Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

viernes, 17 de marzo de 2017

¿Qué es ser mujer en el siglo XXI?



Es cumplir 30 años y que te vean raro porque no tienes hijos ni esposo.  Es tener hijo y esposo y que te sigan viendo raro. Es justificarte ante algunas feministas por usar ropa sexy. Es que después de tanta lucha de las mismas mujeres, aún se siga tratando al femicidio como si fuera un homicidio. Es coger un taxi y rezar durante el trayecto para que no te violen, para que no te maten. Es luchar por el feminismo pero aún sentir tristeza —consciente o inconscientemente— por no ser como las modelos, porque eso es lo que te han enseñado la televisión, las revistas y las vallas publicitarias desde que tienes uso de razón. Es sentir vergüenza de escribir que alguna vez tuviste una aventura de una noche en un hotel. Es tener sexo casual y, al otro día, sentir un vacío gigante. Es tener vergüenza de que tus padres lean que has tenido sexo. Es escribir estados de Facebook proclamando igualdad de género mientras sigues gastando dinero en cremas, champús y maquillaje para volverte más deseable a lo que al género opuesto le han enseñado que es una mujer. Y eso, también, es lo que te han enseñado desde niña. Es no saber qué es ser “una mujer” ni cómo ser mujer cuando los roles de género han estado tan cuestionados y estudiados. Nuestras preferencias sexuales y los roles de género se han vuelto un tema académico mientras deberían ser la cosa más natural del mundo y, quizá, no tendrían que venir acompañados de nombres y explicaciones científicas. Ser una mujer en el siglo XXI es que el rosado siga siendo tu color favorito, que aún llores con películas de Disney, que te sientas mal porque te digan señora mientras muchos hombres pasados de los 40 salen con chicas de 20 y son unos 'duros'. Pero, si fuera al revés, sería ridículo: la mujer no sería una dura por alzarse al joven sino una vieja puta. Madonna sabe de lo que hablo. Los hombres con arrugas y panza la siguen gozando, aunque no tengan pareja. Pero si una mujer no la tiene, está sola. Es que te respeten más cuando tienes pareja. Es sentirte agredida por los piropos que te lanzan en la calle, pero sentirte mal si no te lanzan ninguno, porque lamentablemente sigues buscando la aprobación de los otros, aunque digas que no. Es luchar contra los estereotipos pero seguir haciendo dieta. Es sentirte bien porque un hombre —cualquiera— te regrese a ver. Y luego sentirte mal por sentirte bien. Es que si en una reunión hay más hombres ellos hablen primero y, cuando tú intervengas, tiendan a callarte. Es escuchar a otras mujeres decir que las mujeres que tienen el “culo plano” no deben usar leggins ni ponerse short. Es ponerte una superminifalda y linda y decir que lo haces “para ti misma”, y no para el resto. Es escuchar que casi todas tus amigas han abortado, casi todas han sido agredidas por sus novios.  Es escucharte y saber que tú misma has sido agredida por alguno de ellos. Es ir a los museos y no ver nombres de mujeres. Es que un hombre viejo no tenga problema en encontrar pareja y una mujer sí. Es la dificultad para encontrar una buena pareja, porque la mayoría de hombres se aprovechan de su posición de poder y se dan el lujo de probar, de no comprometerse. Es soportar todo eso porque no quieres pasar 'sola'. Porque te han enseñado que si un hombre no tiene pareja está tranquilo, pero si tú no la tienes estás 'sola'. Sola. Es ver que un hombre que sufre por una mujer es respetable, tiene derecho a emborracharse porque el hada, la musa, la bruja o lo que sea (porque una mujer siempre es de otro mundo, nunca humana), lo ha desviado del camino. Y ahora sufre y está loco. Pobrecito. Pero si una mujer se desgarra de amor por un hombre es débil y patética. Es saber que gran parte del machismo se debe simplemente al miedo de los hombres al inmenso poder que hay en las mujeres. Por miedo agreden, por miedo usan su fuerza física que es la única que supera a la fuerza de las mujeres.  Saber que ese miedo ha sido creado por una sociedad enferma que también los ha reprimido. Que les ha enseñado a "ser fuertes". A no llorar. A "ser caballeros" para las damas. Y que eso ha estallado como una ola de presión.
En pleno siglo XXI seguimos siendo una minoría. El machismo es una enfermedad social que viene de siglos. Y si queremos cambiar se debería empezar por la publicidad, que es el nuevo Dios. La Ley de Comunicación debería quitar anuncios de productos de limpieza en los que solo aparecen mujeres. En las escuelas se debería enseñar que las mujeres pueden gustarse entre sí y los hombres también. A los niños deberían vestirlos de rosado y a las niñas de celeste, y de todos los otros colores también. Debería haber muñecos para niños que incluyan mujeres fuertes y no princesas delicadas. Eso, quizá, sería empezar a crear una verdadera inclusión. Una igualdad más realista.

