El microbio
Dentro de la piel hay un microbio asesino. Te devora de a
poco, te come los tejidos, las vísceras, el alma. Tal vez ese microbio sea el alma. Se mueve en silencio
contaminando la sangre y hace que sientas un calor en la garganta, una sed
absurda que te impulsa a devorar manzanas.
Es el ocaso de Memphis: ovejas muertas, focos quemados,
teléfonos sonando.
Y alguien me dice que en días como hoy los hongos crecen... y
no nos damos cuenta.
Las manzanas
Las manzanas son rojas y brillan como estrellas, pero una
vez que las pruebas, sientes náusea. Desde que vivo en un paréntesis no hago
más que morder manzanas. Sé que algún día esto acabará, pero hasta que eso
suceda, clavo los dientes en pieles rojas para después vomitar como una
bulímica histérica. Estas frutas no dan nada: sólo un hambre incontrolable que hace que nos comamos unos a otros, como vampiros, porque una vez mordido, la sed empieza y ese es tu fin. La ansiedad te
cegará, te hará incluso, matar….
Entonces devoras manzanas como si quisieras arrancarte la piel. Cada vez que muerdes una, algo se muere dentro de ti, cada vez que muerdes una,
sangras. Pero no puedes parar. Cada bocado te hace añicos por dentro. Y aunque sólo
se come manzanas en Memphis, cuando abres los ojos, la herida es real.
La sed infintita
Después de la piel hay más piel, después de la superficie,
más superficie, Después de la puerta otra puerta. Los que hemos injuriado a Diógenes no podemos
ir más allá: un pájaro siempre estará devorándonos el hígado. Así transcurren
los días en el vacío de Marilyn: tomando pastillas para desear más pastillas. Mientras afuera hay incendios en la ciudad de ácaros a los que no
les queda más que follar, follar mientras afuera se acaba el mundo. Follar para
no morir o follar hasta morir. Follar
para olvidar, para evadir impuestos, para matar el sueño, para provocar sueño.
Para evadir el dolor: dolor de muela, de barriga, de espalda, de pecho, de
cabeza. Follar hasta dejar de ser uno mismo.
Aquí el tiempo es líquido y si se quiere romper la pared, necesitas ingerir algo. Entonces vuelves a
comer manzanas. Lo haces para matar el
microbio que está adentro. Aunque no sabe bien, muerdes. Y la piel de la
manzana es tu propia piel. Nunca es
suficiente. Quieres rasgar la piel hasta encontrar al microbio. Aunque para eso
tengas que lastirmarla. Te abres los tejidos buscando el alma, buscando algo,
buscando la última sensación. Parece que estás cerca, a un paso. Y rasgas más.
Hieres más. Y cuando estás casi desecha te das cuenta que no hay nada, sólo piel. Piel y sangre...