ducha-oráculo. Si esta vez el agua no se calienta- piensas- es porque el nosecuantito me quiere, si se calienta, es que no me quiere. Así, tienes dos posibilidades de ganar: si el agua se enfría, el man te quiere (sabes que es lo más probable y por eso preguntas eso) y si no te quiere, por lo menos te bañas en agua caliente.
(DINERS)
miércoles, 1 de julio de 2015
ETNOGRAFÍAS MASCULINAS
Dicen que estamos locas, que somos brujas, difíciles, jodidas, quiteñas, dramáticas, intensas, lunáticas, densas. Dicen que la mujer es un ser sensible e intuitivo que tiende a la sinrazón y los días de luna le afectan. El hombre, por el contrario, es muy cerebral, sensato y mesurado.
Escuchen esto.
Me gustaba Sergio porque tenía “algo” que lo hacía “especial”. Salimos par veces. Yo estaba contenta, sin embargo, con el paso de los días, su comportamiento atravesó esa delgada y a veces del todo invisible línea que separa lo excéntrico de lo freak. Por ejemplo, le dio por posar como una escultura griega. “Mira, este soy yo, es mi cuerpo” decía mientras giraba sobre su propio eje, para después adoptar la posición de El David, de Miguel Ángel: cabe recalcar que el hombre estaba más flaco que un sorbete. Después, empezó a llamarme “Mi odalisca”. Según el diccionario, odalisca es:
1.f. Esclava al servicio del harén.
2. Mujer que forma parte de un harén.
3. Mujer sensual.
No, Sergio no era “especial”, simplemente estaba loco como una cabra. Todo terminó antes de empezar, fue ahí cuando me llegó un mensaje que decía: Te quejas de soledad, pero rechazas mi compañía. Estúpida.
Facundo era poeta. Todo era perfecto, hasta que llegó su día de paga. Fue ahí cuando sonó el teléfono.
-¿Quién es él, ah?-Dijo su voz taciturna.
¿Quién es quién?-respondí, temerosa.
- ¿Cómo quién? ¡El man con el que me estás engañando!- respondió .
Eran las dos de la mañana cuando sonó el timbre de mi casa. En el umbral de la puerta lo desconocí por completo. Su mirada delirante y alcoholizada imaginaba amantes de toda raza, género, edad, estado mental… A partir de esa noche, su otro lado salió a la luz, y me celó con homosexuales, ancianos, niños, señoras. No entiendo cómo estaba conmigo, si según sus cálculos mentales yo debía ser más que una enferma.
Tomé un trago para apaciguar mis nervios.
-Tú n pedes tmar, mira cóm t pnes- alcanzó a decir.
-Pero…
Facundo aventó los adornos al piso. Dio tumbos por la alfombra. Rió y lloró al mismo tiempo. Luego dijo:
-¡Estás loca!
Tenía razón.
Decir que Julio era intenso es poco. Cuando quería buscarme sonaban el timbre, el celular, el chat del Facebook, el whatsapp y el teléfono de la casa. Todo a la vez. Yo, escondida en el clóset, rezaba para que no me encontrara, no con un amante fuerte, como él imaginaba, sino y sola desesperada por tener al menos cinco minutos en paz con mi persona. No, no lo dejé, le quería. Fue él quién, después de acecharme como un asesino en serie, un buen día me dijo que ya no quería estar conmigo… ¿Por qué? Había tenido una visión. ¡Una visión! Loco con síndrome de Virgen María. Lo que me faltaba…
Espero que esto sea bastante para romper con el cliché mujer=loca. La sinrazón no distingue género. Si se preguntan por qué caí, la respuesta es que fui presa de otro cliché: normal= aburrido… y bueno me gusta escribir. Cabe recalcar que los tres eran sinceros. No tenían malas intenciones, solo que su cabeza funcionaba diferente, creían firmemente en sus principios, así como Hitler, Nixon, Abdalá, quien dijo a cierto presidente: “Yo estaré loco, pero tú eres como la ·%%&&”
(DINERS)
jueves, 18 de junio de 2015
Escena de alcoba
Me propusieron actuar en un cortometraje porque podría cuadrar muy bien para el papel. Presentí que sería una “escena de alcoba”. No es que sea una estrella porno, pero desde que hice una película estudiantil que tuvo escenas de sexo, la gente suele pensar que soy muy "open mind" o por lo menos la única quiteña que acepta sacarse la ropa frente a cámara.