(El Telégrafo)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Fábula de las dos líneas azules…




El baño de nuestra casa de Cuenca no mide más de dos metros. El Mario y yo entramos en él con las justas. Cerramos la puerta. Él me ve orinar sobre el pedacito de plástico que definirá nuestro futuro. Las otras veces, aunque estuviera segura de no querer un hijo, desde que iba a comprar la prueba, imaginaba la vida de mi posible vástago capítulo por capítulo, como si se tratara de una telenovela. Veía el restaurante en el que le daría la noticia a mi padre, lo que diría  mi madre, la cara que pondrían mis amigas y ex novios. Luego fantaseaba con el parto, y después con toda la vida del posible niño, por poco hasta que se graduara de la universidad. Orinaba en la prueba, no despegaba los ojos de la bandita, esperando- con cierto morbo- a que se formaran dos líneas. Pero eso nunca pasaba. El resultado siempre era una línea solitaria, que aunque era un alivio, de alguna manera  era aburrido. Tengo 30 años y en mi historial sexual, que es un poco menos de la mitad de mi edad, nunca se han pintado dos líneas en mi prueba de embarazo. Casi todas las mujeres que conozco han tenido por lo menos un aborto. Casi todas tienen hijos, hijos y abortos. Tener 30 y no tener ni lo uno ni lo otro, aunque debería haberme hecho sentir orgullosa, me hacía sentir extraña. 
Esta vez no esperamos el resultado viendo la prueba. Cerramos la cajita y ponemos un cronómetro. Estoy segura de que saldrá negativo. Nunca me ha pasado y esta vez no tiene por qué suceder. ¿Si sale positivo? Qué miedo ¿Si sale negativo? Qué aburrido. ¿Qué quería?. Pensaba que saldría negativo y sería decepcionante y por eso me mentía a mi misma o me intentaba convencer de que los hijos, como el trabajo, son para los que no tienen nada mejor que hacer. Las mujeres somos contradicción pura. Las embarazadas los son aún más, empezando porque están partidas en dos, tienen dos corazones adentro. Como dice Gabriela Wiener, “Las mujeres jugamos todo el tiempo con el gran poder que nos ha sido conferido: nos divierte la idea de reproducirnos. O de no hacerlo. O de llevar bajo un vestidito un vientre redondo que luego se convertirá en un bebé para abrazar y mimar. Cuando tienes quince la posibilidad es fascinante, te atrae como un pastel de chocolate. Cuando tienes treinta, la posibilidad te atrae como un abismo.” Siempre había creído que el hecho de que una vida se empiece a formar en tus entrañas, así como así, era un milagro, algo imposible. Siempre me ha resultado difícil creer en los procesos del cuerpo. El cuerpo humano es tan mágico que me resulta inverosímil la perfección de su funcionamiento. O bueno, con las justas podía creer que esas cosas pasaran en el cuerpo de las otras, pero jamás en el mío. Cuando nació el Bruno, el hijo de mi prima Sara, lloré inexplicablemente al verlo a través de un vidrio en su primer día de vida. No sé por qué lloré. Supongo que por ver el milagro, por sentir que ella y yo ya nunca seríamos las mismas, porque empezaba otra vida, por el tiempo, por las ganas de tener un hijo y las ganas de no tenerlo, ese sentimiento doble y ambiguo que nunca se definirá. Pienso en mi infancia, ¿Qué habrá sentido mi madre cuando supo que yo venía?. Pienso en la libertad… ¿Quién sufre menos, una madre o una no-madre?. Si alguna vez tengo hijos quiero que tú seas el padre, le digo al Mario en un ataque de inexplicable cursilería. El cronómetro sigue corriendo. ¿Qué haré con un niño si a mi nunca me han gustado los niños?, ¿Y la tesis?, ¿Y la plata?... No, seguro no sucederá, yo estoy destinada a ser la tía, seguro en unos días se irán con mi sangre las posibilidades de esas vidas que tanto he imaginado….  El cornómetro se detiene. Nos miramos a los ojos. Él tiene miedo, yo finjo tenerlo (no lo tengo porque en el fondo estoy segura del resultado). Él abre la cajita… y zaz, dos líneas descaradas se ríen de mi. No hay gravedad. Pisé mal y ahora caigo. Me veo palidecer en el espejo. No jodas, hijueputa, alcanzo a decir en un hilo de voz. El vacío. Solo atino a llorar. Pero no precisamente de emoción, lo que siento es TERROR. TE-RROR. Quisiera huir, pero no se puede huir de una misma. ¿Cómo se huye de lo que te habita?. Bueno, hay maneras, sí. Pero no quiero hacerlo. Me gusta este vértigo. Lo he venido deseando y ahora ha sucedido. Ese milagro que creía imposible ha ocurrido, y ha ocurrido en mi cuerpo. El Mario me dice que ya no podemos tener miedo, o bueno, que tenemos que tener cada vez menos miedo. Yo pienso en mis sueños, dicen que cuando tienes hijos debes renunciar a tus sueños… pero, esperen un momento, este era mi sueño.

