Fuimos peces y después fuimos dinosaurios. Fuimos monos, hombres, Planetas. Sangre, sexo, cielo. Libros que no leímo...

viernes, 1 de febrero de 2019

La escritura mágica de Haruki Murakami



 

 
Humean montañas de basura a ambos lados de la carretera. Seres andrajosos suben y bajan por ellas. Un adolescente, recostado sobre una pila de cartones y trapos, lee.
Ha encontrado un libro y lo lee con dificultad, pero hechizado.
Para él ha desaparecido el basural, sus manos heladas y sucias pasan las hojas del libro.
El adolescente ha terminado de leer su libro. Se encienden estrellas sobre la basura. Es la primera vez que lee un libro desde el comienzo hasta el final. Es la primera vez que descubre que alguien que no lo conoce y a quien nunca vio, sabe exactamente lo que le pasa y lo que piensa. Aprieta el libro. Llora. O casi. Acaba de comprender que no está solo en el universo. 
-José Sbarra

Por allá por el 2012 fui presa de una “fiebre Murakami”. Después de leer Kafka en la orilla (2002) me obsesioné con el alucinante universo de este escritor japonés que unos aman tanto como otros odian. Quizá lo odian por la misma razón por la que yo no podía dejar de leerlo, porque es adictivo, porque vende. Y un escritor que vende no es digno de ganarse un Nobel, claro. No lo sé. Tampoco me importa. Lo que importa es que en ese tiempo devoraba sus libros, uno tras otro, y recuerdo haber pensado que si tuviera la oportunidad de tomar un café con un escritor, sería con él. No porque fuera mi favorito, sino porque pienso que más que un escritor, él es una especie de detective metafísico (tal vez uno de los personajes de sus propios libros) que sabe algo.

Lo que parecería imposible, sucederá: Haruki Murakami viene a Quito este noviembre.  De todas formas, no podré entrevistarlo ni nada parecido. Seré una espectadora más en el mar de gente que lo verá en el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura, este 8 de noviembre.  Pero por otro lado, las preguntas que le haría  tal vez no serían nada que él pueda contestar. O quizá sí. Si es que, como lo creo, Murakami no es humano, sino su doble siniestro. 

Leer Murakami se parece a comer un Sniker, mientras afuera llueven pájaros. Leer Murakami también es como tomar una copa de vino escuchando Miles Davis, sin saber que desde la ventana trasera, alguien te observa. Parecería que a medida que se avanza en la lectura, el alma se escapa a otra parte… Su literatura produce un placer pop, y a la vez, algo profundamente místico; los personajes que escuchan Radiohead y toman Coca-cola, interactúan con espectros, crisálidas en el aire, little people, viven en grandes ciudades en las que además de metro y enormes avenidas, existen pozos que conducen a otras dimensiones con dos lunas en el cielo. Aunque sea inevitable dividir estos aspectos en dos categorías que a nuestros ojos occidentales son opuestos: pop/misticismo, gringo/japonés (no es coincidencial que Murakami se haya iniciado en la literatura escribiendo en una lengua que no era la materna, el inglés, para después auto-traducirse al japonés, y que estas dos lenguas/culturas se entremezclen todo el tiempo en sus relatos), hay que decir que en el universo murakamiano los fantasmas no se encuentran necesariamente en casas abandonadas o en épocas pasadas, sino aquí y ahora, en apartamentos ordinarios, es decir que conviven con personajes completamente contemporáneos. Algunos dirán que esto se debe a su condición de japonés occidentalizado, cosa que  por un lado es cierto. Pero hay que considerar que en el actual Japón todavía existen rituales mágicos, y la espiritualidad sigue viva. Eso que occidente vemos como un tema dual en oriente está inevitablemente entreverado.

En  la literatura de Haruki Murakami los personajes principales están (casi) siempre narrados en primera persona y son masculinos. Quizá esto tenga algo de autobiográfico. Se podría decir este personaje misántropo, torpe social, introvertido, atraviesa casi todos sus relatos: Watanabe en Tokio Blues, Tengo en 1Q84 , Torou Okada en La Crónica del pájaro que da cuerda al mundo,  por citar unos ejemplos. El personaje murakamiano masculino es una suerte de héroe contemporáneo, algo melancólico pero más bien prosaico, que suele relacionarse con dos tipos de mujeres: las primeras son terrenales, divertidas, habladoras y ocurridas, se podría decir que son más reales (Midori, Sakura, May Kasahara, etc ) y las segundas están siempre vinculadas a situaciones escabrosas relacionadas con la muerte (Señora Saeki, Creta Kanoo, Naoko, Shiro,etc). El sucidio de Naoko en Tokio Blues, la desaparición de Kumiko en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o la violación de Shiro en Los años de perigrinación del chico sin color. Hay que aclarar que estas mujeres están lejos de esa trillada idealización de los personajes femeninos que suele haber, muchas veces de maneras muy sutiles, a lo largo de la historia de la literatura. No se trata de musas . Los personajes femeninos de Murakami representan aquello que atraviesa inevitablemente a la feminidad: Eros y Thánatos. El personaje masculino se sabe inferior ante una naturaleza femenina misteriosa y desbordante, una marea que no puede controlar, que le supera, quizá la inmanencia. La femenidad resulta espeluznante porque refleja a la naturaleza humana, y, por ende, nos hace conscientes de la propia mortalidad.