El director confirmó mi hipótesis. Sí, era una escena de sexo. Además, no habría luz tenue (sería en el día), ni tenían pensado “sugerir” el acto sexual; la posición no sería la del misionero sino la que en latín se conoce como “la carretilla” y vulgarmente como “en cuatro”. Y, otra cosa, mi amante sería un afrodescendiente (perdón a los negros que puedan sentirse ofendidos por este término). Sería una escena más que secundaria ( El chico con el que haría la escena y yo estábamos lejos de ser los protagonistas). No era porno, era cine arte; y sí, a pesar de eso, acepté. No lo hice por mi “carrera”, ni solo por romper con la pacatería quiteña. Citando Lena Dunham: lo hice por la historia. Solo se vive una vez y pensé que sería interesante actuar una escena de sexo. Por otro lado, tener sexo con un afrodescendiente es una experiencia que me gustaría tener alguna vez (aunque sea en la ficción).
Días después entendí que esta sería la primera vez que haría una escena de sexo; si bien había salido desnuda, nunca hubo sexo explícito. Deduje que el rodaje no era una fantasía y ese descubrimiento me produjo escalofríos. Quería desaparecer, pero como todavía no domino la técnica de la teletransportación, decidí depilarme. Cuando llegué al Spa, la señorita me propuso “el depilado brasileño”. Aunque con solo depilarme las piernas grito como si me estuvieran matando, acepté quitarme todo el vello púbico. "Ahora todas las mujeres se hacen" "Sus esposos les piden que se hagan, y ya les toca" "Hasta mujeres de 60 años, se hacen", decía, mientras entendía que era demasiado tarde para correr y pensaba en la desigualdad de género, pero cuando acercó la cera caliente a mi piel, ya no la pensé: la sentí en carne propia. ¡No es justo! Nos educan para que a un hombre no le importe ser gordo, viejo, feo o idiota, pero una mujer debe hacer todo para alimentar las supuestas y/o impuestas fantasías del género opuesto, ir a una especie de quirófano y someterse a una tortura medieval para quitarse hasta lo que no se ve. Un hombre no tiene que hacerlo porque, a menos que sea una estrella porno, su pene se vuelve invisible en el cine. Cuando hice "Los Canallas", me obligaron a castrar al actor, es decir, cortar un plano en el que se veía su pene; sin embargo las mujeres mostramos hasta el alma. ¿Qué diría Simone de Beauvoir?, intenté imaginar, pero es difícil ahondar en el feminismo existencial cuando tienes cera caliente en la vagina.
El día del rodaje el actor nunca llegó y lo reemplazaron con un chico que conocí ese rato. “Sacarse la ropa es lo más divertido que una chica puede hacer después de mentir”, dice Natalie Portman en Closer. Y tiene razón. Desnudarse no es difícil, o bueno, las veces que lo había hecho, no me había sentido vulnerable ni frágil sino todo lo contrario: poderosa. Esta vez, sin embargo, no fue igual y por un momento pensé que quizás hubiese sido mejor mentir que sacarme la ropa, pero cuando hice esta reflexión ya estaba "en cuatro" y un desconocido arremetía contra una almohada que estaba atrás mío, mientras el director, el sonidista y el fotógrafo intentaban registrar de la mejor manera posible mi "orgasmo". Porque debía tener un orgasmo justo el momento en que mi novio de la ficción me pillaba con el otro. Así que era un momento de placer y vergüenza a la vez. Despeinada, ciega (tuve que sacarme los lentes) y fingiendo un orgasmo adquirí una mueca bastante extraña que podía ser todo, menos sexy. Cuando la escena terminó me sentí con una especie de chuchaqui moral. Como en esos sueños en los que estás desnuda en la calle y no te importa pero poco a poco entiendes la dimensión del asunto y te empieza a importar. Y te quieres morir. Tal vez no soy tan descomplicada como creí. Pero aquí está la historia. Y bueno, queda claro que no sé fingir orgasmos. :)
Ilustración: Catalina Pérez.
(Diners)
lunes, 1 de junio de 2015
El panóptico ciego o la ciudad pirata
La ciudad siempre es dos ciudades. Una, la que vemos todos los días, otra, la ciudad que nadie quiere ver. La ciudad de los monstruos. La ciudad que tiene puerta de entrada, pero no de salida. La ciudad que más que una ciudad es una ‘subciudad’, una sombra de la primera, el negativo.
Una ciudad pirata.
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El Penal García Moreno se construyó en 1875, en el Gobierno del mandatario conservador. 139 años después, en 2014, bajo el régimen del actual presidente, Rafael Correa, los presos fueron trasladados a otra cárcel. En las instalaciones del penal quedaron todas, o casi todas, las cosas de los presos, quienes tuvieron la orden de salir sin ninguna de sus pertenencias. El cineasta Mateo Herrera y un grupo de investigadores profesionales (Boris Idrovo, Jorge Núñez, Lorena Cisneros) tuvieron la misión de hacer un registro visual del lugar para el Ministerio de Justicia. Sin embargo, cuando descubrieron que en la cúpula de la cárcel yacía el Archivo con 139 años de historia ecuatoriana, entendieron que su trabajo no podía limitarse al registro, sino que merecía una investigación más profunda. Es así como nació la película documental llamada El panóptico ciego.