(Mundo Diners) 

miércoles, 1 de marzo de 2017

El discreto encanto de no hacer nada.



La acción, la famosa acción que existe desde Aristóteles hasta Robert Mckee, desde Platón hasta Woody Allen, en el género cinematográfico recientemente denominado Slacker no existe. O existe de una forma sutil, imperceptible. Si en los 60s, 70s y 80s hubo héroes, los jóvenes creyeron en algo, pertenecieron a algo, (partidos políticos, cineclubs, sindicatos, etc) salieron a la calle con pancartas, se desnudaron como forma de protesta, los jóvenes nacidos a partir de los 80s (que incluye varias generaciones, entre ellas la mía) nacieron en una especie de basurero posmoderno donde todo ya había sido creado y destruido. Luchar- esa palabra tan vinculada al conflicto, palabra, a su vez vinculada a la construcción del guión clásico- no tenía sentido para los jóvenes de mi generación. Si la moda vinculada a la ideología antes tenía que ver con llamar la atención (hippies en los 60s y 70, onda vaselina en los 80 y punks en los 70s y 80) la de los 90 y 2000 tiene que ver con lo contrario: pasar desapercibido. No poner énfasis en la apariencia. Vestir con lo primero que se encuentre: ropa heredada de los primos, sacos del abuelo, camisetas del uniforme del colegio. Dentro de este contexto nace el grunge en la música con bandas como Nirvana y Alice in Chains a la cabeza. Y en cuánto al cine, nace un género – o más bien sub-género, pues no es muy conocido – denominado slacker . Aunque no hay reglas, se podría decir que hay ciertas constantes por las que se caracteriza: el blanco y negro, los encuadres fijos, los planos abiertos; sus personajes suelen ser jóvenes de clase media sin mayores aspiraciones en la vida y con trabajos raros (vendedores en tiendas de videos, cyber café, etc) su diálogo se caracteriza por un cierto encanto en la trivialidad. En inglés, slacker quiere decir: “persona que evade sus impuestos y responsabilidades”. La película independiente norteamericana Slacker (1991) podría considerarse la precursora ya que es la que da el nombre a esta tendencia. En esta película una cámara transita durante un día por la ciudad de Austin- Texas, y muestra a varios personajes que aparentemente no tienen relación entre sí: pordioseros, músicos, intelectuales, anarquistas, delincuentes, etc . Otro ejemplo es la opera prima del americano Kevin Smith, Clerks (1994). Este film independiente muestra un día cualquiera de un empleado de una tienda de autoservicio. Todo sucede en una hora y media y en un solo escenario: el supermercado. Se podría mencionar también algunas de las películas de Jim Jarmush, como Down by law (1986), Coffee and cigarrettes (2003), entre otras .
En América Latina, si bien no se habla de slacker, existen varias películas que cumplen con los requisitos de este sub-género. Según los colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo, a finales de los 70s el realismo social, que había sido una poderosa herramienta de denuncia, se convierte en lo que ellos denominan “porno-miseria” debido a su tendencia a retratar la pobreza del tercer mundo para vendérsela a los países desarrollados, sobre todo europeos. Esto no sólo pasa en Colombia sino a nivel de Latinoamérica. Como antítesis al realismo social surge una nueva tendencia cuya mirada ya no está dirigida hacia las grandes temáticas sociales sino hacia las historias mínimas. Así, tienen lugar una serie de películas que podrían denominarse como slacker latinoamerícanos, si se los quiere nombrar de alguna manera, pues mantienen varias constantes: sus protagonistas son jóvenes que divagan por las calles, están filmadas en blanco y negro, tienen una estética minimal, suelen destacar por sus bandas sonoras (en su mayoría vinculadas al rock) o en su defecto, sus guiños al rock y a la música independiente. La mexicana Temporada de Patos (2004), la mexicana Güeros (2014), la uruguaya 25 watts (2001) y la argentina 76 89 03 (2000) son algunos ejemplos.
Este mes Ochoymedio hace un homenaje a este tipo de cine. Más allá de los géneros o las etiquetas con las que se lo pueda catalogar, la muestra se caracteriza por presentar un cine de jóvenes. Las películas que se han seleccionado van desde la clásica Rebelde sin causa (1955) pasando por The Dreamers (2003), Kids (1995) hasta las latinoamericanas ya citadas Temporada de Patos, 25 watts y Güeros, entre otras.
La relación de estas películas y la música es muy estrecha. En muchas de ellas los personajes tienen una banda, o llevan camisetas de bandas de punk, o, en el caso de Guëros, los personajes van en busca del ficticio Epigmenio Cruz, de quien se dice que era el último rockero mexicano, su música era tan buena que una vez hizo llorar a Bob Dylan. Como la música independiente, estás películas proponen un espacio de libertad que encuentra su rebeldía no en la acción sino en la apatía. Es por esto que se han escogido una serie de bandas ecuatorianas que formarán parte de la misma muestra.
No hay que olvidar que slacker quiere decir vago, alguien que se dedica a vagar, deambular, ir de un lado a otro y no llegar a ninguna parte. El hecho de no llegar a ningún lado podría leerse como una especie de respuesta posmoderna al concepto de Historia trascendental en el que siempre se necesita un héroe. Los protagonistas de estas películas son unos bellos anti-héroes que no avanzan sino que deambulan, que no quieren ser “alguien en la vida” sino que ocupan su tiempo en resolver dilemas existenciales en los que se preguntan por qué el desayuno continental se llama continental o si pisar caca es mala o buena suerte; prefieren re-descubrir la ciudad desde sus autos viejos, fumando marihuana, llegando a ninguna parte. En este sentido este sub-género, dentro de su pasividad, es una contestación subversiva- y en cierta medida muy sutil, muy poética- a la sociedad.