Es, tal vez, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, donde esta metáfora no puede ser más clara. Tras la desaparición de su esposa, Torou Okada encuentra un pozo que se convierte en el único lugar en el que se siente cómodo. Tras varias visitas, Okada es absorbido por este túnel viscoso, quizá una vagina, pero una vagina que deja de ser sinónimo de fecundidad y se convierte en un lugar peligroso, una cavidad desconocida con recovecos inhóspitos que le conducen a otra dimensión (quizá una matriz)  donde todo es posible.  Esta matriz ya no es un nido cálido con el que suele asociarse al útero, sino más bien un pantano escabroso: el subconsciente o el Hades. Un espacio en el que el miedo y el deseo están tan entreverados que podrían definirse en una sola palabra, un paisaje del subconsciente que a veces puede tener forma de Hotel. Ese lugar es temible porque no es más que el símbolo del interior, ahí todos pueden cumplir sus pulsiones y  satisfacer los deseos que en la realidad ordinaria están reprimidos. Ahí nada está prohibido, porque ahí, todos son sus dobles.

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Y aquí llegamos al tema clave en la literatura de Murakami: el doble. En sus relatos hay siempre un mundo onírico, pero no, Murakami no es surrealista ni forma parte de ningún tipo de “Realismo mágico”. Su estilo se acerca más a un misticismo en el que los estados internos se materializan. La metáfora funciona al revés: no se construye una realidad exacerbada que es el pretexto para expresar la subjetividad de los personajes, sino que los personajes, movidos por anhelos subconscientes, manipulan la realidad al punto de  transformarla. Y esto hace que sean presa de una extraña ubicuidad. En Kafka en la Orilla, Kaka Tamura, un chico de 15 años que huye de su casa, despierta una mañana con las manos manchadas de sangre. Él no recuerda haber cometido ningún crimen. Pero Nakata (el personaje que protagoniza la segunda historia paralela) sí ha matado a alguien. En Años de peregrinación del chico sin color, todos los amigos de la adolescencia se alejan de Tsukuru por una razón que él desconoce, más tarde se entera de que se debe a que supuestamente él violó a una de las chicas, Shiro. Tsukuru no recuerda haberlo hecho, pero, alguna vez tuvo un sueño en el que vivía siniestros momentos eróticos con su amiga. Es como si el otro yo de los personajes se desprendiera de sus cuerpos, y volara hacia un lugar en el que pudiera saciar ese deseo reprimido, hacer lo que verdaderamente/inconscintemente, desea.


Pero, ¿quién es ese doble? ese otro al que se teme, ese lado oscuro de la luna, esa mitad que es inevitablemente la propia carne pero no se puede ver.  “La imagen del espejo no era la mía. De hecho, sí, su aspecto exterior era idéntico al mío. Pero no acababa de ser yo. Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo. Pero otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma. Sin embargo, lo único que comprendí era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido a un poderoso iceberg que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá jamás ser aliviado por nadie” dice el personaje principal de su cuento El Espejo.

En Sputnik mi amor, uno de los personajes cuenta que en las antiguas ciudades, las puertas se construían con los huesos de los guerreros muertos. Después, a estos huesos se los cubría con sangre. Esperando que las almas de los guerreros adquieran un poder mágico. “Escribir una novela es algo parecido. Por más huesos que reúnas, por magnífica que sea la puerta que construyas, sólo con eso no tendrás una novela viva. Una historia, en algún sentido, no es algo de este mundo. Una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte este mundo con el otro.”   Escribe Murakami, como hablando de sí mismo. Porque en sus historias hay algo más que literatura, hay magia. Su escritura, más que escritura es un puente que une dos mundos…

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Murakami hablará ante mil personas. Dirá, tal vez, que escucha jazz para inspirarse. Alguien le preguntará sobre su devoción por los gatos. Quizá cuente esa anécdota en la que tomó la decisión de convertirse en un escritor en un partido de béisbol. O sobre la tienda de vinilos en su juventud. Pero nadie, nunca, le preguntará, ¿puede el deseo ser tan fuerte y tomar forma humana?,  ¿Se puede estar en dos lugares a la vez? O, señor Murakami, ¿Es usted humano?. Murakami dirá que es admirador de Fitzgerald y Carver. Pero no hablará de la sangre con que están escirtas sus historias, no hablará de las puertas que sólo él sabe abrir, tampoco hablará del Bosque, ni de cómo en algunas noches de luna llena, el alma puede volar hacia otro tiempo. No hablará de los espejos.

Murakami terminará su conferencia y yo me perederé entre el público. Mis preguntas jamás llegarán a sus oídos. Nunca sabré si sus personajes son reales o sus mitades sombrías.  Porque tal vez, el que vino a Quito (quién pensó que Murakami iba venir a Quito, eso es absurdo) no sea él …  Murakami estará en Japón o en algún lugar en el que haya dos lunas en el cielo, mientras otro, muy parecido a él, viajará a las islas encantadas, a ver, por primera vez, tortugas gigantes en la arena.

(Mundo Diners)