“A veces los temas le llaman a uno”, dice Mateo Herrera, pues no fue la primera vez que documentó, de alguna forma, el penal. Ya en 2005 hizo una primera película de la cárcel llamada El comité, junto al antropólogo Jorge Núñez. 9 años después, cuando el Ministerio de Justicia le contrató, Mateo buscó a Jorge, quien coincidencialmente se encontraba en el país, pues hace varios años se había radicado en el extranjero. Fue así como la dupla director-antroplólogo se reunió de nuevo para regresar a la cárcel, esta vez, vacía.
***
Después de 139 años de historia, el penal vacío no estaba vacío. Apenas los presos se fueron casi en una suerte de ‘abducción’, todo lo que dejaron se convirtió en huella. Sus paredes escritas, dibujadas, manchadas; y las cosas: billeteras, cremas, afiches, medias; cada objeto, al ser abandonado, dejó de ser ordinario para volverse mágico, marcado por una presencia-ausencia deslumbrante. La cárcel vacía recuerda a una enorme nave abandonada, llena de fantasmas. Mateo Herrera se propuso registrar la historia del penal a través de ese vacío, sin entrevistas ni testimonios de los reos ni de sus familiares. Quiso hablar del penal a partir de la ausencia: las paredes, las cosas, la huella… y El Archivo.
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El documental propone una tesis fascinante, arriesgada y brillante: los presos crearon una forma de resistencia ante el sistema dominante al descalificar al modelo panóptico. La película muestra cómo la idea europea del panóptico, fracasó en el Ecuador.
En el siglo XVIII, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham creó el panóptico, un tipo de arquitectura carcelaria donde el vigilante es ubicado en el centro, en un punto estratégico desde el cual obtiene un espectro visual casi objetivo, así, los vigilados no saben si son o no observados. Pero más allá de la construcción arquitectónica, el panóptico es una metáfora de la relación de poder: los subyugados son relegados frente a un centro dominante. “La cárcel, la fábrica, el psiquiátrico, la escuela, son elementos de la sociedad panóptica”, dijo el filósofo francés Michel Foucault.
Este modelo arquitectónico da cuenta de la modernidad y la ilustración europea que García Moreno buscaba inculcar en la sociedad ecuatoriana. Si Walter Benjamín decía que “cada sociedad sueña con su futuro”, se podría decir que el penal era el sueño (o la pesadilla) futurista de García Moreno. Pero su plan fracasó. El panóptico no era una estructura hecha para funcionar en la cultura andina. Literalmente: en el ex-Penal García Moreno, el punto de vigilancia fue desterrado, y la torre, en vez de funcionar como lugar estratégico de poder, sirvió solamente de bodega. El sitio que en Europa simboliza el poder, en Ecuador se convirtió en el lugar de la basura, de los cacharros, del olvido. Los presos castraron la torre del vigilante. Cegaron al panóptico. Negaron el modelo dominante. Burlaron al poder.
Una vez cegado el ‘gran ojo’, queda el caos… Y es aquí cuando el documental compara al penal con un “barco de locos”, aludiendo a la tradición medieval de deshacerse de los dementes y de los presos encerrándolos en un barco que, después de ser desterrado de varias ciudades, terminaba navegando a la deriva, sin tierra ni patria, sin centro, sin vigilante. Esta imagen se siente en la cámara de Simón Brauer, encargado de la fotografía del filme, que parece estar en altamar debido a un constante movimiento similar al provocado por las olas.
“Queríamos hacer una película de ciencia ficción”, dicen Jorge y Mateo, cada uno por su lado. En cuanto a la investigación y al guion, se basó en una novela de ciencia ficción de China Miéville llamada Scar, que quiere decir ‘cicatriz’: el argumento trata de un grupo de gente que roba barcos y los pone uno junto a otro, hasta construir una ciudad llamada Armada, en la que habitan vampiros, seres desadaptados, siniestros. Armada es una ciudad pirata, hecha de cosas robadas o ingresadas ilegalmente, como en el penal. Una ciudad sin Tierra donde viven los que ya no tienen lugar. Y en palabras de Jorge: “Una ciudad hecha en silencio, sin que el poder se dé cuenta”. Ciego el panóptico, como resultado del fracaso de un sueño de modernidad, queda una "ciudad-barco-pirata" que navega en un tiempo andino. Una ciudad que fue construida para parecerse al infierno, pero que resultó un infierno bastante desorganizado, que en lugar del régimen del castigo impecable y severo tenía un sistema de refile, que permitía a los presos negociar en secreto con los guardias, la gente de fuera y los otros reos.