(Publicado originalmente para Ochoymedio)

lunes, 27 de febrero de 2017

Vuelta al mundo sin salir de la cocina.



Escribo en una cocina, cocino en una cocina, lavo los platos en una cocina, me alimento en una cocina. Casi podría decir que vivo en una cocina. Combino tareas domésticas con otras intelectuales. Aunque sí tengo un estudio, cada vez que entro en él me da frío y siempre regreso a este lugar en el que puedo calentar interminables tazas de té que me acompañan en mi trabajo. Nada mejor que escribir y cocinar, que leer y comer. Aquí, en esta cocina, he editado los textos del periódico, he escrito otros, me he reunido por skype para los asuntos del festival, he visto varias de las películas de la programación.  Mi cocina me hace pensar en Jeanne Dielman. Y claro, por un momento imagino que mi cocina es la de Jeanne Dielman. Y fantaseo con ser ella. Después de verla lavar los platos, comer y pelar papas en una cocina a través de la pantalla de Youtube de mi computadora ubicada, por supuesto en la cocina, pienso en cómo la cocina – ese espacio considerado femenino, asociado para bien o para mal a la mujer – se convierte en un espacio de libertad intelectual. O de viaje intelectual. Imposible no pensar en eso después de ver películas de Chantal Akerman. Cocina. Chantal Akerman. Mujeres. Tal vez parezcan ideas sueltas, pero hablo de ello porque coincide que este Eurocine ha habido una línea editorial que se ha forjado de manera casi azarosa, casi invisible: la mujer, las mujeres, la feminidad. A excepción de Joseph Morder y Juan Romero Vinueza (con sus aportes excelentes) las colaboradoras del periódico de este año conforman un repertorio femenino. Pero más allá de los nombres, del sexo, del rol, es el concepto, la mirada, la que es femenina.  Están las películas de Chantal Akerman que vuelven sagradas a las escenas cotidianas, que enrarecen la realidad hasta el punto de embellecerla, de volverla única. Por otro lado,  La Academia de las musas, película del cineasta español José Luis Guerín (invitado de este año al festival Eurocine)  que también muestra un universo femenino. Una especie de Banquete de Platón moderno, pero no con mancebos sino con “musas-activas” (¿será posible?) que a veces son seductoras afroditas y otras artemisas intelectuales. En esta película  también se habla de la música que producen los planetas al caminar por su órbita, los cantos de las esferas. Esto me lleva a pensar en la música. Y en el silencio. Justamente el concepto de programación que diseñó la Ari para la sección “Memorias”. ¿No es hermoso hablar del cine clásico a través de la música y del silencio? Pienso en la Tristana a la que describe Sandra Araya, una Catherine Deneuve entre la crueldad y la inocencia… y el silencio. Y como contraparte a ese silencio, la música, las banda sonoras de Ennio Morricone que hicieron memorables a las películas de Sergio Leone, esas de las que habla Marcela Ribadeneira en su texto.
“Desiderare” es una palabra que dice una de las musas de Guerín. Desiderare es una mezcla entre deseo y estrellas, significa desear bajo las estrellas. Vincula al deseo con el cosmos. Esto me hace pensar en el azar. En el destino. En el azar que hizo posible, por ejemplo, que Joseph Morder, el cineasta francés que fue nuestro invitado del año pasado, escriba este año un texto sobre Chantal Akerman. Pues fue el azar también el que hizo que él se enterara del suicidio de la cineasta a la que consideraba su “gemela de cine” justo el día de su cumpleaños, mientras estaba en Ecuador, país de su infancia.
Una sección de la programación de este año se llama “Mapas” y muestra películas sobre la Europa de los desplazamientos, un continente que empieza a convertirse en tierra de extranjeros. El mundo siempre ha sufrido por los límites ¿Por qué no empezar a cambiar a través de la imaginación? Por ejemplo, pensar en estas palabras: mapas, territorios, viajes. Viajar es perder países, decía Pessoa. Y eso me hace imaginar al festival como una invitación a un viaje. Un viaje, por supuesto imaginario, a un lugar sin países, sin límites. El territorio es –casi siempre– masculino. Marcar territorio, trazar límites, dividir. Desde una concepción freudiana la cultura falo centrista implica una sociedad territorial. El ansia de conquista de la tierra (y por qué no del cuerpo) es algo que se ve en la literatura de  Joseph Conrad o en el cine de Werner Herzog. Una necesidad también estética – sobre todo masculina. Pero en la mentalidad femenina el territorio funciona de manera distinta. “El territorio es siempre fantasma” dijo Raúl Ruiz. La concepción del territorio femenino se parece más a Pangea, a la primera tierra sin continentes, sin países ni ciudades. Esa tierra que existió antes de que los continentes floten en el mar como un rompecabezas. Algunos geólogos dicen que alguna vez las piezas se volverán a unir y la tierra será otra vez una. Más allá del sueño utópico y casi cursi de “una sola tierra”; más allá de una mala interpretación feminista, la línea editorial que atraviesa este periódico no busca asociaciones literales sino imaginarias, crear hilos invisibles, poéticos, que conciban al festival  y a la lectura de este periódico como un viaje imaginario, y por qué no, femenino. Que propongan una mirada femenina sobre el cine y sobre la territorialidad. Un recorrido que no delimita ni conquista sino que recorre, habita, deambula.

(TEXTO DE LA EDITORA PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EUROCINE 2016. VER PERIÓDICO COMPLETO AQUÍ: http://eurocineecuador.com/2016/09/17/filosofia-en-la-cocina/)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Helado de piña y Bob Dylan




Entonces se me ocurre una idea: salir a comprar un helado de piña y hierbabuena en la Remigio, una de las avenidas clave de Cuenca. La tarde está soleada y una pequeña fuerza que lucha contra Tánatos me dice al oído que me levante, que me lave la cara, que venza la gravedad, que le ponga los cuernos a mi cama destendida y a mi laptop abierta con miles de ventanas, con miles de asuntos pendientes, a los libros empezados y nunca acabados, a las infinitas tazas de té, a los platos sucios, al interminable, amarillo, laberíntico y eterno mundo de los sueños, y salga —aunque sea un rato— a la calle.

Camino. Caminar es pensar. Caminar es libertad. Caminar es existir. Escucho Like a Rolling Stone, de Dylan, una de muchas canciones para flotar sobre mis pasos. “Once upon a time you dressed so fine, threw the bums a dime in your prime, didn’t you…?” Camino por la calle Loja, el aire me pega en la cara recordándome que hay un mundo que existe más allá de mi cama.

—¿Qué es la libertad? —le pregunto a un amigo por chat.
—Es un invento del capitalismo —escribe.
—¿Crees que es más libre alguien que no ama?
—No.

Llego a la Remigio. Las nubes se disuelven en el cielo, los rayos de sol graban historias que ya nunca volverán. Entonces viene, de sopetón, esa idea, esa idea que siempre trae un ángel oscuro, un ángel viajero, un ángel malcriado y despeinado que ama el abismo, que ama caer. Un ángel vagabundo que se posa en mi hombro y me dice que no vuelva, que lo siga, que la carretera es infinita. “Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder/ Ahora eres invisible, no tienes secretos que guardar”, dice Dylan. Dejar la casa, dejar la computadora, dejar el nombre. Caminar, estar siempre en movimiento, como un perro lanudo y romántico. ¿No era ese el sentido de la vida?

Mi helado es verde y  de cuadraditos. Disfruto cada bocado, acompañada de Dylan, el ángel y el sol. Así estamos perfecto. Queremos seguir caminando o tal vez queremos no volver... que no es lo mismo. Queremos unirnos a los vagabundos, perder el miedo, perder el nombre. No es que todo esté mal, todo lo contrario, pero alguien dijo que cuando los sueños se cumplen dan ganas de salir corriendo, pero eso sería huir. Y la profesora dijo que eso no era la libertad.

—Cuando el Rey León huye y su única moral es Hakuna Matata no es libre, solo está huyendo —le digo a un amigo mientras tomamos un café.
—Huir es legítimo —me responde.