Mateo Herrera se propuso captar la atmósfera siniestra del penal vacío que a sus ojos se parecía a los paisajes de Julio Verne. Ese sueño de la modernidad, ese aire de irrealidad, de alucinación futurista, se traduce en el lenguaje cinematográfico: la cámara en movimiento disonante, la voz en off del narrador que no para, el diseño sonoro (hecho por Juan José Luzuriaga), y sobre todo la música extraña, espacial, compuesta por el propio Mateo Herrera, conforman una atmósfera siniestra que remite a aquello que ya no está, a lo intangible. El resultado es una película que a pesar de estar cargada de verdad, realidad e historia, recuerda a la ciencia ficción.
Sucede que a veces, la realidad resulta más increíble que la ficción. Y esta película no solo representa la realidad, sino que la recrea, la captura y la destroza, para, con sus pedazos, construir un mundo que en un momento dado, se desprende y vuela.
(Cartón Piedra)
miércoles, 27 de mayo de 2015
La vida secreta de las cosas.
Fósforos lápices zapatos focos libros alfombras antenas pintalabios licuadoras sombreros espejos tornillos ceniceros agujas paraguas teléfonos martillos relojes telescopios. Cosas. Esos seres inertes a los que Borges llamó “testigos ciegos” de nuestra vida pero que también son nuestros amos. Hoy en día, las cosas ya no nos sirven sino que es al revés: somos esclavos de las cosas.
Los seres humanos, la especie más inteligente del planeta, hemos construido un universo de naturaleza interactiva pero muerta que ahora nos domina. Jaime Bayly decía que las lápidas de los difuntos deberían constar de sólo dos piezas de información: un nombre y la cantidad de caca que ese nombre produjo en vida. Suscribo. Sin embargo, creo que a esas tumbas les harían falta unas líneas que den cuenta de las cosas que dicha persona logró acumular, pues ahora las personas son y fueron sus cosas.
Mi vida, por ejemplo, consiste en una guerra diaria con las cosas. Esta guerra no la he declarado yo, son los objetos los que arremeten contra mi. Alguna vez vi una película clase B en la que las cosas tomaban vida propia y atacaban a las personas. Las licuadoras eran poseídas por un espíritu diabólico y saltaban histéricas buscando carne humana; los tractores se descarrilaban y embestían con furia a sus dueños; la sanduchera se revelaba y atacaba a la mujer que por años se había servido de ella. Esta también es mi historia, los objetos que me rodean, me atacan. Llámenlo torpeza, pero yo estoy segura de que no soy yo la que tropieza sino que ellos han hecho un complot. Si enciendo un fósforo, su cabeza sale volando y me quema el dedo; si me maquillo, el delineador clava sus despiadadas astillas en mis ojos; y la esquina de la cama insiste en golpear cada mañana al indefenso dedo meñique de mi pie.
Las cosas, además, son misteriosas. Hablemos de las carteras. Resumiendo, se podría decir que la cartera de mujer es un portal a otra dimensión, allí en el fondo hay un pasadizo que conduce a ese lugar en el que están el unicornio azul, el marido que se fue por cigarrillos, Elvis Presley y la mitad de mis medias. Y en ese lugar también hay una puerta de salida que, obvio, conduce a mi cuarto, otro no-lugar en el que los objetos importantes (el pasaporte, las cartas de amor) desaparecen y los inútiles (los catálogos de Fybeca, las colillas de cigarrillo) se quedan para consumir mi día en tareas banales.
Las cosas son absurdas. ¿Por qué cargamos tantas? ¿No es horrible darse cuenta de que una lleva en las manos sacos carteras billeteras esferos papeles? ¿Es justo que en el mundo existan tantos papeles? La burocracia, está claro, odia los árboles. En plena era digital aún acumulamos cantidades exuberantes de papel. Si ni siquiera guardo las cartas de mi primer amor, ¿cómo esperan que guarde el recibo de la luz? ¿Y las monedas de un centavo?, esos cerdillos asaltan a diario nuestro tiempo, porque en lugar de leer a Proust te encuentras recogiendo esas pequeñas intrusas perdidas en la alfombra.
Las cosas son cómplices de Cronos, te distraen mientras las manecillas del reloj caminan a tus espaldas.
Einstein odiaba las cosas. Afeitarse y vestirse eran para él trámites infructuosos por los que había que pasar si quería encontrar tiempo para pensar: la vida es corta y en el cielo había demasiadas estrellas como para perder valiosos segundos escogiendo el color de
una camisa. Pensemos también en Diógenes, aquel cínico que se despojó de todos sus “bienes” (que deberían llamarse males) materiales, y se fue a la calle, únicamente con un poncho y un plato de comida. Alejandro Magno, que tuvo muchas cosas, se le acercó y le preguntó si estaba bien, si le hacía falta alguna “cosa”. Diógenes le dijo que sí, que se hiciera a un ladito, porque le estaba tapando el sol.
(Diners)
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