¿Puede una ser Diógenes de la noche a la mañana? ¿No llevaría consigo un millón de fantasmas?, o tal vez la libertad no sea caminar eternamente por las calles sino pensar en hacerlo, es decir, no un logro eterno sino un estado mental de uno o quince minutos, de lo que dura un viaje a comprar un helado de piña.

—¿Eres más libre con hijos o sin hijos? —le pregunto a mi mamá.
Ella entrecierra los ojos y viaja a su interior, al país que solo ella conoce. Cuando sale parece haber pescado una única respuesta posible. Toma aire y dice:
—Nunca eres libre.

El helado ha terminado. Hace frío. Pienso en preparar una sopa y un calor recorre mi cuerpo, pero va hiriendo un poco al ángel.
Los rayos de sol se ocultan bajo las nubes, el viento sopla en silencio, la tarde cae tan despacio como solo puede caer en Cuenca. Regreso, regreso a casa.

(Mundo Diners)

viernes, 5 de agosto de 2016

Bienvenidos al desierto de lo real.

Dibujo inspirado en The Matrix. Lo hice por ahí en el 2008, con plumilla y tinta china.




¿Las estrellas cuelgan del cielo con hilos?, ¿Alguien sostiene al sol con sus manos y lo hace salir cada mañana?, ¿Cuáles son los dedos invisibles que juegan con la luna? sí, la pregunta es, ¿Dónde están los tramoyistas de esta farsa que se llama vida? Y más que eso, ¿Quiénes son? . En algún lugar del inconsciente colectivo está la idea de que el cielo es una bóveda sólida que se podría romper si se la toca con los dedos, es decir, la idea de que el Universo tiene un principio y un fin,  y por ende, una puerta hacia otro mundo en el que están los que mueven los hilos de este; otro mundo que es el “auténtico”, el “puro”, el “verdadero”.  Esta es una de las ideas que surgen con la película The Matrix (1999) creada por las hermanas Lana y Lilly Wachowski[1]  ¿quios. Es la aceptacan Otro somos nosotros. o varios (los clones no son uno, son varios). Esmos todos. Es la aceptacy protagonizada  por Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss y Hugo Weaving. The Matrix  se estrenó en los Estados Unidos el 31 de marzo de 1999 siendo el primer filme de una trilogía (The Matrix Reloaded (2003) y The Matrix Revolutions (2003). The Matrix  es considerada una película de culto debido a sus conceptos filosóficos posmodernos, basada en la primera película se han hecho varios cortos de animación, juegos de video, novelas ilustradas.

En el futuro la humanidad ha perdido la guerra contra las máquinas y sólo quedan escombros. El mundo es un paisaje post-apocalíptico. En Zion- la última ciudad humana que sobrevive- las pocas personas que han resistido están conectadas a máquinas, las cuales se alimentan de ellas. Mientras los cuerpos desnudos son atravesados por tubos que recuerdan a la obra plástica de H. R. Giger, las mentes viven una falsa realidad virtual creada por programas de computadora que genera la mátrix. Una realidad virtual más soportable: es 1999, la guerra aún no tiene lugar, la civilización occidental todavía existe. En esa realidad, Thomas Anderson, un hacker que vive en Chicago, recibe un llamado. Deberá elegir entre la píldora azul (no despertar, fingir que no ha pasado nada y seguir siendo T. Anderson) y la píldora roja (la verdad, por más difícil que esta pueda ser). 

La película hace varios guiños a los clásicos de ciencia ficción y a la filosofía posmoderna. Thomas Anderson despierta en su habitación y recibe un mensaje en el ordenador: “Despierta. La matrix te tiene. Sigue al conejo blanco”, dicen las letras verdes en su pantalla. Acto seguido, golpean la puerta. Son clientes de Anderson que quieren mercancía. Anderson saca el software pirata que les entregará, de un libro: Simulacro y simulación de Jean Baudrillard. Los que han leído este libro saben que  The Matrix está basada en su filosofía, la cual plantea que la representación ya no es menos fuerte que el “original”. Vivimos un simulacro de realidad. En la película, irónicamente el libro ha sido vaciado y solo funge de caja, solo conserva la forma de libro, es decir, es la simulación de un libro. Seguido a esto, Anderson encuentra al conejo blanco (guiño al clásico “Alicia en el país de las maravillas”) tatuado en el brazo de una de las chicas que está en el umbral de su puerta y a la que él obviamente sigue. Y empieza el viaje en el que dejará de ser un hacker llamado Thomas Anderson y se convertirá en Neo, el héroe que liberará a la humanidad de la Mátrix. 

 El viaje de Neo, al igual que el de Alicia, es un viaje metafísico, el viaje de alguien al que la realidad le parece insuficiente porque presiente que atrás de todo hay algo más. Tal vez por eso, cuando Neo está a punto de emprenderlo, uno de los personajes le dice: “Abróchate el cinturón, Dorothy. Kansas está a punto de desaparecer.”, haciendo otro guiño a la fantasía, esta vez a El Mago de Oz. 

Allá, al otro lado, el guía de Neo es Morpheo. Es oportuno señalar que Morpheo era un dios de la mitología griega, hijo de Hipnos (sueño) y de Nicte(noche); uno de sus hermanos era Tánatos (muerte).  Morpheo también quiere decir guardián de los sueños. En la película Morpheo guía el viaje físico y espiritual de Neo. Es él quien le hace un recorrido por La Mátrix. Al contrario de Alicia en el país de las maravillas, la otra realidad que se plantea en The Matrix no es ilusoria ni bella, es real y oscura. Como en el cuento La Noche boca arriba de Julio Cortázar, en The Matrix aquello que es “real” es lo que aparentaba ser ilusorio, y la realidad que se creía original, es la “falsa” (aunque después el discurso se complejice al plantear ninguna realidad como original ni falsa, sino todas las instancias como parte de una serie infinita de variaciones). Si el mundo de oficinas, café instantáneo, cabinas telefónicas y discotecas no es más que una farsa, ¿cuál es la realidad?. Morpheo se la enseña a Neo: el cielo truena. Chicago (y el mundo entero) es un botadero árido en el que las máquinas se alimentan de seres humanos. “Bienvenido al desierto de lo real”, dice Morpheo, citando otra vez a Baudrillard. El desierto de lo real no es un paraíso. Lo que hay más allá de la Tierra no es el Cielo ni algo sublime. No es La Verdad a color como en el caso del mito de la caverna de Platón. Tampoco es el infierno (“Que Dios exista aunque mi lugar sea el infierno”, dijo Jorge Luis Borges) sino el vacío. La nada. Los escombros. Desierto.

Poner en tela de duda a la realidad no es una idea nueva. La literatura de  Phillip K. Dick, la filosofía de Jean Baudrillard, el mito de la caverna de Platón, la película Ghost in the Shell son algunas de las obras que anteceden y sirven como inspiración a The Matrix. En 1977 Dick ya dijo algo que sería una idea central en la película de las hermanas Wachowski : "Vivimos en una realidad programada computacionalmente y la única pista que tenemos es cuando una variable es cambiada y una alteración en nuestra realidad ocurre". En el libro Time Out of Joint (1959) del mismo Phillip K. Dick, el personaje principal, que vive en una ciudad de California a finales de los años 50, poco a poco descubre que dicha ciudad es sólo un montaje preparado. Otro ejemplo parecido es El show de Truman (1998), de Peter Weir. En esta película el personaje principal es presa de una farsa en la que su propia vida es un programa de televisión. Estos ejemplos son versiones de una misma tesis: el universo podría tener un límite, y ese límite quizá podría ser la puerta a otro comienzo. Palpar el fin del Universo con las manos (escena que se muestra gráficamente como una metáfora ilustrada en Truman Show), ese hecho que imaginaban ciertas miologías en las que se pensaba que después del mar había un vacío o que al mundo lo sostenían dos tortugas, implica pensar en un límite físico. Pensar en el cielo como una bóveda sólida y no como una nada infinita no es una idea tan descabellada. De hecho, Albert Einstein concibe al Tiempo no como algo estático sino relativo, y al Espacio no como una nada sino más bien como un tejido hecho de materia que se puede curvar, transformar.  Esta concepción del Universo es más bien femenina, pues no concibe al Tiempo de forma lineal, tampoco supone opuestos binarios tipo realidad-mentira, cielo-infierno, sino una serie de realidades que se superponen, ad infinitum. No está de más pensar que en The Matrix el propio «desierto de lo real» está generado por otra Matrix. Así, la realidad sería una infinitud de Matrix o más bien de Matrioshkas que habitan no un solo Universo masculino sino una infinidad de universos, por qué no, femeninos.

Esta idea de varias copias o versiones de la realidad contradice la de la sacralidad del original, del “aura” que hablaba Walter Benjamin. Sin un original no hay un Dios. No se habla de uno, sino de varios. "Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”, dijo Jorge Luis Borges. En The Matrix, la fuerza antagónica no está representada en un solo individuo: los agentes Smith, los clones, no son más que la representación del miedo a la copia así como la materialización del fenómeno de deshumanización. El enemigo no tiene alma, es varios cuerpos que no son ninguno. Esto se debe a que la matrix no es algo que tenga dueño, ni forma, ni que sea comandada por un individuo. ¿Qué es la matrix?, ¿Quién es la matrix? ¿Quién mueve los hilos? .No lo hace un solo individuo, sino un coro. La matrix es la representación física (el gran ordenador) del sistema. Además de ser una metáfora de nuestra condición metafísica en el universo, la matrix es una metáfora de nuestra condición social en este mundo, una metáfora del capitalismo. En palabras del filósofo esloveno Slavoj Zizek: “La matrix es simplemente el «gran otro» lacaniano, el orden simbólico virtual, la red que estructura nuestra realidad.” Es El Gran Otro el que mueve los hilos. Y el Gran Otro no existe. El Gran Otro somos nosotros.  

(Publicado originalmente en la revista Baibeca) 


[1] Larry Wachowski nació en Chicago en 1965. En una conferencia de prensa otorgada en el mes de septiembre de 2012, en el Festival de Cine Internacional de Toronto, dio a conocer públicamente su cambio de sexo y su nuevo nombre: Lana Wachowski. Andrew Paul "Andy" Wachowski, nació en Chicago en1967. El 8 de marzo de 2016, Andy reveló durante una entrevista al periódico LGBT de Chicago Windy City Times, que igualmente se declaraba una mujer transgénero llamada Lili Wachowski .

jueves, 21 de julio de 2016

Densudarse con la ropa puesta.



1. Llorar y desnudarse


Siempre que digo que soy tímida, porque lo soy de manera casi patológica, aparece alguien que se opone. “Ya dice, tímida y sale llucha”. A la gente le parece improbable que haya podido desnudarme en cámara, pero que sea incapaz de mirar a los ojos a un chico que me gusta o de preguntarle la hora a un desconocido, porque sería incapaz de tal cosa.
Nunca quise actuar. La escuela de cine en la que estudié, sin embargo, exigía aprobar materias de actuación que eran como las matemáticas en el colegio: una pesadilla. Y en el último año actué en una de mis pesadillas. La razón era muy simple: quería vivir el guion que había escrito. Era una forma mágica de encarnar la ficción, de conocer el mundo que estaba en el papel, una experiencia casi mística. Además, al actuar en mi propio cortometraje, tenía derecho a equivocarme. No fue difícil. Desnudarse no es difícil. Al menos para mí no lo fue. La primera vez que lo hice no me sentí vulnerable sino todo lo contrario: poderosa. Cuando una está desnuda y los demás están vestidos, son ellos, los vestidos, los que pasan a un grupo social inferior y se convierten en los sirvientes de los desnudos.
Llorar tampoco es difícil. La gente piensa que un actor que puede llorar es mejor que uno que no puede, pero la gente se equivoca. Basta con manipular un poco los recuerdos, usar la “memoria emotiva” o la masturbación sentimental, llámenlo como quieran, y las lágrimas brotan de los ojos como pequeños trofeos. La gente te respeta muchísimo cuando estás desnuda y llorando al mismo tiempo. Te aplauden de pie. Nadie valora escenas cotidianas como cruzar la calle o saludar con el guardia, secuencias que por lo menos a mí me resultan dificilísimas. Nadie te respeta ni te aplaude por levantar una taza de café o mirar por la ventana. Se piensa que esas cosas son “naturales”, “cotidianas”, fáciles de interpretar. Pero en el mundo de la actuación levantar una taza puede volverse la tarea más delicada, rara y hermosa que haya habido jamás. Por eso vale la pena actuar. Por eso.



2. Hombres desnudos

La falta de desnudos masculinos es digna de análisis. Los hombres esconden su cuerpo tanto en el cine como en la vida. En las películas vemos mujeres desnudas, senos, culos a contraluz que son tratados como obras de arte. No vemos cuerpos masculinos desnudos y cuando los vemos el órgano viril está reprimido. Dicen que lo consideran demasiado “grotesco” como para exponerlo. ¿Será? Creo que se trata de una máscara. El concepto de lo grotesco nos lo ha impuesto la cultura. La desnudez femenina siempre ha estado dividida en dos: la mujer que muestra públicamente su cuerpo, la “obscena”, la “exhibicionista”, la “ofrecida”, y la que vende su imagen al público masculino, la “artista”, la “reina de belleza”, “la “modelo”. Esto no pasa con la desnudez de los hombres. El cuerpo masculino no se exhibe, alguien dirá que para protegernos de lo “grotesco”, lo que también es terrible, la desnudez no puede ser grotesca, pero yo creo que lo que quieren es “proteger” al cuerpo masculino que dentro de la cultura sigue siendo secretamente sagrado, intocable.
En pleno siglo XXI la vergüenza sigue ligada al cuerpo desnudo cuando debería ocurrir lo contrario. Y no se trata de normalizar la desnudez sino de respetarla. Desnudarse, sacándose o no la ropa, es siempre un acto íntimo y de confianza. Esto no tiene nada que ver con la moral, tiene que ver con la magia, pues todos los cuerpos son sagrados.

(Mundo Diners)